Las luces y sombras del uso de la tecnología en la pandemia

La aparición del coronavirus coincidió con el momento de mayor auge tecnológico en la historia humana. El uso de la tecnología de vigilancia y control para combatir la propagación del virus abre una serie de debates sobre los límites de la privacidad, la intimidad y la libertad.

Tania Tapia Jáuregui

26.04.2020

Que un virus vacíe ciudades parecía, hace unos meses, la escena de una distopía. También el hecho de que prácticamente nuestra única vía de comunicación sean las pantallas. Aún más que exista una herramienta que con la cámara de un celular pueda medir el nivel de oxigenación y de presión arterial de una persona para saber si está enferma. Pero todos son elementos de la nueva realidad.

La difusión global del coronavirus se ha encontrado con un momento en que la tecnología se ha compenetrado con nuestras formas de socialización, con las estrategias de monitoreo de la medicina y las de control y vigilancia de los Estados. Tal vez el ejemplo más claro de ese cruce ha sido el control de la pandemia en China, un país que tiene acceso total a los datos de sus ciudadanos y que controló la propagación del virus vigilando los movimientos y comportamientos de los ciudadanos chinos a través de sus celulares y de cámaras de vigilancia en las calles.

¿La Fiscalía puede oír sus conversaciones?

El uso de la tecnología para el control de la pandemia ha sido un tema discutido por gobiernos que buscan soluciones, por académicos que señalan sus peligros y por médicos que ven cómo sus recursos se van agotando. Todo acelerado por la urgencia que suscita una enfermedad que cada día suma más cifras de muertos alrededor del mundo. En el centro del debate está la ética: qué pasa con la privacidad de las personas en un escenario en el que cada vez se pide más acceso a la vida íntima en pro de un bienestar colectivo.

La tecnología como solución

La urgencia también ha convocado a desarrolladores independientes que se han interesado por aplicar sus saberes a la creación de nuevas tecnologías que ayuden a la superación de la pandemia. Ese es el caso de Juan Cortés, Antonia Brock y  Jorge Restrepo, tres colombianos que actualmente están desarrollando una herramienta que usa la cámara de un celular para hacer un seguimiento de los síntomas del Covid-19.

“La plestimografía remota es una técnica que permite analizar por medio de algoritmos de CV (Computer Vision) cómo está el color de la piel de tu cara, cómo está bombeando sangre el corazón por las arterias. Hace como 10 años unos científicos crearon unos algoritmos que permitían medir las fluctuaciones del flujo de sangre a la cara a partir de los niveles de ruborización. Esos algoritmos luego se complementaron para medir la oxigenación arterial. Solamente con el feed de tu cara y la información de tu cámara web se puede acceder al latir del corazón, al pulso, a la oxigenación y a tus signos vitales”, explica Juan Cortés.

¿Qué pasa con la privacidad de las personas en un escenario en el que cada vez se pide más acceso a la vida íntima en pro de un bienestar colectivo?

Él es artista y hace parte de una comunidad internacional de desarrolladores que empezaron a pensar soluciones desde la tecnología para atender la pandemia. Explica que la herramienta busca variaciones mínimas de color de la cara pixel por pixel y se ha usado en medicina para hacer análisis remoto de síntomas. “En papers médicos la técnica llega a tener hasta un 96 % de precisión frente a un oxímetro y frente a un pulsómetro. Es muy interesante”, dice.

Hace un par de semanas, la propuesta de Cortés, Restrepo y Brock ganó una convocatoria de Colciencias que buscaba soluciones tecnológicas para atender la coyuntura del coronavirus. Participaron unas 500 propuestas.

“Sinceramente creo que esto puede ser una ayuda en un momento en el que se han desbordado los casos y los médicos no dan abasto. Las comunidades de internet han tenido un potencial enorme para poder hacer unas apuestas en enjambre. Y nuestra propuesta puede ser una ayuda para ver quién está peor o quién va avanzando de forma más rápida desde sus casas, por ejemplo”, asegura Cortés.

