Tâmis Parron, de la Revista Rosa de Brasil hace un diario sobre cómo se están viviendo los días anteriores a las elecciones en Colombia.
por
Tâmis Parron
Historiador y coeditor de la Revista Rosa
28.05.2026
Ante una campaña sin debates y contada por los mismos candidatos a través de sus redes, nos lanzamos a un “road trip” electoral por media Colombia. ¿Qué dice la gente en las calles de las ciudades y la carreteras de los pueblos? ¿Qué puede descubrir un reportero foráneo en una tierra agitada y convulsa pero que también se parece mucho a su país? Espejos y espejismos de la democracia en épocas de extrema polarización. Una alianza entre Cerosetenta (Colombia) y Rosa (Brasil).
18 de mayo de 2026
Puro Veneno: el rostro de la izquierda colombiana
Tâmis Parron: un corresponsal venido del futuro
La sacudida democrática de Brasil bajo el ascenso de Bolsonaro en 2019 ofrece múltiples simetrías —así como agudos contrastes— frente al vertiginoso despegue político de Abelardo de La Espriella en el escenario colombiano actual. ENTREVISTA
“Cepeda en la primera”, grita un conductor desde la ventanilla de su coche en la esquina de la calle 26 con la 16, donde el colectivo Puro Veneno está pintando un mural en apoyo al senador Iván Cepeda, candidato a las elecciones presidenciales por el Pacto Histórico. La primera vueltaes el día 31, y hoy, 18 de mayo, Puro Veneno ha decidido convocar a su base para un ejercicio de pedagogía política: animar a los colombianos a votar para derrotar a la derecha ya en la primera vuelta.
Las expectativas de todos están a flor de piel. Iván Cepeda, que representa a la izquierda colombiana, lidera las encuestas, pero no lo suficiente como para ganar en la primera vuelta. Lo que asusta a su base es que la suma de los dos candidatos de la extrema derecha, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, está superando el 50%. Si Iván no gana ahora, la derecha se llevará la victoria después.
Para los jóvenes de Puro Veneno, la lucha encarnizada contra la derecha forma parte de su historia. En la Calle 45 con la Séptima, Puro Veneno había pintado el mural “Las cuchas tienen razón”, en homenaje a las madres de las víctimas de la invasión policial de la Comuna 13 en 2002. Los simpatizantes del Centro Democrático, el partido de Paloma Valencia, vandalizaron el mural en varias ocasiones. “Lo tapaban con pintura al óleo, para dificultarnos el trabajo”, explicó Germán Antonio, de Puro Veneno. “Porque nosotros pintamos con pintura al agua, y cuando nos echan pintura al óleo tenemos que dar varias capas, para que el mural vuelva a ser nuestro”. “Taparon el mural unas diez veces, y unas diez veces lo rehicimos, para ver quién se cansaba primero”.
Esta vez, Puro Veneno quiere adelantarse a sus adversarios. “Hoy vamos a hacer el primer mural y lanzar un llamamiento a nivel nacional para que la gente salga a pintar sus casas, sus barrios, sus manzanas, todo el país con Iván en primera“. Cuántos pretenden hacer hasta el 31 de mayo, pregunto. “Ojalá lleguemos a mil murales por Iván. No los pintamos nosotros, sino los habitantes de las ciudades”. El voto en Colombia es voluntario, y las tasas de abstención son mayores entre los grupos que apoyan a Cepeda: los más pobres y los más jóvenes. La estrategia de la izquierda parece menos una campaña de persuasión que una operación de movilización: los cepedistas dedican mucha energía a intentar llevar a la gente a las urnas.
Puro Veneno nació en 2018, en el caldo de cultivo que entonces se estaba gestando y que se extendería por todo el país con el ciclo de protestas que cambió la cultura política de Colombia entre 2019 y 2021, cuando estudiantes, trabajadores, comunidades indígenas y todos los invisibilizados por las políticas neoliberales del entonces presidente Iván Duque pusieron a Colombia patas arriba.
Antes de encontrar al grupo, bajaba por la Calle 26 maravillado con la vista de los Cerros Orientales —la Cordillera de los Andes que bordea el este de Bogotá— cuando me topé con una intervención artística que llevaba la firma del grupo. Era un cartel en la pared húmeda de un viaducto que parodiaba una conocida imagen de Álvaro Uribe, el político más influyente del país desde principios de la década de 2000. El cartel lo retrataba como un ángel de la muerte, acompañado de una sombra espontánea que se extendía desde el hombro hasta la cabeza con forma de guadaña:
Álvaro Uribe y su parodia
Palimpsestos
Doscientos metros más adelante, me encontré con el puñado de jóvenes que tienen una idea en la cabeza, un pincel en la mano y ningún partido en el bolsillo. Respiran el aire politizado, comunal y colectivo de Colombia, orgullosos de no pertenecer a ninguna agrupación política y, al mismo tiempo, de apoyar a una sola. “Puro Veneno no está vinculado al Pacto Histórico, nunca ponemos el logotipo del partido, es un movimiento social de izquierda, las bases sociales de la izquierda”, dice Germán.
“El colectivo tiene un grupo de diez personas como máximo, y a partir de ahí hacemos convocatorias por las redes sociales, y empiezan a llegar artistas y ciudadanos para ayudar”, dijo el muralista, rodeado de botellas de plástico de agua, Coca-Cola, Pepsi y Colombiana, un refresco local de color entre naranja y ámbar, con un sabor indistinto a mezclas artificiales y jengibre. “Muchas personas simpatizantes nos traen comida y bebida”, añade Santiago Núñez, abogado y miembro del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos de Bogotá. “No soy de Puro Veneno. Solo vine a ayudar”, explica mientras abre una lata de Club Colombia, una cerveza local. Pasa otro coche, esta vez al grito de “Firmes por la patria“, el eslogan de campaña de Abelardo de la Espriella.
De las once personas que están allí, solo cuatro pertenecen al colectivo; las demás fueron llegando, sumándose, superponiéndose como una especie de palimpsesto social. Es la lógica propia de la pintura muralista, compuesta de capas y más capas. Antes de Cepeda en la primera, Puro Veneno había realizado sobre los mismos bloques de hormigón un homenaje a las víctimas de Catatumbo, región fronteriza con Venezuela donde se concentran los laboratorios de cocaína y que sufrió un pico de violencia en 2025. “Mi tío, Germán Martínez, inventó la frase “A pesar de tanta tumba, el Catatumbo nada se derrumba”“, dice uno de los muralistas, que se niega a dar su nombre y se identifica como Zeenit. “De ahí el muñeco hinchable de lucha libre: por mucho que le den en la cara, siempre vuelve a su sitio”. La frase poética que evocaba una resistencia obstinada dio paso a un lema de carácter pragmático: “Con Iván en primera”.
Frase antigua, frase nueva: la protesta da paso a la pedagogía política.Germán extiende la bandera LGBTQIA+ con el luchador hinchable de la resistencia al fondo: “por mucho que le den en la cara, siempre vuelve a su sitio”.
Sobre el negro y el amarillo de Catatumbo, los muralistas lanzan la pasta viscosa de once cubos de pintura vinílica acrílica lavable. La pared tiene fragmentos más antiguos que el homenaje anterior, y les pregunto si cubrirían las intervenciones de los otros artistas. “No. Respetamos el arte de los demás. Este perro que está encima de las letras, cuando hicimos el mural anterior, no lo tocamos, y ahora tampoco vamos a pintar encima porque es el arte de un artista que conocemos”, aseguró Germán.
Mientras tanto, el malhumorado claxon de otro coche presagia los gritos de Abelardo, otras personas se acercan para ayudar, y una mujer coge el pincel, lo coloca en la punta de un palo de escoba viejo y pinta donde puede: a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo. Germán grita: “¿Fuiste tú quien me tapó las patas de la perra? ¡No puede ser!”. “No lo sabía, nadie me avisó”, se defendió la voluntaria.
Sin partido ni dirección, con una energía caótica y creativa, Veneno Puro es el rostro de la izquierda colombiana: movilizada e impredecible, crece entre los insultos de la derecha.
19 de mayo
Desplazados: allí donde cantan los azulejos.
No me gusta Bogotá, me toca vivir acá, dice Nubia mientras casca cuatro huevos en un tazón a las siete de la mañana, en una cocina estrecha que guarda el frío de las madrugadas bogotanas. “¿En serio?”, reacciono sin entender. “La gente de aquí es educada, la ciudad es bonita, y nunca faltan cosas por hacer. Hoy hay mitin de Petro, voy a ir. ¿Usted no es de aquí?”
“Yo soy del Meta, soy una desplazada.” La palabra me golpea en seco. Desplazado es una de las palabras que componen el glosario de la violencia colombiana y se refiere a cualquier persona obligada a abandonar su tierra o su casa por la persecución de guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, convirtiéndose en un expatriado dentro de la propia patria. Aunque Colombia tiene 7 millones de desplazados, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, llevo apenas 32 horas en el país y no esperaba escuchar esa palabra antes del primer sorbo de café negro del día.
El padre de Nubia tenía una propiedad rural, o finca, de más de cien hectáreas. Como la mayoría de quienes viven en el Meta – departamento dominado por las llanuras orientales y por la llanera, la música llanera colombiana – el padre de Nubia criaba ganado y producía leche. Un día llegaron los paramilitares, se apoderaron de las tierras y lo obligaron a firmar la venta ante notario por 10 millones de pesos, unos 13.000 reales brasileños. La familia se fue de allí pero no pudo elegir su nuevo destino. Migró a un departamento fijado de antemano por los paramilitares, Arauca, en la frontera con Venezuela.
“Yo no hablo de esas cosas, no sé por qué empecé a hablar ahora”, dice, dejando de batir los huevos y mirándome con sus ojos pequeños y tristes. Busco un cuchillo para cortar el pan de masa madre con arándanos que acabo de comprar y que quería llevarme a la boca por no saber qué decir. No encuentro el cuchillo. La miro de nuevo.
