Tâmis Parron, de la Revista Rosa de Brasil hace un diario sobre cómo se están viviendo los días anteriores a las elecciones en Colombia.
por
Tâmis Parron
Historiador y coeditor de la Revista Rosa
22.05.2026
Ante una campaña sin debates y contada por los mismos candidatos a través de sus redes, nos lanzamos a un “road trip” electoral por media Colombia. ¿Qué dice la gente en las calles de las ciudades y la carreteras de los pueblos? ¿Qué puede descubrir un reportero foráneo en una tierra agitada y convulsa pero que también se parece mucho a su país? Espejos y espejismos de la democracia en épocas de extrema polarización. Una alianza entre Cerosetenta (Colombia) y Rosa (Brasil).
21 de mayo
Aracataca: ¿sabor a qué?
“Es áspero y cítrico, deja la boca húmeda y seca al mismo tiempo, y también es agridulce como si fuera un chicle tutti-frutti recogido del árbol.” Así es como intento definir esa bolita verde indefinible que muerdo con la punta de los dientes, el mamoncillo, fruta que nunca había visto en mi vida. Estoy en Guamachito, a dieciséis kilómetros de Aracataca, el mítico pueblo donde Gabriel García Márquez nació y vivió hasta los nueve años.
No hay un lector de Gabo que no vea su tierra natal en Macondo, la ciudad que los Buendía fundan, gobiernan y desgobiernan en Cien años de soledad. Acelero el Onix LT que yo y el fotógrafo colombiano Marcelo Londoño alquilamos en Barranquilla, pues quiero llegar pronto a la ciudad donde la pasión es un enjambre de mariposas amarillas y el insomnio una plaga contagiosa. En mi imaginación, Aracataca es la Macondo de la política donde todo puede pasar. Petro recibió el 70% de los votos del municipio en 2022. ¿Será que Cepeda llega al 90%? En Brasil, Lula solo alcanzó esos números en misteriosos Macondos del Nordeste, casi todas en el sertón de Piauí.
Entramos a la ciudad a las 2:10 de la tarde. Pobre, polvorienta y pedregosa, Aracataca es azotada por un sol indiferente a la suerte de quienes quema, y los vientos alisios del Norte que yo esperaba parecen embotellados por algún dios sin conciencia. Marcelo y yo dejamos el Onix frente a la Iglesia San José, donde fue bautizado Gabriel García Márquez, y nos deslizamos hacia un restaurante cerrado, en busca no tanto del almuerzo, sino de un ambiente refrigerado.
El restaurante está más vacío que la plaza castigada por el sol, y aprovecho para conversar con sus cuatro empleados. Le pregunto a Marcela Romero por quién va a votar, y ella me esquiva con facilidad. “Voto lo que mi mamá me diga”, sonríe con la belleza de quien tiene 23 años.Cambio la pregunta. “Por lo que usted escucha por ahí, ¿quién cree que va a ganar?” Mientras ella gira los ojos hacia arriba, pienso en el dulce del mamoncillo, en las mariposas amarillas de Macondo, en el 90% de Cepeda.
“Abelardo.”
Escucho mal a Marcela porque la palabra que pronuncia tiene que atravesar una gruesa capa de calor e incredulidad. Repito la pregunta. Esta vez fijo bien la vista en su boca para leer los labios. Suda sobre el labio, por la nariz, por la frente.
“Abelardo, el tigre, ¿correcto?” (Abelardo se hace llamar El tigre en casi todas sus publicaciones en X).
Pregunto por qué. Pienso en la lengua áspera de gato del mamoncillo, en la plaga del insomnio, en el papel que la violencia juega en las bases de la ultraderecha. No hace falta tener los poderes de un Melquíades para anticipar la respuesta.
“La violencia empeoró mucho aquí con Petro.”
Intento cambiar el tema. “En Brasil todos hablan bien de la economía colombiana”, exagero. “¿Petro no subió el salario mínimo? Está más alto que en Brasil.”
En eso Jo Iris Navarro, de 21 años, se acerca cantando yo te pago cuando me pague él que me debe a mí.
“Qué letra”, reacciono, “¿de quién es?”
“Silvestre Dangond.”
