“Y claro, a ellos sí les respetan el duelo”

Desde 2008 un grupo de madres en Soacha lucha por saber qué pasó con sus hijos desaparecidos y asesinados en Norte de Santander. Ellas se siguen reuniendo semanalmente mientras esperan reconocimiento y justicia por parte del Estado.

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Jimena Martínez Argüello

06.04.2015

Mientras estaba hospitalizada soñó con su hijo. Hace dos meses la internaron por una crisis respiratoria. Los dieciocho años en los que trabajó para la fábrica de jabones Dersa le dejaron el asma y el sin sabor de una pensión que nunca le dieron. Gloria Astrid Martínez cierra los ojos y empieza a recordar. En el sueño, su hijo le dijo que estuviese tranquila, que ya pronto se iba a mejorar, que no creyera que las había dejado, que de cada una estaba muy pendiente, que desde el cielo las estaba vigilando. Abre los ojos y señala los brazos. “Daniel estaba feliz, tenía luces en sus manitas”. Ella quería abrazarlo pero, cuando se acercó a él, el sueño terminó.

Gloria es una de las Madres de Soacha, un grupo conformado por 17 familias, que desde el 2008, se reunieron por primera vez para exigirle al gobierno respuestas a las desapariciones de sus hijos y hermanos. Los cuerpos de los 17 jóvenes fueron encontrados entre marzo y noviembre de ese mismo año, la mayoría en Ocaña, Norte de Santander. A las madres les dijeron que sus hijos habían sido reportados como “positivos”, es decir, como guerrilleros muertos en combate. Ellas aseguraban que ésto no era cierto y se reunieron, nuevamente, para pedir justicia. Cecilia Arenas, hermana de Alexander Arenas, uno de los “falsos positivos”, dice que a los militares se les olvidó que “sí había alguien que preguntara por ellos, que tenían madres que habían sentido el dolor de parir un hijo”.

A veces entretiene el tiempo

Para el fin de semana, Gloria había planeado con algunas de las madres de Soacha, un viaje a Ocaña pero a último minuto decidió no ir. “Así fue mejor”, le dice su esposo Alfonso, “usted no estaba para ponerse con esos paseos”. La maleta de Gloria era muy pequeña, apenas para tres días. Ella le dice a su esposo que no era un paseo, que era más bien un viaje para acompañar a una madre víctima de uno de los casos de los “falsos positivos” de Soacha, a recoger, después de siete años, el cuerpo de su hijo. “Imagínese usted, yo ni siquiera fui a reconocer el cuerpo de mi hijo. No quiero revivir todo eso otra vez”. Cuando le cuenta a su hija Astrid que decidió no viajar, ella la mira con los ojos rasgados y, mientras sostiene su cara redonda con las manos, le pregunta “¿y es qué para reconocer a un cuerpo se tienen que llevar a todas las mamás?”

A Astrid la primera de cuatro hijos, le siguieron Daniel, Angie y Keni Johanna. Gloria vive en una casa pequeña con su esposo Alfonso y su hija Keni. Sus otras dos hijas no viven con ella. Daniel no está presente hace siete años, pero sigue viendo su rostro en todos los afiches que decoran la sala de su casa. Entre los bloques rayados por los nietos, los afiches cuentan toda la vida de Daniel. Ella los mira y suspira porque después de saber que lo habían matado “no podía ver una sola foto de él sin llorar”. Cuando habla de la muerte de su hijo los ojos cafés se vuelven claritos y la tez blanca se enrojece. Gloria tiene 51 años y su piel no revela todo lo que ha sufrido. Se ríe y dice que en trasmilenio la deben ver muy pequeña porque la empujan mucho.

—Hoy como que no estoy para una foto, no me arreglé —, dice sonriendo mientras mira su saco ancho y sus tenis deportivos.

—Déjese tomar la foto Glorita. Así como está se ve bonita —, responde su esposo, un hombre delgado y más bajo que ella.