Por primera vez noto que Nubia es una mujer delgada, de baja estatura, con un rostro esculpido a golpe de xilografía, una geometría sin números que contrasta con su cabello liso, negro, partido en la frente como las alas de un pájaro. Es la empleada del servicio que viene cada dos semanas a limpiar la casa donde me hospedo, en la Calle 30 con 33-A, en Teusaquillo, uno de los barrios más arbolados de Bogotá, junto a la Universidad Nacional.
“Lo siento mucho”, logré decir, sin cuchillo, sin pan, sin café, sin huevos. “Pero usted también tiene buenos recuerdos de allá, ¿verdad? ¿Nació allá?” “Ah, sí, nací en la finca. Era rico vivir allá.” “¿Qué era lo que más le gustaba hacer?” “Mis hermanos y yo jugábamos fútbol con pelota de bolsa plástica prensada, y yo hacía muñecas con palo de guadua. Pero lo que más me gustaba de verdad eran los azulejos.” “¿Azulejos?”, pregunto señalando los rectángulos fríos de cerámica blanca de la pared. Ella se rió. “Los azulejos son pájaros azules. Cuando se los saca del nido, viven sueltos y libres en casa como si fueran de la familia.”
De niña, Nubia veía llegar a las FARC a la finca para cobrar extorsiones, llamadas vacuna en Colombiay usadas para financiar las actividades de la guerrilla. “Les servía el desayuno a ellos, con seis o siete años.” Un día comenzaron a imponer el cultivo de coca a los campesinos, y cuando la región se convirtió en una mina de oro cocalera llegaron los paramilitares. Se apoderaron de las tierras de la familia de Nubia acusando a su padre de colaborar con las FARC.
“Qué pasó con los azulejos cuando ustedes se fueron?”
“Se fueron.”
En Arauca, la familia despojada fue obligada a trabajar en las tierras de quienes los habían despojado. “La finca allá era de los paracos”, dice, usando el argot para los paramilitares. Pero en la región también operaban las FARC, que tenían gente infiltrada en las fincas para ver quién trabajaba para quién.
Cuando el padre y dos hermanas fueron al Meta a convencer a los paramilitares de devolverles su antigua finca, Nubia se quedó con dos hermanos menores en Arauca. En ausencia del padre, las FARC invadieron su casa y quisieron reclutar a uno de los hermanos, de 17 años, como represalia por el trabajo que la familia prestaba a los paramilitares. Él se negó, lo llevaron hasta el río más cercano y lo mataron.
“Media hora después, vinieron a pedirme el favor de acompañarlos. Tenía 21 años, estaba embarazada de ocho meses y vi a mi hermano muerto en las orillas del río.” Esa misma noche, en Arauca, las FARC secuestraron a una de las hermanas que había viajado con el padre. Nadie volvió a verla. Desde entonces se la considera una desaparecida.
Tomo un sorbo de café, que me quita el frío que subía del suelo de la cocina, y desvío la conversación hacia el presente. “¿A quién va a votar, Nubia?”
“No sé, estoy confundida.” “Cepeda no la convence? Él habla de paz”, insisto. “No. La violencia contra los campesinos aumentó mucho en este gobierno a pesar de todas las promesas. Y las guerrillas obligan a todos a votar por el gobierno”
“¿Obligan a votar por el gobierno? ¿Dónde?”
“Por todo el país”.
El tema de las relaciones entre grupos armados, comunidades locales y comportamiento electoral apareció en las diversas entrevistas preparatorias para el viaje a Colombia que hice con historiadores, científicos políticos y directores de ONG, y es uno de los que más me interesan. Lo que no logro entender es cómo regiones bajo dominio de un grupo armado de izquierda votan a la derecha y viceversa. Algunos especialistas dicen que la cooptación es fuerte, otros que se vuelve flexible siempre y cuando la comunidad pague la vacuna.
Una pieza central de esta historia, sobre la que hablaré muchas veces en el viaje, son las Juntas de Acción Comunal (JAC), espacios de articulación colectiva que recuerdan a las asociaciones de vecinos de barrio en Brasil, pero con una presencia más activa, más extendida y más institucionalizada en Colombia. “Cuando le contaron eso, deben haber mencionado algún lugar. ¿Dónde exactamente?”, insisto.
“Mi hermano vive cerca de un poblado en el Guaviare”
“¿Cuál?”, pregunto, incómodo con el tenue límite entre interés e insensibilidad.
“No sé”, dice, claramente por saber demasiado. “Allá no entra ni sale nadie. La JAC está con los guerrilleros, y ellos controlan los nombres de todos. Solo entran personas invitadas por los habitantes y con el consentimiento de las guerrillas.”
“¿Y si yo entrara allá?”
“No sale.”
Por fin encuentro el cuchillo, corto el pan y veo una abundancia roja de arándanos escurrir por los lados de la rebanada.
“Por eso no voto por Cepeda.”
“¿Entonces va a votar por los que defienden a los paracos?”
“Creo que no voy a votar. Soy una campesina en medio de una guerra que no me pertenece.”
Le doy la rebanada de pan, que ella cubre con queso campesino, quizás parecido al que hacía su padre en el Meta. Los huevos quedaron olvidados en el fondo del tazón. Hoy el padre de Nubia tiene una nueva finca en el Amazonas, en medio de la selva, donde no tiene que pagar vacuna a ningún grupo armado.
Tras la muerte del hermano y la desaparición de la hermana, Nubia se mudó a Bogotá con dos hijos pequeños. Hoy frecuenta la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia, donde canta en el coro. “Descubrí la música. Me trae paz. Y logré perdonar a quienes nos hicieron daño.”
Miro de nuevo su rostro esculpido a golpe de xilografía, suavizado por el cabello que recuerda las alas abiertas de un pájaro. Pienso en el futuro. “¿Tiene algún sueño?” “Sí”.
“¿Cuál?”
“Quiero tener una finca”
“¿Dónde?”
“En el Amazonas. Allá hay azulejos, y dicen que son más grandes.”
20 de mayo
Las dos haciendas de Colombia
Son las diez de la mañana del miércoles, mi tercer día en Bogotá, y tomo un Uber hacia La Candelaria, el centro de la ciudad. Uber no está legalizado, y el conductor me pide que me siente adelante para disimular ante la fiscalización. Esas representaciones colectivas – el gobierno finge que no ve, la empresa finge que no hace, y los usuarios fingen que no están fingiendo – me resultan útiles, pues en el asiento delantero converso mejor con los pos-trabajadores del mundo digital. Entre dos salsas de la 105.4 FM y menciones a Roberto Carlos y Nelson Ned, pregunto: “¿Y esas elecciones, oiga, a quién va a votar?”
“A cualquiera, menos a Cepeda.”
“¿Por qué?”
“Él protege a las guerrillas.”
La asociación es tan automática que huele a redes sociales. El día anterior, Abelardo de la Espriella había soltado en su cuenta de X un video con escenas de compra de votos por guerrilleros que panfleteaban para el Pacto Histórico. Hoy ya no encuentro ese material en su cuenta, que me recuerda los montajes criminales de la Globo contra Lula en 1989.
Bajo en la Séptima pensando en las bodegas digitales de la ultraderecha y me dirijo a la Plaza Bolívar, donde campesinos e indígenas hacen una manifestación por la reforma agraria. El tema es de vida o muerte para Petro y Cepeda, pues muchos campesinos que son víctimas de los conflictos armados creen en las promesas militaristas de seguridad de la derecha, y la reforma agraria es una forma de atraer a parte de ellos hacia la izquierda.
La profesora Clara Clavino, de Arbeláez, es una desplazada que durante años votó por el derechista Álvaro Uribe, pero cambió de bando cuando se dio cuenta de que la reforma agraria, y no el militarismo, era lo que traería de vuelta su sueño. “De corazón soy uribista, pues gracias a la política de Uribe hubo seguridad después de que fui desplazada, pero ahora, por los beneficios para mi familia, voto por Petro y por Iván.”
No tarda mucho en aparecer Martha Carvajalino, con cabello corto estilo chanel, usando una chaqueta negra con una estrella roja bordada en la espalda, en una mezcla de punk y new wave de los años 1980. Ministra de Agricultura de Petro, Martha camina entre los grupos como si estuviera en casa, es abrazada por la guardia indígena de los Ēmbēra Chami y Nasa, se sienta en el suelo en un círculo formado por campesinos de Arbelaez donde está la ex uribista Clara Clavino y da entrevista a la televisión. Es ovacionada en cada rincón de la plaza. A su lado, ningún influencer digital.
Después de la marcha, dejo la Plaza Bolívar por la Séptima y veo un hermoso Dodge rojo que llevará a unas sesenta personas de la etnia Nasa al Resguardo Indígena Potrerito, en Huila. Modificado, con ocho bancas corridas y sin laterales, hace el trayecto en ocho horas. Van seis por banca, cuarenta y ocho en total. “¿Y el resto?”, pregunto a uno de los pasajeros que espera la partida. “Va acostado entre los pies o allá arriba”.
Pensando en el esfuerzo y sacrificio de la jornada de los Nasa de Potrerito, tomo un Uber de regreso a casa, me siento de nuevo adelante y de nuevo escucho del conductor. “En la primera vuelta voy con Fajardo (candidato de centro que no llega al 5%de las intenciones de voto), pero después voto por cualquiera, menos por Cepeda.” Esa misma rabia intolerante preparada en las bodegas digitales, soleadas por un algoritmo insondable.
Bajo del carro en la Calle 30 con 33-A, con serias dudas sobre dónde se decidirán las elecciones, si en las bodegas digitales o en las haciendas reales. Miro el reloj, son las siete de la noche, y recuerdo que mi avión a Barranquilla sale en dos horas.
Llegó finalmente la hora de sumergirse en la Colombia profunda y cruzar el país desde las tierras de los campesinos del Caribe hasta el resguardo indígena de Caldono, en el Valle del Cauca. Porque, sea cual sea la representación colectiva de las big techs, esa otra Colombia seguirá existiendo – tanto si fingimos como si no.
21 de mayo
Aracataca: ¿sabor a qué?
