¿Le sirve la reconciliación a las víctimas de la policía?

El fin de semana pasado la Alcaldía de Bogotá propuso un “acto de reconciliación” con los familiares de las personas asesinadas por la Policía Nacional en días pasados. Qué implicaciones tiene hacer un acto de reparación con las víctimas del 9S y qué matices deben tenerse en cuenta en esos gestos simbólicos.

Tania Tapia Jáuregui

17.09.2020

Al menos 79 personas heridas y 15 asesinadas. Ese es el saldo que hasta hoy han dejado los enfrentamientos entre manifestantes y policías, según datos de la Campaña Defender la Libertad. 14 cadáveres que se sumaron al de Javier Ordóñez, asesinado a golpes en el CAI de Villa Luz, en Bogotá, en la madrugada del miércoles 9 de septiembre. 

Después vinieron las declaraciones de siempre: el presidente Iván Duque dijo que lamentaba las muertes, pero que no se podía aceptar que se llamara asesinos a los policías. La Policía dijo que estaba investigando y que nadie dio la orden de disparar. Y el Ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, pidió perdón en nombre de la Policía pero solo por el asesinato de Javier Ordóñez que, además, se demoró un par de días.

La Alcaldesa Claudia López tomó otra decisión. Desde el principio mantuvo un discurso de rechazo a las acciones violentas de la Policía, expresó perdón a la ciudadanía y a las víctimas por los asesinatos y las agresiones y se ha declarado responsable por los actos cometidos por esa institución. La materialización de ese discurso se dio en parte con un evento que la alcaldesa organizó el fin de semana y que llamó “acto de reconciliación”. El evento principal, que se realizó en la Plaza de Bolívar, contó con la presencia de familiares de los asesinados y heridos. Los grandes ausentes fueron los mandos de la Policía y el presidente Iván Duque, que mandó en su reemplazo al Comisionado de Paz y a la Alta Consejera de derechos humanos. 

Hasta ahora el debate se ha centrado en la silla vacía del Presidente y en su disputa política con la Alcaldesa. Y más recientemente ha causado discusión la visita de madrugada de Iván Duque, vestido de policía, a varios de los CAIs que en Bogotá fueron quemados por manifestantes en los últimos días. La pregunta, sin embargo, es si un acto así sí sirve para lograr reconciliación. Sobre todo teniendo en cuenta que muchos de los familiares de las víctimas ni siquiera habían tenido el tiempo para sepultar a sus seres queridos cuando se propuso el evento.

“Lo del acto de perdón de la alcaldesa es muy importante para que haya espacio para sanar para los familiares y no se llene el corazón de más odio y venganza”, le dijo a Cerosetenta Mayerly Montalvo, prima de Andrés Felipe Rodríguez, una de las personas asesinadas en el barrio Verbenal, en el norte Bogotá. “Yo perdí un primo y estamos viviendo un dolor terrible, sobre todo la mamá de él, porque uno nunca espera que se le muera un hijo de la noche a la mañana, es muy doloroso. Por más que uno lo piensa, no entendemos por qué Colombia se sigue desangrando así y más cuando lo hace la fuerza pública, que son los que nos deberían cuidar. Eso no puede ser. Por eso, el acto de la alcaldesa me pareció muy importante y estamos muy agradecidos con ella”, asegura.

Mayerly Montalvo cuenta que después de los hechos, la alcaldesa visitó el barrio Verbenal donde se encontró con un par de hermanos de Mayerly, primos de Andrés Felipe. El resto de su familia se encontraba en Buenavista, Córdoba, de donde son originarios y a donde viajaron al funeral de Andrés, que tenía 23 años.

“Ellos estuvieron detrás del CAI y ella habló con uno de mis hermanos. Ella le dijo a mi hermano que estaba haciendo todo lo posible, lo que estuviera a su alcance, para que todo se aclarara. Porque es que llegaron muchos videos, videos que confirman que sí fue la Policía la que le disparó. Ese día le dijo a mi hermano que estaba haciendo todo lo posible para que todo salga a la luz”, cuenta Montalvo.

Para Maria Emma Wills, exasesora de la Dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica, el acto de reconciliación propuesto por la Alcaldía resulta fundamental para empezar a reparar las heridas sociales que profundizaron los actos violentos de los últimos días. Según ella, el acto se puede leer como un esfuerzo por parte de la Alcaldía de proponer un lugar de encuentro entre la institucionalidad y la ciudadanía para “recuperar la palabra y transformar el conflicto, que se expresa a través de la violencia, en un conflicto en el que podamos imaginar soluciones que nos hagan sentir parte de un proyecto común”. Pero destaca que esos rituales deben complementarse con otros gestos que parecen corresponderse con lo que hasta ahora ha sido el discurso de la alcaldesa: una reforma de fondo de la policía y una investigación de los hechos.

