El cazador de órganos

Trabajar como especialista en transplantes significa dar malas noticias, buscar la muerte como si fuera oro y recorrer salas de hospital en busca de alguien cuya desgracia sea la salvación de otro.

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Alejandro Gómez Dugand

31.05.2013

El teléfono del doctor Julio Chacón no ha estado activo este fin de semana.

–Está como quieto todo –me dice– igual después de medio día tengo un caso que puede salir.

Después de medio día tampoco pasa nada.

Es un fin de semana de puente y él está de reserva. Eso, en términos de su trabajo como médico coordinador de operaciones de la Red de transplantes en la Clínica Country y Reina Sofía, significa estar en su casa, con su teléfono a la mano y a la espera de que una persona joven, saludable, que no tenga una enfermedad contagiosa, que ojalá tenga una buena alimentación y que haga deporte, que preferiblemente no sea fumador ni bebedor en exceso y que, en resumen, no tenga la muerte entre sus planes, sufra alguna clase de accidente en el que su cerebro se vea afectado para que se le pueda declarar muerte encefálica y así, poder cosechar sus órganos.

Un fin de semana quieto para el doctor Chacón es, al menos, una buena noticia para alguien que tiene toda una vida por delante.

***

A la puerta de urgencias de la clínica Palermo, un exconvento ubicado en el bogotanísimo barrio de comienzos del siglo XX que lleva el mismo nombre, no ha llegado una ambulancia en la última media hora de esta mañana de miércoles. En la sala de espera se respira la angustia de la gripa severa, de la diarrea crónica, del dolor agudo de cabeza, pero la muerte en vida de un trauma encéfalo craneal no hace su aparición. Alguien cuyo cuerpo solo pueda sobrevivir con la ayuda de un pulmón artificial tiene que llegar acá para que su muerte sea la salvación de otros. La analogía cristiana es inevitable; para los efectos de la salvación de las casi 1.130 personas que están en lista de espera para recibir un órgano en Bogotá, las cosas no pintan bien: Jesús va a llegar tarde a su crucifixión.

El doctor Julio Chacón, de 35 años, llega al parqueadero que queda en la calle de enfrente de la clínica. Su mañana empezó temprano, ya visitó el Hospital Central de la Policía y tiene cuatro clínicas más en su lista. Se acerca a mí caminando, sin detenerse sacude mi mano y me indica que debo seguirlo. En vez de una bata blanca viste un uniforme azul y zapatos deportivos.

Mientras andamos a paso de triatlonista, me explica que hay dos formas de rescatar órganos. La primera es la detección pasiva.

–El Decreto 2493 de 2004– me dice mientras trato de seguirle el paso– afirma que todos los hospitales, privados o públicos, deben reportar a la Red de Transplantes todo paciente que tenga un Glasgow menor de cinco.

Se refiere a la escala de Glasgow, diseñada para evaluar el nivel de conciencia de una persona que ha sufrido un trauma cerebral. Una persona sana marca quince en esta escala. Alguien que califique por debajo de cinco está en coma, y tiene con seguridad un problema neurológico grave. De diez a quince por ciento de los pacientes que presentan un Glasgow cinco hacen muerte cerebral. Mientras se desciende en la escala, esta muerte se hace más probable. Cuando esto ocurre, no solo se pierden todos los poderes cognitivos como el habla, las emociones y la memoria, sino que el tallo cerebral (encargado de todas las funciones vitales básicas) deja de operar: el paciente ya no puede respirar, su corazón no late por sí sólo, sus intestinos ya no funcionan. Muerte cerebral no es lo mismo que un coma del que alguien puede despertar. Cuando el tallo cerebral ha dejado de funcionar, la ley permite declarar muerto al paciente.

Cuando alguien con estas características llega a una sala de emergencias el hospital genera una alerta. El médico de la red que esté de reserva debe salir corriendo a ese hospital y asegurarse que aunque su pecho se infle con el oxígeno que le inyecta un pulmón artificial y que aunque un aparato coree el pip, pip, pip de su ritmo cardiaco, ese paciente está muerto.

Luego de atravesar puertas y saludar guardias, llegamos a cuidados intensivos. La segunda forma de captar órganos, mi dice Chacón, es la que estamos haciendo hoy: la detección activa.

–¿No hay nada, jefe?– le pregunta a una mujer pequeña.

–No, no hay nada.