(después supe que Silvestre es uno de los principales cantantes del vallenato, la música propia de la región que Gabriel García Márquez sabía citar, de un solo aliento, junto a la poesía del Siglo de Oro español).
“¿Ella te debe, Jo?”
“Sí, pero no me paga.”
“Pero te paga cuando le paguen”, intervengo, tratando de imitar la lógica de las improvisaciones que los colombianos del Caribe manejan tan bien como los nordestinos de Brasil – al menos, así son las cosas en la Macondo universal que habita mi imaginación de paulistano. “¡Con el salario mínimo usted paga, Marcela!”
“Yo no gano el salario mínimo”, cortó, “y ahora todo está más caro por culpa de él.”
“¿Cómo es su esquema de trabajo?”
Ella dibuja en el papel en lugar de hablar, como si tuviera vergüenza: 1 turno = 45 mil. 6 x 45 = 270. “Eso es lo que gano por semana.”
Hago el cálculo mental de 270 por cuatro: 1,08 millones de pesos colombianos al mes, menos de la mitad del salario mínimo actual.
Everlides Jiménez, 48, y Keyler de la Rosa, 18, se suman a la ronda y confirman las cifras. En lugar de quejarse del salario que le paga su patrón, Everlides se queja de la política salarial impulsada por Petro. “Antes se podía trabajar siete días a la semana, ahora que Petro obligó a pagar doble los domingos, el patrón ya no nos llama.”
El aumento de los derechos de los trabajadores formales le quita las expectativas de derechos a los trabajadores informales. Una victoria con sabor a derrota. Un mamoncillo dulce que se traba. Una Aracataca hecha de cemento, sudor y reaccionarismo. Mañana temprano voy a buscar a los cepedistas de la ciudad y a reencontrar la Macondo de las mariposas amarillas.
20 de mayo
Las dos haciendas de Colombia
Son las diez de la mañana del miércoles, mi tercer día en Bogotá, y tomo un Uber hacia La Candelaria, el centro de la ciudad. Uber no está legalizado, y el conductor me pide que me siente adelante para disimular ante la fiscalización. Esas representaciones colectivas – el gobierno finge que no ve, la empresa finge que no hace, y los usuarios fingen que no están fingiendo – me resultan útiles, pues en el asiento delantero converso mejor con los pos-trabajadores del mundo digital. Entre dos salsas de la 105.4 FM y menciones a Roberto Carlos y Nelson Ned, pregunto: “¿Y esas elecciones, oiga, a quién va a votar?”
“A cualquiera, menos a Cepeda.”
“¿Por qué?”
“Él protege a las guerrillas.”
La asociación es tan automática que huele a redes sociales. El día anterior, Abelardo de la Espriella había soltado en su cuenta de X un video con escenas de compra de votos por guerrilleros que panfleteaban para el Pacto Histórico. Hoy ya no encuentro ese material en su cuenta, que me recuerda los montajes criminales de la Globo contra Lula en 1989.
Bajo en la Séptima pensando en las bodegas digitales de la ultraderecha y me dirijo a la Plaza Bolívar, donde campesinos e indígenas hacen una manifestación por la reforma agraria. El tema es de vida o muerte para Petro y Cepeda, pues muchos campesinos que son víctimas de los conflictos armados creen en las promesas militaristas de seguridad de la derecha, y la reforma agraria es una forma de atraer a parte de ellos hacia la izquierda.
La profesora Clara Clavino, de Arbeláez, es una desplazada que durante años votó por el derechista Álvaro Uribe, pero cambió de bando cuando se dio cuenta de que la reforma agraria, y no el militarismo, era lo que traería de vuelta su sueño. “De corazón soy uribista, pues gracias a la política de Uribe hubo seguridad después de que fui desplazada, pero ahora, por los beneficios para mi familia, voto por Petro y por Iván.”
No tarda mucho en aparecer Martha Carvajalino, con cabello corto estilo chanel, usando una chaqueta negra con una estrella roja bordada en la espalda, en una mezcla de punk y new wave de los años 1980. Ministra de Agricultura de Petro, Martha camina entre los grupos como si estuviera en casa, es abrazada por la guardia indígena de los Ēmbēra Chami y Nasa, se sienta en el suelo en un círculo formado por campesinos de Arbelaez donde está la ex uribista Clara Clavino y da entrevista a la televisión. Es ovacionada en cada rincón de la plaza. A su lado, ningún influencer digital.