“Es áspero y cítrico, deja la boca húmeda y seca al mismo tiempo, y también es agridulce como si fuera un chicle tutti-frutti recogido del árbol.” Así es como intento definir esa bolita verde indefinible que muerdo con la punta de los dientes, el mamoncillo, fruta que nunca había visto en mi vida. Estoy en Guamachito, a dieciséis kilómetros de Aracataca, el mítico pueblo donde Gabriel García Márquez nació y vivió hasta los nueve años.
No hay un lector de Gabo que no vea su tierra natal en Macondo, la ciudad que los Buendía fundan, gobiernan y desgobiernan en Cien años de soledad. Acelero el Onix LT que yo y el fotógrafo colombiano Marcelo Londoño alquilamos en Barranquilla, pues quiero llegar pronto a la ciudad donde la pasión es un enjambre de mariposas amarillas y el insomnio una plaga contagiosa. En mi imaginación, Aracataca es la Macondo de la política donde todo puede pasar. Petro recibió el 70% de los votos del municipio en 2022. ¿Será que Cepeda llega al 90%? En Brasil, Lula solo alcanzó esos números en misteriosos Macondos del Nordeste, casi todas en el sertón de Piauí.
Entramos a la ciudad a las 2:10 de la tarde. Pobre, polvorienta y pedregosa, Aracataca es azotada por un sol indiferente a la suerte de quienes quema, y los vientos alisios del Norte que yo esperaba parecen embotellados por algún dios sin conciencia. Marcelo y yo dejamos el Onix frente a la Iglesia San José, donde fue bautizado Gabriel García Márquez, y nos deslizamos hacia un restaurante cerrado, en busca no tanto del almuerzo, sino de un ambiente refrigerado.
El restaurante está más vacío que la plaza castigada por el sol, y aprovecho para conversar con sus cuatro empleados. Le pregunto a Marcela Romero por quién va a votar, y ella me esquiva con facilidad. “Voto lo que mi mamá me diga”, sonríe con la belleza de quien tiene 23 años.Cambio la pregunta. “Por lo que usted escucha por ahí, ¿quién cree que va a ganar?” Mientras ella gira los ojos hacia arriba, pienso en el dulce del mamoncillo, en las mariposas amarillas de Macondo, en el 90% de Cepeda.
“Abelardo.”
Escucho mal a Marcela porque la palabra que pronuncia tiene que atravesar una gruesa capa de calor e incredulidad. Repito la pregunta. Esta vez fijo bien la vista en su boca para leer los labios. Suda sobre el labio, por la nariz, por la frente.
“Abelardo, el tigre, ¿correcto?” (Abelardo se hace llamar El tigre en casi todas sus publicaciones en X).
Pregunto por qué. Pienso en la lengua áspera de gato del mamoncillo, en la plaga del insomnio, en el papel que la violencia juega en las bases de la ultraderecha. No hace falta tener los poderes de un Melquíades para anticipar la respuesta.
“La violencia empeoró mucho aquí con Petro.”
Intento cambiar el tema. “En Brasil todos hablan bien de la economía colombiana”, exagero. “¿Petro no subió el salario mínimo? Está más alto que en Brasil.”
En eso Jo Iris Navarro, de 21 años, se acerca cantando yo te pago cuando me pague él que me debe a mí.
“Qué letra”, reacciono, “¿de quién es?”
“Silvestre Dangond.”
(después supe que Silvestre es uno de los principales cantantes del vallenato, la música propia de la región que Gabriel García Márquez sabía citar, de un solo aliento, junto a la poesía del Siglo de Oro español).
“¿Ella te debe, Jo?”
“Sí, pero no me paga.”
“Pero te paga cuando le paguen”, intervengo, tratando de imitar la lógica de las improvisaciones que los colombianos del Caribe manejan tan bien como los nordestinos de Brasil – al menos, así son las cosas en la Macondo universal que habita mi imaginación de paulistano. “¡Con el salario mínimo usted paga, Marcela!”
“Yo no gano el salario mínimo”, cortó, “y ahora todo está más caro por culpa de él.”
“¿Cómo es su esquema de trabajo?”
Ella dibuja en el papel en lugar de hablar, como si tuviera vergüenza: 1 turno = 45 mil. 6 x 45 = 270. “Eso es lo que gano por semana.”
Hago el cálculo mental de 270 por cuatro: 1,08 millones de pesos colombianos al mes, menos de la mitad del salario mínimo actual.
Everlides Jiménez, 48, y Keyler de la Rosa, 18, se suman a la ronda y confirman las cifras. En lugar de quejarse del salario que le paga su patrón, Everlides se queja de la política salarial impulsada por Petro. “Antes se podía trabajar siete días a la semana, ahora que Petro obligó a pagar doble los domingos, el patrón ya no nos llama.”
El aumento de los derechos de los trabajadores formales le quita las expectativas de derechos a los trabajadores informales. Una victoria con sabor a derrota. Un mamoncillo dulce que se traba. Una Aracataca hecha de cemento, sudor y reaccionarismo. Mañana temprano voy a buscar a los cepedistas de la ciudad y a reencontrar la Macondo de las mariposas amarillas.
22 de mayo
Gabología
“Buenos días, señor presidente, me alegra poder dirigir la palabra a esta honorable Casa.” Ni en el día más feliz de mi vida habría imaginado que debutaría en el Poder Legislativo con un discurso completamente improvisado en el salón principal del plenario del Concejo Municipal de Aracataca. Todo comenzó cuando una señora me ofreció una bebida color unicornio en la Calle 10 y, de repente, una mujer rubia montada en una moto de faro angular, guardabarros alto y trompa plateada se detuvo a mi lado, me hizo subir a la parte trasera y me llevó al corazón del poder local de la ciudad más mítica del Caribe colombiano.
Ella me deja frente al Concejo Municipal. “Espéreme aquí, que en diez minutos vuelvo por usted.” Apenas se marcha, un anciano negro, con algunos dientes, mucha simpatía y la alegría de una libélula, aparece desde la casa vecina al Concejo y me pregunta en un inglés de dicción shakespeariana pura e impecable:
“Hey, my friend, how are you doing? Are you also from America like me? Welcome to Aracataca.”
Mientras intento entender cómo una persona improbable en un pueblo improbable pronunciaba un inglés más que improbable, la amazona rubia de la imponente moto reaparece, me toma de las manos y me dice: “Venga.”
Trece concejales me esperan en el Salón Principal para una sesión que, para mí, siempre llevará el título de Políticas comparadas: Brasil y la república de Aracataca. Durante casi una hora discutimos temas de la mayor trascendencia para el futuro de ambos pueblos: disciplina partidaria, transferencias del gobierno nacional a las localidades, sistema público de salud, políticas de fomento cultural y dónde queda la tumba de Melquíades.
Mi obsesión era entender, sobre el terreno áspero de la historia, algo que dos días antes, todavía en las alturas de Bogotá, le había preguntado a Alberto Cienfuegos, el general de la estrategia de campaña de Iván Cepeda: “La política se polarizó en Colombia para las elecciones presidenciales, pero los partidos de centro tienen enorme poder en las localidades. ¿Qué está haciendo el Pacto Histórico para alinearlos en torno a Cepeda?”
Nada —o al menos eso me dicen los trece concejales de Aracataca cuando les repito la pregunta.
El Concejo tiene siete partidos representados, ninguno de ellos en la primera línea de los que se enfrentan en las presidenciales: el Pacto Histórico de Iván Cepeda, el Centro Democrático de Paloma Valencia y el Movimiento de Salvación Nacional, que apoya a Abelardo de la Espriella.
En la República de Aracataca las cosas son distintas. El Partido Liberal y Cambio Radical forman la mayoría (cada uno con tres delegados); el Partido de la U y la Alianza Social Independiente (ASI) tienen dos; Dignidad y Compromiso y Movimiento de Autoridades Indígenas de Colombia -AICO tienen uno. Los politólogos colombianos con los que hablé antes del viaje los consideran partidos tradicionales o de centro. Son más clientelistas que programáticos. Son flexibles en sus alianzas. Y a veces sus cuadros son tan fieles a lo que piensan en un instante que se traicionan a sí mismos al instante siguiente.
“Yo soy del Partido Liberal”, dice orgullosa Arelys Rodríguez, la motociclista de cabellos rubios, lisos y largos que me había llevado al Legislativo.
Pero el prismático sobre la mesa de trabajo que lleva su nombre identifica su partido como ASI, y la propaganda electoral pintada en la esquina de su casa dice que ella es “de la U”. Fuera de la sesión, Arelys me confesó en voz baja que apoyará a Cepeda, aunque el Partido de la U haya declarado su apoyo a Valencia.
La polivalencia no es un solecismo: es la gramática misma del juego. En las ciudades donde reina el toma y daca, la construcción de alianzas pasa por el manejo del presupuesto público, y entonces le pregunto al Concejo cómo el gobierno Petro transfiere recursos a Aracataca. Los trece son unánimes en la respuesta.
“En el gobierno anterior”, dice Luis Alberto López Visbal, “Aracataca tenía una ejecución presupuestaria de 400 mil millones de pesos para el cuatrienio; ahora tiene apenas 200”.
Cuando pregunto por qué el gobierno de Petro transfirió menos que los otros, escucho una deliciosa escena legislativa:
—Sr. Luis: En este gobierno no ha habido inversión porque no llegaron recursos del gobierno nacional. Antes teníamos un alcalde que tenía conexiones en Bogotá…
—Una voz aparte: …que era del partido de gobierno.
—Sr. Luis: …que era del mismo partido del gobierno y que trajo muchísimos recursos.
—Otra voz aparte: el gobierno ahora no manda dinero por ideología.
No puedo confirmar en este momento si la República de Colombia redujo las transferencias a la República de Aracataca durante el gobierno Petro, pero las cifras parecen no resistir una primera verificación que hago esta noche al atravesar una Sierra Digital más grande que la Sierra Nevada de Santa Marta: los datos resguardados en el sitio web de la Contaduría General de la Nación.
