Los perros de El Tunal Una historia sobre cómo Bogotá ha pasado de ser una ciudad de mascotas y no de perros independientes.
Una historia sobre cómo Bogotá ha pasado de ser una ciudad de mascotas y no de perros independientes.
Una historia sobre cómo Bogotá ha pasado de ser una ciudad de mascotas y no de perros independientes.
El Tunal es una zona emblemática de Bogotá.
Incluye un barrio producto de la planificación urbana de la década de 1980, el parque más grande del sur de la ciudad y uno de los portales de Transmilenio, que sirve a la vecina Ciudad Bolívar y otros barrios cercanos. Como el resto de Bogotá, El Tunal está habitado por gente y también por perros, que dicen mucho de la historia de estos animales en nuestra ciudad. En El Tunal hay una curiosa combinación de un creciente número de mascotas con remanentes de los “perros callejeros” que alguna vez dominaron Bogotá.


Un árbol centenario, en Cerro Seco, Ciudad Bolívar, sufrió un incendio el 11 de febrero de 2026. La historia de El árbol de la vida, o El árbol del ahorcado, revela una disputa barrial contra una trama de corrupción por un terreno de 80.000 millones de pesos. Fotoreportaje.
Click acá para verEn octubre del año pasado visité la zona, junto con algunos estudiantes, de la mano de Andrés Ochoa, estudiante también y residente del barrio. Regresé con él hace poco para entender mejor la historia de algunos perros y perras que vimos en nuestra visita anterior. A la primera, Lucy, la encontré dentro del portal. Es la perra negra grande, con patas y trompa amarilla, adornada con bandana azul clara, que aparece en la foto. En nuestra visita anterior estaba echada al lado del puesto de Gloria Cortés, quien desde hace cinco años la cuida, junto con los guardas de Transmilenio.
Lucy es la mayor de los cinco perros que viven entre la calle y el portal. Las guardas de Transmilenio nos dijeron que ella hace parte del equipo. Claramente no es huérfana. Tiene una familia extensa que vela por ella y que a veces cambia, pues muchos la han cuidado desde que llegó, siendo una cachorra, hace unos 14 años. Tiene algo de callejera, pero no debe rebuscarse la comida y duerme plácidamente bajo techo. Lo mismo sucede con sus ‘hermanos y hermanas’ –Manchas, Toby, Loquillo y Kira.
Estos cinco afortunados llegaron para quedarse. Muchos otros, como el perro blanco con manchas cafés que vimos en nuestra segunda visita, simplemente merodean durante algunos días y luego desaparecen. Gloria los alimenta y en algunos casos ayuda a buscarles hogar. Esta simpática mujer, llena de energía, forma parte de una red de 13 rescatistas de la zona, todas mujeres excepto Christian Rojas, quien se gana la vida trabajando como paseador. Todas han adoptado perros rescatados. Gloria tiene cinco y la que más tiene cuida a 18. Así que no pueden encargarse de ninguno más. Hacen lo divino y lo humano por ayudar a los que ven solos o necesitados, empezando por esterilizarlos, a veces aprovechando las jornadas que ofrece el Distrito. Ellas asumen la gran mayoría de los costos, y por fortuna cuentan con el apoyo de veterinarios que les brindan atención gratuita o barata.

Cruzando la Avenida Boyacá está el parque y el panorama cambia. Allá vimos a muchas personas, parejas y familias en compañía de sus perros, algunos de ellos con correa, otros sueltos. El Tunal es un parque deportivo con canchas de fútbol y básket, pistas de BMX y skate, entre otras instalaciones que incluyen hasta una piscina olímpica; así que mucha gente va a hacer ejercicio. Pero no siempre ha sido así. Desde su creación en 1970 y hasta la gran remodelación realizada entre 1997 y 2001, era sobre todo un parque recreativo. Tenía canchas de fútbol, grandes juegos mecánicos como los de El Salitre, rodaderos y unas jirafas y elefantes de concreto donde se subían los niños. Tras la remodelación, cambió de carácter. La transformación incluyó rejas, que facilitaron prohibirle la entrada a los perros. Mi amigo Luis Gómez, que vivía en la parte plana de Ciudad Bolívar, a apenas 15 minutos del parque, le gustaba ir a trotar; pero le tocaba dejar en la casa a su perra Tata, porque no la dejaban entrar.


