Volver al colegio

El Gimnasio Indoamericano es uno de los colegios que ya ha vuelto a la presencialidad en Bogotá. Su caso es un ejemplo de los retos a los que se enfrentan profesores y niños bajo el modelo de alternancia y de lo que trae esta nueva etapa tras la virtualidad.

Tania Tapia Jáuregui

12.04.2021

La clase casi parece normal: los seis niños en el salón de Primero se ríen, charlan —varios al mismo tiempo—, colorean, van donde su profesora, hacen preguntas. La clase casi parece normal si se omiten los tapabocas, las líneas en el piso que marcan el espacio que cada niño puede ocupar y las cintas amarillas de “Precaución” sobre las otras sillas, las vacías. 

Pero la clase no es normal: la profe Eilen está sentada en su escritorio frente a un computador, dando una clase doble: a los 10 que la siguen desde la pantalla y a los seis que la acompañan en el salón. Habla lo más alto que puede. Intenta prestarles atención a todos, a los del salón y a los de la pantalla, pero mientras les habla a unos, los otros le hacen preguntas.

Dos horas después la clase termina y Eilen está en la cocina del colegio preparándose un té. Le escurren lágrimas de los ojos:

“La alternancia no es una solución. Pero la virtualidad tampoco. Lo que se necesita es volver, volver totalmente”, dice y agrega, “pero ahí vamos”. 

Sus lágrimas son producto de la frustración de la clase de esta mañana: el computador en su salón tiene un problema de audio y los niños de la clase virtual casi no le escucharon. Sentía que había perdido la clase.

Cuenta que el encierro y las clases virtuales han tenido impactos fuertes en los niños que empiezan a notarse en los que van volviendo al colegio. 

“Un día uno de los niños [de Transición] vino a recoger un material con la mamá. Él es un niño súper expresivo, de esos niños vivarachos. Y ese día yo casi ni le oía lo que me decía. Cuando le pregunté a la mamá me dijo que estaba muy nervioso por volver a salir. Yo le dije “Lucho, no pasa nada, mi amor”. Y la reacción de él fue abrazar a la mamá y decirle “Mami, ¿tú puedes abrazar a mi profe y nos abrazamos los tres?” Eso fue muy difícil, muy triste”.

Eilen es profesora del Gimnasio Indoamericano, uno de los 514 colegios y jardines privados que hasta el 26 de marzo ya habían vuelto a abrir presencialmente en Bogotá, según la Secretaría de Educación del Distrito. Junto a los colegios públicos son en total 614 colegios y jardines en la ciudad que ya aplican el modelo de la alternancia: clases presenciales para el número de niños permitidos bajo las medidas de distanciamiento y ocupación, y, en simultáneo, clases virtuales para los que se quedan en casa. 

Para el Indoamericano, un colegio adecuado en el interior de una casa de dos pisos de la localidad Rafael Uribe Uribe, la alternancia ha significado poder recibir apenas 20 de los 120 niños que usualmente recibía, y que estudian desde Transición hasta Quinto de primaria. Además de la necesaria atención a que se cumplan los protocolos de bioseguridad y el déficit financiero por los niños que se retiraron por la pandemia, la apertura ha traído otros retos: la inversión en lavamanos, computadores e internet y la complejidad de enseñar en simultáneo presencial y virtualmente.

Según el modelo de gradualidad de la Secretaría de Educación que avala la implementación de estos protocolos, este 13 de abril estaba programado el regreso a la presencialidad del último grupo de colegios del Distrito. Sin embargo, fuentes de la Secretaría le dijeron a Cerosetenta que les han dado un poco más de tiempo a esos colegios. Mientras tanto, la Secretaría está evaluando las estrategias de reapertura que privados y públicos suben a su página web para verificar que cumplan especificaciones como que todo profesor menor a 60 años, sin condiciones especiales de salud, debe regresar a la presencialidad.

