Cultura y medios

Día #35

Como profesor “les rogaba que no hiciesen nada: que no se distrajeran, no consumieran nada, ni siquiera conversación, que tampoco trabajaran, en resumen, que no hicieran nada, nada de nada.”

Varios

28.04.2020

Mal de escuela, Daniel Pennac

Lea el libro en > https://archive.org/details/maldeescueladanielpennac/mode/2up

Un extracto:

Nada de nada

De 1969 a 1995, si se exceptúan dos años pasados en un centro de alumnos muy selectos, la mayoría de mis alumnos fueron pues, como lo fui yo mismo, niños y adolescentes con dificultades escolares más o menos grandes. Los más afectados presentaban poco más o menos los mismos síntomas que yo a su edad: pérdida de confianza en uno mismo, renuncia a cualquier esfuerzo, incapacidad para la concentración, dispersión, mitomanía, constitución de bandas, alcohol a veces, drogas también, supuestamente blandas, pero aun así algunas mañanas tenían la mirada más bien líquida…

Eran mis alumnos. (Este posesivo no indica propiedad alguna, designa un intervalo de tiempo, nuestros años de enseñanza en los que nuestra responsabilidad de profesor se encuentra por completo comprometida con esos alumnos.) Parte de mi oficio consistía en convencer a mis alumnos más abandonados por ellos mismos de que la cortesía predispone a la reflexión más que una buena bofetada, de que la vida en comunidad compromete, de que el día y la hora de entrega de un ejercicio no son negociables, de que unos deberes hechos de cualquier modo deben repetirse para el día siguiente, de que esto, de que aquello, pero de que nunca, jamás de los jamases, ni mis colegas ni yo les dejaríamos en la cuneta. Para que tuvieran una posibilidad de lograrlo, era preciso enseñarles de nuevo la propia noción del esfuerzo, devolverles por consiguiente el gusto por la soledad y el silencio y sobre todo, el dominio del tiempo, del aburrimiento, pues. A veces les aconsejaba ejercicios de aburrimiento, sí, para instalarles en la perseverancia. Les rogaba que no hiciesen nada: que no se distrajeran, no consumieran nada, ni siquiera conversación, que tampoco trabajaran, en resumen, que no hicieran nada, nada de nada.

—Ejercicio de aburrimiento, esta tarde, veinte minutos sin hacer nada antes de ponerse a trabajar. —¿Ni siquiera escuchar música?

—¡De ningún modo!

—¿Veinte minutos?

—Veinte minutos. Con el reloj en la mano. De las cinco y veinte a las cinco cuarenta. Cada uno se va directamente a casa, no le dirige la palabra a nadie, no se detiene en ningún café, ignora la existencia de los jíbaros, no conoce compañero, entra en su habitación, se sienta en su cama, no abre la billetera, no se pone los audífonos, aparta los ojos de la consola de videjuegos y espera veinte minutos, mirando al vacío.

—¿Para qué?

—Por pura curiosidad. Concéntrense en los minutos que pasan, no pierda ni uno y me lo cuentan mañana. —¿Cómo podrá comprobar usted que lo hemos hecho? —No podré.

—¿Y después de los veinte minutos?

—Cada uno se lanza a hacer los deberes como un hambriento.  

―Daniel Pennac

35A.

Los derechos del lector, por Daniel Pennac (ilustrado por Quentin Blake)

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