Lo mismo piensa Juan Pablo Aranguren, profesor, psicólogo e investigador del dolor de la guerra en Colombia y de la reparación a las víctimas, quien asegura que ese tipo de actos son valiosos para crear nuevos pactos sociales cuando se ha quebrado la confianza en las instituciones. 

Aún así, los dos académicos mencionan matices que pueden hacer problemático el ejercicio planteado por la Alcaldía.

“Por un lado, el acto de solicitud de perdón no incluye a la institución específica que ha actuado como agresora: la Policía Nacional o por lo menos la Policía Metropolitana de Bogotá. Aunque hicieron luego unas expresiones públicas de solicitud de perdón, éstas fueron insuficientes. Así, el acto se siente un poco vacío. Por otro lado, puede convertirse en una puesta en escena en la que, de alguna manera, las víctimas se ven obligadas a participar porque rechazar la invitación de solicitud de perdón puede ser entendido como un agravio a la memoria de las víctimas por parte de ellos mismos”, asegura Aranguren.

El “perdón” es distinto a la “reconciliación” y la solicitud de perdón no deriva necesariamente en un proceso de reconciliación, porque el perdón depende de la voluntad de las víctimas.

“El mandato a la reconciliación a veces es muy vertical y con visos autoritarios. A veces parece una imposición sobre la ciudadanía de que ‘hay que reconciliarse’, agrega María Emma Wills. “Las víctimas verán si se reconcilian o no. En esas ceremonias hay un intento de vernos como ciudad por encima de las fisuras que nos dividen, y allí veo un ejercicio de liderazgo. La reparación de las víctimas pasa por rituales simbólicos donde quienes hicieron daño tienen que pedir perdón, pero si las víctimas perdonan es otra cosa y el perdón no se les debe imponer”.

Para Aranguren es importante resaltar que el “perdón” es distinto a la “reconciliación” y que la solicitud de perdón no deriva necesariamente en un proceso de reconciliación, porque, como dice Wills, el perdón depende de la voluntad de las víctimas. Por eso, para él, juntar los dos conceptos parece mostrar una voluntad de querer hacer todo muy rápido. Para Wills, además, el acto de reconciliación del fin de semana solo tendría sentido si se planteó en conjunto con las víctimas, teniendo en cuenta sus deseos y necesidades. Sin embargo, no parece haber sido así.

“Claro que el escenario es importante, lo que pasa es que no han pasado ni siquiera ocho días… El escenario pues no era el más apto en ese momento”, dice Harold Ramírez, padre de Julieth Ramírez, la joven de 18 años que fue asesinada por una bala en medio de los enfrentamientos entre la Policía y manifestantes en Suba La Gaitana, el pasado 9 de septiembre. “No era adecuado que mientras yo estaba en el funeral de mi hija, en el cementerio, ellos hicieran ese tipo de eventos. Igual creo que ese mismo día, 7 u 11 familiares también estaban enterrando a sus familiares. Entonces la Alcaldía me ponía a elegir entre enterrar y dedicarle tiempo a mi hija o estar en un acto protocolario de juramento a la bandera. Para mí eso era un show político porque ni siquiera una flor recibí, y no que la esperara, yo no espero nada de nadie, sino que lo mínimo era un acompañamiento por lo menos al cementerio, por lo menos a la funeraria. Precisamente por eso no me preste para la foto allá en alcaldía, no me presté”, cuenta. 

En eso coincide Mayerly Montalvo. Aunque para ella el gesto de la Alcaldía fue importante, recuerda que los familiares directos de Andrés Felipe Rodríguez estaban fuera de la ciudad atendiendo al funeral de su familiar. ¿Qué sentido tiene entonces hacer un evento de solicitud de perdón y de reparación en un momento en el que muchos de los familiares ni siquiera estaban disponibles para asistir porque estaban enterrando a sus muertos?

“Si el evento no se consultó con las víctimas, sí veo una actitud un poco condescendiente. Si fue así, creo que tampoco se entiende que los procesos de reparación, para ser reparadores, tienen que ser elaborados con las víctimas y no por las víctimas”, dice Maria Emma Wills. “Tú no puedes suplantar a las víctimas así seas inteligentísima. Tiene que haber participación de las víctimas y de la propia ciudadanía. Las autoridades locales no pueden pensar que ellas solitas pueden imaginar cómo proponer un proyecto de ciudad, eso tiene que pasar por un proceso de indagar a las víctimas y a los ciudadanos”, asegura. Insiste sin embargo que no lee una mala intención en el acto de la Alcaldía y que, por el contrario, solo ve una buena voluntad en la creación del espacio. 