Después de la marcha, dejo la Plaza Bolívar por la Séptima y veo un hermoso Dodge rojo que llevará a unas sesenta personas de la etnia Nasa al Resguardo Indígena Potrerito, en Huila. Modificado, con ocho bancas corridas y sin laterales, hace el trayecto en ocho horas. Van seis por banca, cuarenta y ocho en total. “¿Y el resto?”, pregunto a uno de los pasajeros que espera la partida. “Va acostado entre los pies o allá arriba”.
Pensando en el esfuerzo y sacrificio de la jornada de los Nasa de Potrerito, tomo un Uber de regreso a casa, me siento de nuevo adelante y de nuevo escucho del conductor. “En la primera vuelta voy con Fajardo (candidato de centro que no llega al 5%de las intenciones de voto), pero después voto por cualquiera, menos por Cepeda.” Esa misma rabia intolerante preparada en las bodegas digitales, soleadas por un algoritmo insondable.
Bajo del carro en la Calle 30 con 33-A, con serias dudas sobre dónde se decidirán las elecciones, si en las bodegas digitales o en las haciendas reales. Miro el reloj, son las siete de la noche, y recuerdo que mi avión a Barranquilla sale en dos horas.
Llegó finalmente la hora de sumergirse en la Colombia profunda y cruzar el país desde las tierras de los campesinos del Caribe hasta el resguardo indígena de Caldono, en el Valle del Cauca. Porque, sea cual sea la representación colectiva de las big techs, esa otra Colombia seguirá existiendo – tanto si fingimos como si no.
19 de mayo
Desplazados: allí donde cantan los azulejos.
No me gusta Bogotá, me toca vivir acá, dice Nubia mientras casca cuatro huevos en un tazón a las siete de la mañana, en una cocina estrecha que guarda el frío de las madrugadas bogotanas. “¿En serio?”, reacciono sin entender. “La gente de aquí es educada, la ciudad es bonita, y nunca faltan cosas por hacer. Hoy hay mitin de Petro, voy a ir. ¿Usted no es de aquí?”
“Yo soy del Meta, soy una desplazada.” La palabra me golpea en seco. Desplazado es una de las palabras que componen el glosario de la violencia colombiana y se refiere a cualquier persona obligada a abandonar su tierra o su casa por la persecución de guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, convirtiéndose en un expatriado dentro de la propia patria. Aunque Colombia tiene 7 millones de desplazados, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, llevo apenas 32 horas en el país y no esperaba escuchar esa palabra antes del primer sorbo de café negro del día.
El padre de Nubia tenía una propiedad rural, o finca, de más de cien hectáreas. Como la mayoría de quienes viven en el Meta – departamento dominado por las llanuras orientales y por la llanera, la música llanera colombiana – el padre de Nubia criaba ganado y producía leche. Un día llegaron los paramilitares, se apoderaron de las tierras y lo obligaron a firmar la venta ante notario por 10 millones de pesos, unos 13.000 reales brasileños. La familia se fue de allí pero no pudo elegir su nuevo destino. Migró a un departamento fijado de antemano por los paramilitares, Arauca, en la frontera con Venezuela.
“Yo no hablo de esas cosas, no sé por qué empecé a hablar ahora”, dice, dejando de batir los huevos y mirándome con sus ojos pequeños y tristes. Busco un cuchillo para cortar el pan de masa madre con arándanos que acabo de comprar y que quería llevarme a la boca por no saber qué decir. No encuentro el cuchillo. La miro de nuevo.
Por primera vez noto que Nubia es una mujer delgada, de baja estatura, con un rostro esculpido a golpe de xilografía, una geometría sin números que contrasta con su cabello liso, negro, partido en la frente como las alas de un pájaro. Es la empleada del servicio que viene cada dos semanas a limpiar la casa donde me hospedo, en la Calle 30 con 33-A, en Teusaquillo, uno de los barrios más arbolados de Bogotá, junto a la Universidad Nacional.
