Al menos 82 personas perdieron los ojos en el Paro Nacional

La cifra de personas con mutilaciones oculares se convirtió en uno de los marcadores de la violencia policial en el Paro Nacional. Estos son retratos de las víctimas, sus historias y testimonios, para tratar de entender qué pasa después de perder un ojo en una protesta.

por

María Fernanda Fitzgerald

Literata con Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2020. ICFJ Fellow 2021. Becaria Corte IDH 2021. Se especializa en cubrimiento de minorías, género, salud mental y Derechos Humanos. Fue beneficiaria de la beca Elipsis del British Council en 2017 y de la beca del Centro de Español UniAndes en 2018.


06.07.2021

Vídeos y fotos por: Diego Forero. Ilustraciones por: Ana Sophia López.

Sandra Pérez alcanzó a ver cuando el agente del Esmad le apuntó el cañón de la marcadora a la cara. Se cubrió con los brazos y agachó la cabeza mientras su hija le pidió, le rogó, al agente que no le disparara. “Usted también es un ser humano”, le gritó. El primer impacto lo sintió en los senos, pero rápidamente el dolor se extendió a las costillas, el brazo, la clavícula, la zona pélvica y el cuello. También a su ojo derecho. No lo pudo volver a abrir. 

Sandra, bogotana y trabajadora independiente de 36 años, volvió a entender lo que estaba pasando cuando oyó los gritos de su hija Sara, de 18 años, que también había caído al piso. Con el ojo izquierdo, volteó a verla y notó que tenía el rostro cubierto en sangre. Ella también recibió un impacto en el ojo izquierdo y no paraba de sangrar. Las dos gritaban de dolor. Estaban en el portal de Transmilenio de Suba y era 5 de mayo, ocho días después de que comenzó el Paro Nacional del 2021.

Sara Cárdenas

 “Ninguno movió una pestaña para ayudarnos”, dice Sandra, casi dos meses después. 

Las mutilaciones oculares se han convertido en una de las violencias más perpetradas en escenarios de represión policial contra la protesta. A través de la plataforma Grita!, la ONG Temblores han denunciado y comprobado 82 casos, hasta la fecha de publicación de este especial. Algunos de los heridos, como Sandra, pudieron recuperarse. Otros, la mayoría, como Sara, todavía esperan que entre terapias y cirugías, los médicos le puedan salvar su ojo.  

Organizaciones de Derechos Humanos que han hecho un registro cuidadoso de los casos, como Paiis, el Programa de Acción por la Igualdad y la Inclusión Social de la Universidad de los Andes, temen que las mutilaciones se estén convirtiendo en una práctica sistemática utilizada para apagar las manifestaciones y para estigmatizar a los heridos. Una práctica que adicionalmente puede tener un subregistro importante, dado que se han encontrado con víctimas que tienen miedo de denunciar. 

Cerosetenta habló con cuatro de las 82 víctimas. Todos están en Bogotá, la ciudad que ha registrado el 50% de los casos. Sus secuelas no son sólo físicas. 

Leidy Cadena

El golpe contrae el ojo, lo comprime, bien sea para hundirlo más en el cráneo, o para desencajarlo  de su órbita. Usualmente lo revienta.

Sara, la hija de Sandra, se desmayó tres veces de camino al hospital. Le decía que se sentía como si su ojo estuviera a punto de salirse de su rostro. 

De acuerdo con este estudio publicado en la Biblioteca Médica Electrónica (SciELO), el impacto de un objeto contundente en el ojo suele traer múltiples daños: 

Primero, se revientan los párpados. El golpe los rasga, los abre por completo y deja expuesto el ojo. Esa noche de miércoles, Sara llegó a urgencias y tras rogar (nuevamente) que la atendieran porque no tenía EPS, le hicieron una cirugía de reconstrucción de su párpado que le había quedado abierto por el impacto. 

Segundo, se dañan las estructuras blandas del ojo. El lagrimal se daña. También el globo ocular, es decir, el ojo mismo. Así en apariencia no tenga una sola herida externa, el golpe puede afectar tanto el ojo por dentro que termina, usualmente, causando la ceguera. 

