Diez ideas íntimas que Joan Scott dejó en su paso por Colombia

¿Cómo es la semilla de un pensador y qué es lo que lo marca? ¿Quién es el ser humano que está detrás de un cerebro prodigioso como el de Scott? La historiadora y crítica de medios Sandra Sánchez López y la periodista y escritora Alejandra de Vengoechea conversaron con Scott. Estas son las diez perlas de sus conversaciones.

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Alejandra de Vengoechea y Sandra Sánchez López

04.05.2017

Más de 60 académicos llegaron a Bogotá en abril pasado para debatir ideas en el Congreso Internacional de Historia de las Mujeres del Journal of Women’s History, esta vez en la Universidad de los Andes y organizado conjuntamente con la Universidad Nacional de Colombia. El éxito fue rotundo: 85 ponencias, todas sobre mujeres latinoamericanas en la esfera pública durante los siglos xix y xx, 150 participantes y la configuración de una red ampliada de estudiosos del tema. Fueron varias las joyas de la corona. Una de ellas, Joan Scott, historiadora beligerante, la mujer que se convirtió en gurú del tema de género gracias su ojo crítico, su tono incisivo y una escritura audaz, comprometida, consciente de la necesidad de relacionar el pensamiento intelectual con los retos de la vida cotidiana, hasta llegar a influenciar las ciencias sociales y las humanidades en lugares como Latinoamércia y Asia. Estas son las diez perlas de las conversaciones de Scott con Sandra Sánchez López y Alejandra de Vengoechea.

 

1. Sobre cómo una visita a Colombia plantea preguntas, incluso alrededor de la realidad política de un país como los Estados Unidos

En Bogotá, Scott estuvo en el Museo Nacional, en el Museo del Oro, visitó el centro histórico de La Candelaria. “Aprendí de política en general, porque vi unos grafitis muy coloridos y al mismo tiempo muy claros sobre la política de la guerra. Luego, en el Museo Nacional, vi más historia de la conquista de Colombia, los recursos naturales, de los distintos poderes coloniales que vinieron y se fueron y, particularmente, la historia del conflicto. Esto fue muy impresionante para mí. ¿Cómo es posible que un país tan cálido, bello e interesante como éste, haya vivido con el tipo de violencia en la que ustedes vivieron durante tantos años? Pensando en el presidente de los EE.UU., Donald Trump, y en todas las preocupaciones que tenemos acerca de qué puede venir, empecé a preguntarme sobre qué instituciones se necesitarán para que esto no llegue a un conflicto terrible. Me parece una pregunta interesante para pensar como historiadores”.

2. Sobre la influencia de los buenos profesores en los alumnos

“En el bachillerato hubo una profesora de literatura que tuvo gran influencia en mí. Ahí fue cuando empecé a amar el lenguaje. Nos enseñó a leer la poesía y a encontrar el simbolismo en las novelas. Nos enseñó a leer de una manera más enriquecedora. Pensé que iba a estudiar literatura. Pero fue en la universidad donde tuve un profesor que me daba mucho miedo porque era imponente y le daba puños a la mesa. Pero hizo de la historia un tema tan fascinante, que ahí fue cuando me dije que no me veía en otra cosa”.

3. Sobre cómo los eventos políticos transforman a las personas

“Hacia la década de los cincuenta, mi padre –profesor de historia y de economía en bachillerato– era el líder de un sindicato de profesores de izquierda. Era la época de la Guerra Fría, del macartismo. Se rehusó a responder preguntas sobre el comunismo y por eso lo echaron del trabajo. Tuvimos un largo periodo en que no tuvimos trabajo. Pero eso fue lo de menos. Los agentes del FBI llegaban a nuestro hogar a ver si él cooperaba: no sólo debía decir que había sido comunista y ya no lo era, sino que debía nombrar a los que sí eran. Para mí, que tenía 12 años, ese fue el periodo más formativo de mi vida. Me sentía parte de una minoría perseguida, que era lo que éramos. En ese periodo, 350 profesores fueron despedidos a las malas en Nueva York. Este periodo me enseñó mucho acerca de la política, del efecto que puede tener defender los propios principios. Esto fue lo que me convirtió en una persona que quería enseñar y combinar la enseñanza con cierto tipo de activismo político. ¿Cómo hacer mi trabajo relevante para hacer mejor el mundo?, era la pregunta”.

4. Sobre sus primeros pasos hacia el tema de género como pregunta de vida, más allá del puro interés intelectual

“Mi primer puesto como profesora fue en Chicago en los setenta. Había un gran movimiento feminista en ese momento al que le puse atención pero no me involucré inmediatamente. Y los estudiantes venían a clase y querían saber más sobre historia y “la historia de ellas”. Muchos no sabían enseñar historia de las mujeres y ellos querían respuestas. Un grupo de profesoras nos reunimos a leer todo lo que había en esa época. No había redes sociales, ni fotocopiadora. Nos mandábamos material entre Francia, Canadá, Estados Unidos. Logramos hacer una lista de lecturas muy interesantes para los estudiantes. Era muy emocionante porque nos estábamos inventando algo y estábamos marcando una diferencia”.

