Todas quieren con Nohora

En el centro de Bogotá existe una casa a la que cientos de mujeres llegan con un mismo propósito: jubilarse de el oficio más viejo del mundo. ¿Cómo es el retiro de una prostituta?

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Alejandro Gómez Dugand

19.08.2011

Una casa buena para parchar

El bazuco le reventó a Yeni en un parque. “Me reaccionó el vicio”, dice. La Real Academia de la lengua Española define al bazuco como un cigarrillo de marihuana y cocaína, pero la realidad, al menos en las calles de Bogotá, es otra. El bazuco es una combinación de residuos de cocaína, polvo de ladrillo, bicarbonato de sodio y cualquier otro químico que se tenga a la mano. En Bogotá, ciudad en la que una bolsa de cocaína puede conseguirse por unos 3 dólares, el bazuco es la droga de menor precio, y la única a la que los indigentes pueden acceder. El bazuco, esa combinación mortal e inestable, fue lo que le reventó a Yeni estando en un parque: “Me metí en la película de que los vigilantes me iban a violar o que alguien me iba a encontrar toda trabada. Me entró el pánico y agarré a correr y a brincar bardas. Lo único que vi bueno para parcharme fue una casa. Puse unos cartones, me fumé el último tabaco y me eché a dormir”.

Detrás de unos lentes gruesos los ojos negros de Yeni se niegan a hacer contacto visual conmigo (después me enteraría de que esos ojos que no se cruzaban con los míos poco ven luego de una sobredosis de alcohol). Yeni, una morena alta a la que las palabras le salen de la boca igual que una bola de nieve rueda cuesta abajo, me dijo entre risas que le gustan los rubios. “Así como usted”. La miré intimidado y me dijo que estuviera tranquilo, que desde donde estaba no alcanzaba a ver mi cara y que no podía saber si le gustaba o no. Rió una vez más y dijo que sí le gustan los monitos, “pero un día de éstos voy a colocarme un paisano para reprenderme”.

Después del ataque de pánico en el parque la despertó la voz de una mujer despampanante. Era la Barbie, una persona definitiva en la historia de Yeni. “No, mi querida”, fue lo que recuerda que le dijo, “si quiere ropita o algo para cambiarse venga acá que yo le doy”. Así fue. Yeni empezó a volver a esa casa del centro de Bogotá a cambiarse de ropa, a bañarse, a comer algo. Había probado las drogas y el alcohol antes de cumplir los diez, y poco tiempo después empezó a prostituirse hasta el punto de llegar al Cartucho, un barrio en el centro de Bogotá habitado durante décadas exclusivamente por indigentes. Un día, esa misma mujer que le había hablado la primera vez le preguntó, con el tono de un vendedor de enciclopedias, que si no quería hacer algo diferente con su vida. Yeni dijo que sí, “entonces espere a que llegue mi mami, y habla con ella”.

Nohora, La Bavaria, Barbie y los miércoles por la tarde

Nohora Cruz se define como comunicadora de profesión y profesora de vocación. Cuado suena su celular mira la pantalla con los ojos entrecerrados para poder ver quién la llama. Tiene las gafas a la mano, pero está demasiado ocupada para ponérselas. Hoy es la directora de la Fundación Vida Nueva. Acá, cientos de mujeres llegan con la intención de dejar la calle.

Por allá en los ochenta, Nohora tomó una decisión definitiva. Abandonó el trabajo que tenía en un colegio de Bogotá para dedicarse de lleno a algo a lo que había dedicado muchos miércoles por la tarde: ir al Cartucho para conversar con mujeres prostituidas. Al preguntarle qué la motivó a dejar su trabajo, responde: “No era feliz”, tal vez sin entender el peso que tiene esa frase.

Nohora empezó a ir a las calles y a formar, con otras mujeres, un grupo de oración. “Todas íbamos allá por el refrigerio” dice Blanca, conocida antes como La Bavaria y ahora como La Gorda. “A la Mona lo que yo le iba a hacer era tomasiarla. Así llamábamos en mi parche a echarle escopolamina a alguien”.

La mayoría de las mujeres que trabajan en la calle no confían en nadie. “Ellas son como catadoras”, dice Nohora. “Saben perfectamente quién las abraza por que tiene que hacerlo y quién lo hace porque quiere. Sienten que quien se les acerca sólo quiere usarlas”.

Pero poco a poco esta mujer que escuchaba historias todos los miércoles fue ganándose el corazón de las mujeres. Sin que se lo propusieran, se empezó a formar una familia, y La Bavaria se convirtió en una suerte de hermana mayor. El grupo de oración se fue expandiendo, nacieron talleres de costura, conversatorios, celebraciones de navidades y días de la mujer.

