No basta con ser héroe de combate

En Colombia el conflicto también se ha trasladado a los hogares y, aún así, hay quienes buscan anteponer su familia sobre todos los posibles escenarios de violencia. Este es el caso de Eduardo Arboleda, un enfermero de combate pensionado que prestó servicio en el Ejército por más de 20 años.

1960

Estefanía Díaz Ramos

01.11.2016

Entrada la tarde de domingo estamos ubicados alrededor de un comedor con cuatro lugares. Justo al frente, Rosa Rincón, quien junto con su esposo —ubicado a mi izquierda— ha decidido recibirme en su hogar. Allí, conversando sobre anécdotas de sus vidas, Rosa toma la palabra y entre tanto, sin buscar llamar la atención, Eduardo se levanta de la mesa, se dirige a la cocina y empieza a lavar. Sus hijos ven televisión en la sala, Rosa sigue hablando en el comedor y  en la cocina suena el agua cayendo sobre metal. Eduardo Arboleda cuidadosamente retira un jarrón, lo seca y se dispone a preparar chocolate.

A la par del sonido de olleta y molinillo, y de Valiente —una película infantil que están transmitiendo por televisión— Rosa cuenta cómo se conocieron, qué hacen los niños y hace cuánto viven en esta casa. Eduardo por su parte termina de cocinar, corta unas tajadas de queso e interrumpe:

–¿Quieren sólo queso o con calado?

–Bueno con los dos, gracias

Eduardo ubica en cada plato un pocillo, una tajada de queso y un pan tostado, los reparte y finalmente toma asiento.

“Él siempre es muy servicial, si yo necesito hacer algo: ir al medico, acompañar a mi familia o algo así, él se encarga de los niños, hace el aseo, cocina y nunca pregunta o alega por eso. Es muy diferente a sus compañeros”, dice Rosa, “siempre es así”.

Eduardo Arboleda.

Eduardo Arboleda es un enfermero militar pensionado que sirvió al Ejército Nacional por más  de veinte años. Él, al igual que muchos de sus compañeros, estuvo apartado de su familia por largos periodos de tiempo. Aún así, en su interés por salir adelante y mantener su familia unida, no profesó ningún comportamiento militar en su hogar. Arboleda más que un héroe de guerra, es el héroe de sus hijos: un buen padre y profesional.

Pero, aunque quisiéramos que este hecho fuera habitual y poco sorpresivo, la historia es distinta.

***

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la familia, al presentarse como núcleo básico de socialización y estar enmarcada por vínculos afectivos, se encuentra catalogada como derecho natural y fundamental de la sociedad. A pesar de ello, en países como Colombia muchas de las familias se convirtieron en espacios de riesgo y violencia para sus miembros; y en uno de los escenarios con mayor impunidad para el agresor.

En nuestro país, por cada hombre que denuncia ser víctima de violencia por su pareja, seis mujeres lo hacen. El conflicto que nos ha acompañado por más de 50 años se trasladó también al hogar y la víctima protagónica resulta ser mujer. Para muchos, esto puede causar disgusto o indignación pero ¿qué pasaría si a pesar de esto, algunos intentaran cambiar sus prácticas y acabar parcialmente con la violencia, al menos, dentro de su familia?

Este es el caso de Eduardo Arboleda, un hombre que ha velado durante gran parte de su vida por formarse como buen profesional y acompañar a su familia para “salir juntos adelante”. Su caso es atípico, teniendo en cuenta su vínculo con el Ejército; una institución en la que, según informes como el de Colombia: Mujeres, Violencia Sexual en el Conflicto y el Proceso de Paz, realizado por ABColombia y Sisma Mujer, muchos de sus miembros han participado en actos de violencia contra la mujer dentro del conflicto. Además, en algunos casos, miembros de las fuerzas militares han tenido conflictos de índole intrafamiliar, justificados, según ellos, en razones como su compromiso con la institución y la situación de conflicto en nuestro país, de acuerdo con informes de la Dirección General de Sanidad Militar.

Él y Rosa Rincón, su actual y única pareja, se conocieron por teléfono. “Algunos dicen que muy raro, pero eso ha sido bonito porque él —estando lejos y todo— nunca me dejó”, dice Rosa, recalcando que  “a pesar de la fama del militar, esa de que tiene un amor en cada pueblo”, Eduardo, no sólo  le cambió la visión que tenía de los militares como ‘perros’/infieles, sino también su imaginario frente a la actitud machista que ella supuso tendría su esposo.

En el año 2003, cuando Maikol -su primer hijo- nació, Eduardo era odiado por toda la familia de Rosa. Ellos pensaban que él de cierta manera la maltrataría, o que no iba a responder por su nueva familia. Pensamiento que se reforzaba con los extenuantes horarios de trabajo que Eduardo debía cumplir dentro del Ejército. “Podía volver a Bogotá cada ocho o nueve meses durante aproximadamente 10 días, era mi único tiempo libre”, dice , “pero tocaba o sino dígame, ¿cómo íbamos a surgir?”

Aunque el trabajo de Eduardo era vital para su familia, “la distancia fue muy difícil”, afirma Rosa, quien, acompañada de su madre, se hizo cargo del bebé. Así, podríamos decir que salvando vidas, Eduardo perdía parte de la suya, y que este fue uno de los costos de la guerra. Tras una serie de intentos, al llegar al Batallón de instrucción en Bogotá, la comunicación de Eduardo con su familia, aunque más frecuente, tendía a ser esporádica.

Ya no había tanto riesgo, pero tampoco compañía.

