A lo largo del río Bogotá

380 km de agua conectan a casi 4 millones de personas. A medida que atraviesa un municipio más y la contaminación incrementa, cambia su relación con estas. Pedro, María, Elena y Elvira son desconocidos, pero están conectados por un factor común: el río Bogotá.

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Paula Juliana Escobar

24.05.2017

Pasa desapercibido por debajo de puentes, entre caminos destapados, entre casas.  Más que un río es una quebrada que anda silenciosamente sin corriente, dejando ver el fondo de piedras. A veces se pierde entre la maleza y los árboles, otras veces se esconde debajo de plástico, latas y telas. Otras veces desaparece por completo y sólo se puede encontrar gracias al letrero que anuncia en letras negras “RÍO BOGOTÁ”.

A su lado se extiende la carretera vía a Chocontá desde Villapinzón. La mañana de Sábado Santo era perezosa. La fábrica de Luis Vera, como muchas otras, estaba cerrada. En la fábrica del señor Gustavo sólo se veía un trabajador y un hombre en ruana, quien rápidamente me mandó lejos del lugar. Más adelante en la carretera, la fábrica de Mauricio funcionaba. Mauricio me despachó diciendo que estaba muy ocupado. “Nadie quiere hablar. La CAR anda por acá”, me había dicho un viejo de ojos azules en la tienda de cueros de José Gordillo.

Después de preguntar “por ahí”, como me había indicado Pedro Parra que hiciera, llegué a lo que parecía una casa.

-¡Tenga a Megateo!-  gritó un muchacho.

Alguien cogió al perro mientras otro me indicó que siguiera. Pasé la puerta de metal y me encontré con un letrero que decía “Aquí NO hablamos de cómo está la situación. Aquí estamos bien y mejorando”. El espacio era amplio. El piso estaba cubierto por baldosas cafés, las paredes eran de ladrillo y el techo de aluminio. No había mucho aparte de una mesita, unas sillas con la insignia de cerveza Águila, una tabla sobre barriles  y un niño, un muchacho y un señor que trabajaban en silencio con pedazos de cuero negro. Más adelante me enteraría que eran parte de los 30 trabajadores de Parra, que venían del pueblo y de las veredas vecinas.

-Pedro Parra, mucho gusto- me dijo un hombre alto con canas que usaba un chaleco rojo, jeans y zapatos de cuero. Me miró fijamente y continuó – cuénteme, ¿qué es lo que estudia?

Eso hice, pues ya le había dicho que era estudiante. Al aclarar su duda, Pedro Parra, entre contestar el celular y dar instrucciones a todos los que se aparecían en el lugar,  empezó a hablar sobre el proceso de los cueros. Crudo, bombo, pelambre, descarnado, desencale, bombo otra vez, piquelado, curtido, selección de calidad, teñido. Sulfuro, cala, soda caustica, sal, ácido fórmico, cromo, bicarbonato de sodio.

-¿Hace cuánto trabaja en esto?- pregunté.

-Hace 30 años- me respondió después de meditarlo un rato, mientras me guiaba hacia otro cuarto. Heredó la fábrica de su papá, quién también la había heredado de su padre.

Abrió una puerta y dejó al descubierto pilas y pilas de pedazos de cueros. Había amarillo, verde, rosado, negro, café. Me explicó que una parte de eso se manda a Bucaramanga y Medellín. Me dijo que había algunos productores de cuero en el pueblo que lo mandaban hasta China.

-¿Por qué es tan común en Villapinzón trabajar con cueros?

-Eso llevan haciéndolo desde 1800- respondió.

En el silencio de la fábrica, interrumpido sólo por nuestra conversación y el “tshh” de los cueros siendo estirados, noté de repente la falta de olor. Me habían advertido de un olor algo repulsivo, pero no era el caso. Pedro Parra aclaró mi confusión. A este lugar llegan los cueros ya limpios. El proceso de limpieza se hace en otros lugares, como la curtiembre de la familia de Albeiro Gonzales, un pequeño establecimiento sin paredes. Este lugar recibe las pieles directo del matadero. Pedro agregó que él también tenía una fábrica en donde se hace ese tipo de procesos de curtido, pero se vio obligado a moverla de lugar por falta de un documento exigido por la CAR.

-Desde el 2000 está la CAR acá- dijo. Ponen multas y cierran fábricas.

-¿Y qué pasa con las personas que trabajan en las fábricas que la CAR cierra?

-Imagínese. Unos cogen para un lado y otros para otro- respondió desviando la mirada.

***

-María, ¡baje!- gritó una mujer que arriaba vacas hacia una casa que tenía dos entradas, una subiendo unas escaleras blancas, otra pasando una puerta negra. Mitad de la casa era color azul claro, la otra mitad era de ladrillos. Las ventanas estaban abiertas, había zapatos y ropa secándose. No había movimiento. Eran las 9 de la mañana de un lunes festivo, María podía estar dormida.