Esa época en la calle fue muy difícil para Nohora. Tuvo que enfrentar historias como la de La Bavaria, quien al preguntársele cuándo se inició en la prostitución, responde: “Es difícil decirlo cuando a una la violaron veinte personas a los ocho años”. La Bavaria se crió en El Cartucho (ese lugar en el que los muertos aparecen debajo de pilas de basura) desde los seis. Su pasado hace que el pasaje más sórdido de los libros de Bukoswski parezca un capítulo de Plaza Sésamo, pero ahora ella es la piedra angular de la fundación, de la que ahora es coordinadora.

También en esos días Nohora acompañó a las mujeres en su sitio de trabajo: “Recuerdo un cuarto con una cama desolada y una mesa de noche llena de papel higiénico. Me contaron que muchas usaban pantalones que les permitieran sacar sólo una pierna para no tener que empelotarse con un cliente, y que jamás daban besos. Aprendí que pocas usan condón y que incluso cobran extra por no hacerlo”.

En 1994, luego de saltar de un lado a otro, nació de manera definitiva la Fundación Vida Nueva. Hoy tiene tres sedes de la que entran y salen más de doscientas mujeres y sus hijos. Pronto estrenarán una obra de teatro, quieren armar un coro.

Son ya más de veinte años los que Nohora ha dedicado a trabajar con mujeres en estado de prostitución (el término ‘trabajadora sexual’ le parece peligroso: “El trabajo debe dignificar a la persona —dice—, y no veo de qué manera la prostitución puede dignificar a una mujer”). En la fundación no sólo solucionan los problemas materiales de estas mujeres (no tener techo para pasar la noche, enfermedades, abusos), sino que también se sanan heridas que no desaparecen con cicatricure. “Soy como una mamá para ellas”, dice Nohora, y lo es casi literalmente: las oye cuando tienen problemas, les da para la merienda antes de salir al colegio y consiente a sus hijos con chocolates.

La Barbie, aquella guapa rubia que había despertado a Yeni el día que durmió en la entrada de la fundación, por ejemplo, dice que nació de las “extrañas” de Nohora. Ella ha marcado la vida de Nohora y la de la fundación. Es hermana de Mónica Rodríguez, en quien se inspiraron para hacer la película La Vendedora de Rosas; es, además, una mujer hermosa y por eso vivió en un mundo diferente al de La Bavaria. Nohora recuerda que La Barbie le decía “desechable” a La Gorda, argumentando que era una puta barata, mientras que ella era una puta in. Pero Nohora sabe que todas las mujeres que se prostituyen viven el mismo infierno, “lo único que cambia es el empaque, unas están envueltas en satín, otras en papel periódico”.

Además de un hogar y un centro de ayuda para las mujeres que trabajan, la fundación es visitada por estudiantes de colegios y universidades. Hace algunos años el visitante fue el libretista de la telenovela Todos quieren con Marilyn, en la que se contaba la (no tan original) historia de una prostitua que se enamora de un hombre de clase alta. Nohora, por su puesto, no tuvo tiempo para ver la telenovela, pero se enteró de que La Barbie inspiró el personaje de la protagonista. Recuerda, por ejemplo, que Marylin, como la Barbie, pidió a gritos que la llevaran al hospital luego de tener su primer orgasmo luego de una vida de prostutución, pues pensó “que se le había reventado todo por dentro”.

La Gorda y La Barbie son la prueba de que en la fundación no se pierde el tiempo. La primera es coordinadora de la fundación, en la que su hija Paola, víctima durante mucho tiempo de la violencia de La Gorda, hace su práctica como trabajadora social. La Barbie está muy bien casada y dedicada al hogar, aunque visita la fundación frecuentemente. “Por acá llega toda ‘dediparada’, y pensar que unos años atrás no bajaba de ‘gonorrea hijueputa’”. Ellas son las hijas mayores de esta familia, ¿pero quiénes son las mujeres que siguen llegando?

No es sólo una cuestión de voluntad

“Ponga las manos o la cabeza”, le dijo su madre hace once años al descubrir que se había robado una gelatina de la Fundación Vida Nueva, donde vivían. Marcela, de nueve años, extendió sus brazos y su mamá le golpeó las manos con una llave inglesa. Esa vez perdió tres uñas.

Hoy las uñas de Marcela son largas y las pinta de rojo. Ahora con veinte años, habla con la franqueza de quien le han roto el corazón más veces de lo que merece. Contrario a lo que se piensa, Nohora me aseguró que las necesidades económicas no son la única razón para entrar en ese mundo. Marcela, por ejemplo, es hija de una prostituta, y una vida de drogas, violencia intrafamiliar, un padrastro que abusaba de ella, robos y malos amores la condujeron a la calle sin que pudiera objetar.