Hasta ahora, más de 100 mil niños ya han vuelto a los colegios en Bogotá. El retorno, en el caso de los colegios públicos, ha sido acompañado por la Secretaría de un plan de testeo de Covid a profesores y administrativos. Hasta el 26 de marzo se habían hecho casi 2.700 pruebas de Covid en 71 colegios oficiales de 16 localidades de Bogotá. Según la Secretaría de Educación, el 95,9 % de las pruebas salieron negativas. 

Pero hay denuncias de contagios: Yesid González, miembro de la agremiación sindical ADE (Asociación Distrital de Educadores) aseguró en un tweet que el colegio Vargas Vila volvía a la virtualidad “por múltiples contagios en la comunidad educativa”. El sindicato le aseguró a El Tiempo que seis profesores se habían contagiado y que no se está teniendo en cuenta que en las rutas que los transportan al colegio no se puede mantener el distanciamiento. Dicen que la situación es producto de forzar el retorno a los colegios.

Si bien la Secretaría de Educación aún no se ha pronunciado sobre el caso particular, le aseguró a Cerosetenta que este 13 de abril la Secretaría de Salud irá al colegio Vargas Vila a evaluar y tomar decisiones. Por ahora, aseguraron que al encontrar contagios en las pruebas de Covid que vienen haciendo en los colegios (unos 36 positivos de las 2.700 pruebas hechas hasta el 26 de marzo), deciden junto a la Secretaría de Salud si se cierra una parte del colegio o toda la institución. Por el momento, la Secretaría de Salud le aseguró a Cerosetenta que ningún colegio se ha cerrado en Bogotá por ese motivo.

En el Gimnasio Indoamericano uno de los siete profesores dio positivo para covid, Carlos Silva, profesor de teatro y el rector del colegio, según el organigrama oficial. Él, sin embargo, prefiere que lo llamen “Payaso Mayor”, parte del carácter didáctico y artístico que tiene la propuesta pedagógica del colegio, la que él soñó hace 20 años cuando el colegio abrió las puertas. Aunque es asintomático, dicta sus clases desde su casa. Además, da el “segundo desayuno”, una lectura de un cuento que hace cada mañana y que es parte de un programa de lectura que la Secretaría de Educación reconoció con un premio de formación en lectura, escritura y oralidad en 2010.

“Al ser un colegio basado en artes es muy bueno para los niños que tienen condiciones especiales de aprendizaje”, agrega Nicolás Ortiz, el profesor de Ciencias Sociales, que tiene algunos estudiantes diagnosticados con déficit de atención e hiperactividad e incluso uno con esquizofrenia.  Ellos llegan al Indoamericano por recomendación de psiquiatras y pedagogos que ya conocen el colegio. 

Nicolás cuenta que para esos niños pero en general para todos los estudiantes, las clases virtuales representaron un reto que estancó su proceso de aprendizaje. “En la virtualidad era muy difícil que los papás lograran que estuvieran mirando la pantalla todo el tiempo, se distraen. Algunos van a terapia y con la pandemia la terapia era virtual, que no es lo mismo. Algunos empezaron a sufrir de depresión”. Los niños que dejaron de hablar en sus casas, que no querían conectarse más a las clases virtuales y que botaban los cuadernos en medio de su frustración.

Hoy Nicolás está pendiente de la evaluación de los de tercero: solo hay tres en el salón, unos 10 más hacen la evaluación virtual que él les mandó en un link. Cuando los niños en el salón van por la mitad del examen, los de la reunión virtual ya van terminando. Nicolás lo entiende: mientras en el salón interactúan entre ellos, socializan, en la casa están solos y muchas veces los papás les ayudan o les terminan haciendo las tareas.

“Los niños necesitan liberarse de los adultos, lo digo con toda la amplitud del término. Los adultos les estaban conminando. Nosotros vemos a los niños llevar su mirada hacia la parte superior de la pantalla, porque ahí está un adulto amenazante o un adulto condescendiente, ambos extremos son peligrosos”, agrega el profesor Carlos Silva que ha notado que en sus clases los niños no tienen la oportunidad de resolver el problema de un ejercicio porque los adultos por fuera de cámara se lo resuelven. 