La casa estaba sobre un camino destapado. Se podía ver el rastro de lluvia de días pasados. A un lado del camino estaban las casas, una tras otra. Unas eran de colores, otras de ladrillos con cercas y techos de aluminio. Otras no tenían ventanas ni puerta, pero todas tenían más de un perro rondando o durmiendo cerca. Al otro lado del camino había una cerca hecha de palos y alambre que separaba el camino de un jarillón de pasto. Pasando la colina estaba el río.

De la puerta negra salió un niño con un saco azul claro y un pantalón caqui.

-Hola- le dije, pero no respondió.

De una ventana se asomó la cabeza de una mujer. Primero miró al niño y después a mí. Después se dirigió a la señora de las vacas.

-¡¿Qué necesita?!- gritó desde la ventana.

-Acá que le quieren hablar.

María pareció dudar por unos segundos, pero finalmente bajó las escaleras y se paró al lado del niño. Tenía un saco azul sobre una camiseta roja y un pantalón de rayas. Tenía el pelo negro y lo llevaba recogido en una moña.  Abrazó al niño y se dirigió a mí. La señora de las vacas ya había seguido su camino.

-Buenos días señorita- me dijo con amabilidad.

-Buenos días, ¿María? -Como lo había hecho antes, le expliqué qué venía a hacer acá. Ese hecho pareció relajarla.

María Caicedo tiene 30 años y ha vivido en el Charquito “toda la vida”. El Charquito es un pueblo que se extiende alrededor de menos de un kilómetro de la carretera que conecta el Salto de Tequendama con Bogotá. Está constituido por casas bajas y coloridas, tiendas que no duermen y fanáticos del ciclismo. María trabaja en una miscelánea y su papá trabaja en una tienda de víveres.

-¿Vives acá con él?- le pregunté.

-Sí, en esta casa vivimos mis papás, mi hijo y yo- respondió María mientras pasaba el brazo alrededor del niño, que ahora jugueteaba con una rama caída.

-¿Cómo es para ustedes vivir tan cerca del río?

-Pues bien, acá no huele- respondió con el mismo tono amable.

Diez metros antes de llegar a El Charquito y diez metros después de salir del pueblo, el olor que sale del Río Bogotá es tan penetrante que es insoportable pasar por ahí con las ventanas abiertas. El Charquito hace parte del municipio de Soacha, en donde el río está clasificado por la CAR con un 8 sobre 8 en la escala de contaminación. Pero ciertamente, en la casa de María no huele.

María recordó cuando tenía 5 años y el río se desbordó, inundando las casas. El jarillón, que se ve como una colina de pasto en los ojos de los forasteros, no existía en ese entonces. Un inspector fue el encargado de gestionar su construcción.

-Ya no hay inundaciones- afirmó-. La verdad nadie le pone mucha atención. Sólo hay alboroto cuando paran de fumigar.

-¿Fumigar?

-Sí. Acá el problema que tenemos es que hay muchos moscos y ratones- aclaró. Miré al gato anaranjado que dormía en las escaleras, Mitch.

María me explicó que el gobierno les ayuda con eso, pero no hace mucho más. El gobierno dice que ellos están viviendo en una zona de alto riesgo y que, por lo tanto, deberían evacuar.

-No nos quieren poner gas- dijo mientras señalaba la pipeta de gas.

Las vacas que deambulaban por ahí empezaron a mugir. Le pregunté a María por el ganado. Me dijo que alguna gente vivía de eso. Le pregunté si tomaban agua del río.

-No, no. Se les da agua purificada. Acá esa agua no se usa pa’ nada. Antes sí. Mi mamá sí jugaba ahí y usaba esa agua para lavar. Ya no, pa’ nada.

El niño parecía inquieto.  Le pregunté su nombre.

-José Alejandro Beltrán Caicedo- me dijo sin levantar la mirada.

-¿A ti te molesta algo del río, José?- pregunté. Negó con la cabeza. María se rió.

-Aprende uno a convivir con eso- dijo María.

Saliendo de El Charquito vi espuma flotando en el aire. Venía del río. La espuma es un componente permanente de su agua, golpea contra las rocas, las esquiva y sigue su camino. En este punto, a más de 100 kilómetros de su nacimiento, el cauce del río es angosto. A lo largo de  un palo que conecta una orilla con la otra hay tela y plástico, un pedazo encima del otro sin dejar espacio entre ellos.

***

-Deme una mazorca, por favor- le pedí a Elena. Ella trabaja en  uno de los muchos puestos de comida del mirador del Salto del Tequendama que queda sobre la carretera.