Eso cambió después de la pandemia. Por eso Alex puede hacer ejercicio con Taiko, un perrito que apenas 20 días atrás vivía con un habitante de calle. También hay familias, como la de la foto de la derecha, que aprovechan para pasear a su perro mientras acompañan a sus hijos a practicar algún deporte. Además, este parque tiene algo que otros no tienen: un lugar específico para perros. Sobre todo cuando el parque está lleno y pasan muchas bicicletas y los niños corren, algunos dueños utilizan esta área encerrada, de 5.000 m2 y construida en 2018, para dejar sueltas a sus mascotas.
Prohibirle la entrada a los perros –en esta época en que los defensores de los derechos de los animales tienen quien los represente en el consejo y el congreso– es insostenible. La apertura del parque a los perritos refleja un cambio notable en la manera en que los bogotanos nos relacionamos con ellos: no es solo que la tenencia de mascotas se ha generalizado, sino que las tenemos de una manera diferente. Desde la década de 1950, al tiempo que la ciudad se expandía y el nivel de vida aumentaba, se han ido haciendo comunes los perros mascota: aquellos que viven dentro de la casa, a quienes les damos todo su alimento y les controlamos su reproducción. La relación con ellos se ha ido transformando: llevarlos al veterinario se ha vuelto frecuente, así como alimentarlos con concentrado, sacarlos a pasear y recogerles su excremento. Algunos dueños hasta los llevan en coche, los visten, les pagan paseador y peluquería, para el espanto de quienes consideran que estas prácticas son aberraciones de nuestra sociedad moderna. Para la muestra un artículo en El Espectador, de 2015, del escritor Alfredo Molano.
Cuando empezaron a aumentar los perros mascota, la ciudad era mucho más pequeña y la gente vivía en casas. Ahora que la gran mayoría de los bogotanos vivimos en apartamentos o en casas sin jardín, nos toca sacarlos a que hagan sus necesidades o, mejor aún, a que paseen. En esta enorme ciudad al menos un cuarto de los hogares tienen perro, así que contar con un parque cerca resulta necesario. Según la última encuesta multipropósito de la ciudad, de 2021, el 60.7 % de los hogares vive en apartamento versus 35.7 % que vive en casa (y 3.6 % que vive en cuartos). Una buena parte de esas casas son de autoconstrucción y no cuenta jardín, aunque algunas tienen terraza. Así que unos de los usuarios más comunes de los parques son los perros y sus dueños. Los perros tienen mejor vida si pueden salir a correr y olfatear. Sus dueños también se benefician del paseo obligado con su mascota.
En El Tunal se ven perros grandes y chiquitos, algunos de raza, como un par de rotweilers que vimos jugar bajo la mirada de sus dueños. Las mascotas se fueron haciendo populares al tiempo que los perros de razas importadas, cada vez más numerosas y variadas, fueron siendo adoptados en los hogares citadinos, primero por los más pudientes y luego por el resto. Pero en Bogotá, a diferencia de lo que pasa en las ciudades europeas, el tipo de perro mascota más común no tiene raza y en esa medida recuerda un pasado en el que la mayoría de perros eran simplemente ‘gozques’ indeterminados y vivían en las calles.

El Tunal refleja ese pasado de otra forma, pues no es un parque exclusivamente para perros mascota. En su extremo oriental viven algunos perros, grandecitos y de distintos colores, que caminan confiados por sus dominios. Los alimenta una de las cuidadoras. Estos perros son similares, en aspecto y modo de vida, a los del portal: viven libres, aprovechando el espacio público, pero cuidados por vecinas del sector. En nuestro recorrido por el barrio encontramos otros más.


