El psicoanalista de Frankenstein: conversaciones con un poligrafista

La verdad es un recurso escaso. Germán Ferro nos contó sobre su oficio de pillar mentiras.

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Alejandro Gómez Dugand

17.04.2012

Todos mentimos. De hecho, un estudio realizado en Inglaterra demostró que una persona promedio dice al menos 4 mentiras por día. Es decir, 32 a la semana, 128 por mes, 1.536 al año. Si las cifras le parecen escandalosas, piense cual fue la última vez que le echó la culpa a un trancón ficticio por haber llegado tarde a una cita, o cuando uso la popular “te llamo después que no tengo señal”. ¿Cuántas respuestas  ha dado a la pregunta de “me veo gorda con esto”?

Mentir es parte de nuestra naturaleza. Y una vez más, si le parece una afirmación terrible, tómese un segundo para pensarlo. Todos exageramos detalles a diario, omitimos información para cuidarnos a nosotros mismos o a los que queremos. Y el mundo ha funcionado bien de esa manera. Aveces es mejor decir que el bebé recién nacido de un amigo es hermoso así tengamos plena confianza de que su cara se nos va a aparecer en alguna pesadilla. Tan metidos estamos en una maraña de mentiras que hasta la hemos clasificado en mentiras piadosas, nobles, mentiras capitales, mentiras imperdonables. Mentimos, bluffiamos, chicaneamos, paparrucheamos, transamos. Todo el día, a todo el mundo.

Si sigue pensando que esto no puede ser posible, piense en Pinocho, en el Baron de Munchausen, en el Pastorcito Mentiroso, en Jim Carrey en Liar Liar.

Incluso la Biblia muestra que, aveces, es mejor mentir. En Josué 2:1-7, una prostituta llamada Rahab le miente al rey de Jericó para salvar la vida de dos espías judíos que se hospedaban en su casa y en Santiago 2:24-26 se afirma que este episodio muestra que el hombre puede ser justificado por las obras y no solamente por la fe.

Y todas las teorías Nueva Era no parecen mejorar el panorama. En El Secreto y la ley de la atracción no proponen otra cosa que mentirse a uno mismo, auto-convencerse de que así todo se esté yendo al caño, que en realidad nada podría estar mejor.

Mentimos, calumniamos, engañamos. Todo el día, a todo el mundo. Pero en muchas ocasiones, lo hacemos porque es lo mejor, porque el fin justifica los medios, porque en el amor y en la guerra todo se vale. Lo único cierto, es que nada lo es.

En este mar de mentiras en el que vivimos, la verdad se ha convertido en un tesoro a veces mal guardado. Y es que, cuando todos tenemos la seguridad de haber sido engañados millones de veces, descubrir al menos uno de esos engaños es una experiencia viciosamente placentera. Todos quisiéramos tener el poder de convertir a quienes nos rodean en unos Pinochos a los que la nariz les crece en el momento en el que evaden la verdad.

Germán Ferro: poligrafísta

Germán Ferro tiene 6 años de experiencia como poligrafista. Se preparó en la Universidad de Panamá y desde entonces ha trabajado a nivel privado y con entidades del Estado. Su trabajo se concentra en los procesos de selección de personal para las empresas. Nunca ha entrevistado criminales, pues en Colombia los entes de seguridad tienen su propio equipo de sabuesos. Las mentiras más comunes que oye en su oficina es de gente que dice tener más experiencia de la real, que dicen ser ingenieros a pesar de solo haber cursado 7 semestres. También es su trabajo indagar si una persona ha robado en sus trabajos anteriores y logra que la gente le confiese sus pecados con mayor frecuencia de lo que uno creería.

¿Cómo funciona?

Consumir anfetaminas produce sudación, agitación respiratoria y dilatación de la pupila. Los mismos síntomas los sufre un adicto a la morfina en un episodio de abstinencia. La catinona, ingrediente principal del qat (un estimulante masticable bastante común en países como Somalia), es un alcalino que de ser consumido en exceso puede envenenar y matar a una persona. Los sintomas de ese envenenamiento: sudoración, ruborización, agitación del ritmo cardiaco y respiratorio, temblores. Decir una mentira es como estar en una traba que salió mal.

¿Miente el polígrafo?

