[NARCOLOMBIA] Pablo Escobar abre su corazón como una vitrina de balas

‘Un mundo sin objetos es al final un mundo sin humanos’, escribió Noël Valis. También Pablo Escobar era un coleccionista de objetos: las balas con las que mató enemigos y socios y las armas con las que disparó. Esta es la historia.

Fernando Salamanca R.

Escritor e investigador Universidad de Los Andes

17.10.2020

Hace un tiempo, cuando revisaba el material que había investigado sobre Pablo Escobar e intentaba organizarlo, encontré una fotografía en el libro The Memory of Pablo Escobar, de James Mollison y Rainbow Nelson. Ahí aparece una pistola incrustada entre las hojas recortadas de un libro. Junto al arma, en un rectángulo más pequeño, están los diez proyectiles. En la página siguiente, en la silueta de la pistola recortada, se avizoran unos versos perfectamente legibles:

«Míralo bien, 

Brown descansa…y

La tragedia

Le rodea por todas partes.

¡Chiflado! ¡Todos ellos chiflados!

Están cansados… tan cansados

Todos los días discutir lo mismo.

Sólo hay tiempo para una cosa,

¡Escuchar la hora del Señor Bocadillo!»

Se trata de Brown descansa, una popular canción inglesa incluida en la novela de ciencia ficción Dune de Frank Herbert (1965).  Según el libro, las 734 páginas fueron devoradas por el joven Pablo Escobar y años después, fue uno de los escondites predilectos para su pistola más querida, la mítica Sig Sauer marca Glock. Esta es su historia: 

En la madrugada de un jueves de marzo de 1987, Escobar llamó al periodista Germán Castro Caycedo para invitarlo por primera vez a su refugio en las afueras de Medellín. La llamada le pareció por lo menos sorprendente, no solo porque Escobar hubiera aceptado una entrevista exclusiva para hablar sin tapujos, sino porque la imagen de la ciudad sitiada por el frío, hubiera bastado en circunstancias normales para convencerse de que salir era insensato, casi temerario. La invitación no era cuestión de cortesía, y Castro Caycedo sospechó que iban a hablar de armas de fuego. No de cualquier arma de fuego, por supuesto: hablarían de la pistola preferida del capo antioqueño, y de la colección de proyectiles que había reunido desde su juventud. 

Mientras esperaba a los hombres del capo, Castro Caycedo dimensionó las posibilidades del reportaje: si lograba conseguir esos proyectiles y luego los ponía al frente de sus víctimas atravesadas por los balazos, abriría las puertas de una Colombia aterradoramente real que aún no conocía, como escribió en su reportaje. Con esas balas podía lanzar a Escobar un sinfín de preguntas. El periodista sintió que el destino le daba una palmada de confianza cuando reconoció que la figura rechoncha con el pelo partido en dos, cual cantante de milonga, era la del propio Escobar conduciendo su carro. El cielo estaba limpio y sin nubes, y alcanzaban  a verse los picos de las montañas. Llegaron a una casa gris y desprovista de cualquier adorno, y Escobar lo sorprendió con una revelación: «los colombianos no mueren con más de cinco o seis balas». Todas, añadió, fabricadas en los Estados Unidos, compradas en el mercado negro y, por supuesto, traídas por contrabando. 

Castro Caycedo describe a su entrevistado como dueño de una compostura admirable, seguro de sí mismo, incluso animado. Encontró la razón cuando Escobar se puso de pie y sacó de la alacena una pequeña bolsa plástica que abrió sobre la mesita de centro de la sala y dejó caer siete balas sobre el vidrio. Había abierto su corazón como una especie de vitrina. 

 «Cójalas, púlselas y yo le explico algo de cada una. Luego busque a los que las usan para que le cuenten lo que yo no sepa. ¿Por cuál comenzamos?», le preguntó Escobar.  Castro Caycedo respondió que quería conocer la historia de Antonio Giraldo y un tal ‘Ramon cachaco’, los dos primeros capos de esta guerra. Escobar tomó el primer proyectil en la palma de su mano derecha. La adelantó y comenzó la lección.      

Escobar evoca con pelos y señales los detalles de sus primeros años como contrabandista: el día y la hora, los primeros muertos que hubo en Antioquia por la “Guerra del Marlboro”, y las que vinieron después. Castro Caycedo podía escoger algún proyectil —«la del plomo achatado», «la dum-dum calibre 38», «la nueve milímetros»— y enseguida Escobar le recitaba la película completa: a ‘Ramon cachaco’ le dieron con la del plomo achatado, la punto tres cincuenta y siete toca el cuerpo y se deforma con facilidad; el impacto es mucho más poderoso que el de una calibre treinta y ocho normal porque tiene más pólvora, «más propelente».