La calle es para muchas mujeres la salida de un infierno peor o una forma de pertenecer a algo. Marcela, creo, sólo quería que alguien la quisiera, pero encontró tipos que jugaron con ella, que le enseñaron a robar y que alimentaron la adicción al pegante con la que cargaba desde los ocho años.

También está el caso de Yaneth, una mujer de cuarenta años que, con frialdad, acepta que lo hizo por rebeldía. Nohora sabe que cada historia es diferente, no solo en su comienzo, sino también en el desenlace. Por eso no las presiona para que salgan de su estado de manera tajante. “No es sólo cuestión de voluntad, como muchos piensan. Para quien no ve la cosa desde adentro, dejar la prostitución es una cosa facilísima”. A casi todas estas mujeres les han grabado en la cabeza que únicamente son buenas para vender su cuerpo. Para muchas, un encuentro de diez minutos con un desconocido significa llegar a casa con una bolsa de mercado. Para otras, una forma de vengarse de las personas que le han hecho daño.

Luego hablar un rato con las mujeres que recorren la casona, lo más impactante no es descubrir que las peores pesadillas de uno son boberías de niños, sino que uno se da cuenta de que sus sueños son una nimiedad comparados con los de ellas. Y es que hay que tener una valentía épica para soñar con una vida mejor cuando durante años la única tranquilidad que se tiene es una botella de pegante.

“Por eso ellas nunca me decepcionan, ni siquiera cuando vuelven a la calle”, dice Nohora. “La fundación está siempre abierta. Mi tarea es mostrarles que hay otro mundo, otras opciones, pero son ellas las que toman la decisión”.

Un Cristo roto

Yeni ha entrado y salido de la fundación. Tuvo muchas recaídas, pero una de de las peores fue con un cliente que la enloquecía, “un congresista muy importante”. Él la contrataba para que lo acompañara a comprar bazuco, para acostarse con ella y otras mujeres. Era un tipo poderoso pero, en palabras de Yenni, se lo fumó todo. “Terminó en el cartucho con un piyama de rayas que tenía”.

En una de esas intoxicadas, este tipo encerró a Yenni en un cuarto de su apartamento, en un tercer piso. Ella tuvo que romper un vidrio para salir, pero se cortó la cara y dejó su manos hecha jirones. Logró llegar a tierra firme y fue a un hospital. Allá imploró a Dios una segunda oportunidad. Y Dios se le apareció, dice, encarnado en un médico. “Cuando llegué tenía los dedos como morcillas, la piel de la mano parecía de lechona y no sentía nada”. Enloquecida por el síndrome de abstinencia y sabiendo que como N.N. no podía operarse, dijo que quería irse, que se tomaba cualquier pepa para el dolor y ya. Pero el médico que la recibió le dijo que él asumía los costos de su operación. Unas horas más tarde despertó en una camilla, con una voz que le decía que podía irse.

Lo primero que hizo fue llamar a Nohora y ella le dijo que tenía abiertas las puertas para volver a la Fundación. Tuvo que regresar varias veces al hospital para hacer terapias y en una ocasión no aguantó las ganas y se le metió a la oficina al médico que le había salvado la mano. “¿Por qué me salvó?”, le preguntó. Él le respondió que había visto en ella, en su cara rasgada y en su mano destruida, a un Cristo roto.

Ahora Yenni está de vuelta en la fundación porque hace pocos meses se fue de rumba y dejó a sus dos hijos con una amiga prostituta. Esa amiga dejó a los niños solos en la casa y allí los encontró el Bienestar Familiar. En esta ocasión todos sus amigos, sus parceros, incluso Nohora, le dijeron que no la iban a ayudar, que ella se había metido en ese lío y que tenía que solucionarlo sola. Luego de vueltas y ruegos el Bienestar le devolvió a sus hijos. Alejandro, de seis años, dice que está feliz de haber salido de allá. María Alex, de cuatro, dice que sí le gustó, pero que no quiere volver. Ellos prefieren la casa de Nohora, “una señora con muchas hijas viejas” según ellos. Ahora ambos van al jardín, y Yeni los lleva y los recoge.

Detrás de los lentes de marco negro, los ojos de Yeni recorren un espacio de manchas de color borrosas miestras habla. Le pregunto si después de tantos reveces, de tantas recaídas, siente que tiene la batalla ganada. “No —me dice—. Para mí cada momento es una pelea”.

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