COVID-19: Cuerpos exentos de cuarentena

Los domiciliarios de Rappi, muchos de ellos venezolanos, son unas de las personas que sí pueden transitar las calles durante la cuarentena. Afuera, y con prácticamente ningún acceso a servicios de salud, exponen sus cuerpos al contagio para que nosotros nos quedemos en casa.

Tania Tapia Jáuregui

27.03.2020

La calle 44, que en otros días estaría atestada de carros tratando de llegar a la Avenida Caracas, está vacía. En la esquina se asoma una mujer con un tapabocas azul que pasea un perro. Un celador mira hacia afura desde la portería de un edificio. No hay nadie más. 

Así, en silencio, se abre la calle para Juan*, un joven venezolano de 21 años que dobla la esquina de la Caracas en su bicicleta y pedalea por la mitad de la 44 con el gigante maletín naranja a cuestas que lo identifica como domiciliario de Rappi. Apenas se le ven los ojos, lo único que queda descubierto entre el tapabocas negro y la gorra que le cubren la cara. Sus manos se aferran al manubrio de la bicicleta envueltas en guantes de látex negro. Son las 12 del mediodía y él ya va a sumar su cuarta entrega del día.

Juan es una de las pocas personas que en estos días tienen permiso para transitar por las calles de Bogotá. Desde el pasado 24 de marzo, el Gobierno decretó la cuarentena nacional obligatoria, una medida para evitar la propagación del Coronavirus que, al cierre de esta nota, llevaba 491 personas infectadas en el país y seis fallecidas. La cuarentena, que se reglamentó hasta el próximo 13 de abril, exime 34 casos o actividades para las que sí se puede salir, como labores de vigilancia, abastecimiento de comida o medicamentos, transacciones bancarias y servicios de domicilio como los que ofrece Rappi.

Todo lo demás, todas las actividades que no corresponden a suplir necesidades básicas, están suspendidas por 19 días. El resultado son kilómetros de calles vacías en una ciudad de casi 8 millones de habitantes. Una gran parte de los pocos que transitan las avenidas abandonadas de Bogotá llevan el naranja distintivo en sus espaldas.

“Lo de Rappi lo estoy haciendo por necesidad, debido a la cuarentena, llevo apenas tres días en esto”, dice Juan, ahora con el tapabocas debajo de su mentón. Los tres días corresponden al tiempo en que en Bogotá empezó un simulacro de cuarentena implementado por la Alcaldía, un ejercicio de evaluación que empató con la cuarentena real que instauró el gobierno nacional. 

Trabajar como domiciliario de Rappi fue la única opción que le quedó para seguir recibiendo dinero y sostener a sus padres que, económicamente, dependen absolutamente de él.

Juan está en Colombia hace un año y siete meses, y desde entonces no ha vuelto a Maracaibo, su ciudad donde dejó a sus padres. Antes de Rappi, trabajó en un local que vendía productos venezolanos, un trabajo que consiguió gracias a una vecina en Venezuela pero que se suspendió con el cierre de la tienda por la cuarentena. Trabajar como domiciliario de Rappi, dice, fue la única opción que le quedó para seguir recibiendo dinero y sostener a sus padres, dos personas que económicamente dependen absolutamente de él. Él es uno de los 1,7 millones de venezolanos que han huido de su país y que actualmente viven en Colombia. 

“Yo estoy acá ilegal porque no sellé mi pasaporte. Yo pasé por la frontera normal, pero cuando llegué a migración no pude sellar mi pasaporte debido a que no me leía el chip. Y pues nada, con temor y todo me arriesgué y logré llegar hasta acá”, dice. 

Juan es uno de los cerca de 600.000 venezolanos que el gobierno calcula están en situación de ilegalidad en Colombia. Para muchos de ellos, que se han establecido en las ciudades capitales, Rappi es una de las únicas opciones de trabajo: una plataforma en la que se puede sortear la ausencia de permisos laborales. 

“Tengo un amigo, que es como un hermano, y él me dio la facilidad de trabajar con su cuenta de Rappi. Creo que no todos los venezolanos somos de mal corazón, algunos queremos ayudarnos. De repente yo hoy estoy mal, pero mañana puedo estar bien y entonces puedo prestarles ayuda a otros”.

Actualmente Rappi es la segunda empresa colombiana, después de Lifemiles de Avianca, que ha alcanzado el valor de los 1.000 millones de dólares en el mercado. Gran parte de su operación recae en la labor de los rappitenderos, los encargados de recoger y entregar los pedidos hechos a través de la aplicación. Según un estudio del Observatorio Laboral de la Universidad del Rosario, el 57 % de los trabajadores de Rappi son venezolanos. Sin embargo, en el pasado fuentes de Rappi han asegurado que el número podría estar más entre el 80 y el 90 %. El estudio del observatorio además encontró que el 59,7 % de los domiciliarios de Rappi son los responsables económicos de su núcleo familiar, que el 83,6 % son hombres y que mientras los rappitenderos colombianos trabajan en promedio unas ocho horas diarias, los venezolanos trabajan unas 10 horas al día.