Harold Ramírez, en todo caso, prefiere evitar meterse en los roces políticos que despertó el evento. Si bien sigue esperando que le den la celeridad en la investigación por la muerte de su hija, cuenta que ya ha visto articulaciones por parte de los gobiernos distrital y nacional para que el caso avance. Y reconoce que lo que viene es largo. 

El gesto de solicitud de perdón es un paso para la reparación de las víctimas. El siguiente es un largo proceso de justicia.

“Con la historia clínica de mi hija hubo un trabajo, o sea que la articulación sí se puede. Ese día puntualmente, no recibí absolutamente nada de acompañamiento, y yo no estoy pidiendo que me regalen nada, afortunadamente mi familia está asegurada en temas de sepelios (…), pero claro que necesito apoyo, yo no voy a cerrar esa puerta. Ahorita se vienen bastantes cosas que hasta de pronto harán que mi trabajo se tenga que congelar para dedicarme de lleno al proceso de mi hija. Pero que tendrán que pagar, claro que tendrán que pagar, yo seguiré buscando justicia y reparación porque a mi hija me la mataron y que a mí un estúpido me venga a decir, qué pena, es que fue un error… No, de malas, tienen que pagar, porque nada me va a revivir a mi hija”, asegura Ramírez. Asegura que si la Alcaldía está pidiendo perdón es porque está aceptando los hechos y eso para él es importante. Es un primer paso. 

El gesto de solicitud de perdón es un paso para la reparación de las víctimas, dice Juan Pablo Aranguren. El siguiente, dice, es un largo proceso de justicia, otro elemento simbólico del proceso de reconciliación. Y luego, debe haber un ejercicio de memoria, que sea constante en el tiempo.

“Allí es donde aparece la insistencia, la persistencia y la resistencia de las víctimas y de los familiares en hacer memoria y en la búsqueda de justicia y reparación. Acá el gran problema no es si la Alcaldía hace o no el acto. Que lo haga ayuda porque es necesario para las víctimas y para sus familias. Pero lo que queda de manifiesto es que las víctimas no se van a cansar de insistir en ello porque lo que uno escucha es que quieren que la memoria de sus familiares queden limpias. Que si su familiar estaba caminando indefenso por la calle se explique por qué lo asesinaron”, dice. 

Eso es lo que no se ha hecho en tantos eventos violentos y traumáticos que han atravesado la historia del país: hacer un ejercicio constante de memoria de las víctimas y de reconocimiento de responsabilidades y solicitudes de perdón. Aranguren cita, por ejemplo, las víctimas asesinadas en el Paro Cívico de 1977 –que, de hecho, conmemoró 43 años el pasado 14 de septiembre– o las recientes masacres. En ninguno, dice, se han hecho actos simbólicos que ayuden a reparar las fisuras sociales causadas por la violencia. No es cosa de Duque. Desde Álvaro Uribe ha sido sistemática la inasistencia de los presidentes a estos eventos y la falta de reconocimiento de las víctimas que han sido violentadas por agentes del Estado, insiste.

“Yo lo pondría en términos psicosociales y psicológicos: aquello que no está claramente atravesado por esos dispositivos simbólicos, que son la justicia y estos actos de perdón y de reconocimiento de responsabilidad, seguirán expresándose como síntoma social. Y ese síntoma social se va a seguir repitiendo”, dice. “El hecho de que la sociedad colombiana no haya hecho un acto de reflexión sobre los chicos asesinados durante los últimos meses en las masacres del último año, o que no hayamos hecho una reflexión simbólica lo suficientemente potente sobre lo que significa que una niña indígena sea abusada por miembros de la fuerza pública, pues se va a seguir manifestando como un síntoma social”, asegura el psicólogo.

No es fortuito entonces, dice, que los CAIs –que en la historia han sido escenarios permanentes de violación a derechos humanos y de tortura– se hayan vuelto el centro de las manifestaciones y de los enfrentamientos de los últimos días. 

Por eso, aunque el acto de reconciliación de la Alcaldía sí puede ayudar a tramitar los dolores sociales no resueltos, no es suficiente. Estos actos deben ser constantes en el tiempo, deben tener en el centro las voces de las víctimas y tienen que exigir verdad y justicia. De lo contrario, son gestos vacíos y el dolor se mantendrá. 

 

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