Once upon a time in Colombia: Tarantino, cultura y censores

En las últimas semanas, al cine colombiano se lo ha callado y censurado. Críticos y analistas creen que estamos ante un gobierno que no le gusta ser retado desde las artes.

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Manuela Saldarriaga

19.03.2019

Érase una vez la noche de apertura del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias Ficci. No asistió a la ceremonia el Presidente, como había sido costumbre. En su lugar estuvo la vicepresidenta Martha Lucía Ramírez. Al dirigirse ante el público, un abucheo que provino desde el patio de butacas hasta el anfiteatro la interrumpió y provocó su enojo. Tras un discurso enrevesado, el director artístico del Festival Felipe Aljure tomó la palabra y calmó los ánimos, pidiendo respeto. Así dio paso al cineasta Rubén Mendoza, cuya más reciente película, Niña errante, fue la encargada de abrir el telón de boca de la 59ª edición del evento. Pero su discurso, lleno de reproches al Gobierno, no gustó a los poderosos.

La Vicepresidenta abandonó el lugar en medio del discurso de Mendoza. Al día siguiente, declaró en Mañanas Blu que la actitud de Aljure hacia la rechifla había sido “complaciente” y que él, que hacía parte de la institucionalidad, “que conoce los recursos que existen para el desarrollo, se haya quedado callado, es desafortunado”. A los tres días el Ficci emitió un comunicado con el que manifestó no compartir la utilización del espacio “para promover agendas que le resten protagonismo a las oportunidades de encuentro que este festival propicia”, pero la reacción no puntualiza si se refiere solo al balbuceo, a la opinión de Mendoza o a ambos.

Diana Bustamante, directora artística del Ficci durante seis años, comenta que el expresidente Santos acompañó el Festival en cada acto inaugural y, en uno de ellos, la película para abrir fue Alias María, de José Luis Rugeles: “Estamos en medio de un proceso de paz y esta película habla sobre los niños en la guerra. Mi discurso dirigido a Santos fue: ‘apoyamos el proceso, pero estas cosas pasan y lo que hay que poner en el centro de la discusión es a las víctimas’, y no pasó nada. Al presidente también lo chiflaron, y no pasó nada”. Lo que quiere decir, para ella, “que estamos ante personas de talantes muy diferentes; pero, más allá de la personalización de los hechos, se trata de la legitimación actual de la censura que, en este caso, ejerce el Ficci. Muy peligrosa e inaceptable”.

Bustamante asegura que, con su comunicado, el Festival no rechazó la censura sino que la apoyó. Algo, en sus palabras, absolutamente indigno y que desdice de un evento que lleva 58 años hablando de identidad latinoamericana. “Ese comunicado habla de un festival abyecto y censor. Y eso de que si no hacen las cosas como nos gustan (o sea al Gobierno) no hay recursos: es censura previa y extorsión. Hay que persistir sobre todo garantizando la independencia de los recursos públicos que no son del Gobierno, son de todos nosotros”.

Los medios de comunicación, no obstante, sumergieron el episodio y en cambio hicieron que flotara el festival de cine vecino, el Ficbaq de Barranquilla. Su invitado de honor sería Quentin Tarantino, como anunció un comunicado oficial del Festival. Comunicado que terminó siendo una falsa promesa y que se replicó como bola de nieve. Se habló de notica falsa, hubo indignación en redes y finalmente el Distrito barranquillero decidió retirarle el estímulo económico al Festival.

El enlace noticioso y cronológico entre uno y otro caso es apenas evidente, como señala el artista y crítico Lucas Ospina. Muestra, según él, lo que es tomar una posición débil ante el empleado del Gobierno: “Tanto el señor Iván Duque como la señora Martha Lucía Ramírez son empleados del Gobierno y parecido a lo que dice de una manera irónica, pero fuerte, Fernando Vallejo: ‘¿En qué momento la empleada de servicio se nos volvió la dueña de la casa?’. ¿En qué momento el gobierno confunde su labor como garante de los derechos y se vuelve censor ante lo que no le gusta en el margen de la libertad de expresión?”.

"Medirle a esa economía la voluntad de libertad de expresión gracias a casos de crítica que tal vez adversan al Gobierno, pero donde la reacción de este es, en sus palabras, censura, matoneo y después decir que no pasó nada: Lucas Ospina"

Los organizadores del Ficbaq aclararon que el cuento (o el Quentin) había sido parte de un “terrorismo poético”, “un performance”, “una mamadera de gallo” y lo explicaron en un comunicado llamado Once upon a time in Barranquilla, pero los daños colaterales estaban previstos. “Hay un libro muy bueno de Oscar Wilde que se llama La decadencia de la mentira y en este el autor se lamenta de que el arte haya dejado de decir mentiras, que el arte tenga una pretensión de ser la realidad, que busque ser igual a los hechos. Wilde dice que el arte basa gran parte de su poder en la mentira, en decir incluso verdades pero usando mentiras, entonces lo que hace el arte son bellas mentiras y Wilde atribuye esa belleza, de hecho, a que la misma mentira haga evidente que es una mentira y no de una manera explícita, sino de una manera provocadora. Tal vez como lo hicieron los organizadores del Ficbaq, pero no con los suficientes elementos como para decirle a uno en la cara: te estoy mintiendo”, comenta Ospina.

