Batallas de un joven herido en combate

De la primera, salió con una pierna destrozada. De la segunda, con una larga recuperación por delante y una nueva vida por la que aún está peleando. Esta es la historia de Leandro, un veterano de guerra a los 23 años.

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Efraín Rincón

01.11.2016

Vereda Yonama, Gachetá, Cundinamarca. Año 2000. Leandro viste unas botas pantaneras negras, un pantalón de sudadera azul claro y una camiseta blanca con algunos diseños, a los que él llama ‘monachos’. Corre detrás de un pelotón del Ejército Nacional que pasa por la vereda en la que vive. Los acompaña, les pregunta para dónde van, de dónde vienen y si es “chévere” estar en el Ejército. A su alrededor están las montañas. También algunas vacas, perros y gallinas que forman un paisaje sonoro y conforman su cotidianidad.

Cañón de las Hermosas, Sur del Tolima. 5 de abril del 2014. Son las 5 a.m., el cielo está nublado y cae algo de llovizna. El pelotón tiene la tarea de establecer un punto de observación hacia el caserío La Marina. Hacia las cuatro de la tarde, luego de esta operación y de patrullar la zona, el pelotón regresa a la base. En un área donde conseguir señal en el celular es casi imposible, Leandro logra hacer unas cuantas llamadas a su familia. “Llevaba tiempo sin llamarlos. En ese momento llamé a mi mamá, a mi hermano, a mi tía. Fue una casualidad que me entrara señal y que llamara a todas esas personas”, cuenta. Había logrado unirse al Ejército, institución que admiraba desde sus tardes tranquilas en Gachetá.

La pila del celular no resiste más. Seis de la tarde. Entre risas y chistes y con voz baja, Leandro y sus ‘lanzas’, como generalmente llaman los soldados a sus compañeros, comen y arman las carpas. Siete de la noche. La alegría es interrumpida ruidosamente por dos granadas de fragmentación que estallan en el campamento. Estas armas, que al detonarse liberan esquirlas que desgarran la piel y la carne, alcanzan al pelotón. ¡Boom! Una ametralladora hostiga a la tropa. Un fragmento de la granada cae en el pie izquierdo de Leandro, otro llega a sus entrañas y dos impactos de bala le destrozan el fémur de la pierna derecha.
El calor abrasador domina su pierna. “¡Estoy herido! ¡Estoy herido! ¡Ayúdenme!”

Batallón de Sanidad del Ejército Nacional, Bogotá, Cundinamarca. 25 de abril del 2016. Es la una de la tarde, hora en la que Leandro, luego de hacer sus terapias, se dirige a las clases de un técnico en telemercadeo comercial que lleva a cabo desde hace dos meses. Su futuro próximo es trabajar en un call center.

***

El encuentro con Leandro Jiménez surge de un ejercicio académico de la Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes. Todo comienza en el Hospital Militar Central, un centro de salud que, en los últimos dos años, realizó más de 25.000 cirugías y atendió a más de 156.000 pacientes en Urgencias. Le digo a Jiménez que vayamos a un sitio cercano para que no camine tanto pero él quiere ir lejos, quiere salir del hospital. Sentados en una banca a las afueras del centro médico empiezo a entrevistar a Jiménez, un joven que me recuerda a un Danny DeVito de hace años, cuando todavía tenía pelo. Me siento incómodo porque de mi cabeza no sale la idea de que él tiene 23 años y yo 24; porque nuestra percepción del conflicto armado colombiano es distinta y que cuando en las noticias aparece el titular: “soldados heridos en combate” uno no logra dimensionar, desde la comodidad de su hogar, historias como la que estoy a punto de escuchar.

Jiménez va al Hospital Militar. Según el último informe de gestión del Ejército Nacional, él hace parte de los 2.614 soldados heridos por acción directa entre el 2014 y el 2015. Es como si la quinta parte de los estudiantes de pregrado de Los Andes fuera a la guerra y quedaran lisiados.

Para disipar mi incomodidad, busco seguir un hilo. La única forma que encuentro de hacerlo, por ahora, es pedirle a Jiménez que me diga cómo llegó a vestir el camuflado. Su historia es diferente a la de aquellos jóvenes que tuvieron que ingresar al Ejército porque no había más oportunidades. Él nació el 8 de octubre de 1992, es el tercero de seis hermanos y desde pequeño se sintió cautivado por los uniformes y los fusiles de los soldados que pasaban por la vereda Yonama. Esa, su tierra, está pintada de verde y violeta por los cultivos de mora y papa, y se esconde entre las montañas a casi tres horas a pie desde Gachetá.