Gloria dice que ya no decora su casa para navidad porque “Daniel era el se encargaba de hacer el arbolito y poner los adornos”. Vendió todos los arreglos, la ropa y los recuerdos, incluso el mueble de la entrada. Ahora el pequeño pasillo, después de la puerta, lo ocupan dos muebles gigantes de acero con barandas blancas y soportes rojos. Gloria trata de no pensar más en el mueble en el que, todas las mañanas, su hijo se miraba y decía “Mami mire. Yo soy bien papi”. Todavía está pagando su casa y por eso no se ha ido del barrio. Como decía la mamá de Gloria, “no tiene ni pa’ un remedio”. Después de la muerte de su hijo, Gloria se enfrentó al despido en Dersa y a la partida de su hija Angie y su nieto Ángel Camilo de su hogar. Desde hace tres años, mientras su esposo se va a trabajar y su hija Keni a estudiar, ella se queda sola. Se levanta temprano, hace el aseo de la casa, prepara la comida y mira televisión. Prefiere vivir tranquila y a veces entretiene el tiempo con revistas y libros como ¿Qué es estar triste? o ¿Cómo triunfar en la vida? Le gusta leer sobre duelos, “sobre cómo superarse”. Guarda sus libros en su habitación, en un mueble pequeño, junto con las libretas en las que anota los datos importantes.

“Para darnos una mano”

La mayoría de entidades gubernamentales dejaron solas a las Madres de Soacha, pero encontraron en el Punto de atención a víctimas de la Unidad de Atención y Orientación (UAO) de la Alcaldía de Soacha, el apoyo que esperaban. Sonia Vargas, hoy Coordinadora de víctimas, las ha venido acompañando desde el duelo. Sonia recuerda como “solo desde hace seis años se conocen”. Un grupo de madres, “después de la lluvia de periodistas y de abogados”, acudió a ella para recolectar los teléfonos y los correos de todas las afectadas. Querían volver a hacer un grupo “que de verdad se mantuviera unido, en el que todas las madre se ayudaran”. Las Madres de Soacha se reunían los viernes en la plaza principal del municipio. Con el tiempo todas se alejaron y como dice Gloria: “cada una se metió en su problema”. Desde hace algunos meses decidieron volver a encontrarse. Sonia les prestó el espacio para organizar el grupo y volvieron a programar los encuentros semanales. El problema, como dice Diego Mosquera, el patrullero encargado de la seguridad de las Madres de Soacha, es que “todas se reunieron muy juiciosas el primer día y ahora solo dos o tres vienen”.

"Nosotras no queremos hacer la guerra. Queremos unir nuestras manos para evitar que otros jóvenes vuelvan a caer"

Las reuniones son los viernes, entre las tres y las cuatro de tarde. El día que las acompañé adelantaron la reunión para alcanzar a hablar de todo lo que tenían pendiente. Cuando llegué, tres de las madres ya estaban esperando en el segundo piso de la UAO. Estaban reunidas en la oficina de la coordinadora del punto de atención, cada una sentada y sosteniendo su bolso en los brazos. Las tres estaban muy arregladas y al principio ninguna quería hablar. Elvira, la mayor de todas, estaba al fondo de la pequeña sala; vestía de gris y estaba peinada con la media cola de caballo con la que siempre aparece en las fotografías. Al otro lado estaban Gloria y Cecilia, las dos de mediana edad, una con el pelo castaño oscuro y la otra con el pelo castaño claro. Me dieron una silla para que me sentara. Hablaban entre ellas y Cecilia me decía “nosotras no queremos hacer la guerra. Queremos unir nuestras manos para evitar que otros jóvenes vuelvan a caer”. El caso del hermano de Cecilia ya casi está por terminar en el juzgado. “Sabe, no sé si hay justicia. En el caso de mi hermano estaban 13 militares implicados. Tres confesaron y les dieron solo seis años y medio de cárcel. Pero claro, como ellos pueden estudiar y todo eso, van a terminar pagando, según el abogado, solo un año y medio. ¡Van a tener un año y medio de vacaciones en Tolemaida, la base militar!”.

