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Juan Camilo Chaves

20.11.2013

Desde hace más de diez siglos los japoneses se reúnen en torno al té para celebrar un ritual heredado del budismo zen. La Ceremonia del té –como es llamado– tiene en cuenta cada paso, movimiento, utensilio e ingrediente, para que se exprese adecuadamente una estética de calma, humildad, simplicidad, naturalidad y quietud. Gracias a esta ceremonia, la cerámica en Japón tuvo un particular desarrollo. Uno de los hechos más significativos fue la aparición de una técnica de horneado cerámico para acabados llamada Raku –palabra que significa bienestar–. Su nombre se tomó en honor al templo Jurakudai de la ciudad de Kyoto. Steven Branfman –ceramista norteamericano experto en la técnica– cuenta que aunque sigue siendo un misterio su origen “aparentemente fue creada por ceramistas coreanos bajo instrucciones japonesas”.

La gran diferencia del Raku con una quema tradicional cerámica radica en su proceso. Mientras que en el horneado tradicional las piezas son cocidas a más de 1000 ºC (según el punto de fundición de los esmaltes) por un lapso de 8 a 24 horas, y posteriormente son dejadas enfriar dentro del mismo horno por unas 12 horas más; en Raku se utiliza un horno especial en el que se puede subir la temperatura de 0 a 1000 ºC en poco tiempo, y que además permite que lo destapen para que las piezas sean sacadas al rojo vivo, sin dejarlas enfriar antes.

En la versión japonesa original del Raku, las piezas incandescentes que fueron expuestas a una atmósfera sin oxígeno dentro del horno, tras unos segundos al aire libre son sumergidas en agua fría, para fijar los esmaltes. Sin embargo, en los años cincuenta, el Raku se popularizó en Estados Unidos gracias al ceramista y escultor Paul Soldner, quien reinterpretó la tradicional técnica japonesa, y agregó un nuevo paso al proceso, antes de sumergir la pieza en agua. La idea de Soldner fue aumentar la atmósfera reductora alrededor de la cerámica incandescente, pasándola a un recipiente lleno de aserrín, cartón o papel, aprovechando la combustión de estos materiales. Esto hace que el oxígeno del medio se consuma hasta agotarse, y que eventualmente también se consuma el oxígeno de los óxidos metálicos presentes en los esmaltes de la pieza. El resultado es una reducción química que termina en la formación de metales dentro de los esmaltes, aumentando los característicos tonos iridiscentes y craquelados del Raku.

Hoy en día, la técnica ha ganado adeptos a nivel mundial, y en varias escuelas de cerámica y talleres de Bogotá  esta particular forma de hornear está más viva que nunca.

* Juan Camilo Chaves es artista plástico y estudiante de la maestría en periodismo del CEPER.

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