En el sitio de la Contaduría selecciono “informe al ciudadano”, “entidad: Aracataca” y “categoría: Cuipo, información del presupuesto ordinario”. Descargo los presupuestos de 2021 y 2025 como años base —antes de Petro (2021) y bajo Petro (2025)—, separo las entradas de ingresos del gobierno central y veo que, usando un índice deflactor, Aracataca recibe hoy del gobierno central un 6 % más de recursos que en 2021.
Las cuentas no cuadran y, aturdido, me despido del Concejo de Concejales sin saber cómo evaluar mi primer paso en la brillante carrera parlamentaria que nunca voy a tener.
“Permítanme expresar a Sus Excelencias mi más profunda gratitud por la acogida tan cálida, generosa y extraordinariamente esclarecedora brindada en esta distinguida Casa legislativa.”
Vuelvo a subir a la parte trasera de la moto de faro angular y desciendo frente a la casa donde todo había comenzado. La misteriosa señora reaparece y me ofrece una nueva dosis de la bebida color unicornio. Esta vez declino: mi corazón no soporta tanta realidad dos veces en el mismo día.
23 de mayo
San Jacinto, flor de la tierra
Fotografía: Marcelo Londoño
Después de conocer el mamoncillo, la bebida color unicornio y la brillante carrera parlamentaria que nunca tendré allí en Aracataca, me puse en camino hacia otro pueblo, San Jacinto. La distancia entre las dos ciudades es grande, tanto en el mapa como en la vida. San Jacinto está en otro departamento, Bolívar, enclavado en un valle resplandeciente entre los Montes de María, con sus carreteras carcomidas por el termitero de la indiferencia política y sus tierras amarillentas e infértiles por la indiferencia de la naturaleza. Como un sol al mediodía, la ciudad se ve tan pobre que da ganas de cerrar los ojos.
Pero es en San Jacinto, y no en la realidad mágica de Aracataca, donde encuentro la magia que deseaba ver en el sistema político de Colombia: las Juntas de Acción Comunal (JAC). Comprendí mejor su funcionamiento al conversar con Luís Vázquez, presidente de la JAC de San Jacinto.
Creadas en 1958, las JAC no tienen un equivalente directo en el panorama institucional brasileño, donde su pariente más lejano e irreconocible son quizá las Asociaciones de Vecinos. Son organizaciones sociales de base que tienen como unidad los barrios del núcleo urbano y las aldeas rurales de los alrededores —el español colombiano cuenta con términos deliciosamente precisos para designar la ciudad y sus salientes rurales, las cabeceras y las veredas—. Las JAC de una ciudad pueden agruparse en una Asojuntas (asociación de las JAC de la ciudad), que a su vez se unen en la Confederación de Juntas a nivel departamental. Según la página de la “Unidad de Víctimas”, del Gobierno nacional, hay casi 70 000 JAC, 1300 Asojuntas y 35 federaciones repartidas por toda Colombia.
“Si las JAC son antiguas, ¿qué importancia tiene el Gobierno de Petro para ellas?”, le pregunto a Luis Vázquez.
“Las Juntas existían desde el principio, cuando estalló el conflicto armado; muchos líderes sociales fueron asesinados, perdieron importancia, muchas existían solo sobre el papel. Petro les ha devuelto la vida. Mi junta, por ejemplo, se creó en 2023”.
Las JAC no tienen nada que ver con las Asociaciones de Vecinos de Brasil por una razón muy simple: son entidades jurídicas que pueden firmar contratos con el Gobierno —los convenios solidarios— para ejecutar servicios públicos hasta un determinado nivel presupuestario, como la construcción de tramos de carreteras secundarias y la reparación de vías públicas, tareas que antes estaban en manos de empresarios locales que tenían buenos contactos con las Cámaras de Concejales y las alcaldías. “Las Juntas les quitaron las tetas de las que mamaban”, explicó Luís.
La localidad de San Jacinto tiene 27 600 habitantes y veintinueve Juntas de Acción Comunal repartidas entre la cabecera y las veredas. Con una junta por cada mil habitantes y repartidas por el campo y la ciudad, las juntas tienen una representatividad con la que el Concejo Municipal ni siquiera sueña —y tal vez no quiera— tener. Cuando le pregunto a Pedro Ortega, presidente del Concejo Municipal de San Jacinto, si hay algún concejal del campo, la respuesta es seca. “Todos son de la ciudad. No hay Concejales de los caseríos”.
Petro es un animal político. Como presidente, sabe que muchas localidades de Colombia están controladas por políticos tradicionales clientelistas a menudo plagadas de tramas corruptas que absorben los flujos de recursos del gobierno central sin dejar ni una gota para la población. A veces, esa gota es literal. Las casas de San Jacinto reciben agua corriente dos veces por semana; los más afortunados tienen cisternas. Muchas otras casas —como la Casa de las Marcelas (sobre la que escribiré muy pronto)— ni siquiera eso.
Mediante la reorganización de las JAC, el gobierno de Petro ha encontrado una nueva forma de representatividad política que elude la corrupción de los empresarios y la mala voluntad de los partidos tradicionales. Los presidentes de las Asociaciones de las JAC tienen contacto directo con un secretario asignado a ellos en el Ministerio del Interior, sintiéndose mucho más atendidos y valorados allí que en los espacios de la ciudad donde viven, el Concejo Municipal y las alcaldías. El proyecto del Pacto Histórico es tomar esas plazas sitiadas que son los gobiernos locales de abajo hacia arriba, con la presentación de candidatos a alcaldías y concejales a partir del trabajo de base de las JAC.
Termino esta entrada pensativo. Mientras las iglesias evangélicas brotan como setas en Brasil, las JAC florecen en Colombia, dando frutos incluso en la tierra amarillenta de San Jacinto.
24 de mayo
San Jacinto: la Casa de las Marcelas
Forografía: Marcelo Londoño
“¿Te gusta leer, Marcela?”
“¿Yo?”
“Sí, tú”.
La escena es banal, salvo por un detalle: la sinceridad de la chica cuando pregunta si me dirijo a ella. Estamos sentados en banquetas de madera, con las rodillas a la altura del ombligo, en una sala de tierra agrietada y desniveles endurecidos, con paredes hechas de entramado de varas cubiertas con plástico negro. Sobre nuestras cabezas, plata ondulante de las láminas de zinc y seis gallos encaramados en las vigas. Además de mí y de Marcela, están en la sala Marcela y Marcela. Las tres Marcelas son hijas de la artesana Luisa Guzmán. “Cuando llamo a una Marcela, aparecen las tres de inmediato, y me lleno de alegría.”
Marcela, de dieciséis años, solo quería saber si me dirigía a ella o a una de sus hermanas menores. Me sorprende con su español de Quevedo – hermoso, articulado, rítmico, casi literario – en medio de una familia artesana que vive de la laboriosa fabricación de tambores de cumbia en la periferia sur de San Jacinto.
Fue en San Jacinto donde por primera vez conversé con un presidente de una Junta de Acción Comunal. La ciudad también me sorprendió cuando, en medio de sus calles terrosas manchadas de asfalto comido, conversé con Rafael García, ganador del Grammy en 2007 con la cumbia “Un fuego de sangre pura.” Pero San Jacinto está castigada por una pobreza dura que no me sorprende menos. Sus casas reciben agua potable dos veces por semana, la casa de las Marcelas ni eso.
María Guzmán, presidenta de la Asociación Tejedoras de Paz, aprendió a hacer los tambores de cumbia hace años, le enseñó a su marido y a sus sobrinos, y hoy la familia vive de la venta de los instrumentos. La economía es apretada y llena de sacrificios. Los tambores se tallan en troncos de Caracolí, Tolúa, Lechero y Carito, árboles comprados en propiedades rurales de los alrededores. Los árboles son caros. En las fincas de árboles legales, tres salen por un millón de pesos colombianos, en las fincas ilegales que quedan detrás del Cerro de Maco, a 30 km de la ciudad, la familia consigue hasta nueve árboles por el mismo valor.
María Guzmán tiene toda la pinta de quien vota por Iván Cepeda: es artesana y líder de una asociación, apta para captar recursos de las convocatorias nacionales para asociaciones de Petro. Pero en realidad se va por Abelardo de la Espriella. Dice que la violencia en Colombia aumentó durante el gobierno Petro, y que el derechista es la mejor solución. Le pregunto si percibe la violencia en el día a día o si es algo que escucha decir o ve en la pantalla del celular, y ella me corta diciéndome que la siente en carne propia. Hace tres años, después de dar un discurso por la paz que pedía perdón a los criminales en un encuentro de víctimas en San Jacinto, se ganó el favor de un comandante de las disidencias de las FARC, que quería contratarla para distribuir armas ilegales entre sus soldados. Ella se negó y fue amenazada.
Salgo de la casa de las tres Marcelas directo al centro de la ciudad y me meto en el comité local de Abelardo. Allí encuentro a Rafael Segundo Martínez, coordinador municipal de la campaña, que poco a poco va recibiendo a otros miembros para una reunión. Pregunto por qué cree que los pobres votan por un candidato asociado a los ricos, que se viste como rico y que hizo su carrera defendiendo a los ricos. Él ríe: “Pues los pobres también quieren paz, y Petro no puede dársela.”
En las presidenciales de 2022, Petro tuvo la mayoría de los votos en San Jacinto. Por lo que fui conversando con la gente, mi apuesta es que Abelardo va a crecer fuerte sobre Cepeda. No tengo instrumentos estadísticos para sostener lo que sospecho, pero si puedo dejar algún diagnóstico, el mío es que el matrimonio entre redes sociales y violencia descontrolada está minando uno de los polos del Pacto Histórico, la costa caribeña. ¿Logrará Cepeda elegirse perdiendo posiciones allí? El presidente de las Juntas de la ciudad, Luís Vázquez (entrada del 23 de mayo) discrepa, y dice que las bases están bien movilizadas
Vuelvo a la casa de las Marcelas pensando en el poder aglutinador del mensaje de la violencia que la derecha tanto politiza y pregunto: Marcelas, ¿qué quieren hacer en el futuro? La menor calla, la del medio ríe, la mayor responde. “Quiero estudiar y entrar a una universidad, si es posible de psicología.” Sí, pienso, la violencia y su discurso no siempre dejan a todos iguales. Cada Marcela todavía puede ser Marcela a su manera.