Además del polígrafo y del tiopentato de sodio, conocido como el  Suero de la Verdad, la obsesión humana por desenmascarar una mentira ha encontrado otras herramientas para saber si alguien miente: se supone que una persona que se mueve poco y mira de lado a lado con nerviosismo con seguridad está mintiendo. O que alguien que toca demasiado su nariz, mira al suelo, hace demasiadas pausas mientras habla o se alarga demasiado en su explicación. Y es que aunque mentir parece ser tan parte del ser humano como un riñón, hacerlo bien es casi un arte. En EE.UU., por ejemplo, hay personas que entrenan, de manera ilegal, a mentir bien, para poder engañar a empresas de seguros.

Germán Ferro dice que el polígrafo es la mejor opción y que tiene un 98% de fiabilidad. Sin embargo, solo hace falta googlear un rato para encontrar muchos casos en los que hasta este aparato casi infalible ha sido tramado. Uno de los casos más conocidos es el de Aldrich Ames (cuya historia está íntimamente ligada a Colombia) . Este espía americano que traicionó a su país al venderle información a la KGB, durante la Guerra Fría, logró burlar no sólo una, sino dos veces a los poligrafistas de la CIA.

El enemigo

En una situación de evaluación real, Germán Ferro le pide al evaluado que se siente en una silla enfrente de su escritorio y entonces empieza a conectarlo al polígrafo. En las palmas de su mano van unas chupas que miden la humedad de la piel, al rededor de su pecho va un tubo que convierte la respiración nerviosa del entrevistado en una fluctuante línea azul en la pantalla de un computador, en su brazo pone un tensiómetro que mide el ritmo cardiaco. Cuando todo esto ha terminado, el entrevistado queda convertido en un buzo de profundidad lleno de tubos por todos lados, en un paciente comatoso, en un Frankestein al que le van a desfragmentar el disco. Desde ese momento, el peor enemigo de un mentiroso es su propio cuerpo.

Ferro se sienta detrás de su escritorio y le explica con claridad a su víctima lo que va a pasar, le dice los temas que van a cubrir y luego le pide que respire hondo, que va a empezar el cuestionario. Acá es cuando empieza el Cristo a padecer. Las preguntas que hace Ferro van desde ¿es verdad que usted estudió administración? hasta ¿ha estado vinculado a un grupo armado al margen de la ley? Muchos prefieren confesar robos, exageraciones en la hoja de vida y su pasado criminal antes de quedar desenmascarados en la pantalla del Dell de Ferro.

Él es como un cura en un confesionario, pero con poderes mágicos; y el castigo de los pecadores que entrevista en su oficina al norte de Bogotá no es rezar una tanda de padrenuestros, sino perder la posibilidad de conseguir un trabajo.

Schandenfreude

Mentimos todo el tiempo, a todo el mundo.

Tal vez, lo único seguro es que uno ha sido engañado tantas veces como uno ha dicho mentiras. Seguramente es eso lo que hace que descubrir una mentira sea algo tan placentero, tal vez hacerlo apele a nuestra naturaleza vengativa.

O quizás sea algo de voyeurismo. Ese mismo voyeurismo que reventó el raiting del programa Nada más que la verdad del Canal Caracol, en el que a los concursantes se les hacía un cuestionario de 100 preguntas espantosamente personales y por cada confesión que hacían (tener relaciones homosexuales con un mejor amigo, infidelidades, robos) ganaban millones mientras destrozaban su intimidad ante todo un país.

O de pronto es eso que los alemanes llaman Schandenfreude sea lo que entre en juego. Schandenfreude designa el sentimiento de placer producido por los infortunios ajenos. Quizás sea el acto de ver como una persona queda reducida a su más desnuda realidad, presenciar como alguien es castigado por sus propios actos, lo que nos encanta de pescar a un mentiroso.

O de golpe es una mezcla de todo. Tal vez nos gusta saber que la gente guarda secretos terribles porque, por un momento, nos podemos olvidar de los nuestros. Porque si alguien miente, no importa que uno lo haga también.

Quizás para la gran mayoría de las personas esa sea la verdadera razón por la que codiciamos conocer la verdad de todo.

Pero no para Germán Ferro.

Para él la única satisfacción de descubrir un engaño es la de poder llegar a  casa con el sentimiento de haber tenido un buen día en el trabajo.

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