La gente va a admirar la formación natural por unos minutos, quizás algunas horas: una pared de piedras por la que cae el agua. Comen arepa o mazorca y toman agua de panela o tinto. Algunos entran al museo que expone la historia de la casa y el proyecto actual de recuperación de la CAR.  El museo está en el borde del abismo, en la casa blanca que solía ser un hotel de lujo. La casa conserva el marco de las ventanas, pero unas han perdido el vidrio y están cubiertas de plástico. El blanco se ha manchado poco a poco, y los muebles desaparecieron. Antes de que la casa empezara a decaer en 1950, acogía a huéspedes que llegaban en el tren de la sabana. “Acá había una canasta que bajaban con poleas. Los huéspedes llegaban al borde del río, hacían caminatas y picnics”, había dicho Alejandra, la guía del actual museo.

-¿Siempre está tan llenó?- le pregunté. Los carros estaban parqueados a un lado de la carretera, uno detrás de otro.

-No, depende. Los domingos y los festivos siempre son más llenos.

– ¿Y hace mucho trabaja acá?- continué.

-Jmm, más de 30 años- dijo mientras servía un agua de panela. Sus papás habían trabajado ahí antes que ella. Le pregunté cómo iba el negocio.

-Ahorita estamos bien. Hubo una época que eso no salía nada de agua. Lo que pasa es que la empresa esta, la de energía, cerraba el paso.

En el 2010 el Salto estaba seco. Uno de los causantes de esto era la empresa Emgesa que retenía el agua del río para producir energía hidroeléctrica.

-Pero ahorita estamos bien. Estamos bien- dijo mientras preparaba las vueltas.

***

Las piedras le quitan el protagonismo al agua que pasa tímidamente entre ellas.  El agua no corre y no alcanza a mojar la parte superior de las piedras, casi se asemeja a un charco. Tiene un color verde oscuro, pero en ocasiones se vuelve blanco debido a la espuma. En la piedra más grande a la vista, la que está más cerca al puente, hay rastros de las personas que transitan el lugar o viven cerca: botellas de plástico acumuladas encima de bolsas plásticas, CDs en blanco y periódico.

Unos kilómetros más adelante se encuentra Santandercito, un pueblo de colores. La iglesia, una construcción de ladrillos, domina el escenario de la plaza. Hoy está llena de personas ansiosas por oír el sermón del domingo.

No había lugar para parquear en la plaza, así que opté por una calle angosta. Me bajé al frente del “Almacén y Sastrería López B”. Ahí, me encontré con la dueña del local, Elvira López, una mujer delgada, de pelo negro y gafas entrando a sus cuarenta. Me presenté y ella me saludó con la mano. Le confesé que había llegado a Santandercito siguiendo el río.

-Acá no nos afecta- afirmó ella. Me explicó que, como el río estaba a unos kilómetros de distancia, su impacto no llegaba al pueblo.

-A veces cuando se inunda llega un olor desagradable, pero no es mucho. Igual ahorita está seco.

A la altura de Santandercito el Río Bogotá está clasificado por la CAR  con un 6 de 8 en la escala de contaminación. Este número es admirable, considerando que cuando llega a Santandercito el río ya ha sido el basurero de Bogotá. Esto se logra gracias a la planta de tratamiento.

-¿Hay alguien que viva del río?- le pregunté.

-No, ¡no!- me respondió sorprendida. – Nadie está tan loco. Acá sabemos que está muy contaminado para usarlo para algo. Ni siquiera para animales.

-Pero acuérdese de las historias que contaba el señor Galindo- interrumpió una amiga de Elvira que estaba oyendo la conversación mientras remendaba un pantalón.

Pregunté si podía hablar con él, pero Elvira dijo que “él ya está muerto, igual que casi todos los de su generación”

Cristóbal Galindo falleció meses antes de cumplir los 100 años.  Él hablaba a menudo sobre el río. Recordaba que  la gente pescaba, se bañaba y hacía los famosos “paseo de olla”.

-¿Ustedes no alcanzaron a ver eso?

-No. Para nosotros, el río en sí sólo es el límite de Santandecito con San Antonio- concluyó Elvira.

***

Camino a Bogotá paré en el caserío de Soacha. En este punto, el Río Bogotá es ancho y desprende un olor a azufre. La carretera estaba cerrada por ser domingo de ciclo vía. Un papá le enseñaba a su hijo a montar bicicleta, un grupo de amigos trotaba mientas oía música de un parlante, tres señoras competían por vender Bon Ice. Me acordé de lo que había dicho María, “Aprende uno a convivir con eso”.

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* Paula Juliana Escobar: Estudiante de economía en la  Universidad de los Andes con opción en periodismo. Tengo 21 años, estoy en sexto semestre. Encuentro interesante  oír las historias de los otros y espero algún día poder unir esto con la economía. 

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