Empieza de nuevo la carrera. En las escaleras hacia la salida le pregunto cuales son las causas más comunes por las que llegan posibles donantes.

–Antes los accidentes en moto y accidentes en vehículo eran las causas más comunes. Pero este es un país muy violento y ahora hay otras causas como las heridas por arma de fuego y golpes con objetos contundentes en la cabeza.

Según un informe de la Veeduría Distrital, en los primeros tres meses de 2013, 108 personas murieron en accidentes de tránsito y 405 personas murieron de manera violenta en Bogotá. Las armas de fuego (con 182 víctimas) son las mayores responsables de muertes en la capital colombiana.

Mientras corremos en busca de la salida del hospital me dice que cincuenta por ciento de candidatos llegan por traumas y el otro cincuenta por razones naturales como derrames, trombosis o aneurismas rotos. Antes de terminar la conversación ya hemos salido del hospital, atravesamos la calle y llegamos al parqueadero. Una vez más respiro con dificultad.

El parqueadero le cuesta novecientos pesos.

***

Dentro de los estudios del doctor Chacón –médico de la Universidad del Rosario y especializado en transplantes en la Univerisdad de Barcelona– se incluye un curso para saber cómo dar malas noticias. Acabamos de llegar a la Clínica de Occidente, y si la mala suerte de alguien se convierte en la salvación de otro, Chacón tendrá que valerse de lo que aprendió en ese curso.

La del Oriente es una de las clínicas en las que se encuentran más donantes. La razón es que está ubicada cerca de la avenida de las Américas y de la autopista sur, lo que asegura la llegada de accidentados. Además, es el destino de los habitantes de Ciudad Bolívar y Bosa, ubicados a unos 10 kilómetros. En el primer trimestre del 2013 estas dos localidades sumaron 70 muertes violentas, haciendo de Ciudad Bolívar la localidad bogotana con más homicidios y de Bosa la tercera.

En esta clínica el doctor Chacón espera encontrar a alguien que haya muerto para salvar a otros. Si tiene éxito, la ley lo obliga a reportar el caso. Entonces, un neuroespecialista que no trabaje con la Red de Transplantes debe confirmar la muerte encefálica. Si quien hiciera esto fuera parte de la red, podrían decir que se hizo un diagnóstico apresurado para poder rescatar los órganos.

Una vez que ese neuroespecialista confirma que el paciente ha muerto, el equipo de la red corrobora una tercera vez el diagnóstico. Luego de ese tercer sí, médicos como Chacón pasan a la parte más difícil del proceso: informar a la familia.

–Uno debe saber que va a ayudar a la familia a empezar un proceso de duelo. Uno les dice que tienen el derecho de ejercer la voluntad del paciente de donar órganos y les explica que no es una obligación.

La mitad de las respuestas que recibe Chacón son negativas. En vida, pocos discuten este tipo de cosas. Hacer planes sobre su propia muerte genera estupor en cualquiera: “no diga bobadas, calle esos ojos, toque madera”. Para un enfermo, la muerte no es una opción. Así, la voluntad de estos salvadores en potencia queda en manos de sus familiares.

Y esos familiares son los que la mitad de las veces dicen que no. Dicen que no porque creen que el cuerpo de su ser amado llegará mutilado al cajón. En ese caso, Chacón explica que para rescatar los órganos se hace una incisión que arranca en el pecho y termina en el estómago. Que si donan huesos, otra incisión cruzará el muslo de una pierna. Si se les recupera las córneas, al cuerpo se le ponen unas prótesis para que las cuencas no queden desocupadas. Estás cicatrices son los únicos estigmas de su martirio para salvar las vidas de otros. Los familiares dicen que no porque no les gusta la idea de que un rico se quede con el riñón de su hermano. En este caso, Chacón explica que los órganos no se venden. Además, les dice que quienes en su mayoría hacen parte de la lista de espera son personas de estratos bajos. Les dice que una persona con recursos que sufre de diabetes o hipertensión (las dos enfermedades que causan lo peores daños en los riñones, por ejemplo) tiene más chance de llevar una mejor dieta, de ir a donde un cardiólogo, un internista y un nefrólogo. Para las personas de estratos bajos, por otro lado, atender su enfermedad puede ser una tarea más difícil: las Empresas Prestadoras de Salud no despachan los medicamentos a tiempo, tienen más dificultades para tener una dieta saludable y trabajan jornadas más fuertes. Son ellos, dice Chacón, quienes terminan necesitando un riñón. Vale la pena decir que los trasplantes hacen parte del Plan Obligatorio de Salud. Los familiares dicen que no porque han leído que los órganos se los quedan los extranjeros que vienen al país. Chacón les explica que esa problemática ha desaparecido luego de que el gobierno declaró prioridad de los nacionales sobre los extranjeros.