Maikol, que ahora tiene 13 años, no estuvo acompañado por Eduardo en su infancia. Sin embargo, “sólo gracias a que estaba en el Ejército pudimos conseguir lo que queríamos”, me dice. Pues bien o mal, él provee económicamente a su familia desde que Rosa decidió dedicarse a las labores del hogar. Ahora, pensionado, intenta a diario recuperar el tiempo perdido, compartiendo cada vez más con su familia, sin desconocer que su entrada al Ejército le ayudó a “estar mejor y salir desde abajo”

***

La estadía de Eduardo en el Ejército no es un tema de conversación dentro de su familia. Nunca habló de sus hazañas de guerra “¿para qué andar preocupando?”, dice. Sin embargo, sólo a través de su labor como enfermero de combate él se acercó a sus sueños.

Entrenamiento dirigido por la Fundación de Enfermeros Militares, de la que Eduardo hace parte.

Así, aunque gran parte de los 83.000 jóvenes que anualmente ingresan a prestar el servicio militar obligatorio en Colombia, lo hacen debido a su falta de oportunidades económicas; este hombre sentía estar viviendo un sueño. Eduardo afirma que ingresó al Ejército colombiano pensando en la institución como un ejemplo a seguir y una forma de mejorar su situación económica.

Recuerda que cuando era niño anhelaba ser parte del Ejército, lo que lo llevó a unirse a las filas y servir en cinco batallones. “Vengo de una familia humilde entonces, la necesidad de surgir. Donde yo vivía —en La Dorada, Caldas—, no habían muchas formas de subsistir dignamente”, me dice, mostrándome que la admiración y los sueños de infancia podían confluir con la necesidad de ‘salir adelante’. Como un primer paso.

Arboleda, como le dicen sus compañeros, duró dos décadas recorriendo este país y  dándose cuenta de que diariamente en los campos, selvas y bosques nacionales “hay personas que se juegan la vida por un ideal y otras desafortunadas que la pierden sin pertenecer a ningún bando”. Los bandidos —como diría este hombre para referirse a los grupos guerrilleros— se enfrentan con el Ejército Nacional; y aquel enemigo ‘invisible’ conocido como la mina antipersonal (pequeño explosivo que tiene en su interior puntillas, pedazos de lata, excrementos y venenos, y al ser pisado puede matar, infectar o lisiar a sus víctimas), con un total de 33.706 eventos reportados a 2016, continúa llenando los campos de incertidumbre para civiles y combatientes.

“Algunas veces la ayuda llegaba cuatro, cinco o seis días después”, comenta Eduardo sobre la posibilidad de salvar a un herido de gravedad. Esto, debido a la geografía del territorio o a los problemas de comunicación y ubicación. Sin embargo, al parecer no hay respuesta concreta. La guerra se torna impredecible. Le pregunto, qué es lo más duro del conflicto y hace referencia al ver morir a una persona en sus brazos: “eso me pasó varias veces, pero lo importante es haber intentado ayudar”, dice  y así justifica por qué dentro del Ejército eligió desde el principio ser enfermero de combate.

“Muchas veces veía en el área de combate que no había gente preparada para atender una emergencia. Me ha gustado ayudar… me he encontrado muchas personas amputadas, mucha gente que yo he atendido. Es una gran satisfacción encontrarse con alguien a quien uno le ha salvado la vida”, afirma Eduardo. Me explica entonces que para ser enfermero de combate lo único necesario es querer ayudar, “¡ah!, y saber de vendajes y primeros auxilios. Lo demás viene con la práctica”.

A pesar de su explicación, la historia de este Soldado profesional pensionado, no dice lo mismo. En su afán por ser cada vez un mejor profesional, Eduardo se ha dedicado a fortalecer su formación en el área de la salud. Así pues, ya lleva más de cuarenta cursos y capacitaciones: salud ocupacional, técnico en enfermería y farmacia. La mayoría de estos costeados por su cuenta.

“Claro que el Ejército me ha dado algunas de las capacitaciones, pero cuando uno dice que quiere estudiar tal cosa, la mayoría de la gente no quiere que uno surja. Inclusive,  estudié enfermería cuando estaba en el Ejército, pero peleando. Me tocó cambiar los permisos y  todo para que me dejaran salir a estudiar los fines de semana durante año y medio. Y yo pagaba todo.”

El interés en su oficio tenía entonces dos arista: por un lado,  ayudar y superarse como profesional y por otro, conseguir lo necesario para mejorar gradualmente sus condiciones de vida. Partiendo de ello y aún sin la total ayuda del Ejército, Eduardo trabajó junto con su familia para salir adelante.

Muestra de ello está su casa, de ladrillo, compuesta por tres pisos: arriba tres habitaciones y un baño y en el primer piso, la cocina con sala-comedor. Esto terminó por convertirse en el gran logro familiar, brindándoles la estabilidad que empezaron a buscar años atrás.

Eduardo, Rosa y sus dos hijos. /Foto: Estefanía Díaz

Arboleda, según sus compañeros siempre estuvo pensando en su familia, tanto así que logró que su sargento en Rincón Quiñones —Batallón que estaba en Bogotá pero fue trasladado al Putumayo— le colaborara para llevarlo, justo antes del traslado, al Batallón de Instrucción en Usme (localidad al sur de Bogotá), en 2011. Allí podía salir los fines de semana o recibir visitas en su lugar de trabajo y así fortalecer su relación familiar.

–En medio de todo, siempre procuré tranquilidad. Cuando venía disfrutaba el tiempo en familia y ahora que estoy en la casa más tiempo le ayudo a mi señora con el oficio y a mis hijos con sus tareas

–¿Y qué les enseña?

–Que la educación es muy importante, que estudien lo que quieran pero lo terminen y aprovechen las oportunidades que yo no tuve.

Así, terminado su servicio en el Ejército, Eduardo ahora busca continuar su formación para convertirse en el nuevo héroe de sus hijos: un mejor padre y profesional en enfermería.

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