Después de una hora llegó Luz Edilia, o como la conocen todos, La Paisa, una mujer alta y de voz grave. La conversación había sido tranquila pero con la llegada de La Paisa –dice José, el abogado de la UAO– “doña Gloria se sale de control” y empiezan las carcajadas. La Paisa es clara y dice que no quiere saber nada de periodistas. “Vienen, hacen sus trabajos y se van, y a nosotras siempre nos utilizan”. Todas se quedan calladas. Gloria pregunta por el asado y vuelven a hablar. “De tantas veces que hemos aplazado la reunión ya hemos comido muchos sancochos y asados”, asegura riéndose. “Por eso es importante que salga rápido lo de la fundación, porque necesitamos saber quiénes son las que están firmes para empezar a trabajar”.

Con el proyecto de la fundación, las madres quieren comprometerse a hacer “jornadas de sensibilización en los colegios, para prevenir a los jóvenes”, explica Cecilia. También planean conseguir un patrocinio para que cada una pueda vender alguna cosa y dar una cuota para formar un fondo por si alguna tiene una emergencia. Desde el 2008 casi todas están desempleadas, los arrendatarios les piden que se vayan de sus casas y la gente las señala porque, como las han visto en la televisión, piensan que son madres de guerrilleros. Cecilia, como muchas otras, ha optado por dejarlos hablar. La fundación es un proyecto que busca ser una terapia para ellas mismas, además de una opción de trabajo.

“Es cierto que conocen a las Madres en el exterior, pero lo que no saben es que algunas se quedan con la plata que nos mandan a todas”, dice Gloria. La fundación se convertirá en la estrategia legal para que todas reciban los mismos beneficios. Para Gloria es preocupante que después de seis años no hayan sido declaradas, legalmente, como víctimas. Ellas esperan por la promesa de que en Enero de 2015 tendrán el FUD, un código en el Registro Único de Víctimas del país.

“Hay alguien que me necesita”

Durante el tiempo que su hijo Daniel estuvo desaparecido, Angie estaba embarazada. Enterraron a Daniel el 4 de octubre de 2008 y Ángel Camilo nació el 29 de octubre del mismo año. Para Gloria el nombre de su nieto significa todo lo que es para ella. “Él es mi angelito, el que me sacó de la depresión. Dios me quitó un hijo pero me regaló un nieto”. En el trabajo le decían que nunca habían visto una abuela tan enamorada de su nieto y La Paisa le dice que cuando habla de su nieto es “una creída”.

Ángel Camilo tiene seis años, su pelo es de color castaño claro, sus ojos siempre están muy abiertos y su boca nunca para de hablar. Según Alfonso –su abuelo– “el niño tiene los mismos ademanes que Gloria”. Desde hace tres años, Ángel vive con su familia en Chapinero. A pesar de la distancia, casi todos los fines de semana se ven. En las vacaciones Ángel se programa para estar con su abuela y más de una vez le ha propuesto a su mamá que lo deje vivir con ella. “Cuando viene Ángel el tiempo no me alcanza. Jugamos fútbol, vemos televisión, cantamos, bailamos y hablamos. Me gusta prepararle siempre lo que a él le gusta. A veces la mamá me dice que lo estoy malcriando”.

Todos los días Gloria se sorprende de las ocurrencias de su nieto. Hace unos días le contó que una niña le parecía linda. Al tratar de preguntar por ella, Ángel responde: “abuela, ya te dije que se llama Sofía. No te puedo contar más. Es mi vida privada”. Una tarde le confesó que le tenía una sorpresa preparada. “Abuela yo sé del paseo que le gustaría hacer y qué mejor que nos vayamos los dos solos”. Su hija Angie le contó esa noche que Ángel estaba ahorrando todas sus moneditas para llevar a su abuela a conocer el mar. Lo que más sorprende a Gloria es cómo Ángel trata de controlar a su tía Keni Johanna:

—Si yo le digo que puede hablar con esos muchachos cinco minutos, son cinco minutos. Me tiene que hacer caso. Yo soy el hombre de la casa—, dice Ángel.