25 y 26 de mayo
Buenavista, el revés del revés
Después de cinco horas en carretera, veo a mi derecha un hombre metamorfoseado en tigre y le digo a Marcelo: “hasta en este pueblo perdido Abelardo pintó este tigre que existe en todos los rincones del mundo, India, Siberia, China, menos en las Américas, mucho menos en Colombia, muchísimo menos en Buenavista.” “Tâmis, ¿viste el Comité Municipal de Cepeda más al fondo?” No lo había visto. El animal, que no era el tigre de Abelardo, sino un jaguar de la fiesta del Mapalé, está en un muro que separa la acera en dos niveles, y el comité, retirado en el nivel de arriba, se me escapó. “Puta, ¿vamos a parar?” “Tú sabrás”. “En la duda, siempre es mejor parar.”
Son las seis y media de la tarde, estamos en la pequeña Buenavista, Córdoba, y todavía no sabemos que acabamos de completar, sin quererlo, nuestro recorrido por la Colombia caribeña. A continuación, una descripción concisa de lo que vimos allí en los dos días siguientes.
Fotografía: Marcelo Londoño
***
“Se lo muestro aquí mismo, patrón. ¿Ve esos dos árboles grandes, verdes, oscuros? Son dos matas de mango. Entre ellos quedaba la casa de mi familia. Hoy no queda nada allí”, dice Jhon Martínez. La visión de los árboles me proyecta hacia mi infancia, cuando yo me subía a los mangos de hojas oscuras de la finca de mi abuela para escapar del calor inclemente del Pontal do Paranapanema y de los amores mal curados de la preadolescencia. Miro de nuevo a Jhon, le pido perdón en silencio por escucharlo y no escucharlo, por estar y no estar allí, como un hilo humano con mala conexión.
Estoy en Buenavista, pueblo de 22 mil personas que, como los demás que vi en la Colombia caribeña, tiene una historia mucho más grande que su tamaño. Acabo de tragarme quince kilómetros de carretera para llegar hasta Mejor Esquina, uno de los corregimientos rurales de la ciudad, hoy vaciado, pero en otros tiempos un lugar donde la vida se repetía con la regularidad de los días de la semana. Los niños iban a la escuela a las clases del profesor Tomás Berrío, en el tiempo libre jugaban a la raya, cuando los llamaban, ayudaban a sus padres en las fincas lecheras de los alrededores, lavando vasijas, llevando los terneros al corral y alimentando gallinas, cerdos y tortugas morrocoy. En las fiestas patronales, se reían con las cabalgatas y apostaban en las peleas de gallos hasta el comienzo de la noche, mientras los adultos atravesaban la madrugada bailando fandango.
El 3 de abril de 1988, ese tiempo se partió en dos, y la vida se dio vuelta.
La comunidad siempre organizaba la Fiesta del Domingo de Resurrección en la plaza del caserío, pero esa vez se sugirió hacerla en una casa de campo un poco más lejos de lo habitual, a quince minutos a pie. Jhon participó en las fiestas y volvió a casa a las 9:45 de la noche porque tenía diez años, y los niños deben estar en la cama. Cuarenta y cinco minutos después, un carro con los faros apagados se acercó, bajaron paramilitares, la banda dejó de tocar y una ráfaga de balas mató a veintiocho campesinos, entre ellos el padre de Jhon. Aterrados, Jhon y su madre pasaron la noche en vela en casa, sin saber bien qué había pasado. Al amanecer, volvieron angustiados al lugar de la fiesta y vieron al padre muerto. “Me acuerdo perfectamente de ese día como si fuera hoy. El regalo de mis sueños siempre había sido un carrito.” Esa era la mañana del cumpleaños de Jhon.
Vuelvo al mango de hojas oscuras al que yo me subía. El sol cae como una palmada en mi espalda, como ahora, e intento visualizar las violencias que presencié en la infancia. Me acuerdo del día en que le di a quemarropa un tiro de gracia a un garrapatero aní que había herido minutos antes con mi escopeta de perdigones. No puedo ir más allá de eso, no puedo traducir lo que Jhon me cuenta, creo que no puedo mirar a Jhon – casi nadie puede – y trato de aferrarme a cualquier otra cosa. Sé que los campesinos de Buenavista han recibido tierras en los últimos años e imagino su alegría. “Es el carrito que Jhon no recibió”, pienso, y vuelvo a castigarme por asociaciones tan infantiles en un juego de espejos imposibles.
Jhon preside la asociación Las Verdaderas Víctimas de La Mejor Esquina y dice vivir en carne propia una paradoja dolorosa. Aunque Buenavista es uno de los municipios que más tierras recibieron en todo el país dentro del programa de reforma agraria de Gustavo Petro, ninguno de los familiares de los campesinos asesinados en lo que se considera como la primera masacre en la Colombia caribeña recibió tierras a título de indemnización. El municipio es hoy la frontera de la justicia agraria del Pacto Histórico, pero la justicia aún no ha cerrado su ciclo.
“De las 45 mil hectáreas que recibió el departamento de Córdoba, 15 mil están en Buenavista”, me explica FerneyBertel, ex alcalde de la ciudad y hoy coordinador del comité municipal del Pacto Histórico. La razón por la que un pueblo tan pequeño que hoy parece existir colgado al borde de la carretera Troncal del Caribese convirtió en el corazón de la reforma agraria en Colombia es la misma por la que mataron al padre de Jhon: la alianza histórica de narcotraficantes y milicias paramilitares.
Hasta los años 1980 Buenavista no era más que una aldea de campesinos. Sus casas eran de palma y bahareque – con la estructura de madera hecha de corozo, una palma que se aprovecha en todo, hasta para alimentar a los cerdos con sus cocotitos. “La gente iba en burro por las veredas llevando maíz, leña, arroz y corozo, y usaban totumos para buscar agua en el pozo de la señora Bienvenida”, me dice una empleada del hotel donde Marcelo y yo nos hospedamos. Le digo que estoy escribiendo sobre las elecciones y le pregunto el nombre. Me mira con un asomo de desconfianza que parece nacido en 1988. “Prefiero no decirlo.”
De la noche a la mañana, los meganarcos – Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, entre otros – compran miles de hectáreas de tierra y abren haciendas con piscinas lujosas y establos para caballos incomprables. Una de ellas, la Caballo Blanco, tenía pista de aviación para sacar coca hacia los mercados norteamericanos por el Golfo de Urabá. La aldea se revoluciona. Tras los narcotraficantes llegan los guerrilleros detrás de su dinero, y tras los guerrilleros las milicias paramilitares detrás de ellos y del dinero. Los paramilitares se alinearon con los narcos y con el Estado. Las que mataron al padre de Jhon fueron entrenadas por Yair Gal Klein, un judío formado en Tel-Aviv que se había alistado en el grupo de paracaidistas de Israel y participado en la Guerra de los Seis Días – sugiere el libro Guerras recicladas, de María Teresa Ronderos. Entraron en la Fiesta de Ressurección a los gritos de “banda de guerrilleros.” Hoy habitantes de Buenavista dicen que mandaderos de los capos robaron dinero a sus superiores, le echaron la culpa a los campesinos y usaron su sangre para lavar su maldad.
Durante el combate a los narcotraficantes y a las guerrillas, las tierras devueltas al Estado en acuerdo con el Ministerio de Justicia pasaron a ser administradas por la Sociedad de Activos Especiales (SAE), organismo responsable de la custodia de los inmuebles devueltos adquiridos por actividades criminales. En teoría, la SAE puede redirigir los bienes raíces rurales a la Agencia Nacional de Tierras, que en este momento está redistribuyendo el botín en el marco de la reforma agraria de Petro. A veces, en la práctica, los traspasa a las élites locales. En este momento abro el contrato de comodato de sesenta meses firmado por una representante de la SAE y por el alcalde de Buenavista, Félix Gutiérrez Córdoba, cediendo a la alcaldía el derecho de usar 470 hectáreas de tierra. El contrato – confiado a mí por un habitante de Buenavista que prefirió no identificarse – está firmado el 18 de diciembre de 2023. La alcaldía de Félix terminaba el 30 de diciembre.
Pienso en los mangos de hojas oscuras, en el israelí torturador, en el garrapatero aní, en los narcotraficantes, en las élites actuales. Miro y no miro a Jhon. Converso y no converso con él. “¿Vamos a ver la Caballo Blanco?” Él acepta, y juntos tomamos el Onix LT hasta otro lejano corregimiento rural –el lejano Belén– donde visitamos la asociación que representa a las cincuenta y cuatro familias que recibieron noventa hectáreas de tierra de la Caballo Blanco. La antigua pista de aterrizaje está tapizada con un arrozal recién sembrado que todavía no ha germinado, y Marcelo se topa con una bota abandonada de los antiguos paramilitares que patrullaban la zona. Belén es el epicentro de la violencia, por eso allí no hubo masacre. El corregimiento está mucho más poblado que el de Mejor Esquina, y la Junta de Acción Comunal es activísima. Muchos aquí creen que la historia de Colombia se divide en dos, antes y después de Petro, como si hoy fuera un 3 de abril al revés. Un revés del revés.
Al lado de Jhon, le pregunto a Mono Martínez, el presidente de la asociación:
“Usted vivía aquí en la época de los narcos, ¿cómo era?”
“Por ahí pasaba un avión cada cinco minutos las veinticuatro horas del día, o saliendo o aterrizando.”
“¿Ustedes trabajaban en la finca?”
“No entraba ni salía nadie. Solo llamaban a la gente de aquí para un potrero sucio o para limpiar las tierras.”
A continuación, completa:
“Esta tarde recibimos la titulación oficial de Bogotá.”
“¿Hoy?”, digo, sorprendido con la coincidencia. “¿Alguna vez en su vida imaginó que terminaría siendo dueño de una parcela de las tierras en la hacienda de Pablo?”