Su compañero Jorge Restrepo explica que si bien la herramienta todavía está en desarrollo y estaría lista en unos tres meses, ya han iniciado conversaciones con el Gobierno para incluir su desarrollo dentro de la CoronApp, la incursión del Gobierno nacional en desarrollo tecnológico para la atención de la pandemia.

Si bien el Gobierno Nacional anunció en el lanzamiento de la CoronApp que se trataría de una aplicación para ofrecer información sobre el virus y detectar síntomas del Covid-19 mediante el diligenciamiento de un formulario, la app también solicita acceso a las funciones de Wi-Fi, GPS y Bluetooth de los celulares. Poco después de su lanzamiento, la Fundación Karisma, una organización que le hace veeduría de derechos humanos a herramientas tecnológicas, explicó en un informe que el acceso a esas herramientas implica que la aplicación podría usar los datos de ubicación de los usuarios para determinar dónde están y con qué otras personas habrían tenido contacto. En ese sentido, la CoronApp podría perfilarse a convertirse en una aplicación ya no puramente informativa sino una con tintes de vigilancia.

“Nuestra propuesta estaría orientada al monitoreo de los síntomas de personas tanto contagiadas como no contagiadas, junto con otros datos la solución ayudaría a los usuarios a conocer su riesgo de contagio y una aproximación a su estado de salud. Así mismo, ayudará al sistema de salud a hacer un control remoto y eventualmente informarle a una persona cuándo necesitaría dirigirse a un centro de atención, buscamos a futuro podernos integrar con CoronApp. Pero la CoronApp también se ha pensado para que tenga otras funciones como las de detectar focos de contagio y eventualmente incluso volverse una especie de pasaporte de movilidad. Algo que tú puedas mostrar al entrar a Transmilenio, por ejemplo, y que muestre si de pronto has estado en contacto con algún factor de riesgo”, asegura Restrepo.

Los usos problemáticos

Desde su lanzamiento el 8 de marzo, la CoronApp ha recibido críticas por parte de quienes consideran que es una herramienta peligrosa para la privacidad de sus usuarios. La Fundación Karisma explicó en su informe que la aplicación tenía problemas de seguridad que permitían que un tercero tuviera acceso a los datos que la app pide a los usuarios en su formulario. El informe encontró la misma falla en otras dos aplicaciones propuestas en el país: Medellín me cuida y CaliValle Corona.

“En las tres encontramos vulnerabilidades y eso es producto del afán. Todo el mundo dice ‘pero nuestras intenciones son buenas’. Sí, pero tú no puedes desplegar una tecnología en la que la gente te está confiando sus datos y que tenga vulnerabilidades. Si eso se lo encontramos a Google, a Facebook o a Rappi se arma un escándalo, ¿por qué no al Estado?”, dice Carolina Botero, directora de la Fundación Karisma. “El análisis que hicimos fue sencillo y encontramos problemas graves. El Gobierno tiene que hacer esas auditorías internas de código, pero lo están construyendo de afán”.

¿Cómo sabemos que en el futuro el Gobierno no va a utilizar los datos que hemos puesto en esa aplicación para hacer un control de la protesta social?

Después de recibir los informes de la Fundación, el Gobierno corrigió los errores de seguridad en la CoronaApp que hacían vulnerables los datos de los usuarios, explica Botero. También cambió características de la aplicación como pedir acceso a los contactos del teléfono de quien la descargaba, una función que el informe de la fundación señalaba como intrusivo e innecesario. Sin embargo, agrega que hay otras preocupaciones sobre la app que tienen que ver con la privacidad y la protección de datos de los usuarios.

“En definitiva la app tenía el potencial de ver la lista de contactos del teléfono, su ubicación y hasta este momento todavía pide permisos de administración de bluetooth que podemos suponer serán usados para aplicar el famoso contact tracing por proximidad. El teléfono empezará a conectarse con otros teléfonos para intercambiar información y saber qué otros dispositivos están cerca. No hay claridad sobre quién tendrá acceso a esa información y bajo qué condiciones, pero todo esto está ahí listo para ser activado”, dice el informe de Karisma.

