Entretenerse para aprender a resolver conflictos

Un colegio distrital en Bogotá está utilizando el cine y las manualidades como un espacio para resolver conflictos y reflexionar en torno a problemáticas de la cotidianidad de sus estudiantes.

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Gabriela Gómez Alonso

27.06.2017

Camila Álvarez* tiene 15 años y cursa grado noveno en la sede principal del Colegio Agustín Fernández (IED), un colegio distrital ubicado al noreste de Bogotá, en la localidad de Usaquen. Es tímida y, en sus propias palabras, “peleona, porque no le gusta que la gente se burle de sus cachetes rojos”.

Camila ha sufrido desde pequeña el matoneo en el colegio pero, también, por fuera de las clases tiene que lidiar con la violencia en su familia. Su papá no se la lleva bien ni con ella ni con sus tres hermanas: María* (23), Teresa (17) y Daniela (10). Es normal que todas las tardes su papá la reciba con un grito. Y ni hablar de pedir permisos, los golpes pueden ser la forma más directa de un no como respuesta.

Por eso cuando Dagoberto Ramírez Tim, orientador del colegio, la escogió el año pasado para ser parte del grupo de 25 estudiantes que formaría el Cine Club, ella no dudó en intentarlo. Esta iniciativa, liderada por Ramírez y la dirección local de Usaquén con el proyecto PICC (Planes Integrales de Ciudadanía y Convivencia), buscaba disminuir los índices de violencia al discutir y analizar películas. Las películas fueron escogidas por el orientador con dos criterios básicos: afinidad temática con las situaciones de vulnerabilidad de los estudiantes y su capacidad de cautivar al espectador.

Así como Camila, los otros veinticuatro estudiantes —entre 11 y 18 años— fueron elegidos por sus situaciones de vulnerabilidad: consumo de drogas, microtráfico, discriminación de género y violencia intrafamiliar. En la jornada de la mañana, el Colegio Agustín Fernández tiene 715 estudiantes que pertenecen a familias de escasos recursos de los barrios cercanos: Barrancas, San Cristóbal Norte, Santa Cecilia, Verbenal, El Cerrito, entre otros.

Y aunque parecía un poco idílico solucionar los conflictos cotidianos a través del cine, la estrategia logró resultados. “Cuando vimos Escritores de la libertad lo que más me gustó fue la idea de hacer un diario. Los estudiantes de la película escribían sus historias y las compartían. Esa película me dio ganas de tener sueños y escribirlos”, cuenta Camila.

El Cine Club no sólo le dio a Camila, como ella misma lo reconoce, oportunidades de reflexión de sus actos y de su vida. También le ofreció una familia adoptiva con la que podía hablar sobre los conflictos de su familia real. “Era muy chévere porque después de las películas podía contarles a mis compañeros que había peleado con mi papá y ellos me escuchaban y me aconsejaban”, recuerda Camila.

Otros proyectos de convivencia

A pesar del éxito de la iniciativa del Cine Club, Dagoberto Ramírez ha tenido inconvenientes para implementarla este año. La falta de espacio para la proyección y la falta de colaboración de algunos profesores le han impedido seguir con el proceso. Aun así, el cine le abrió un espacio de conversación que antes no tenía con esos chicos.

“Una vez una estudiante, con problema de consumo de drogas, se me acercó después de ver Martín (Hache) y me dijo que la película la había puesto a pensar que lo que estaba haciendo con su vida no era lo más conveniente. (…) Ella todavía viene a consultas conmigo”, dice Ramírez.

Paralelo al Cine Club, otros profesores han buscado estrategias para promover la convivencia de sus estudiantes entre compañeros y con sus padres. Entre ellos están Carolina Cárdenas y Jazmín Cruz, docentes del área de Ciencias Sociales, que lideran el proyecto Tejiendo Redes de Paz desde 2016.

La idea de esta iniciativa es crear consciencia de los derechos humanos a través de dinámicas pedagógicas en las clases de Ética, Religión y Sociales. Por ejemplo, una de las actividades de este año ha sido construir un atrapasueños. Una actividad que ha implicado la creatividad de las profesoras, pues muchos estudiantes llevan los materiales por cuestiones económicas o porque “simplemente sus papás no quieren comprárselos”, dice Cárdenas.

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Ante esta situación, las profesoras han tomado ramas y plantas para que todos los estudiantes construyan su atrapasueño y hablen sobre su vida (aro), sus sueños (malla) y sus metas (colgantes).

Sin embargo, ambas profesoras concuerdan con que incentivar a los niños y a sus familias a participar no ha sido una tarea fácil. “En algunas dinámicas he intentado que hablen de su familia, pero no se atreven porque la situación en casa no es buena. (…) Yo lo que más veo en mis niños es desesperanza”, cuenta Cárdenas.

 

 

*Los nombres de la estudiante y de sus hermanas han sido cambiados para proteger su identidad. 

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