“Lo siento mucho”, logré decir, sin cuchillo, sin pan, sin café, sin huevos. “Pero usted también tiene buenos recuerdos de allá, ¿verdad? ¿Nació allá?” “Ah, sí, nací en la finca. Era rico vivir allá.” “¿Qué era lo que más le gustaba hacer?” “Mis hermanos y yo jugábamos fútbol con pelota de bolsa plástica prensada, y yo hacía muñecas con palo de guadua. Pero lo que más me gustaba de verdad eran los azulejos.” “¿Azulejos?”, pregunto señalando los rectángulos fríos de cerámica blanca de la pared. Ella se rió. “Los azulejos son pájaros azules. Cuando se los saca del nido, viven sueltos y libres en casa como si fueran de la familia.”
De niña, Nubia veía llegar a las FARC a la finca para cobrar extorsiones, llamadas vacuna en Colombiay usadas para financiar las actividades de la guerrilla. “Les servía el desayuno a ellos, con seis o siete años.” Un día comenzaron a imponer el cultivo de coca a los campesinos, y cuando la región se convirtió en una mina de oro cocalera llegaron los paramilitares. Se apoderaron de las tierras de la familia de Nubia acusando a su padre de colaborar con las FARC.
“Qué pasó con los azulejos cuando ustedes se fueron?”
“Se fueron.”
En Arauca, la familia despojada fue obligada a trabajar en las tierras de quienes los habían despojado. “La finca allá era de los paracos”, dice, usando el argot para los paramilitares. Pero en la región también operaban las FARC, que tenían gente infiltrada en las fincas para ver quién trabajaba para quién.
Cuando el padre y dos hermanas fueron al Meta a convencer a los paramilitares de devolverles su antigua finca, Nubia se quedó con dos hermanos menores en Arauca. En ausencia del padre, las FARC invadieron su casa y quisieron reclutar a uno de los hermanos, de 17 años, como represalia por el trabajo que la familia prestaba a los paramilitares. Él se negó, lo llevaron hasta el río más cercano y lo mataron.
“Media hora después, vinieron a pedirme el favor de acompañarlos. Tenía 21 años, estaba embarazada de ocho meses y vi a mi hermano muerto en las orillas del río.” Esa misma noche, en Arauca, las FARC secuestraron a una de las hermanas que había viajado con el padre. Nadie volvió a verla. Desde entonces se la considera una desaparecida.
Tomo un sorbo de café, que me quita el frío que subía del suelo de la cocina, y desvío la conversación hacia el presente. “¿A quién va a votar, Nubia?”
“No sé, estoy confundida.” “Cepeda no la convence? Él habla de paz”, insisto. “No. La violencia contra los campesinos aumentó mucho en este gobierno a pesar de todas las promesas. Y las guerrillas obligan a todos a votar por el gobierno”
“¿Obligan a votar por el gobierno? ¿Dónde?”
“Por todo el país”.
El tema de las relaciones entre grupos armados, comunidades locales y comportamiento electoral apareció en las diversas entrevistas preparatorias para el viaje a Colombia que hice con historiadores, científicos políticos y directores de ONG, y es uno de los que más me interesan. Lo que no logro entender es cómo regiones bajo dominio de un grupo armado de izquierda votan a la derecha y viceversa. Algunos especialistas dicen que la cooptación es fuerte, otros que se vuelve flexible siempre y cuando la comunidad pague la vacuna.
Una pieza central de esta historia, sobre la que hablaré muchas veces en el viaje, son las Juntas de Acción Comunal (JAC), espacios de articulación colectiva que recuerdan a las asociaciones de vecinos de barrio en Brasil, pero con una presencia más activa, más extendida y más institucionalizada en Colombia. “Cuando le contaron eso, deben haber mencionado algún lugar. ¿Dónde exactamente?”, insisto.
“Mi hermano vive cerca de un poblado en el Guaviare”
“¿Cuál?”, pregunto, incómodo con el tenue límite entre interés e insensibilidad.
“No sé”, dice, claramente por saber demasiado. “Allá no entra ni sale nadie. La JAC está con los guerrilleros, y ellos controlan los nombres de todos. Solo entran personas invitadas por los habitantes y con el consentimiento de las guerrillas.”
“¿Y si yo entrara allá?”
“No sale.”