En el relato construido por Castro Caycedo (‘Las balas que matan a Colombia’, publicado en una serie de cuatro reportajes en la revista Cromos en noviembre de 1994), Escobar aparece como un experto, sus movimientos, sus ademanes, sus palabras precisas y anécdotas redondas le confieren un aire de autoridad. Habla de cada proyectil como si estuviera dando una conferencia TED. Puede explicar que la famosa «dum-dum» es la más peligrosa y porqué nadie que trabaje para él puede usarla porque lo considera un cobarde. Narra la procedencia del proyectil y es capaz de calcular la cantidad exacta de pólvora que tiene en su extremo.

Castro Caycedo escogió una bala corta, pesada y gruesa con cobre en la punta: «cobre la vainilla». Una bala que aquella madrugada brillaba más que las otras. Escobar suspiró profundo y dijo: «El que la usa es más escrupuloso y vive brillándolas». Castro Caycedo le preguntó a quién mataron con ese proyectil. La respuesta de Escobar fue más larga, pues ese muerto le costó el final de su vida pública y en la legalidad: «A Lara Bonilla. Con esa no se salva nadie». El periodista permaneció en silencio, con la mirada fija. Escobar comprendió la pausa: «Usted era amigo de él, ¿verdad?». 

Luego le enseñó dos balas nueve milímetros, sus estrías, el plomo forrado en cobre que al entrar en la superficie no se deforma hasta tropezar con el cráneo o la cadera, los huesos más fuertes del cuerpo humano. Castro Caycedo construía la lista de quienes cayeron con estas balas (Luis Carlos Galán, Enrique Low Murtra, José Antequera, Bernardo Jaramillo). En ese punto de la exposición, Escobar le aclaró que él siempre comulgó con las ideas de izquierda, rehuía del orden desde su adolescencia, siempre se dio la mano con los revoltosos. Es curioso lo que tiene de conciliador el gesto de darse la mano, aun a pesar de nosotros mismos. Es como desarmar una bomba. 

A punto de amanecer, Escobar le enseñó al periodista dos balas parecidas a una botella. Ambas para fusiles de largo alcance que utiliza la guerrilla, el Ejército y la Policía antinarcóticos. Su calibre es siete setenta y dos, un metal de color violeta, de largo alcance capaz de atravesar un árbol y partirlo en dos. Esa fue la bala que salió de una ametralladora emplazada en un helicóptero y le atravesó el cráneo a Gonzalo Rodríguez Gacha.

El séptimo proyectil de la exposición era más potente y de menor tamaño. Escobar estaba mirando la noche que se iba desde la ventana, se dio la vuelta pesado y torpe y solemne como un buque de guerra cambiando de rumbo. Le dijo que esa bala tenía más poder, más velocidad, más revoluciones. Pesaba once gramos, y la pólvora es una mezcla con TNT. «Esa fue la bala que mató a Escobar», finaliza el reportaje. 

Una revisión al pasado

En la entrevista con Castro Caycedo, Escobar se desdobla como un coleccionista del pasado que no busca necesariamente lo nuevo, sino simplemente un objeto más; este objeto —las balas, las pistolas, los proyectiles— no confirma la fantasmagoría del presente sino la persistencia del pasado. Castro Caycedo lo captura muy bien en su reportaje: las cosas que encuentra en su corazón, en sus recuerdos, hacen su pasado, una percepción alcanzada por un examen —un conteo— de sí mismo. El yo de Escobar está lleno de las relaciones que mantuvo con cada uno de quienes cayeron con dichas balas (los primeros capos de la coca en Antioquia, los ministros y coroneles, sus socios y sus enemigos), personas que parecen ser cosas, datos de colección. Las cosas no son simplemente cosas, las balas no son simples objetos con descripciones físicas únicas y relatos comunes, nunca lo han sido. Noël Valis plantea en su ensayo El coleccionismo, el rescate de las cosas y de lo humano que los objetos son parte de lo que nos confiere humanidad. «Un mundo sin objetos es al final un mundo sin humanos», escribe. 

Podríamos plantear que el destino de las armas y la colección de balas que Escobar le enseñó al periodista es compartir el suyo porque está ligado inexorablemente a ellas; su sustancia es la suya. Cuando Escobar fue abatido en el tejado de una de sus casas, los primeros policías del Bloque de Búsqueda que inspeccionaron su cuerpo encontraron que llevaba dos pistolas: una al cinto, cargada con un cartucho virgen, y en su mano derecha, la mítica Sig Sauer, su preferida. 

Daniel Coronell cuenta en una de sus columnas —‘La pistola perdida de Pablo Escobar’— que el día en que el capo se entregó a la justicia colombiana (el 19 de junio de 1991), para demostrar su voluntad de sometimiento: «sacó de su pretina la Sig Sauer, le extrajo el cargador de trece tiros y se la entregó al entonces procurador Carlos Gustavo Arrieta». Nadie sabe cómo, pero la Sig Sauer regresó a manos de Escobar y la tuvo siempre con él hasta el día de su muerte. En la columna, Coronell escribe que la controversia sobre el autor del disparo que mató al capo continúa; el coronel Hugo Aguilar, entonces mayor del Bloque de Búsqueda, lo reclama para él. Cuando llegó al cuerpo del trofeo, con Escobar sin vida, detuvo su Rolex a las 2:50 de la tarde y lo entregó a un oficial a su mando para que hiciera el oficio jurídico ante la Dijín. Luego cambió su pistola nueve milímetros por la Sig Sauer del capo.