Y si después de esto los familiares insisten en no donar, Chacón se despide, y el cuerpo de esa persona, a la que ya se le ha declarado muerte encefálica, se desconecta de todos los robots que lo mantienen en el limbo biológico. Y ese cuerpo –riñones, corazón y páncreas abordo– empieza a descomponerse.

Pero de cuando en cuando, los familiares dicen que sí. Entonces, se corren exámenes para saber si el cuerpo tiene alguna infección. Sida, Hepatitis B o C y Leishmaniasis son razones para que una persona no califique como donante. El paciente no puede tener cáncer, malaria o tuberculosis. Si los exámenes salen limpios, empieza una carrera contra el tiempo. Se debe encontrar un receptor compatible, organizar un equipo de cirujanos que rescate los órganos, una ambulancia que lleve (a fuerza de sirenas, pitos y un conductor temerario) los órganos que se rescaten hasta el hospital donde se encuentre el receptor bajo las luces de un quirófano repleto de otro equipo de cirujanos listo para implantar el órgano. Cada minuto que pasa es crítico: luego de haber dejado el cuerpo, un corazón sobrevive de cuatro a cinco horas, un hígado dura ocho horas, unos riñones duran doce. El año pasado, según la Secretaria de Salud, se lograron 1.085 implantes en Colombia.

Es un proceso de relojero. Aquella leyenda urbana del tipo que despierta en una bañera llena de hielo, con una cicatriz en el costado, y que luego se entera de que le robaron un riñón parece una fábula ridícula.

***

Su cabeza está a punto de explotar. Debe tener unos 20 años pero la inflamación de su cara puede ser engañosa. A su lado un aparato marca con un pito los latidos del corazón que podría estar bombeando sangre a un cuerpo vacante. La Clínica de Occidente no tuvo nada para ofrecerle a Chacón. En cada sala de cuidados intensivos se repitió la misma escena: Chacón entra, saluda de nombre a todo el que se le atraviesa, beso, abrazo, ¿cómo le va?, ¿juiciosa?, me alegra verlo, trabajando mucho, cómo siguió, hay algo para mi, no doc, no hay nada para usted. Pero unos minutos más tarde, en el Hospital Kennedy, Chacón encuentra a un hombre acostado en una camilla, atravesado por tubos y sondas, que podría estar muerto a pesar de las apariencias.

Para entrar acá, tuve que vestir una bata blanca que Chacón guarda en su carro. Las enfermeras me miran con el respeto que se le tiene a un superior mientras le cuentan al Doctor Chacón los pormenores del caso. Yo miro al paciente. Por lo que logro entender, esta persona que tengo enfrente, que podría tocar si quisiera, puede estar ya muerto. Trato de imaginar su historia. Lo imagino porque sé que no puedo preguntar su nombre, y que entre menos datos sepa, mejor. Hoy, la ley obliga a que el proceso de donación sea completamente anónimo. La causa de esto es que en otros tiempos, cuando los familiares del donante podían conocer a la persona que había recibido el órgano, muchos aprovechaban para cobrar el favor, y pedir el diezmo que decían merecer como representantes de su familiar en la tierra. Puedo, sin embargo, decir que estuvo involucrado en un accidente de tráfico, que parece un candidato perfecto para donar, que además del trauma cerebral el resto de su cuerpo parece intacto. No saber su nombre me tranquiliza.

Chacón se acerca al cuerpo, pone sus manos sobre la cara del desafortunado salvador, abre sus párpados y le empieza a batir la cabeza de un lado a otro con fuerza mientras sus ojos hacen contacto con los del paciente. Entonces mira con cierta desesperanza a las enfermeras. Les dice que ve un reflejo de movimiento en el ojo izquierdo. Repite la operación para mostrarles. Yo me acerco, mi bata blanca me lo permite. Trato de ver con los ojos del médico que acá todo el mundo cree que soy pero no veo nada. Chacón le pregunta a las enfermeras si notan el reflejo, sus caras parecen decir que no. Les pregunta si es posible pedir un examen que confirme su estado y ellas salen del cuarto.