Eso, cuando no se revienta. A Sara se le inflamó la córnea, se le desapareció el iris, se le destruyó la retina y el golpe comprometió el cristalino. Eso, más una hemorragia interna. “Los médicos nos dijeron que la niña ya queda ciega por ese ojito. Que escasamente le va a servir para llorar”. 

Tercero, los huesos se fracturan. El golpe puede romper el piso de la órbita ocular, es decir, la estructura que sostiene el ojo. Además, es común que quiebre otros huesos, lo que muchas veces causa que se paralice una parte de la cara y gesticular sea imposible. Es común que se puedan perder dientes por la fuerza del golpe. 

Cuarto, se daña el nervio facial y se quema la piel. Las quemaduras químicas suelen ser comunes en estos casos, por los componentes de las municiones que usan las armas ‘menos letales’, lo que termina dejando cicatrices profundas en la piel. Además, se puede afectar el nervio facial, lo que puede derivar en dos consecuencias: o la persona no siente nada, o existe un dolor agudo y constante en toda la cara. Sara cuenta que el dolor que siente desde esa noche es como una quemadura. Como si constantemente le estuvieran quemando su ojo. Ha sido muy difícil lidiar con ese dolor. 

Quinto, en ocasiones es necesario extirpar el ojo. Después del golpe el ojo suele quedar tan afectado que normalmente el único camino es extraerlo y reemplazarlo por una prótesis. El peligro es que la herida se infecte por lo cerca que está el ojo del cerebro. Actualmente, Sandra y Sara están esperando que les programen la tercera cirugía. Esto determinará si el ojo puede conservarse o si tendrán que extirparlo para evitar una infección más grave. 

“Estas son heridas que deben ser entendidas como heridas de guerra. Son traumatismos que usualmente vemos en contextos de enfrentamiento bélico. Esa es la gravedad que tienen”, dice el doctor Camilo Prieto, cirujano especializado en cirugía plástica y reconstructiva, quien además ha hecho un acompañamiento cercano a los casos de mutilación del actual Paro Nacional y trabajó varios años en el Hospital Militar . 

Además, están las secuelas psicológicas. 

Perder un miembro implica un duelo, pues suele ser una pérdida que impacta profundamente la vida de la víctima. Y, como todo duelo, debe recibir un acompañamiento adecuado para lograr sobrellevarlo. 

“El duelo lo podemos definir como una respuesta emocional o psicológica esperable ante una pérdida significativa. En ese sentido, cuando las personas viven una amputación, pueden aparecer también ideas de minusvalías, sensaciones de pérdida en las capacidades y en la autonomía, sobre todo en ese proceso de adaptación que lleva a la pérdida de una función como la visión”, asegura el Doctor Juan David Páramo, médico psiquiatra especializado en acompañamiento de víctimas del conflicto armado. 

Pero a estas pérdidas funcionales, como ocurre a nivel físico, también es necesario sumarle múltiples efectos: los efectos del dolor agudo, las pérdidas estéticas, y la sensación constante de impunidad e inseguridad. 

Estos pacientes, usualmente, deben soportar dolores agudos y constantes, que los ponen en un riesgo elevado en su salud mental: el dolor es un factor de riesgo para la aparición de síntomas depresivos, sobre todo un dolor crónico, un dolor constante que se suma también al malestar psicológico. Entonces es importante acompañar a la persona, porque el sufrimiento emocional se relaciona con el dolor físico y viceversa”, asegura Páramo.

La afectación a nivel estético puede ser determinante pues es cargar, constantemente, con el recuerdo del ataque y los dolores que esto implica: la herida se convierte en un recordatorio precisamente de ese margen de represión o de las características de desproporcionalidad que pudo haber en el ejercicio de la violencia policial”, asegura el doctor Páramo, quien además suma el hecho de que es necesario crear grupos de apoyo que rodeen a las víctimas de mutilaciones oculares, pues serán personas que cargarán con un estigma constante y requerirán un apoyo cercano por parte de la sociedad, como ha empezado a ocurrir con las víctimas chilenas. 