Por fin encuentro el cuchillo, corto el pan y veo una abundancia roja de arándanos escurrir por los lados de la rebanada.
“Por eso no voto por Cepeda.”
“¿Entonces va a votar por los que defienden a los paracos?”
“Creo que no voy a votar. Soy una campesina en medio de una guerra que no me pertenece.”
Le doy la rebanada de pan, que ella cubre con queso campesino, quizás parecido al que hacía su padre en el Meta. Los huevos quedaron olvidados en el fondo del tazón. Hoy el padre de Nubia tiene una nueva finca en el Amazonas, en medio de la selva, donde no tiene que pagar vacuna a ningún grupo armado.
Tras la muerte del hermano y la desaparición de la hermana, Nubia se mudó a Bogotá con dos hijos pequeños. Hoy frecuenta la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia, donde canta en el coro. “Descubrí la música. Me trae paz. Y logré perdonar a quienes nos hicieron daño.”
Miro de nuevo su rostro esculpido a golpe de xilografía, suavizado por el cabello que recuerda las alas abiertas de un pájaro. Pienso en el futuro. “¿Tiene algún sueño?” “Sí”.
“¿Cuál?”
“Quiero tener una finca”
“¿Dónde?”
“En el Amazonas. Allá hay azulejos, y dicen que son más grandes.”
18 de mayo de 2026
Puro Veneno: el rostro de la izquierda colombiana
«Cepeda en la primera», grita un conductor desde la ventanilla de su coche en la esquina de la calle 26 con la 16, donde el colectivo Puro Veneno está pintando un mural en apoyo al senador Iván Cepeda, candidato a las elecciones presidenciales por el Pacto Histórico. La primera vueltaes el día 31, y hoy, 18 de mayo, Puro Veneno ha decidido convocar a su base para un ejercicio de pedagogía política: animar a los colombianos a votar para derrotar a la derecha ya en la primera vuelta.
Las expectativas de todos están a flor de piel. Iván Cepeda, que representa a la izquierda colombiana, lidera las encuestas, pero no lo suficiente como para ganar en la primera vuelta. Lo que asusta a su base es que la suma de los dos candidatos de la extrema derecha, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, está superando el 50%. Si Iván no gana ahora, la derecha se llevará la victoria después.
Para los jóvenes de Puro Veneno, la lucha encarnizada contra la derecha forma parte de su historia. En la Calle 45 con la Séptima, Puro Veneno había pintado el mural «Las cuchas tienen razón», en homenaje a las madres de las víctimas de la invasión policial de la Comuna 13 en 2002. Los simpatizantes del Centro Democrático, el partido de Paloma Valencia, vandalizaron el mural en varias ocasiones. «Lo tapaban con pintura al óleo, para dificultarnos el trabajo», explicó Germán Antonio, de Puro Veneno. «Porque nosotros pintamos con pintura al agua, y cuando nos echan pintura al óleo tenemos que dar varias capas, para que el mural vuelva a ser nuestro». «Taparon el mural unas diez veces, y unas diez veces lo rehicimos, para ver quién se cansaba primero».
Esta vez, Puro Veneno quiere adelantarse a sus adversarios. «Hoy vamos a hacer el primer mural y lanzar un llamamiento a nivel nacional para que la gente salga a pintar sus casas, sus barrios, sus manzanas, todo el país con Iván en primera». Cuántos pretenden hacer hasta el 31 de mayo, pregunto. «Ojalá lleguemos a mil murales por Iván. No los pintamos nosotros, sino los habitantes de las ciudades». El voto en Colombia es voluntario, y las tasas de abstención son mayores entre los grupos que apoyan a Cepeda: los más pobres y los más jóvenes. La estrategia de la izquierda parece menos una campaña de persuasión que una operación de movilización: los cepedistas dedican mucha energía a intentar llevar a la gente a las urnas.
Puro Veneno nació en 2018, en el caldo de cultivo que entonces se estaba gestando y que se extendería por todo el país con el ciclo de protestas que cambió la cultura política de Colombia entre 2019 y 2021, cuando estudiantes, trabajadores, comunidades indígenas y todos los invisibilizados por las políticas neoliberales del entonces presidente Iván Duque pusieron a Colombia patas arriba.