En su ausencia, y cuando puedo dejar de ser médico y hacer preguntas, le pido a Chacón que me explique qué significa lo que acaba de pasar.

–El paciente todavía tiene un reflejo en el ojo. Muy leve, pero ahí está.

Nos volvemos a encontrar con las enfermeras a la salida. Él insiste que revisen lo del ojo, que ese ojo se está moviendo.

–¿Entonces? –pregunta decepcionada una de ellas.

–Entonces yo no lo toco –responde– para mi no tiene muerte cerebral.

Seguimos nuestro camino, plagado de saludos y despedidas. Una enfermera que Chacón llama “Pecas” le dice que se pase por el piso de arriba, que hay una opción. Allá, confirmamos que esa opción es una mujer de 68 años, diabética, hipertensa y con obesidad. Chacón pide que se le haga un examen para confirmar si puede respirar por si sola, pero tiene plena seguridad de que dentro de ese cuerpo no hay nada para él.

De salida al carro le digo que hemos estado de malas y él me dice que no. Que dos casos, así no sirvan, es bastante. Y me dice que lo importante de estas visitas no es necesariamente encontrar órganos. Le pido que me explique.

–Esto es más relaciones públicas. Venimos acá para hacer presencia. Para que la gente, los médicos, los internos y las enfermeras se acuerden de que existimos. Hace poco me pasó que a un médico le llegó un paciente con muerte encefálica, y en vez de ponerse en contacto con nosotros, decidió desconectar al paciente. Y todos esos órganos se perdieron. Estas visitas sirven también para promoción. Mire lo que pasó con Pecas. Ella ni siquiera trabaja en cuidados intensivos, pero como me ha visto venir a este hospital desde hace ocho años está pendiente, y nos mandó donde un caso que pudo haber sido un donante.

Todos los saludos y besos entran en contexto.

***

La jornada termina. Una última visita al Hospital del Tunal dejó un gran candidato que tuvo que ser desechado porque se le habían hecho cuatro transfusiones de sangre, lo que hace imposible comprobar si el paciente llegó con alguna infección como el VIH. Ambos caminamos con lentitud hacia el carro de Chacón. Adentro, me dice que me va a volver a invitar, que le traigo buena suerte. Un día en el que solo aparecieron tres casos fallidos es un día de suerte para Chacón.

Luego de esta jornada, Chacón debe dar una clase sobre transplantes en la Universidad del Rosario. Le pregunto si está cansado y dice que sí.

–Claro. Tanto dolor termina cansando. Vivir rodeado de tanta muerte, de tanta enfermedad… Pero lo peor es llegar a un lugar, encontrar un donante perfecto, joven, saludable, y que la familia decida no donar. Eso es lo peor.

Le pregunto si acaricia la idea de cambiar de rumbo, y dice que sí, que claro. Son ya ocho años de pasar revista, de hablar con familias con los ojos pantanosos. Quisiera dedicarse a la academia o a la parte administrativa.

Dice que el proceso de trasplantes podría ser más fácil si se lograra informar mejor a las personas, pero también a los médicos y enfermeras. Para los segundos, Chacón ha diseñado varias charlas y métodos que podrán agilizar las cosas, ahorrar tiempo, y salvar más vidas. Con respecto a los primeros la cosa es más complicada. Insiste que el tema de los trasplantes debe ser considerado por todos. Sea cual sea la decisión, todas las personas deberían saber qué quieren hacer con sus restos. Hoy se puede tener un carnet que certifica a cualquier persona como donante. Solo hace falta entrar a la página del Instituto Nacional de Salud y hacer un par de clics. Hoy uno puede ser un Jesucristo carnetizado.

El trabajo del doctor Julio Chacón es, al final del día, algo injusto. En un caso exitoso, una persona puede vivir hasta 15 años con un implante. Pero esa parte del proceso, la del éxito y el agradecimiento, no le toca a Chacón. Quien se encarga de hacer seguimiento a los implantados es el cirujano, es a él al que la familia le manda regalos al consultorio y al que le dicen que estarán eternamente agradecidos. Como si él no estuviera también dando su vida por ellos.

*Alejandro Gómez Dugand es editor de esta revista. Esta crónica se produjo en clase Géneros periodísticos II de la Maestría en Periodismo. 

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