La apuesta de la música en Bogotá

La Filarmónica de Bogotá —este semestre—, se arriesgó a cambiar una tradición de muchos años.

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Juan Pablo Conto

02.05.2014

Hacia finales del siglo XIX, el compositor Claude Debussy ya desconfiaba de las formas tradicionales de la música y al especular sobre el futuro de esta declaró para un periódico francés: “lo mejor que uno pudiera desear para la música francesa sería ver abolido el estudio de la armonía tal como se enseña en los conservatorios”. Desafiante, pintaba lo que llegaría a ser un lenguaje de la música académica del siglo XX. Uno de muchos que hoy buscan su espacio en la capital colombiana.

Esta herencia llega por medio de la Filarmónica de Bogotá (OFB): aquellas escalas no tradicionales de Claude Debussy, que fueron usadas por Bela Bartok para recopilar la música folclórica de los pueblos de Transilvania y Eslovaquia;  Maurice Ravel y su exploración en la música del este asiático o de España; Richard Strauss, como uno de los más célebres representantes del momento irracionalista de la cultura alemana; artistas colombianos como Blas E. Atehortúa o Jaqueline Nova, quienes vivieron y se apropiaron de estos lenguajes convirtiéndose en dos de sus grandes exponentes en Colombia. Todos y cada uno de estos personajes son la apuesta de la OFB, con un repertorio del siglo XX que según María Belén Sáez de Ibarra, encargada de la Dirección Nacional de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional de Colombia, “podría ser el fenómeno musical del año y tener una profunda repercusión en el desarrollo musical del país”.

 

En Europa, el año 1945  es un referente para medir la convulsión que vivía la música. Hasta este año, como señala Ricardo Arias, docente de la Universidad de los Andes y compositor de música electroacústica, hay cierta coherencia en la música del viejo continente. Después de dos guerras mundiales, doce años de régimen nazi, exterminios raciales; la sensibilidad de los músicos hacia el Estado era enorme y el impulso artístico buscaba su propio camino. Casi paranoicos ante la idea de perder la recién recuperada independencia, buscaron la manera de usarla: insistir en la expansión o abandono de la tonalidad, experimentar en la manera de tocar los instrumentos e incorporan sonidos extraños y ruidos en las composiciones, son ejemplos de dicha búsqueda.

Hay que sumarle que, desde principios de siglo, los privilegios antiguamente reservados a la burguesía se fueron haciendo más accesibles. Como explica Carolina Bejarano, directora del coro de la Universidad de los Andes, “hubo un fuerte impacto de los desarrollos tecnológicos, la música electrónica y la omnipresencia de lo visual”. Con la radio pública, introducida en los años 20, la música llegó gratis a cualquier lugar, aunque al mismo tiempo ya se empezaba a abrir una brecha entre el mundo comercial-insitucional y el compositor contemporáneo.

Con este panorama y como reacción a la emergente cultura popular del siglo XX –aunque el concepto de cultura popular sugiere matices-, la música de cámara y sinfónica se confinó en la academia y en la investigación de sonidos. Su búsqueda ya no fue llenar escenarios sino experimentar. La Sociedad de la Interpretación Musical Privada fundada en Viena (1919) y luego la Society for Contemporary Music (1922), son ejemplos de ese interés por espacios tranquilos, alejados de la música comercial, y en búsqueda de músicos creativos y públicos entendidos. Para algunos, esto generó una aparente distancia con el espectador común que, como señala el compositor y profesor de la Universidad Nacional Carlos Mauricio Bejarano, con el tiempo llevó a que la música académica del siglo XX empezara a ser percibida como “compleja y aparentemente aburrida”.

Poner a oír música que invita a una experiencia estética y sonora con la que muchos no están familiarizados, esa es la apuesta de la OFB. La elección corresponde a una estrategia: Bogotá ya es una plaza con cierto prestigio a nivel internacional y es cada vez más común que se presenten grandes solistas y directores. David García, director general de la Filarmónica, explica que “en lugar de buscar al más famoso y poner todos los huevos en una misma canasta, la idea fue apostar por un repertorio diferente, donde el solista es la orquesta y lo que tiene por proponer”. El Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, el Auditorio León de Greiff, y en Universidad Jorge Tadeo Lozano han sido las vitrinas de esta propuesta.