Todos los profesores que ahora vuelven al Indoamericano han notado los efectos que la pandemia y la educación virtual han tenido sobre los niños. Nicolás afirma que niños y niñas que sabían escribir bien, por ejemplo, ahora separan las sílabas de una sola palabra. Eilen Antequera, la profesora encargada de Primero, también lo ha visto: las tareas de los niños que estaban en virtualidad llegaban perfectas, y ahora, que vuelven al colegio, no pueden leer la instrucción del ejercicio.

“Cuando uno les pregunta cómo hacían en la casa dicen que se lo leía la mamá. En las clases virtuales les digo a los niños “tu mamá y tu papá ya saben leer, ahora tú eres el que necesita aprender”, para que el papá en casa escuche y sepa que uno se da cuenta. Es hacerles caer en cuenta, con todo el cariño, que hacerles las cosas a los niños no es ayudarles sino retrasarles muchos procesos”.

Aunque en las últimas semanas, el debate nacional sobre la reapertura de los colegios ha gravitado alrededor de las declaraciones de Fecode, el sindicato de docentes que ha reiterado que todavía no están dadas las condiciones para volver a la presencialidad, en el Gimnasio Indoamericano, los profesores insisten en las ventajas de volver al colegio: niños que vuelven a compartir la cotidianidad con otros de su edad, que socializan y entienden en comunidad la realidad del tapabocas y el distanciamiento. Eilen dice que cuando van al colegio hay un aprendizaje social que no existe en sus casas y que resulta fundamental en su formación.

“Si yo soy hijo único y he estado en mi casa durante un año, he sido el centro de atención, he sido la persona a la que le han solucionado todo y no me he dado cuenta de que existen otros a mi alrededor que merecen el mismo respeto y atención. Volver al colegio no es solo lo académico: si siempre he tenido todo para mí va a ser muy difícil entrar en sociedad como ser humano”, asegura Eilen. 

Justo cuando termina de hablar se le acerca un niño de unos 6 años al que le caen gotas por la frente. Eilen le dice, en un tono de chiste y cariño que tal vez se le escapa al niño que la escucha, que si se moja acalorado se le va a torcer la cara. Es una interacción de segundos pero se notan los matices del contacto que se pierden en una clase mediada por pantallas.

Hay profesores que defienden la virtualidad y dicen que los niños sí están aprendiendo, pero eso es mentira.

Aún así, los tres profesores aclaran que el regreso no ha sido fácil. Nicolás cuenta que los primeros días de alternancia fueron caóticos: habían hecho un plan detallado con señalizaciones y marcas para definir dónde podían estar los niños; pero a medida que empezaron las clases las cintas dejaron de significar algo ante las las ganas de abrazarse, de volverse a tocar y de mostrarse los tapabocas. “El inicio fue muy torpe. Los protocolos en el papel se ven bien, pero en la práctica es un poquito más complicado, sobre todo trabajando con niños”, dice.

Aún así, cada día que pasa profesores y niños se acoplan más. Carlos Silva cuenta que ya los niños se recuerdan unos a otros las medidas, el tapabocas, los distanciamientos. Nicolas Ortiz cuenta que después de la segunda semana cada profesor fue encontrando su propia metodología. Ahora él alterna la clase con tiempo de trabajo autónomo entre presenciales y virtuales. Así, dice, se puede concentrar en unos y en otros y se desenvuelve mejor.

Pero las dificultades siguen. Su labor sigue sin ser ideal y él siente que su trabajo ahora es doble.

“Para nosotros es mucho más incómodo estar en alternancia. Es más fácil estar en la casa dando una sola clase virtual para todos que dar una clase doble en alternancia. Hay profesores que por eso defienden la virtualidad y dicen que los niños sí están aprendiendo, pero eso es mentira, lo dicen por beneficio propio. En términos educativos, es mucho mejor que los niños asistan a que estén viendo clases a través de una pantalla”, asegura.