Ahora, en medio de la pandemia del Coronavirus, uno de los datos del estudio resulta especialmente relevante: el 53,9 % de los trabajadores de Rappi en Colombia no están afiliados a servicios de salud.

“Uy, ahí sí no sé”, responde Juan a una pregunta que no parece habérsele ocurrido antes: ¿qué haría si termina contagiándose del virus y necesita atención médica?. “Porque ahorita se están tramitando los papeles para poder sacar mi permiso de permanencia. Pero eso se demora harto y mientras tanto yo sigo siendo ilegal. La verdad, si soy sincero, no sé qué haría. Creo que a lo mejor debe haber un beneficio para uno como extranjero sin permisos. Eso creo. Me imagino que la embajada de Venezuela debe encargarse de eso, de lo que pueda pasar con nosotros”, dice Juan intentado improvisar respuestas que no tiene.

Pero el Gobierno tampoco parece tenerlas. Hasta la fecha, no ha habido ninguna mención, ni por parte del Gobierno Nacional ni de la Alcaldía —las entidades que competen a la situación de Juan—, sobre la atención en salud que podrían recibir los migrantes venezolanos. 

A mí de pronto me da un poco de miedo el virus, pero creo que la necesidad y pensar que mi mamá en mi casa podría no tener un plato de comida…

Hasta ahora, el Ministerio de Salud había dejado claro que las personas extranjeras en el país tenían derecho a recibir servicios de urgencias en caso de necesitarlo. Lo único necesario era presentar pasaporte, cédula de extranjería, pasaporte de la ONU para refugiados o asilados o el Permiso Especial de Permanencia (PEP). Sin embargo, en medio de la crisis del Coronavirus, que pone a prueba los límites del sistema de salud del país, aún no se ha hecho ningún pronunciamiento oficial sobre cuál sería el protocolo de atención para ciudadanos migrantes, especialmente para aquellos en situación de ilegalidad.

Mientras el silencio y la incertidumbre siguen siendo la constante sobre el tema, por las calles abandonadas de Bogotá se siguen viendo grupos de jóvenes venezolanos que, junto a los maletines naranja y las bicicletas apiladas, esperan sentados en las aceras el próximo pedido.

Mientras para muchos la calle es hoy un espacio hostil sinónimo de contagio, para cientos de migrantes venezolanos es una oportunidad única de generar ingresos ofreciendo un servicio que disparó la demanda por la cuarentena. Son los migrantes los que exponen sus cuerpos para que nosotros cuidemos los nuestros desde nuestras casas. 

“Hay mucha demanda, gracias a Dios. Eso es una facilidad para nosotros, para poder sustentar a nuestras familias en Venezuela. Ahora en Rappi me está yendo bien. Solo una vez la embarré, como dicen ustedes, porque llevé una hamburguesa a una dirección equivocada. Pero me la comí igual, entonces no perdí la plata en realidad”, dice Juan y se ríe. Para él, por el momento, el Coronavirus no es una de sus preocupaciones. Le preocupa más la situación en Venezuela y la de sus padres.

“Si ahorita estamos padeciendo acá en Colombia, ¿te puedes imaginar en Venezuela?. Allá, por ejemplo, los servicios como agua, gas y luz no son los mejores. Además acá con 20.000 pesos (menos de cinco dólares con el alza más reciente del dólar) tú puedes aguantar, en Venezuela no, todo está muy caro. Sí, a mí de pronto me da un poco de miedo el virus, pero creo que la necesidad y pensar que mi mamá en mi casa podría no tener un plato de comida…”, hace una pausa. “Si la mamá de uno lo da todo por educarlo y sacarlo adelante, llega un momento en que devolver eso, ¿no?. Ser agradecido”.

Juan cree que él y sus clientes están tomando todas las precauciones necesarias para evitar el contagio del virus: usar tapabocas, gel antibacterial, guantes y enumera las propias medidas de prevención de los conjuntos residenciales a los que ha ido. Cita a la Organización Mundial de la Salud y dice convencido de que si se siguen esas medidas es porque “vamos a prevenirlo”.

“Obviamente eso no quiere decir que uno está libre del virus, pero pues entre todos nos tenemos que ayudar”.

Se cubre el rostro con el tapabocas y se monta en su bicicleta. Ya ha perdido dos pedidos por quedarse hablando conmigo.

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