 

“¿Por qué la gente se siente más cómoda oyendo o interpretando a J.S. Bach, músico luterano alemán, que a Jacqueline Nova, una de las mejores compositoras colombianas del siglo XX?” planteada así, la pregunta de Carolina Bejarano  parece no tener sentido pues se esperaría tener más puntos de encuentro con algo temporalmente más cercano. Por el contrario, si se asume que como público potencial bogotano o colombiano crecimos en su mayoría entre “los lugares comunes” de la música occidental, la apuesta de la OFB pone sobre la mesa los mismos interrogantes del siglo XX: ante el pedestal que aún ocupan los conocidos de siempre (Beethoven, Mozart, Bach), ¿qué tan dispuestos estamos a oír música de compositoras como Jacqueline Nova que, bajo este marco de referencia, parecería desafinada, extrañamente tocada y con ruidos aparentemente defectuosos? ¿Existe o no la brecha entre la música académica y el espectador común?

 

Ricardo Arias explica que la música del siglo XX ya es vieja pero la sensibilidad siempre va un poco más atrás. Por esto, hay quienes ven que este proceso debe ir acompañado de una suerte de re-educación estética y sonora. Mauricio Peña,  jefe de la Sección de Artes Musicales del Banco de la República, argumenta que esta es una música para hablar, para debatir: “El whisky no sabe a chicle, sabe a whisky, pero al explicar las propiedades y lo que hay detrás del mismo es una experiencia interesante. Lo mismo en la música”, argumenta. Tanto él como Andrés Silva, tenor y docente de la Universidad de los Andes, consideran que hay un público cautivo que si se les comparte el conocimiento se consolidará.

 

Pero Colombia tiene antecedentes en el lenguaje musical del siglo XX: además de los dos ya nombrados, se pueden mencionar a Guillermo Rendón García, Jesús Pinzón Urrea o Luis Carlos Figueroa. Compositores que, en buena medida víctimas del olvido, no consiguieron grabarse de manera extensiva en la memoria nacional. El docente de la Universidad Nacional, Carlos Mauricio Bejarano, explica que la historia de la música del siglo XX en Colombia es una burbuja de pequeños acentos en la década de 60 y 90 marcados por un público incierto e indescifrable, que llena escenarios para esfumarse en la siguiente función: “el público nunca se termina de consolidar y seguirá siendo así al menos que se implante una política sistemática. Además sugiere dar más espacio a los compositores colombianos.

 

Ese esfuerzo por explicar que esta música no es inaudible y antiestética, y por el contrario convencer de su capacidad para conmover, puede mostrar que existe una duda sobre el acceso a esta música. Ricardo Arias y Rodolfo Acosta, uno de los creadores del Círculo Colombiano de Música Contemporánea, no ven la necesidad de hacer esto y sentencian que la primera dificultad es decir que es una música difícil: “Hay un problema de actitud (…) La música clásica en general tiene un problema de arrogancia”, señala Ricardo al tiempo que argumenta que la experiencia sensorial es capaz de seducir al espectador por sí sola. Incluso, Rodolfo afirma que es una excusa de los músicos para no afrontar nuevos repertorios y quedarse donde se sienten cómodos: “si dudan de la calidad de la pieza, así sonará la interpretación, pero el público tiene los oídos abiertos”.

Técnicamente público siempre hay y hoy existe una oferta cotidiana, no solo en música sinfónica sino contemporánea en general, que no había en los 60 ni en los 90. Esto explora una sensibilidad que sirve como base para la OFB. Rodolfo Acosta sostiene que hoy se escucha más música de cámara que en cualquier otro momento de la historia, cuando estaba destinada a una pequeña porción de la sociedad. Los oídos no se pueden cerrar y al dar el paso, empieza un juego entre la curiosidad y la incomodidad que en un principio genera lo desconocido.  Los nuevos horizontes que ha explorado la música contemporánea y las nuevas apuestas del arte sonoro, hacen que el deseo de Debussy sobre la tonalidad –aunque no en los conservatorios como tal-, ya esté ampliamente sobrepasado.

Cuando la radio se introdujo en el siglo XX, la primera reacción fue poner los clásicos de siempre. Los compositores contemporáneos fueron encontrando cada vez menos espacio. Hoy en Bogotá está la opción de exponerse a estos sonidos. Además de los ya mencionados, son muchos los compositores del siglo XX que hacen parte de lo que queda de este primer semestre de temporada de la OFB.

 

* Juan Pablo Conto es historiador y estudiante de la maestría en periodismo del CEPER

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