—Mamá, dígale a Ángel que no moleste —, reprocha Keni.

—Papi, déjala salir. Ella está grande y puede hablar con sus amigos —, le dice Gloria.

—¡Ah! —, exclama Ángel mientras levanta los brazos.

— Está bien.

Su otro nieto se llama Dilan y es hijo de Astrid. Tiene tres años, su peinado es de “roquero” y siempre viste elegante. Dilán, Ángel y Keni Johanna son los que la motivan a continuar luchando. Ángel le recuerda que “hay alguien que la necesita”.

“¡Póngame cuidado! De eso tan bueno no dan tanto”, le dijo Gloria a su hijo antes de que viajara a trabajar en una finca.

La búsqueda

Daniel Alexander estaba sin empleo y a pesar de buscar en varios lugares no encontraba nada. Un día llegó feliz a la casa y le contó a su mamá que había conocido a un militar que le iba a dar trabajo en una finca y, que además, le iban a pagar muy bien. Ese militar fue un par de veces a la casa de Gloria. Mientras señala la puerta del patio, al fondo de su casa, recuerda que “ese señor siempre hablaba en voz baja. No quería que lo escucháramos. Le decía a Daniel que mejor hablaran en privado en el patio”. Cerraban la puerta y Gloria rezaba para que el militar se fuera rápido. “Ese señor me da mala espina”, le decía a su hijo. Sin embargo, por más que le pidiera que no hablara con el militar, Daniel insistía en que esa oportunidad era única. Gloria no supo cuál fue exactamente el trabajo que le ofrecieron a su hijo. Solo sabía que debía sacar algo de una finca y que se iría en la mañana y llegaría al siguiente día. “¡Póngame cuidado! De eso tan bueno no dan tanto”, le advertía su mamá.

La última mañana que lo vio le preparó su desayuno favorito: chocolate, calentado de fríjoles y el pedazo de hígado que le había guardado de la noche anterior.

—Mijo ¿no va a llevar ropa?

—¿Para qué si vuelvo mañana?—, preguntó mientras sonreía y se levantaba de la silla.

—Mamita le quedó todo muy rico. Recuerde que la quiero mucho—, dijo Daniel mientras la abrazaba.

—Deme la bendición.

Gloria se angustió el siguiente día, en la noche, cuando se dio cuenta que su hijo no había llegado. A las 72 horas, sin poder respirar, puso la denuncia de desaparición en la policía. Durante los meses siguientes preguntó por él en la fiscalía de Soacha, en la Defensoría del Pueblo y en los hospitales. Le decían que “mejor fuera a buscarlo al cartucho, que fijo estaba allá”. Su hija Astrid regresó de Estados Unidos para ayudarla con la búsqueda.

Fueron ocho meses de sufrimientos, que según ella “no se pueden describir”. Daniel desapareció a inicios de marzo y a inicios de octubre un fiscal le dijo a su esposo que habían aparecido unos cuerpos N.N. en Ocaña, que de pronto podría estar allí. Su hija Astrid fue “la valiente que se animó a ir a reconocer el cuerpo. Era una fosa común con muchos cuerpos y al final estaba Daniel. Tenía sólo la mitad de su camisa y una manilla que él mismo había hecho. Yo no fui capaz de ir. No quería verlo así”.

Gloria no conoce muchos detalles de cómo murió su hijo. Al principio soñaba cómo lo mataban y tuvo que recurrir a pastillas para dormir.

El caso de Daniel, junto con el de otras cuatro mamás, no está todavía programado para empezar con las audiencias. Los juicios fueron organizados en grupos de tres o cinco jóvenes para agilizar los procesos. Sin embargo, hasta que los juicios que ya están en proceso no finalicen, el caso de Daniel no puede iniciar. “El problema es que siempre aplazan las audiencias. Los abogados de los militares dicen que ellos están enfermos o que se les murió un familiar. Y claro, a ellos sí les respetan el duelo”.

 

*Esta crónica fue realizada en el marco de la clase Crónicas y reportajes de la Opción en periodismo del Ceper.

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