Lo mismo opina Juan Gabriel Gómez, profesor e investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, IEPRI, de la Universidad Nacional.

“¿Cómo sabemos que en el futuro el Gobierno no va a utilizar los datos que hemos puesto en esa aplicación para hacer un control de la protesta social, por ejemplo? Si hay una aplicación que monitorea los contactos que tenemos, con quiénes nos encontramos, la herramienta se puede convertir en un dispositivo de vigilancia después de que superemos esta coyuntura”, asegura Gómez.

Lo que hay detrás, para ambos, es una falta de transparencia sobre cuáles serán los límites de uso de la aplicación.

“¿Que has visto tú sobre las aplicaciones más allá de las buenas intenciones? No hay un documento que te explique para qué, por qué y cómo. No existe.  Y si lo hay no lo han sabido explicar. Están tomando decisiones y no nos están contando”, asegura Botero.

Ya hay elementos de la aplicación que se han eliminado como pedir acceso a los contactos del teléfono. Aún así el problema persiste, dice Botero: a la tecnología se le deben aplicar las mismas evaluaciones de riesgo que a cualquier otra medida.

“¿Por qué aceptamos que la vacuna toma un tiempo en hacerse y que debe pasar una serie de evaluaciones y requisitos para desplegarse y en cambio con la tecnología pensamos que esas cosas no importan? Que hay que hacer el despliegue y después miramos a ver qué pasó, cuando también puede ser muy riesgosa. La etapa de planeación también tiene que ser importante y la evaluación y la de asumir los riesgos y mitigarlos. Yo no creo que sea correcto seguir montándole funcionalidades a la aplicación”, asegura Botero.

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¿Quién está espiando su celu?

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Aún así, Jorge Restrepo considera que no hay que perder de vista que la atención de la pandemia necesita de toda la ayuda posible y de manera urgente.

“Sería ideal tener meses enteros para desarrollar estrategias, pero eso no nos puede impedir implementar herramientas que pueden servir a mitigar la crisis e ir mejorando en el camino. Además, si le damos todos nuestros datos de una forma tan libre a Facebook, Google y otros, ¿por qué no podemos considerar darle los datos a un Gobierno que en teoría está buscando el bien común y la solución a una crisis? Claro que tiene que haber veedurías y hacerlo con responsabilidad, pero esas discusiones no nos pueden detener el uso de herramientas que pueden ser de gran ayuda”, afirma.

En todo caso para Carolina Botero las estrategias de telemedicina (como la que están desarrollando Cortés y Restrepo) son más adecuadas que aquellas cuyo objetivo es la vigilancia de los hábitos de las personas, incluso de los enfermos. En ese sentido, critica que la CoronaApp incluya la posibilidad de hacer monitoreos por Bluetooth o que se piense como un potencial ‘pasaporte de movilidad’.

Se trata, en palabras de Juan Gabriel Gómez, de garantizar mayor transparencia y descartar cualquier dato personal que no sea absolutamente necesario para el control de la crisis, como el del acceso a los contactos del teléfono que ya fue eliminado del CoronApp.

“Si el Estado quiere información es importante que diga qué uso le va a dar, dónde la va a almacenar y qué seguridad va a tener esa información. Esas son las preguntas que hay que hacer en esta coyuntura sin que eso implique que uno adopte una actitud anticívica o anticolectiva ni nada por el estilo”, asegura.

Adaptar lo que no es adaptable

Hasta ahora, el referente del uso de la tecnología para atender el Covid-19 son los países asiáticos pero varios académicos alrededor del mundo han señalado el peligro de querer implementar un modelo nacido al interior de sociedades autoritarias como China.