“JAMÁS.”
Aquí los campesinos están convirtiéndose en dueños de los bienes de los antiguos meganarcos. Pero todavía no todos. Todo es posible, o casi. Miro fijo a Jhon y sonrío sin sentir alivio.
27 de mayo
En las carreteras, dar papaya
“Tâmis, el Google Maps nos está mandando doblar a la derecha más adelante porque la carretera está bloqueada después de El Difícil”, dice Marcelo mientras avanzamos por la Ruta Nacional 80 entre Bosconia (Cesar) y Plato (Magdalena). El sol se deshace en la línea del horizonte como una pastilla de Alka-Seltzer, burbujeando en la cabeza de los conductores que se apresuran por el miedo a sufrir ataques de grupos armados. La carretera se vacía, los carros de paseo desaparecen, solo quedan los camiones. Marcelo y yo somos la única y tonta excepción.
Veo el letrero “Campo El Difícil” apuntando la salida a la derecha, giro el Onix LT y caemos en una carretera vecinal de tierra amarilla y cascajo. La única presencia humana allí son huellas de llantas, unos bueyes perezosos detrás de las cercas y la cumbia “El hombre caimán” que suena en la radio, nada lo bastante amenazador para impedir nuestro avance hasta que divisamos a un hombre de camisa azul, pantalón oscuro y una mochila Wayuu al hombro. Yo iba a seguir de largo, pero Marcelo pide parar porque quiere preguntar. “Oiga, por favor, ¿cómo hacemos para llegar a Plato por aquí?”. El hombre entrecierra los ojos, aprieta los labios y devuelve la pregunta: “ustedes no son de aquí, ¿verdad?”
Mientras reparo en el azul de su camisa, impecable como las alas de un ángel de tan bien planchada, Marcelo, mucho más vivo que yo, descifra la clave: “¿aquí es una zona controlada?” De inmediato recuerdo la primera expresión idiomática que aprendí en cuanto llegué a Colombia, todavía camino del aeropuerto El Dorado a la casa de mis anfitriones en Bogotá: dar papaya. Acá es seguro pero no se puede dar papaya, me había dicho el taxista, fanático de Abelardo. El hombre de las alas azules asiente con la cabeza, como si temiera ser escuchado en medio del desierto, y concluye su razonamiento mudo con una frase simple pero contundente: “mejor volver a la carretera principal.”
***
El toque de queda informal es el único momento de inseguridad que siento al rodar por más de veinticuatro horas por las carreteras de Colombia en busca del Cauca, después de días más que inimaginables en la costa caribeña.
Contra todo pronóstico, el viaje de cálidos, ondulantes y vertiginosos 1.444 km transcurre sin contratiempos por la Ruta del Sol, la Troncal del Caribe o la Panamericana. No solo no vi escenas de violencia sino que tampoco vi patrullajes ostensivos que tradujeran un peligro inminente. Antes de mi partida, amigos colombianos que viven en Brasil intentaban disuadirme con todos los consejos de sus dioses tutelares: que las carreteras estaban en estado de súplica de misericordia, que los camiones iban a descargar su lentitud sobre mi cabeza, que era más difícil que un carro cruzara los Andes colombianos que un camello pasara por el ojo de una aguja, que sería víctima de las pesca s milagrosas (secuestros de conductores), todo acompañado de una larga y atenta mirada en forma de etcétera.
La mayor violencia que sufrí fue el valor de los peajes de las concesionarias.
Mis amigos emigraron de Colombia entre 1995 y 2010, cuando el país olía a pólvora y aceites de luto, pero desde entonces, aunque los problemas no hayan acabado, muchas cosas cambiaron. Colombia es la única de las grandes naciones de América del Sur que figura entre las cinco primeras con mayor crecimiento del PIB en los últimos 35 años. Hoy es la tercera potencia económica, detrás de Brasil y Argentina, y creo que no tardará mucho en superar a Argentina, para el dolor de los milongueros de Buenos Aires.
Las visiones de los que se fueron son desconexiones normales en un país en profunda y rápida transformación. Pero ninguna me asombra tanto como la de Paloma Valencia, candidata de la derecha por el Centro Democrático. En la carretera escuché una entrevista en la Blu Radio en la que reconocía, sin decirlo, que estaba fuera de carrera en la segunda vuelta, y en el balance de reparación y daños que hacía le echaba la culpa de su derrota al machismo colombiano. De hecho, en Bogotá escuché de muchos abelardistas que ella no tenía fuerza para lidiar con la violencia de los grupos armados — que, sí, sigue siendo enorme y absurda — o que era un títere de Uribe. Quizás por eso Paloma se fue masculinizando cada vez más en el curso de la campaña, diciendo en su discurso de cierre que los electores iban a “sentir el puño de acero de una mujer colombiana.” El contenido venía empacado en una voz gutural que parecía nacer del esternón.
Pero hay algo más debajo que no aparece en este tipo de entrevistas. Los partidos tradicionales y de derecha en las alcaldías por donde pasé están como cáscaras de huevo en el agua: quien sopla se las lleva. En el comité municipal de Abelardo en San Jacinto, todos los miembros que vi en la reunión de la junta directiva eran del Centro Democrático, el partido de Paloma. Si algo le falló, ocurrió en las articulaciones de la base. El Pacto Histórico garantizó la suya por el asociativismo, Paloma. ¿Y su partido, qué hizo? Como me enseñó el taxista de Bogotá que antes votaba por Uribe y ahora va con Abelardo, en Colombia nadie puede dar papaya.
Fotografía: Marcelo Londoño
28 de mayo
Puracé, cementerio de haciendas
“No me gusta quedarme parada así”, dice Dora en el asiento trasero del Onix, rodeada de una oscuridad que no me deja ver los rasgos de su rostro, mientras esperamos a Marcelo y su amiga, Isa Cruz, que salieron a comprar alitas de pollo. Estamos parados en un lugar de semiconstrucciones, semiiluminación, semipresencia del Estado. “Si algún día le pusieran asfalto a la superficie de la luna, quedaría así”, pienso.
“Pero, Dora, llevo en la carretera desde Barranquilla, y no encontré a Colombia tan violenta como dicen.”
“Usted no conoce a Colombia.”
Es verdad, yo no conozco a Colombia y por eso estoy aquí, en el pueblo de Caloto, norte del Cauca, después de haber pasado junto a dos tanques de guerra estacionados al borde de la carretera, esperando a un hombre que no conozco, para que me lleve a otro lugar todavía más lejos que ni siquiera sé cuál es. Marcelo e Isa vuelven con las alitas de pollo y papas amarillas. El olor cálido y suave me hace pensar en las papas criollas que había comido en el Resguardo de los Kokonuko en Puracé. Comienzo la historia por ahí, pues fue Puracé lo que me llevó a Caloto, que me va a llevar a no sé dónde.
***
“Esta era la finca ‘El Imperador’, de Jaime Velasco, esta era ‘La Hispala’, del consorcio Dorronsoro-Iragorri, esta era la ‘20 de julio’, del ex gobernador Arboleda”, señala con el índice Aldemar Bolaños, líder kokonuko, un hombre de cuerpo sólido, mirada desconfiada y risa fácil que alterna entre lo serio y lo jocoso mientras va abriendo el Resguardo de Puracé y sus secretos para mí y para Marcelo. Desde nuestro Onix LT, miro para todos lados y no veo nada. “Ahora todo es territorio indígena”, me explica Bolaños, y por fin entiendo lo que me rodea. Este paisaje salpicado de múcuras, bromelias, encenillos, granizos, cantarillos y colorados que mis ojos idealizan es un cementerio de haciendas
Puracé es un pueblito como Aracataca, San Jacinto o Buenavista, pero está en el Cauca, a 30 kilómetros de la capital Popayán, y eso lo cambia todo. La vida asociativa que vi en la Colombia caribeña se replica aquí, con el núcleo urbano, los corregimientos y sus subdivisiones en caseríos (veredas), animadas por las Juntas de Acción Comunal (JAC), pero junto a ella coexiste la organización política de los indígenas. Los pueblos originarios también tienen sus veredas y JAC, solo que su principal espacio político son los cabildos, donde las veredas se reúnen para tomar decisiones sobre seguridad, justicia y asuntos agrarios. El territorio de un cabildo –el resguardo– siempre está dentro de un municipio y a veces puede coincidir con los límites de un corregimiento. La ciudad de Puracé tiene cuatro corregimientos, uno de los cuales es de blancos, mestizos y negros, el de Santa Leticia, y tres son indígenas, Paletará, Kokonuko y Puracé. Casi el 75% de la población del municipio son pueblos originarios, la mayoría de la etnia kokonuko.
Es fácil imaginar los extravíos que hace mi mente tratando de construir un mapa de este fascinante enredo institucional a escala de la vida local colombiana, sobre todo porque además de las superposiciones de capas jurisdiccionales los nombres se repiten (el municipio de Puracé tiene un corregimiento que hoy es un cabildo indígena y que también se llama Puracé). Les pido a los indígenas que por favor me dibujen las cosas, y recibo algunos croquis llenos de información y paciencia.
Croquis
En el resguardo de Puracê, a 3.460 metros de altitud, veo las columnas de ceniza que el volcán homónimo expulsa a cinco kilómetros de distancia y que ponen a la región en alerta amarilla. Con los bocetos en mano, hablo con tres kokonukos, devanándome los sesos para entender un poco más la organización colectiva de los indígenas, hoy una de las bases sociales más sólidas del Pacto Histórico. La conversación abarca muchos temas, incluso cuestiones tributarias; al fin y al cabo, si el distrito rural es un resguardo y el resguardo tiene autonomía a través del Cabildo, ¿quién recauda y aplica los ingresos fiscales en el distrito? Me entero de que hoy en día, “este es el problema, esta es la lucha”, que lo que los indígenas desean es la conquista del control tributario como coronación de la autonomía total. Pero los impuestos son el final del proceso que comenzó con la lucha agraria.