Antes de encontrar al grupo, bajaba por la Calle 26 maravillado con la vista de los Cerros Orientales —la Cordillera de los Andes que bordea el este de Bogotá— cuando me topé con una intervención artística que llevaba la firma del grupo. Era un cartel en la pared húmeda de un viaducto que parodiaba una conocida imagen de Álvaro Uribe, el político más influyente del país desde principios de la década de 2000. El cartel lo retrataba como un ángel de la muerte, acompañado de una sombra espontánea que se extendía desde el hombro hasta la cabeza con forma de guadaña:
Álvaro Uribe y su parodia
Palimpsestos
Doscientos metros más adelante, me encontré con el puñado de jóvenes que tienen una idea en la cabeza, un pincel en la mano y ningún partido en el bolsillo. Respiran el aire politizado, comunal y colectivo de Colombia, orgullosos de no pertenecer a ninguna agrupación política y, al mismo tiempo, de apoyar a una sola. «Puro Veneno no está vinculado al Pacto Histórico, nunca ponemos el logotipo del partido, es un movimiento social de izquierda, las bases sociales de la izquierda», dice Germán.
«El colectivo tiene un grupo de diez personas como máximo, y a partir de ahí hacemos convocatorias por las redes sociales, y empiezan a llegar artistas y ciudadanos para ayudar», dijo el muralista, rodeado de botellas de plástico de agua, Coca-Cola, Pepsi y Colombiana, un refresco local de color entre naranja y ámbar, con un sabor indistinto a mezclas artificiales y jengibre. «Muchas personas simpatizantes nos traen comida y bebida», añade Santiago Núñez, abogado y miembro del Comité Permanente para la Defensa de los Derechos Humanos de Bogotá. «No soy de Puro Veneno. Solo vine a ayudar», explica mientras abre una lata de Club Colombia, una cerveza local. Pasa otro coche, esta vez al grito de «Firmes por la patria», el eslogan de campaña de Abelardo de la Espriella.
De las once personas que están allí, solo cuatro pertenecen al colectivo; las demás fueron llegando, sumándose, superponiéndose como una especie de palimpsesto social. Es la lógica propia de la pintura muralista, compuesta de capas y más capas. Antes de Cepeda en la primera, Puro Veneno había realizado sobre los mismos bloques de hormigón un homenaje a las víctimas de Catatumbo, región fronteriza con Venezuela donde se concentran los laboratorios de cocaína y que sufrió un pico de violencia en 2025. «Mi tío, Germán Martínez, inventó la frase “A pesar de tanta tumba, el Catatumbo nada se derrumba”», dice uno de los muralistas, que se niega a dar su nombre y se identifica como Zeenit. «De ahí el muñeco hinchable de lucha libre: por mucho que le den en la cara, siempre vuelve a su sitio». La frase poética que evocaba una resistencia obstinada dio paso a un lema de carácter pragmático: «Con Iván en primera».
Frase antigua, frase nueva: la protesta da paso a la pedagogía política.Germán extiende la bandera LGBTQIA+ con el luchador hinchable de la resistencia al fondo: «por mucho que le den en la cara, siempre vuelve a su sitio».
Sobre el negro y el amarillo de Catatumbo, los muralistas lanzan la pasta viscosa de once cubos de pintura vinílica acrílica lavable. La pared tiene fragmentos más antiguos que el homenaje anterior, y les pregunto si cubrirían las intervenciones de los otros artistas. «No. Respetamos el arte de los demás. Este perro que está encima de las letras, cuando hicimos el mural anterior, no lo tocamos, y ahora tampoco vamos a pintar encima porque es el arte de un artista que conocemos», aseguró Germán.
Mientras tanto, el malhumorado claxon de otro coche presagia los gritos de Abelardo, otras personas se acercan para ayudar, y una mujer coge el pincel, lo coloca en la punta de un palo de escoba viejo y pinta donde puede: a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo. Germán grita: «¿Fuiste tú quien me tapó las patas de la perra? ¡No puede ser!». «No lo sabía, nadie me avisó», se defendió la voluntaria.
Sin partido ni dirección, con una energía caótica y creativa, Veneno Puro es el rostro de la izquierda colombiana: movilizada e impredecible, crece entre los insultos de la derecha.