En la salida oriental del parque se encuentra la urbanización El Tunal Experimental, construida en la década de 1970. Son unas pocas cuadras con construcciones de tres plantas de color verde que parecen enrredadas entre ellas, con entradas en todos los pisos. Cerca del parqueadero al aire libre encontramos una ‘urbanización’ de lujo, con tres casas y zona común entapetada, donde viven Gris y Negra. A ellos los cuidan tres vecinas y un vecino, que además mantienen la vivienda. En un momento llegaron a ser nueve, según me contó Julia Cabrera, quien en esa época los alimentaba ella sola. A unos los adoptaron, otros murieron y llegaron algunos nuevos.


Seguimos caminando por los conjuntos de edificios construidos en las décadas de 1980 y 1990, hacia el norte del parque. Los primeros tienen nombres de los departamentos de Colombia. Ya cerca de la Avenida Boyacá, yendo de regreso hacia el portal, encontramos un área verde entre los conjuntos con un cambuche muy bien hecho y una carreta para transportar material de reciclaje. Pertenecen a don Gabriel, un habitante de calle que vive allí hace más de 10 años. A él lo acompañan Grilla y Negra, dos perras viejas que quedan de los seis que adoptó, casi todos en el parque, y que lo obligaron a vivir allí, a la intemperie, pues no hay lugar de alquiler donde acepten tantos perros. Don Gabriel apoya a los vecinos con domicilios y ellos le colaboran prestándole el baño y ayudándole a su supervivencia y la de su familia perruna. Como los demás que vimos, estos perros no tienen raza y son grandes y, aunque un poquito sucios (lo que seguro no les molesta), están bonitos y bien alimentados.
Lucy, Gris y Grilla son los remanentes de lo que alguna vez fue la relación más común de los citadinos con los perros: animales que pasaban sus días y noches en las calles y que carecían de collares y correas. Pero tenían nombre y protectores o amigos que los alimentaban, al menos de vez en cuando. Les tocaba rebuscarse su alimento, no vivían en casas lindas, pero sí bajo el amparo –y también el maltrato– de los vecinos y transeúntes.
Los ‘perros de puerta’ –como se conoce a aquellos que tienen casa, pero viven afuera, y son comunes en Ciudad Bolívar y otras partes de la ciudad– también recuerdan lo que antes era más frecuente. Representan una manera distinta de relacionarse con los perros: compartiendo con ellos el espacio, sobre todo el de afuera. Estos animales son mucho más libres y más autónomos que los que viven dentro de las casas. En los conjuntos de apartamentos que se han popularizado en las últimas décadas, los perros de puerta quedaron desterrados y han sido, en parte, reemplazados por mascotas.

Además, cuando las mascotas se pusieron de moda y cambió la percepción general de lo que es un perro y debe ser su vida, se intensificó la guerra contra sus opuestos, los perros callejeros. Los intentos estatales por recogerlos y eliminarlos del espacio público iniciaron a finales del siglo XIX (aunque hubo antecedentes un siglo atrás, a finales del periodo colonial). A pesar de que muchos perros murieron, estos esfuerzos fueron intermitentes y poco efectivos. La creación del Centro de Zoonosis en 1965, que contó con el apoyo de la Organización Mundial de la Salud (debido a la preocupación por la rabia), le dio un ancla institucional más sólida al propósito de tener una ciudad sin perros libres habitando las calles. El surgimiento de organizaciones variopintas que los recogen para darlos en adopción también ha contribuído a la disminución de la población, así como los cambios en la forma de habitar, mencionados arriba, y la aceptación de las mascotas en todos los estratos. Tras la creación del Instituto Distrital de Protección y Bienestar Animal y la criminalización del acto de matar animales, en 2016, inició una nueva estrategia para lograr el mismo fin: la esterilización.
Asesinados, desplazados, adoptados y castrados… todos estos caminos han facilitado que la ciudad haya pasado a ser de las mascotas y no de perros independientes, como lo fue desde su fundación en el siglo XVI. Sin embargo, aún hay perros que habitan las calles sin estar desamparados. Disfrutan del cuidado y el cariño de vecinas solidarias, y unos pocos vecinos también, como lo demuestran los felices cuadrúpedos que tuve la fortuna de conocer en mis visitas a El Tunal.