“Los chinos quieren convencer al mundo de que la forma de gestionar un Estado es a través de la vigilancia de los ciudadanos, lo cual es sencillamente una abdicación de los ideales que hay en Occidente acerca de la libertad individual. Creer que la única forma en la cual vamos a salir adelante es aplicando el modelo chino significaría una fractura enorme de nuestras libertades individuales”, asegura Juan Gabriel Gómez.

La discusión se ha tomado con más reserva desde sociedades europeas, asegura el filósofo Diego Moreno. Él hace parte del colectivo Otros Presentes, integrado por artistas y profesionales de las ciencias sociales, y se ha dedicado al estudio de la tecnología como un asunto ético. Dice que mientras las experiencias políticas y militares de Europa en el siglo XX han hecho que en esos países haya más resistencia a la implementación de un modelo chino de vigilancia, no pasa lo mismo en América Latina.

“La ausencia histórica de la presencia del Estado en los territorios de América Latina hace que deseemos lo contrario, que exijamos mayor control y vigilancia. Nos preocupa más que no tengamos los medios tecnológicos suficientes para ejercer semejante control y vigilancia sobre nosotros mismos”, asegura. Así lo demuestran, según él, expresiones cotidianas en redes sociales de personas que demandan un mayor control para “que no salgamos” que, en últimas, dice, es un deseo de control del otro. De los que “no hacen caso”.

Esta actitud también es resultado, asegura, de que estas tecnologías son más o menos nuevas aquí, donde todavía no se han terminado las relaciones ‘cuerpo a cuerpo’ entre ciudadanos y funcionarios y todavía puede haber relaciones empáticas hacia el otro, la intención de tratar de entenderlo o mostrar la disposición de querer ayudarlo. Relaciones que pueden ser claves en un contexto de vulnerabilidad emocional como la que genera el Covid-19: que una aplicación, dice, le diga a un ciudadano que su estado de salud no es lo suficientemente grave para recibir ayuda médica presencial, por ejemplo, puede crear frustración y escenarios de protesta, asegura Moreno.

A eso se suma, resalta Juan Gabriel Gómez, que la infraestructura de salud en Colombia no responde efectivamente a lo que prometen las aplicaciones. “El tema no es sólo del dispositivo tecnológico, sino también del marco institucional”, dice. “Ya hemos visto casos de personas que llaman al 123 y que a pesar de tener síntomas las dejan esperando, nunca les hacen la prueba. Esos son indicadores de que no está la estrategia efectiva de prevención que se necesitaría para que la app rinda los resultados que esperamos de ella”, asegura Gómez.

Y Botero incluye un problema adicional: querer implementar una tecnología de atención a la crisis en un país en el que solo el 50 % de los ciudadanos tienen acceso a smartphones e internet.

“¿Entonces la estrategia de la aplicación es vigilar a la mitad de la población y a la otra mitad no? ¿Cuál es la estrategia para la otra mitad? ¿Cuál es la estrategia epidemiológica detrás que incluya a conectados y a desconectados?”, se pregunta la abogada.

Esa limitación la reconoce Juan Cortés. Aún así, cree que su tecnología no sobra.

“Seguramente estas tecnologías funcionarán mejor en las ciudades. Puede que en un pueblo no haya sino un celular o dos, pero también puede ser que en ese pueblo haya solamente un médico o que una UCI esté a horas de distancia. En ese sentido, esta herramienta que permite ver el avance de la enfermedad podría llegar a ser una ayuda en condiciones de precariedad, no solamente en términos tecnológicos sino en términos de infraestructura médica. Es mejor contar con una herramienta así a no tener nada”, dice.

En lo que todos coinciden, en todo caso, es que el debate y la evaluación ética de estas tecnologías se tiene que dar. Que debemos dejar de pensar sólo con el deseo y entender las consecuencias del uso de estas tecnologías, sobre todo ahora que tenemos tiempo de reflexionar. Como dice el filósofo Diego Moreno, “necesitamos ser más lúcidos y estar más despiertos que nunca”.

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