"Creo que la educación es parte de la razón por la cual las mujeres sí han sido capaces de exigir derechos que no tenían antes y abrirse espacios en la sociedad en la que viven. Sin la educación las cosas estarían peor"

5. Sobre la utilidad de la historia para entender el momento actual

“A mí me atraía la historia de las revoluciones. Por eso me volví historiadora de la historia francesa. No es cuestión de qué periodo nos puede hablar hoy, sino de qué preguntas nos preocupan y, que al mirar un poco hacia atrás, nos ayudarían a pensar sobre lo que está pasando hoy. El siglo xix es un momento muy importante porque ahí nacen las nociones de diferencia entre sexos y el régimen de género con el que incluso convivimos hoy. Tenemos que pensar en cómo se construyeron esos conceptos”.

6. Sobre cómo el ejemplo educa más que las palabras

“Mi madre era una profesora muy dedicada, tenía pasión por enseñar. Ése fue un gran ejemplo para mí (…). Ella manejaba su vida enseñando y claramente nunca se sintió culpable de trabajar y crear una familia. Así que cuando llegué a esa misma edad, tuve esa misma sensación: puedo tener hijos y al mismo tiempo manejar mi vida y hacerla. Ella también fue ejemplo en la manera como enseñaba. Muy consciente, muy juiciosa. Preparaba sus clases con antelación, muy comprometida con comunicar bien qué es lo que quería enseñar. Claramente amaba a sus estudiantes. Muchos años después di un discurso en una universidad, y un respetado profesor se me acercó y me dijo que gracias a mi madre se había vuelto profesor de historia. “Guau!, me dije. ¡Este señor es producto de todo lo que ella me contaba! El mostrarme que amaba lo que hacía, eso fue un gran ejemplo para mi”.

7. Sobre lo importante que es tener conversaciones políticas en la mesa con los hijos

Mis hijos siempre estuvieron incluidos en las conversaciones de historia y de política, y probablemente estuvieron en demasiadas conversaciones sobre la política de la educación (…). Tenían mucha conciencia política. Pero también sabían que nosotros valorábamos la creatividad más que la nota que tuvieran en el colegio. Ambos terminaron en tareas creativas. Nos importaba más que persiguieran algo significativo o creativo”.

8. Sobre los beneficios de trabajar en grupos de intelectuales

En la Universidad de Brown, donde en 1980 fui directora fundadora del Centro Pembroke para la enseñanza y la investigación sobre la mujer, estuve en el grupo de lectura de teoría feminista. Creo que estaba lista para pensar de manera más teórica que lo que venía pensando antes. Venía enseñando la historia de la mujer durante muchos años, pero sentía que había preguntas que no había podido responder. Para mi, hacer trabajo de historiadora es hacer preguntas de trasfondo conceptual. Con este grupo, leí por primera vez a Michel Foucault. Me introdujeron al psicoanálisis, a la teoría del arte, del cine. Este grupo me mostró al lado teórico del feminismo que no conocía hasta el momento”.

9. Sobre las preguntas genuinas que se convierten en libros

“Mis libros empiezan cuando me da mucha curiosidad de algo (…). Empiezan cuando me pongo furiosa acerca de algo y trato de descifrar cómo convertirlo en algo sobre lo cual yo pueda decir cosas coherentes, persuasivas. El libro La política del velo es un buen ejemplo. Soy historiadora de la historia de Francia y he trabajado más que todo la Francia del siglo xix. Escribí un libro –Parité, la igualdad de género y la crisis de universalismo francés– sobre la representación igualitaria entre la política de hombres y mujeres. Investigando, conocí a unas activistas muy interesadas en esa noción. Me invitaron a la Universidad de Princeton para hablar del libro, pero aproveché para hablar también sobre el debate del momento en Francia que tenía que ver con el matrimonio y las adopciones entre parejas del mismo sexo y sobre una ley que prohibía el uso del hiyab (velo). Fue ahí fue cuando me puse furiosa. Me puse furiosa por lo que se decía en nombre de la libertad republicana, por las cosas tan discriminatorias que estaban diciendo acerca de los musulmanes. Pensé: tengo que entender de dónde proviene esto y cómo las cosas que ya entiendo del republicanismo francés me van a llevar a descifrar la manera en la que el debate sobre el hiyab se está llevando a cabo. En últimas, ese fue el libro en el que escribí”.

10. Sobre cómo la educación entrega derechos

DESDE LOS ANDES...

Vea la entrevista completa de Alejandra de Vengoechea a Joan Scott haciendo clic acá.

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“Tenemos más libertad y más igualdad que una de mis heroínas, Hubertine Auclert, periodista francesa, la primera mujer en votar en la tercera república. Ella decía que “la instrucción es el único instrumento que puede ayudar[les] a conseguir igualdad y libertad”. Hubertine no podía votar. No podía tener su propia cuenta bancaria. Si ella ganaba dinero, tenía que dárselo a su esposo. Las cosas sí que han mejorado. Creo que la educación es parte de la razón por la cual las mujeres sí han sido capaces de exigir derechos que no tenían antes y abrirse espacios en la sociedad en la que viven. Sin la educación las cosas estarían peor”.

 

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