Nicolás Reina

Finalmente, viene la sensación de impunidad e inseguridad: “hay dos elementos que influyen mucho en el afrontamiento de la herida. El primero es la sistematicidad con la que se ha utilizado esta práctica de disparar a los ojos, pues genera una sensación de impunidad. Y lo otro es la desproporcionalidad de la fuerza en el ejercicio de la violencia policial”, dice el doctor Páramo. Así ocurre, por ejemplo, con Sara y Sandra. Ellas, actualmente, se sienten abandonadas, olvidadas. Consideran que en Colombia no hay procesos de justicia que apliquen a ellas y temen que sus casos queden impunes. Sobre todo con hechos como que, cuando fueron a poner la denuncia ante la Fiscalía, quisieron hacerles firmar un papel en el que aseguraban que los golpes habían sido producto de violencia intrafamiliar, y no de violencia policial. 

Freddy Beltrán

Las afectaciones causadas con la mutilación ocular no quedan, únicamente, en el cuerpo ni en la mente de la persona. También se convierten en un problema cotidiano: “hemos notado que existe una afectación tan profunda que incluso sus oportunidades laborales y educativas quedan muy reducidas. Las personas que acompañamos a rendir su testimonio ante la CIDH han contado cosas como que, por ejemplo, uno de ellos se desempeñaba como guardia de seguridad privada. Desde que lo mutilaron no ha conseguido nuevamente empleo, porque ya no lo reciben por su discapacidad”, asegura Juliana Bustamante, directora de Paiis. “Son personas que, de repente, deben empezar a lidiar con una serie de impedimentos físicos y sociales que no les permiten ejercer sus derechos a plenitud”, asegura. 

Adicionalmente, Bustamante comparte los conceptos del doctor Páramo y complementa: “son personas que ven impreso en su cara, todos los días, los efectos de la brutalidad policial. Deben cargar el estigma en su rostro, y eso genera impactos muy profundos en su psicología”, dice. Finalmente, la afectación a nivel democrático también causa mucho impacto: “es un manifestante que sale a protestar porque siente que las cosas que pasan son injustas. Después de ser lesionado se siente aún más maltratado y por ello desarrolla una relación de rabia con las autoridades”, considera. 

Para Buitrago, la violencia simbólica que acarrean las mutilaciones oculares está directamente relacionada con la posibilidad de poder ejercer libremente los derechos ciudadanos y, ante todo, envía un mensaje fuerte de represión:  “están debilitando la individualidad de la persona y, a la vez, le están diciendo usted no puede hablar, usted no puede opinar, usted no puede pensar y si lo hace va a ser castigado. Se manda una advertencia a los que están, a los que presencian el hecho para que mejor se vayan o no sigan marchando y a los que no han salido para que no se atrevan, porque se exponen a eso”.

De acuerdo con lo que han podido observar desde Paiis, los ataques de mutilaciones oculares se han convertido en una estrategia sistemática de represión que se puede entender como una práctica importada desde Chile, país en el que, en tres meses, ocurrieron casi 400 casos de mutilación: “ esto de las mutilaciones nosotros antes no lo veíamos como algo tan común, pero desde entonces ha aumentado impresionantemente. Por eso nosotros estamos empezando a comprender las mutilaciones como una práctica sistemática con un objetivo claro: dejar personas marcadas por la violencia estatal, además de promover el estigma de que si les pasó eso fue porque son unos vándalos”. 

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María Fernanda Fitzgerald

Literata con Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2020. ICFJ Fellow 2021. Becaria Corte IDH 2021. Se especializa en cubrimiento de minorías, género, salud mental y Derechos Humanos. Fue beneficiaria de la beca Elipsis del British Council en 2017 y de la beca del Centro de Español UniAndes en 2018.


BIO

María Fernanda Fitzgerald

Literata con Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar 2020. ICFJ Fellow 2021. Becaria Corte IDH 2021. Se especializa en cubrimiento de minorías, género, salud mental y Derechos Humanos. Fue beneficiaria de la beca Elipsis del British Council en 2017 y de la beca del Centro de Español UniAndes en 2018.


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