Bolaños me cuenta que los indígenas recuperaron de 10 a 15 mil hectáreas en el municipio de Puracé a partir de 1971 – el término que él usa es recuperar y no tomar, pues en principio las tierras pertenecían a los pueblos originarios. El resguardo es un territorio móvil, en construcción, y todo el problema gira en torno a la formación de un espacio vital para la supervivencia de los habitantes locales. Con pocas tierras, se veían obligados a trabajar para hacendados bajo el sistema de terraje, en el que el trabajador recibía como contrapartida al servicio prestado un pago no monetario, como alimentación y préstamo de utensilios. “El padre de mi compañera trabajaba en las haciendas”, dice Fernando Escobar, también kokonuko. “Pagaban con maíz o prestaban ollas.” A veces, las actividades del Complejo Minero El Vinagre, cerradas en 2018, producían incendios que amenazaban los cultivos de los habitantes locales. Recuperar la tierra fue esencial para ganar autonomía material, fortalecer los cabildos y tener proyección política nacional.
“Mi padre siempre hablaba de la recuperación de la tierra”, dice Bolaños, “el sueño primordial era dejar de ser esclavos y terrajeros y pasar a administrar la tierra que nos habían quitado. La autonomía llegó por la recuperación a la fuerza de la tierra.” Algunos hacendados reaccionaron patrocinando torturas, asesinatos y masacres. “Mis padres me cuentan que les quitaban la ropa, colgaban a las personas y las golpeaban con palos”, dice el kokonuko Norbey Quirá. Entre las tierras expropiadas en el municipio están las haciendas del ex gobernador del Cauca Julio Arboleda y del abuelo de Paloma Valencia, la candidata uribista a la Presidencia de la República.
Hoy el resguardo de Puracé es vibrante. Sus casas coloridas, bien cuidadas, colgadas en las laderas de las montañas, esconden la enorme violencia que este lugar ya vivió, y la comunidad tiene hasta un hostal turístico con aguas termales. “No te metas mucho ahí que se te sancochan los huevos”, bromea Bolaños.
Pero si el resguardo es un territorio móvil, siento que necesitamos ir a la frontera de la lucha social y ver las cosas con nuestros propios ojos. Mañana, Marcelo y yo tomamos el Onix y nos vamos a Caloto, a 130 km de aquí, un municipio que además de montañas tiene llanuras tomadas por cañaverales. Allí todavía hay haciendas vivas y nuevos Puracés en formación.
29-30 de mayo
Caloto, hasta que se acabe el sol
“No quise ser grosero, Tâmis. Fui víctima de una violencia, le pasó a mi familia”, continúa Dora poco antes de que Marcelo e Isa vuelvan con las alitas de pollo y las papas amarillas. Por primera vez desde que llegué a Colombia le pregunto a alguien sobre una intimidad que no me pertenece, incómodo por querer saber de un dolor que sé que no voy a poder traducir. “¿Qué pasó, Dora?” Ella no responde. “Perdón, ni sé por qué pregunté.”
Dora e Isa Cruz son nasa, la etnia más numerosa del Cauca, que es el departamento de referencia para las colectividades indígenas de toda Colombia. Fue allí donde surgió el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), con el fin de luchar por derechos y tierras a la manera de las organizaciones campesinas que existían en el país. La creación del CRIC, en 1971, catalizó una serie de recuperaciones de tierras por los cabildos indígenas, como en el hoy bellísimo resguardo de Puracé. Ahora estoy en Caloto – la ciudad donde las calles parecen la superficie asfaltada de la luna y el pollo con papas tiene el olor suave de las papas criollas – para ver un Puracé del pasado en su instante de formación.
Caloto integra el arco de 47 km que se extiende de Santander de Quilichao hasta Miranda, donde los nasa “liberaron” cerca de 12 mil hectáreas de tierra entre 2015 y 2022, más o menos lo mismo que los kokonukos de Puracé recuperaron después del CRIC. Aquí la Cordillera Central de Colombia cesa para abrirse en una generosa llanura de hasta 50 km de ancho que acoge la monotonía verde de los cañaverales. Fue en esas franjas geográficas de los monocultivos, en los límites entre la montaña y la llanura, donde los conflictos agrarios encontraron su escenario.
Dentro del carro, con el eco de la voz de Dora, el asfalto lunar y el olor del pollo, esperamos a un hombre desconocido que debe aparecer en cualquier momento. No sé su nombre, la única información que tengo es que lidera uno de los frentes más radicalizados de los conflictos agrarios del Cauca, la Liberación de la Tierra Madre. Cuando irrumpe de la nada, en moto y con casco, lanza una mirada cortante al interior del carro, asiente con la cabeza y arranca. Son casi las 10 de la noche, recibo la orden de seguirlo y salimos de la ciudad, atravesando callejuelas, carreteras, caminos de tierra, tres portones de alambre de púas, maleza alta y rastrojo. Manejo tenso como un palo, pues no sé a dónde nos lleva, y el alumbrado público aquí es solo una idea en el papel, y aunque existiera no haría sombra ni al poste mismo. Todo lo que no sudo de los nervios (nunca sudo ni en un día abrasador de verano) reaparece debajo de la tierra a través de un potrero encharcado que nos invita en cada tramo a un pantanal. Suerte que es año de El Niño, pienso. Llueve menos por estos lados y el Onix avanza lleno de orgullo y barro hacia lo desconocido.
En cuanto paramos y pisamos fuera del Onix, dispara: “¿Cuál de los dos está escribiendo los textos de Cerosetenta?”.
“Yo”, digo sin saber si es una buena o mala respuesta.
“Leí los textos de ayer para hoy, y creo que se puede confiar en ustedes. Pero no mencionen mi nombre.”
A continuación enciende la luz pálida de una cabaña alimentada por seis paneles solares. Ponemos el pollo con papas en una banqueta y nos sentamos en bancos corridos de madera a pocos metros de la cabaña, una casita a ras del suelo, hecha de bambú y con techo a dos aguas. Veo el rostro de cada uno en la penumbra, algunos destellos móviles de partes de los cuerpos, y rompo el hielo preguntando dónde estamos, para intentar relajarme.
“Está en la antigua hacienda Canaima. Su propietario planeó la masacre de 1991, cuando un grupo portando armas de las fuerzas armadas mató a veinte indígenas en El Nilo. Ahora es tierra liberada.”
La Canaima integra hoy la vereda Imperatriz, incorporada al Resguardo de Huellas, en Caloto – el sitio web del municipio está desactualizado y no reconoce la existencia de la vereda. “El nombre de la comunidad viene de la hacienda vecina. Liberamos 400 hectáreas de las dos, la Canaima y la Imperatriz. Bienvenido.” Miro alrededor, solo veo negro sobre negro, y entro en delirio visualizando el vacío compacto y vertical de los antiguos cañaverales. Más allá intento imaginar el terror en El Nilo, en el corregimiento de El Palo, donde hoy mandan y desmandan las FARC.
“¿Quiere pollo?”, me pregunta. Siento el olor suave de las papas criollas de Puracé, recuerdo el confort de sus aguas termales y los chistes de Bolaños. “Sí”, pienso, “Puracé debía ser así al principio, hecho de maleza, rastrojos, cabañitas y mucha fuerza de voluntad.”
Mas pronto me lo contradicen cuando pregunto qué es la Liberación.
“La Liberación de la Tierra Madre nació en 2005 para liberar las tierras. Estuvo diez años dormida, pero en 2015 empezó a liberar las tierras de verdad.”
“¿Liberar de los hacendados?”
“Del capitalismo.”
“¿Por qué liberar, y no recuperar, como dicen en Puracé?”
“Recuperar es una acción jurídica para ampliar el Resguardo, liberar es un acto contra el mercado para salvar la vida humana. El tiempo de recuperar ya pasó. Ahora tenemos que hacer que la tierra vuelva al ritmo de la madre naturaleza.”
Calvo, de cuerpo delgado y habla tranquila, este líder radical me dice que más de seiscientas personas resultaron heridas y dieciséis murieron en la liberación de las tierras. Una pareja nasa llega en moto en ese momento, y él le pide a la chica, “por favor, muéstrale el brazo”. La joven se encoge, avergonzada, “¡No!”, pero ese “no” me despierta la curiosidad y veo su cicatriz de unos 15 centímetros brillar como una hoja en medio de la noche. Me arrepiento de haber mirado. Pienso en las violencias narradas contra personas que no conozco, pienso en la violencia no narrada de quien conozco (Dora), y desvío estos abismos existenciales con una pregunta sobre ecología.
“¿Es posible dejar la tierra al ritmo de los ciclos ecológicos?”
“Todo estaba bien hasta que Petro asumió en 2023. Desde entonces no hemos liberado nada más.”
Me asombro. “¿Petro estorba?”
“En cuanto llegó al poder regularizó nuestros títulos agrarios diciendo que hizo la reforma agraria para nosotros. Pura carreta. Nosotros fuimos quienes ganamos esta tierra con nuestra sangre. También dio crédito, infraestructura, y las familias ya empezaron a producir para el mercado.”
“¿Contra la naturaleza?”
“Exacto.”
“Usted rechaza lo que la mayoría de la gente quiere. ¿Es esto lo que la Liberación de la Tierra Madre está buscando?”
“Queremos existir fuera del Estado y del mercado, con control tributario total en los resguardos. Si aceptamos la vida dentro del Estado, ya perdimos. El CRIC quiere que los indígenas encuentren su brecha en el mercado. La Liberación quiere hacer un nido comunitario fuera del capitalismo.”
Qué ingenuo fui al pensar que Puracé podía renacer en Caloto. La lucha se vuelve al mismo tiempo más radical, más utópica y más contradictoria al bajar de la montaña a la llanura. Algunas familias deben sentir el olor de las papas criollascomo yo y deben querer vivir en un Puracé de la llanura. Otros, como nuestro anfitrión, quieren seguir en la aspereza de este paisaje poslunar.
