La sociedad da razones a las víctimas para guardar silencio

No puede pasar que el acoso sexual y la violencia intrafamiliar sigan siendo paisaje. Y que los medios contribuyan a pintarlo. La periodista Claudia Morales concentra la mirada en la autocrítica y en la ausencia de reglas para cubrir estos casos.

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Claudia Morales

@ClaMoralesM

Periodista. Fue subdirectora de La Luciérnaga, editora en Revista Semana, directora de RCN La Radio de La Noche, periodista de investigación en La W Radio, entre otros. Hoy es columnista de El Espectador y librera.

01.04.2019

Es reiterativa la crítica desde la sociedad y de unos pocos periodistas, sobre la ausencia de autocrítica en los medios y entre colegas. Hago la distinción entre unos y otros porque, aunque parezca obvio, el rasero no se pude medir por igual. Por reiterativa, me refiero a que es común que los consumidores de medios afirmen que hacemos las cosas mal: que informamos de forma parcializada, mentimos, omitimos, escandalizamos y lo que es más grave, que hemos perdido total credibilidad.

Es cierto que no hay autocrítica en el gremio. Es cierto que hay colegas del orden nacional y regional que dan vergüenza. Es cierto que la credibilidad está en entredicho. Falso que todos los colegas hagan indecorosamente su trabajo. Ejemplos de buen periodismo abundan pero no son necesariamente los que mandan la parada en los abominables clicks, que es a lo que –de manera infortunada- obliga el mundo de hoy.

Para desarrollar la siguiente reflexión, concentraré la mirada en la autocrítica y la ausencia de reglas para cubrir los casos de acoso sexual. El ejemplo más reciente está relacionado con una actividad que organizaron los estudiantes de la Universidad de Los Andes, bautizada #Destapalaolla, con la que invitaron a denunciar casos de abusos en la institución. Quienes se animaron a hacerlo, escribieron, de forma anónima, y luego cada texto fue leído por quienes participaron en el encuentro.

No hubo prohibición para grabar los testimonios y tampoco permiso explícito para hacerlo. Importante decirlo porque lo que ocurrió fue que alguien grabó el momento en el que fue leída una carta de una estudiante en la que denunció por acoso sexual a un profesor de la universidad. Ese video llegó a las redes sociales. Acto seguido, apareció una carta de un grupo de egresados de la facultad a la que pertenece el presunto agresor, pidiendo celeridad para resolver el caso; otra carta en la que alumnos y profesores defendieron al acusado, y un docente de la misma universidad publicó un texto en su cuenta de Twitter en el que se refirió a la denuncia.

"Nos cabe un mea culpa por el cubrimiento que hemos hecho de los casos de acoso sexual, y agrego, de violencia intrafamiliar"

La cadena de acontecimientos se desarrolló en medios entre el 18 y el 28 de marzo. El día 28 el rector Pablo Navas hizo público un comunicado en el que dio cuenta de la situación y sostuvo que están tomando las medidas correspondientes.

Planteado el contexto viene entonces la mirada a la forma como fueron reportados los hechos. Sin excepción, los medios radiales y de prensa escrita de cobertura nacional publicaron uno o varios elementos de la denuncia. En ellos mencionaron el nombre del profesor, al que de entrada como es usual en estas denuncias, le fue violado el debido proceso, y en todas las referencias periodísticas fue omitido el nombre de la denunciante. Escribo en singular porque una estudiante, como expliqué, fue la primera en exponer en #Destapalaolla al profesor pero luego trascendió que otras jóvenes en ese mismo ejercicio coincidieron con el mismo nombre. Según me informaron, en la rectoría ya tienen sus nombres. Es decir, esto pasó de ser un anónimo a una denuncia formal de varias estudiantes.

El diario EL TIEMPO fue, hasta la fecha de entrega de este texto, el único medio que logró comunicación con el profesor denunciado, quien negó las acusaciones y dejó claro en su declaración que sabe quién es la estudiante que mandó la carta a #Destapalaolla. Según el docente, detrás de eso hay un deseo de venganza y/o “agendas políticas”.

Dice la periodista y escritora mexicana Alma Guillermoprieto, que “hay que perseguir la historia hasta el final de su ciclo, no hasta el final de la historia, puesto que las historias nunca terminan”. Y aquí es donde nos cabe un mea culpa por el cubrimiento que hemos hecho de los casos de acoso sexual, y agrego, de violencia intrafamiliar. Pensemos en dos ejemplos de las últimas semanas: las denuncias de las jugadoras de la Liga Femenina de Fútbol, y las de la pareja de Gustavo Rugeles.

Puestas las denuncias y pasado el respectivo alboroto, ¿quién les ha hecho seguimiento?  Peor aún, porque en el caso de las jugadoras, las autoridades del fútbol dijeron que ya no van a acabar con la liga y eso sirvió de contentillo para la galería. ¿Y las víctimas? Además de haber sido revictimizadas (práctica habitual, especialmente entre varios opinadores de los programas radiales de las mañanas) nada pareciera darles garantías de investigación y justicia.

Tuvieron más validez el tono y las declaraciones de Álvaro González, vicepresidente del Comité Ejecutivo de la Federación de Fútbol, para quien las denuncias fueron “solo un afán desmedido de figuración y protagonismo inmerecido”. Y de igual manera en el caso de Rugeles.

"Lo que no puede ocurrir es que nunca veamos justicia frente a las denuncias. Eso significa justicia para el lado que corresponda según el buen proceder de quienes investigan pero, ¡justicia, por favor!"

El profesor Daniel Cadena expresó en su carta que algunos miembros de la comunidad de Los Andes, “han optado por descalificar y señalar a las denunciantes”, y otras fuentes me dicen que efectivamente eso es lo que está ocurriendo. Es decir, una vez más, la sociedad se encarga de darle razones a las víctimas para guardar silencio. Aquí quiero recordar las cifras que cité en mi columna del 1 de marzo en El Espectador titulada Fútbol femenino a las patadas: “Entre enero y agosto de 2018, Medicina Legal conoció 15.408 denuncias por delitos sexuales contra menores de edad: 2.000 casos contra bebés de 0 a 4 años; 4.301 contra menores de 5 a 9; 5.686 contra menores de 10 a 13, y 3.421 contra menores de 14 a 17. El total de casos en ese periodo de tiempo fue de 17.574, 2.368 más que en 2017. El promedio de impunidad es del 90 %”.

Repito: la impunidad es del 90%. Con eso quiero concluir lo siguiente: es imposible para mí decir que los hombres denunciados por las jugadoras son culpables, como tampoco sé si es responsable de las acusaciones el profesor de Los Andes. Caso aparte es el de Rugeles porque allí hay evidencias fotográficas y testimoniales públicas de la víctima que demuestran que el tipo sí ha usado la violencia contra ella. Sin embargo, lo que no puede ocurrir es que nunca veamos justicia frente a las denuncias. Eso significa justicia para el lado que corresponda según el buen proceder de quienes investigan pero, ¡justicia, por favor! No puede pasar que el acoso sexual y la violencia intrafamiliar sigan siendo paisaje. Y no puede seguir ocurriendo que los medios contribuyan a pintar ese paisaje.

Nos equivocamos en el cubrimiento y no hemos sido capaces de reconocerlo para debatirlo. Contrario a lo que dice Guillermoprieto, dejamos que se pierdan las historias, el afán nos consume, la frivolidad nos domina. La insolidaridad y la ausencia de humanidad se volvieron costumbre.

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