Esto constituye tres delitos: hurto, peculado y manipulación de evidencia.

De este modo, la pistola que se exhibe en el Museo histórico de la Policía Nacional, junto a un fragmento del tejado de la casa donde cayó Escobar, es el testimonio de una idea, un concepto: así le ganamos la guerra al capo de Medellín. 

Retomo el tema del coleccionismo. En un ensayo corto, El mundo visto como cosas, Stanley Cavel plantea un giro al considerar que el coleccionista revela un interés en las variedades del mundo y, al mismo tiempo, un miedo a perder el interés en el mundo. Cavel lo sintetiza como un miedo al aburrimiento. El coleccionista teme a las horas de abulia, al dilatado bostezo, a la indiferencia vegetal que no requiere pasatiempos. La mayoría de los humanos emprende cualquier actividad insulsa (crucigramas, televisión, caminatas) antes que la actividad deje sitio al aburrimiento. Esta perspectiva, considera al coleccionismo como una manera de inadecuación. Explico: como si ser humano (criticar al mundo entero en chancletas desde la computadora) no fuera suficiente, si lo miramos bien, es un sentimiento supremamente humano.  

Detrás de esta consideración está el sentimiento de la muerte, del olvido. En la obra En busca del tiempo perdido, el personaje Swann es consciente de que en su búsqueda del pasado (de ahí el tema del libro) debe admitir los recuerdos de su vida, en especial, de cómo los recuerda. «Me abro el corazón a sí mismo como una especie de vitrina», escribe Proust. Es un sentimiento narcisista; una mercantilización fetichista del yo. También puede leerse como el trastorno del yo desapegado. Cavel hace una observación pertinente: parte de lo que nos hace desestimar las cosas es nuestra falta de entendimiento con respecto a lo que queremos decir cuando hablamos de las cosas, o sea, cuando hablamos de nosotros mismos. No somos capaces de reconocernos en otros. 

Los seres humanos tenemos una historia biográfica, una narración interna, cuya continuidad y sentido es nuestra vida. O sea, cada uno de nosotros construye y representa (pone es escena, da vida, play) una narración, y esta narración es nosotros, es nuestra identidad. Somos lo que contamos de nosotros mismos.    

Cuando Escobar exhibe orgulloso su colección de balas, contando —relatándose a sí mismo—  la muerte de cada uno de sus enemigos o de sus socios, las cualidades de los proyectiles, los detalles de su impacto, reafirma su interioridad efectiva y distintiva. Reafirma el argumento de la búsqueda de novedad; es un indicio de la necesidad de distinguirse él mismo de la multitud. 

La distancia nos permite releer la historia, tenerla presente en toda su complejidad y en todos sus matices, una revisión inagotable que no se puede hacer simultáneamente con los acontecimientos.   

Muchos de los objetos que Escobar recrea en la entrevista con Castro Caycedo, y en general en sus conversaciones publicadas en libros o en revistas, son espacios domésticos de lucha que sirven como refugio, imágenes animadas que —como la pistola que aparece en la fotografía acompañada de un poema o la bala que según Castro Caycedo fue la que le mató— mantienen a raya el tiempo, se rellenan con tiempo. 

En el relato de Castro Caycedo asistimos a la construcción de una memoria perfeccionada. Solo que lo que la perfecciona es el contacto con los recuerdos. Y no me refiero sólo a nuestra capacidad de recordar, a esa particular manera de construir los libretos del pasado que tiene los capos de la mafia, sino al grado de solidez o de permanencia que adquieren los recuerdos cuando han quedado vaciados en el molde del lenguaje despiadado de Escobar: 

    «Los colombianos no mueren con más de cinco o seis balas».

    «En Colombia no hay francotiradores porque a los sicarios les gusta matar de cerca para poder ver cómo se retuerce el paciente». 

Los seres humanos somos los relatos que hacemos de nosotros mismos, los recuerdos que se filtran por el tamiz de la memoria y los hacemos conscientes. Por ejemplo, García Márquez en su autobiografía Vivir para contarla, alude a los juegos del lenguaje y de la memoria: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Estos relatos nos susurran al oído quiénes somos. Estos recuerdos nos recuerdan (le recuerdan a Pablo Escobar) dónde hemos resbalado o caído. 

Los relatos que Escobar cuenta en su entrevista, en aquel marzo de 1987 (sus orígenes como contrabandista, cuando fue testigo de las primeras guerras de la mafia antioqueña, y finalmente, como el protagonista de estas guerras que se han extendido en todo el país y el planeta), le permiten atravesar la distancia infranqueable de lo que fue, y es el anuncio que tiene de lo que puede llegar a ser

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