Le pregunto a los nasa que forman el círculo en la oscuridad iluminada por un punto de luz si votarán por Cepeda. “Como un mal menor, pues con la izquierda en el gobierno la lucha se adormece” — de hecho, no han tomado haciendas desde el inicio de Petro. Insisto, con una pizca de mala intención: “¿Y si gana Abelardo?” “Si gana la derecha, vamos a luchar hasta que se acabe el sol”.
***
“Mataron a mi marido, Tâmis”, Dora rompe por fin el silencio dentro del Onix, mientras esperamos a Marcelo e Isa en la calle del asfaltado lunar. “Él era de la consejería de los nasa. Una semana antes circuló un panfleto amenazando a quince liderazgos, pero fue él quien fue asesinado. Luchaba contra la violencia en el campo y el reclutamiento forzado de los niños.”
En mi insoportable ingenuidad, pienso, “vaya, qué mala suerte”, cuando en realidad los asesinos deben haber elegido a su marido para asustar a los demás. No hay nada de mala suerte en su muerte. Pertenecer a una consejería es uno de los puestos más altos en las comunidades originarias, pues el órgano representa a todos los cabildos de un pueblo – los kokonukos que conocí ayer tienen nueve cabildos en tres ciudades diferentes, y la consejería habla por esos nueve cabildos. Los nasa del Cauca tienen más de cien cabildos, es fácil imaginar la importancia del marido de Dora, proporcional al efecto de su muerte sobre todos. Pienso en Abelardo, que promete seguridad armada a los propietarios rurales mientras su victoria aumentaría las liberaciones y recuperaciones en todo el país. Serían tiempos sombríos y llenos de muerte. Las Doras de hoy, me pregunto, ¿también renacerán más radicalizadas?
31 de mayo y 1 de junio
Bogotá, las dos Colombias
“Voy por Abelardo”, dice el taxista que me lleva desde El Dorado hasta la casa donde me alojo, en Teusaquillo, mientras circulamos por la Calle 26. Después de muchos días durmiendo en condiciones precarias, levantándome a las cinco de la mañana y acostándome a las dos de la madrugada, pienso en la ducha templada, en la cama acogedora y casi no presto atención a sus palabras. Sobre todo porque no me sorprenden. Todavía no he visto a ningún taxista o conductor de Uber que sea seguidor de Cepeda.
“Y voy a votar por Abelardo porque es de centro”.
“¿Eh?”, reacciono, sacudiéndome de la cabeza la cama tan cómoda y la ducha caliente.
“Es de centro”.
“¿Y quién es de derecha?”
“Paloma, ella es de extrema derecha”.
El equipo de la campaña digital de Abelardo es experto y se guardó para las últimas horas la desinformación de las desinformaciones, que Abelardo es el galán de la democracia, mientras que Paloma es una radical peligrosa, asestando el golpe de gracia a la uribista y robándole los votos más desprevenidos. Tengo que readaptarme rápido a la vida de Bogotá. Después de Caloto había dejado el Onix LT en Cali y venido aquí en un Airbus A320, el mismo avión de fuselaje estrecho y pasillo único, con filas de tres asientos apretujados a un lado y tres al otro, que me lleva y trae cada semana entre São Paulo y Río de Janeiro. El ambiente familiar me desarmó y pensé que estaba transitando entre dos realidades más o menos parecidas. De Cali a Bogotá son solo 35 minutos, incluso menos que entre São Paulo y Río, pero parece que pasé de un universo a otro.
La conversación con el taxista me pone en alerta. Las encuestas de la última semana indicaban el ascenso de Abelardo, y por mi experiencia en Brasil sé bien cómo funcionan las bodegas digitales, que parecen conquistar en la última semana de las elecciones más hectáreas en las redes sociales que toda la lucha indígena de los kokonuko y los nasa en el Cauca desde 1971. Pienso en los chicos de Puro Veneno dedicando más de diez horas a pintar con gran esfuerzo un mural por Iván, mientras que la Inteligencia Artificial pinta un millón de muros inexistentes en cinco minutos. Aun así, tengo confianza. Salgo rebosante de entusiasmo de mi incursión por la Colombia profunda, creyendo que la realidad de las asociaciones vencerá a la realidad disociativa de los algoritmos.
Son las 17:30 de la tarde del 31 de mayo.
Los 9 688 361 votantes de Iván Cepeda y yo tragamos saliva ante cada uno de los 10 361 499 votos que recaen en la cuenta de Abelardo de la Espriella. Son un 40,9 % frente a un 43,74 %, casi 700 000 votos de diferencia a favor del candidato de derecha. La distribución espacial de los votos no presenta novedades. La izquierda obtuvo mejores resultados en la capital, Bogotá, y en los departamentos que conforman la periferia demográfica del país: la costa caribeña, la costa del Pacífico y el sur. La derecha triunfó en el corazón andino, la región más poblada y rica que incluye los departamentos de Antioquia y el Eje Cafetero. Un patrón cristalizado hace casi diez años que yo había anticipado, sin dificultad, al trazar mi viaje por Barranquilla, Aracataca, San Jacinto, Buenavista, Cali, Popayán, Puracê, Caloto, Cali de nuevo y Bogotá.
Si no hay sorpresas en la geografía electoral colombiana, ¿qué explica la sorprendente victoria de Abelardo sobre Iván?
El presidente Gustavo Petro, del Pacto Histórico, buscó sus razones optando por el camino más fácil y menos provechoso. La noche del recuento, lanzó en su cuenta de X que los seguidores de Abelardo habían cometido fraudes electorales masivos y que no reconocía el resultado. Y para espantar aún más, Iván Cepeda siguió por el mismo camino en su discurso de agradecimiento en el legendario Hotel Tequendama, a donde entré después de que una pulsera me cayera del cielo en el último momento —una cosa de mariposas amarillas que me recuerda a la bebida color unicornio de Aracataca.
La noticia del fraude recorre los periódicos del país y del mundo solo para ser desmentida a las 10:00 de la mañana siguiente por el propio Pacto Histórico en el Hotel Grand Park, donde se reúnen más de doscientos observadores internacionales. Quien da la noticia es el diputado del Pacto Alirio Uribe, que había pasado la madrugada con un equipo de más de mil abogados e ingenieros recalculando a toda prisa las hojas de cálculo de la Registraduría Nacional del Estado Civil.
Dejando de lado el factor de la manipulación electoral masiva, queda la pregunta: ¿qué explica la sorprendente victoria de Abelardo sobre Iván?
Mi viaje me hace pensar que, en términos políticos, hay dos Colombias. La Colombia de las personas asociadas, que viven sus luchas como colectividades de derecho, y la Colombia de las personas que llevan sus vidas en vuelos en solitario, como pájaros libres. Cepeda tuvo un buen desempeño en el primer grupo, pero no en el segundo. Le fue bien donde son fuertes las asociaciones campesinas, los resguardos indígenas y las juntas de acción comunal, pero no donde reina la economía de los individuos y los trabajadores autónomos. En términos relativos, obtuvo menos votos que Petro en la primera vuelta de 2022 en las cinco ciudades más grandes del país, donde están el 25% de los votantes, a exepción de Medellín.
Mientras que las personas que viven en y para sus comunidades están protegidas contra la campaña de desinformación de Abelardo, aquellas que viven a merced de la economía de mercado son vulnerables a los encantos de la extrema derecha. Son personas sin un proyecto definido, que se afanan por ganarse el pan, que creen que todo lo que tienen es fruto de su trabajo, de su dedicación, de su disciplina individual. Qué diferencia con los campesinos de Buenavista y las juntas de San Jacinto.
Mientras escucho a la senadora Gloria Flórez soltar una tontería tras otra en el Hotel Grand Park, abro la cuenta de Instagram de Cepeda y no veo belleza, estética, eslóganes fáciles ni apodos memorables. “La campaña de Abelardo llegó fácilmente a los territorios y a los pueblos, pero contamos con el amor del pueblo y necesitamos movilizar los votos de la colombianidad”, dice Flórez, entre ovaciones. Un observador de Gran Bretaña propone enviar más “delegados y testigos a las mesas electorales en las zonas periféricas del país, donde la violencia es mayor”. Ese tipo nunca ha abierto un mapa político de Colombia, pienso. Otros siguen insistiendo en la idea de la manipulación. El propio Pacto Histórico ya ha dicho que no hubo fraudes, que la manipulación era solo un paño blanco, y no un fantasma de verdad, pero sus seguidores no abandonan la tesis, agitan el paño con sus discursos flojos y juran que el fantasma es real.
Como Cepeda ganó en cuatro de las grandes ciudades, creen que allí todo va bien. Recuerdo mi tercer día en Bogotá (20 de mayo), cuando fui a buscar contactos por el país con Alberto Cienfuegos, general de la campaña de Cepeda, en Arte y Pasión, una cafetería de baristas a 100 metros de la Plaza de Bolívar. Vestido como los bogotanos de los años 1950, con un abrigo austero, gafas rectangulares negras y el pelo corto y lacado, Cienfuegos escuchó de mí que me marchaba de la ciudad esa noche en busca de la experiencia colectiva de la izquierda en los pueblos, pero me preocupaba el aparente ascenso de Abelardo en la capital. Le pregunté qué estaba haciendo el Pacto para contraatacar y me respondió: “En los barrios pobres de la media luna del sur vamos de puerta en puerta; en los barrios ricos, nuestros aliados de otros partidos hacen propaganda digital”.
Aturdido por el recuerdo de esa externalización de la comunicación digital y por tanta lucidez de los oradores en el Grand Park, me acerco a Natalia Munevar, la maestra de ceremonias del encuentro, y le pregunto: “Natalia, ¿quién es el coordinador de la campaña digital y de las redes sociales de Iván Cepeda?”.
“Tâmis, no tenemos”.
Sin saber si se trata de ingenuidad, arrogancia o una broma, aquí cierro este diario de un viaje electoral y regreso a Brasil, con la esperanza de que algún día tengamos las riquísimas formas de organización colectiva de Colombia, pero consciente, también, de que las redes sociales existen porque la vida no basta. Hasta 2030, Pacto Histórico, su fiesta fue bonita.