Tal como pronosticaron en Barranquilla los organizadores, los medios más importantes del país mordieron como peces el anzuelo y transmitieron la noticia. Dice Giuliano Cavali, el codirector del Festival, que justifica el dolor de la prensa “porque tragó entero a nivel nacional. Estratégicamente era muy fácil orquestarlo porque estamos acostumbrados a una prensa cultural, al menos en Barranquilla, que frecuentemente replica comunicados de prensa. Cada cinco minutos alterné llamadas con el productor de Darío Arizmendi de Caracol Radio y el productor de Julio Sánchez Cristo de La W y me preguntaban a quién le daría la exclusiva”, como cuenta.

Todo ocurrió en tiempos de Carnaval. La idea partió de que ellos, como barranquilleros, saben que esa fiesta es irreverente y permite hacer cosas que en el resto del año no se pueden hacer. Por eso, en palabras de Cavali, querían alargar el jolgorio porque ese es el bastión de la Secretaría de Cultura: ‘que se viva un carnaval durante los 365 días del año’. “Nosotros nos lo tomamos en serio, ¿no podíamos? Cogimos de una canción emblemática La máquina de cortar tontos, del grupo Acuario, y la imagen que más se destaca del Festival, sin duda, es la de ‘El descabezado’”, en referencia a uno de las comparsas clásicas del carnaval: una cabeza degollada que se mece con sangre en el cuello y que la sostiene la mano izquierda de un cuerpo acéfalo, una figura creada por Ismael Escorcia Medina (89 años), que hace 65 años se pasea entre comparsas haciendo referencia a la violencia política colombiana.

Luego se preguntaron quién sería el director de cine que utilizaría al descabezado como personaje en una de sus películas y dijeron: Tarantino, !ya está! Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994) y Kill Bill (2003 y 2004)) “Porque ‘El descabezado’ es uno de los personajes insignes del Carnaval. Hicimos click de ese modo”.

Lo que pasó con Tarantino para Bustamante, tiene dos aristas: la primera es que está mal decir mentiras, sobre todo a tan pocos días de la apertura de su evento y que pudo haber sido una estrategia mucho más interesante si se aborda desde todo lo que significa el Post-Truth, como dice, o preguntándose ellos por el sentido de la verdad: “Hemos vivido en medio de la manipulación histórica y por esto creo que en vez de hacer una campaña publicitaria, lo de Tarantino pudo haber sido un statement acerca de una situación y contexto que desaprovecharon, se les salió de las manos la estrategia y fue un poco naif la manera de desarrollarla”. La segunda, como expresa, es que una alcaldía, gobernación o un Ministerio de Cultura, “maneje los recursos como una finca, tal como lo han hecho, es inaceptable”.

A Juan José Jaramillo, el secretario de cultura de Barranquilla, más que disgusto por el hecho de que viniera o no Tarantino, siente desilusión: “Desilusión de ver cómo un producto que por siete años había abierto un espacio, decide ‘inmolarse’, como lo señaló su director, y busca ridiculizar la ciudad desprestigiando no al secretario, sino a los otros gestores culturales que con mucho esfuerzo han ido generando confianza en el público posicionando sus productos”. Jaramillo aclara que el apoyo no se retiró, asegura que en este caso concreto los organizadores del festival presentaron una propuesta y “las entidades públicas deben cumplir con formalismos: a pesar de estar aprobado un aporte, el representante legal del Festival nunca llegó a la Secretaría a firmar el convenio, así que antes de que se supiera que lo de Tarantino era una campaña de expectativa, los organizadores nunca cumplieron con las formalidades contractuales”. Además, como asegura, “quedó claro, por las declaraciones que han dado a medios los organizadores, que decidieron finiquitar el festival”.

El crítico entiende que pueda haber un error del Ficbaq, Ospina repite que “no es que hayan dicho una mentira, sino que esa mentira no fue lo suficientemente curada”. Le atribuye un error logístico y, como dice, no se pondría tan solemne como para castigar al Festival tan fuertemente por eso. Aunque el secretario afirma que la dependencia no ha castigado a ningún colectivo y cree que “una campaña de expectativa responsable busca posicionar un producto en la agenda y en eso no hay problema”, como asegura Jaramillo esta no fue de expectativa: “Aquí estamos hablando de un engaño con la ciudad y con el país. Mucha gente invirtió recursos para venir a Barranquilla, mucha gente tenía la ilusión de ver de cerca a este director de cine, mucha gente creyó en lo que sus organizadores presentaron y anunciaron con mentiras y yo como Secretario de cultura no puedo aceptar esto en nuestra ciudad: sencillamente, el fin no justifica los medios”.