Nicolás reconoce que la presencialidad es fundamental pero también reconoce que Fecode tiene un punto: es imposible que los profesores no tengan contacto con un niño que, por ejemplo, no puede abrir un jugo o pierde el tapabocas, por eso se sienten “en la fila del cañón” enfrentando un riesgo mayor de contagio.

“Es que las condiciones no están”, dice Eilen sobre la postura de Fecode en la discusión sobre si ya es momento de volver a la presencialidad. “Para poder volver hay que pensar, por ejemplo, que los profesores deberíamos estar al menos en la segunda línea de vacunación por todo el contacto que tenemos. Porque no es solamente el niño, sino es el papá, la mamá, la abuelita y todo el círculo a su alrededor”.

Yo respeto y soy defensor de las agremiaciones que han tenido mucha razón durante un tiempo. Pero ya no.

Carlos Silva reconoce que hay colegios en el país que demandan atención en  infraestructura y otros problemas urgentes, pero considera que la postura de Fecode puede ser perjudicial. 

“Yo respeto y soy defensor de las agremiaciones que han tenido mucha razón durante un tiempo. Pero ya no. Por lo que he hablado con conocidos en el sector oficial me he dado cuenta de que esto se ha convertido en una excusa. Estamos saliendo, yendo a los centro comerciales con los niños y niñas, ¿pero a la escuela no? Es cierto que hay necesidades que atender, pero esa no puede ser la excusa para que los maestros estemos vulnerando el derecho a la educación de nuestros niños. La educación en Colombia, en la infancia, tiene que ser presencial”, dice.

En el Indoamericano la riqueza de la presencialidad se hace evidente casi en todo momento: en Ana*, de 8 años, que pide escuchar una canción de Selena mientras siguen con la evaluación y en Juliana* que le explica al profe que a Ana le encanta Selena. En Andrés*, de 9 años, que tiene un déficit de atención e hiperactividad y tuvo muchos problemas para asistir a las clases virtuales por la pésima conexión a internet que tenía en la casa, pero ahora dibuja un ejercicio de clase con un sinfín de detalles. También se nota en la clase de danza del profe Michael: es la evaluación del paso de cumbia, y los niños en el patio se ríen y copian los movimientos mientras el profesor gira con una chaqueta atada a la cintura que hace las veces de falda. Los niños en la pantalla, mientras tanto, bailan solos ante una pared, a veces acercando su cara a la pantalla para ver lo que su profesor y sus otros compañeros están haciendo.

Y hay distanciamiento y están las caras tapadas y está prohibido el contacto y a veces incluso compartir. Pero debajo del tapabocas siguen siendo niños: se ríen, gritan, cantan, cuentan historias sin importar las nuevas barreras ni la distancia que los rodea.

Cuando Carlos habla de lo que vio cuando los niños estuvieron ausentes y de lo que ve ahora que vuelven, se le quiebra la voz. Se disculpa y dice que a las personas que aman este proceso sensible del arte y la pedagogía infantil les queda muy difícil controlar la sensibilidad. “Al regresar vimos niños liberados, vimos niños en estado natural otra vez. Son como cachorros de león que estaban enjaulados y que en la escuela vuelven a ser lo que son, vuelven a ser niños con mucha sed de vivir”, dice.

En el colegio, niños y profesores se sienten naturales: se hacen chistes, se cuentan historias, se siente una cercanía que los dos metros de distancia no pueden impedir. En el colegio se escuchan y se ven sin problemas de conexión, también sin adultos que aunque intentan ayudar a veces vigilan y cohiben. Que lo peor de todo este tiempo ha sido el “Coronavirus 19”, en palabras de los niños, y que, aunque es un riesgo y no están todas las condiciones, nada reemplaza por ahora lo que se gana volviendo al colegio.

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