El hojarasquín de Fenicia

José Alfonso Henao camina por entre los estudiantes de la Universidad de los Andes, recorre el Eje Ambiental y llega hasta la carrera Séptima, donde baila todas las tardes vestido de Chaparrón Bonaparte. Lorenzo Morales, profesor del CEPER, lo acompañó a su vivienda, en el Triángulo de Fenicia, para contar su historia.

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Lorenzo Morales

30.05.2016

“Esto como que lo van a tumbar”, dice José Alfonso Henao mientras frita un huevo en la hornilla de dos puestos, en un rincón de su habitación. Vive en una casona colonial que fue fábrica de dulces en 1930 y hoy sobrevive como vetusto inquilinato. Henao dice que le gustaría seguir viviendo aquí. “La he cuidado mucho; la pinto y le tapo las goteras”, asegura aunque sabe que pronto tendrá que irse. Un proyecto de renovación urbana liderado por la Universidad de los Andes tiene planes —edificios, vías amplias, locales comerciales— para este pequeño enclave de callejuelas empinadas y casonas en ruinas con solar y gallo, a medio camino entre la Avenida 19 y la Quinta de Bolívar.
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A la pieza de José Alfonso se entra por una puerta de dos hojas sin chapa. En una cuelga un robusto candado. Las paredes están pintadas de azul cielo. No tiene ventana y la única luz es un bombillo mortecino. La penumbra es propicia para ver su colección de películas de la edad de oro del cine mexicano que reproduce, una y otra vez, en VHS y DVD con control remoto. También mira las grabaciones de sus presentaciones. En las paredes hay estantes como altares con el polvo acumulado de varias décadas y fotos de Marilyn Monroe, María Félix, Rebeca Iturbide y Pedro Almendáriz. “Eso ya no lo consigue”, dice señalando el afiche desteñido de Elvis Presley. “Es papel americano. Me costó 20 pesos”.

José Alfonso tiene 82 años y hoy lleva una camisa roja y traje habano con chaleco. La elegancia la aprendió siendo portero del Billar Europa en La calle del pecado (Carrera 8 con calle 22). Duerme en una cama doble con cobijas de tigre aunque hace años no tiene esposa. “Se metió por las trochas a Venezuela y nunca más se volvió a saber”, dice. A su papá lo mató la fiebre amarilla y a su mamá, dice, el exceso de luna cuando aún lo amamantaba.

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La única mujer con la que duerme cuelga del techo, como un ángel caído. Es una vieja muñeca de trapo, labios carmesí, medias de lycra y minifalda escocesa. Los domingos, si está de animo, se pone su traje blanco y la saca a bailar tango a la ciclovía. Al lado, en un clavo, cuelga su otro trabajo: un disfraz de hombre-árbol con cabeza de Gorgona que enseña a cuidar el planeta. El lo llama el “hojarasquín del monte” y con él se planta, parado en un tarro, frente al almacén Tía de la calle 17. Pero el otro yo que más disfruta es su imitación de Chaparrón Bonaparte, con las gafas redondas, sombrero de paja y bigotico angosto que se pinta con lápiz de ojos.

 

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Dice que el oficio de los disfraces se lo enseñó su hijo y no al revés, como la mayoría cree. “Él es estatua humana”, dice con orgullo. “El soldado con binóculos que se para en el Parque de los Periodistas”.

Su hijo vive en la misma casa, con su familia y su suegra, en una pieza al fondo, cruzando el patio. Me muestra una vieja foto callejera en blanco y negro, laminada, que carga en la billetera. Eran los años 60. Él luce una camisa abierta de cuello de pico. El niño lleva pantalón a cuadros y sombrerito de rejoneador. Van cogidos de la mano. “Fui mamá y papá”, dice. Aún conserva los juguetes: un policía motorizado, un escarabajo de hojalata y un loro de pilas que ya nadie recuerda qué decía.

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Llegó a este inquilinato hace 30 años, cuando se pagaba a 10 pesos el mes (ahora vale 200 mil). Pero él paga con trabajo, oficiando de casero. No es mucho lo que puede hacer además de desviar goteras y pagar a tiempo el recibo de la luz. Recogen el agua lluvia en una alberca de piedra. Gas no tienen; cada inquilino trae su cilindro de propano. Es él a quien hay que conquistar si se aspira a un cupo.

“Yo a malandrines o viciosos no recibo”, aclara. “Solo gente humilde”. Entre sus vecinos hay un peluquero pulcro que ama la lectura y una anciana sorda que alimenta a dos cacatúas.

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La puerta de la casa permanece abierta casi todo el día desde que se volvió mejor negocio hospedar motocicletas que alojar humanos. “La gente me quedaba debiendo el arriendo”, dice de porqué volvió un patio de baldosas moriscas y dos cuartos con piso de listón donde antes había camarotes en parqueadero. Cada máquina paga 4 mil el día, no se queja y abona por adelantado.

En un rincón del cuarto, junto a la puerta, hay una cama sencilla que le cedió a Edwin Calvo el muchacho que acomoda la motocicletas. “Se volvió como mi papá”, dice el joven y explica que el suyo falleció hace poco. José Alfonso le cocina, por lo general chocolate y fríjoles. Al muchacho ya se le pegó la maña nocturna del artista: a las 2:00 a. m. se levantan un tantico y sin palabras comparten un vaso de leche tibia. Ambos duermen tranquilos. La puerta la aseguran con un palo de escoba que, bien acomodado, sirve de tranca.

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*Lorenzo Morales es profesor asociado del Centro de Estudios en Periodismo CEPER de la Universidad de los Andes. Sígalo en Twitter @lorenzomorales

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