Pero, al hablar de engaño, Cavali cuestiona si la gente no se preguntaba, críticamente y antes de sentirse engañada, si un Festival pequeño y sin presupuesto podía cumplir con la promesa: “¿Era lógico pensar que traerían a un man que vuela en avión privado?”. Mentir, parece, requiere de los mismos dispositivos para decir la verdad: “No es que nos engañen”, asegura Ospina, “es que nosotros queremos ser engañados. Cuando a mí me dicen que Tarantino va al Ficbaq yo quiero ser engañado, quiero pensar que en este país se pueden hacer este tipo de eventos. La decepción viene cuando esa emoción se transforma en vulnerabilidad o en sentir que uno fue manipulado de una manera torpe, no de una manera encantadora. No se dio una bella mentira”.

Bustamante recalca que “esta cosa de que el Estado me regala la plata entonces no puedo criticar” es preocupante. Cuenta que ha hecho sus películas gracias a estímulos públicos, pero que no lo entiende como un regalo. “Me molesta muchísimo que lo vean así. Es un deber del Estado financiar el arte como financiar la educación”.

A Mendoza, a fin de cuentas, no le fue mejor: según una denuncia que publicó El Espectador, el Festival Internacional de Cine Colombiano en Buenos Aires, que se realizará en julio, pretende homenajearlo y para ello cuenta con auspicio de La Cancillería, que se hará cargo del viaje del director y de la cuota colombiana. El diario explica cómo luego de que la agregada cultural en Argentina le mencionara a uno de sus organizadores el discurso del director en el Ficci, vino consigo un cambio y se abrió un abanico de los otros posibles a invitar diferentes a Mendoza.

"Estamos viviendo un gobierno de derecha, mentiroso, manipulador, que a través de todos los movimientos que ha hecho durante estos primeros meses está realmente colonizando de una manera macabramente inteligente la cultura y la construcción de memoria: Diana Bustamante"

Es absolutamente inaceptable que a través de un festival de cine se limite la expresión, como puntualiza Bustamante. “La señora vicepresidenta se expresó de la mejor manera que pudo hablando de Mickey Mouse y tonterías, porque es lo único que tiene en la cabeza, y si la chiflaron fue porque estaban chiflando su estupidez; ella tiene derecho a decir esas bobadas pero las personas tienen derecho a manifestarse ante esas boberías”. En el caso de Rubén Mendoza, esa noche de inauguración del Ficci, el director estaba invitado a subir al escenario y si así estaba dispuesto, señala Bustamante, no hay manera de que se pueda censurar su discurso.  

Con este último el Gobierno tampoco reconoció censura. La Cancillería se pronunció mediante un comunicado diciendo que no había tal. Aseguran que “En el ámbito cinematográfico, el portafolio está limitado a los directores que ya hacían parte de la ‘Muestra de Cine Colombiano 2018-2023’ a la cual no pertenece el señor Rubén Mendoza, por lo que, siguiendo las instrucciones del Ministerio, la Embajada se remitió exclusivamente al portafolio mencionado”.

Sin embargo, la nota de El Espectador es clara en decir que Maria Victoria Salcedo, la agregada cultural de la Embajada en Argentina, se refirió a Mendoza con uno de los organizadores, le dijo que había leído la intervención del director (en el Ficci) y que “su molestia hacia el Gobierno era evidente y le preocupaba que se sintiera incómodo por viajar con dineros del Estado”.

Bustamante, también productora de cine, considera que los recursos públicos y más los de la cultura que vienen vía convocatoria, son cosas que no deberían depender de cómo reacciona el funcionario ante gustos. No se tienen que ceñir a los mismos procesos y reglas de juego de quienes participan. “Manejar las cosas como una finca es absolutamente inaceptable y es en general lo que está pasando en el país: estamos viviendo un gobierno de derecha, mentiroso, manipulador, que a través de todos los movimientos que ha hecho durante estos primeros meses (cambio de la gente del Museo Nacional, cambio del Archivo Nacional, cambio de la Biblioteca Nacional) está realmente colonizando de una manera macabramente inteligente la cultura y la construcción de memoria. Vivimos ocho años con el expresidente Uribe en donde en Colombia, según él, no había conflicto, ni desplazamiento, ni atentados; entonces desaparecer todo esto mediante una narrativa nacional que proponen es algo que ya ha pasado, que Uribe lo hizo muy bien, y se quiere volver a instaurar a través de todos estos procesos que notamos”.

Ospina concluye que en estos casos es muy llamativa la voz de la Ministra de Cultura Carmen Vásquez, que no se oye. “Habla más del Ministerio la Vicepresidenta que la misma Ministra, y en parte porque la Ministra está puesta ahí como una figura que va servir mucho para los consejos comunitarios semanales que tiene planeados con el presidente Iván Duque. Ella es una mujer de tez negra como imagen incluyente, sobre todo ante comunidades regionales o ante pequeños comités. Pero es una Ministra que no tiene mucha experiencia en lo cultural y no tiene voz ni voto”.  

Érase una vez Colombia, un país en donde el arte sigue condenado a cuestionarse si debe o no cuestionar. Un país de carnavales que no acepta carnavaladas. Un país en donde una orden de silencio se trata como un llamado a la prudencia y no se nombra por su nombre, como un acto de censura.

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