Para conocer a Leandro busco llegar al corazón de su historia por medio de sus familiares, a quienes visito en su pueblo natal. Son las diez y media de la mañana, después de bajarme del bus en Gachetá, pregunto cómo puedo llegar a Yonama. La respuesta me desanima porque veo que el camino es más largo de lo que creo, es domingo y no tengo mucho tiempo. “Ahorita le toca esperar hasta la una que suba una buseta, un Willys o decirle a alguien que lo lleve en moto y ahí cuadran”, me dice un campesino. Me monto en una moto. Después de cuarenta minutos subiendo la montaña por una carretera destapada llegamos a una tienda donde unos hombres juegan tejo y beben cerveza. De ahí camino otros veinte minutos por una trocha hasta toparme con el hogar de los Jiménez, una casita de ladrillo desnudo y tejas de zinc, postrada en lo alto de una loma. Adentro hay un solo baño; una cocina con fogón de leña; una sala en la que hay un sillón de tela y una mesa con tres sillas; cuatro habitaciones separadas por muros delgados que sostienen fotos, dibujos hechos por niños, y algunos cuadros. Junto a una pared de la sala reposa una mesa decorada con velas, figuras de santos y una imagen de la Virgen del Carmen. “Cuando él era pequeño veía las tropas que pasaban, le gustaba mucho meterse entre el Ejército. Él no llegaba sino hasta por allá, por la tarde… Le llamaba la atención. Mucho”, cuentan sus papás Orlando y Carmen, quienes viven con Ánderson, el menor de los hermanos Jiménez.

 

Casa
Hogar de los padres de Leandro en la Vereda Yonama, Gachetá, Cundinamarca.

 

“A Leandro nunca le ha gustado quedarse quieto”, dice Emilse. Tampoco le gustaba el estudio. Perdió sexto grado en el colegio Monseñor Abdom López. A los trece años se fue a Monquentiva, una vereda del municipio de Guatavita, a vivir y trabajar con sus tíos. Desde allí, a distancia, terminó el bachillerato.

El deseo de hacer parte de las Fuerzas Militares llevó a Jiménez a prestar el servicio. Aunque no fue apto para el Ejército ni la Policía, se las arregló para volverse bachiller militar en un Distrito de Facatativá. En palabras de su papá, “se regaló”. Pero es que así es Jiménez, “lo que se propone lo cumple. Cuando ha habido adversidades siempre ha tratado de superarlas”, cuenta su novia Emilse Bejarano, quien lo conoció cuando él vivía en Monquentiva hace cinco años.

Después de prestar el servicio militar, trabajó como escolta en Bogotá. Allí conoció a Javier Álape, quien estuvo en el Ejército dos años como soldado profesional. Jiménez encontró en él un amigo y una referencia sobre la vida militar. Para Javier entrar al Ejército fue una forma de matar las ganas pero rápido se le “pasó la fiebre”. Según él, “Tocaba estar en el monte todo el tiempo… Se trabaja mucho y se gana poco”. Y así, Javier se cansó del fusil.

Leandro contaba con cierta estabilidad económica trabajando como escolta y su familia y sus amigos le insistían que no fuera al Ejército pero basta conocerlo un poco para entender que hubiera sido imposible sacarle la idea de la cabeza. En octubre del 2013 Jiménez logró convertirse en soldado, cumplir su sueño. Rubén, su mejor amigo de la infancia, se enteró porque el mismo Jiménez lo llamó desde el Fuerte Militar de Tolemaida, un centro de entrenamiento de las Fuerzas Militares ubicado en el departamento del Tolima, y le dijo: “perro: ya estoy aquí, en el Ejército…”.

Toda consecuencia tiene una causa. Jiménez terminó en el sur del Tolima porque, según la Fundación Paz y Reconciliación, desde el 2014 el frente 21 de las FARC ha intentado reagruparse después de la muerte de su líder Alfonso Cano, lo que ha incrementado las extorsiones en varios municipios de la zona. La difícil geografía, la densa vegetación y las condiciones ambientales hacen de las entrañas del Cañón de Las Hermosas el mejor aliado de la guerrilla desde los años sesenta. El entusiasta Jiménez fue parte de los refuerzos militares bienvenidos a la necesitada base.

El mismo año del ataque al pelotón en el que iba Jiménez se celebraron elecciones presidenciales. Colombia entera estaba acostumbrada a ofensivas guerrilleras durante los años electorales en las últimas décadas pero ese año fue diferente. Irónicamente, el 2014, fatídico año para Jiménez, ha sido el más pacífico para la historia electoral. Según el informe Lo que hemos ganado de la Fundación Paz y Reconciliación, el número de soldados de la fuerza pública muertos en acto de servicio pasó de 488 en el 2010 (año electoral) a 289 en el 2014.

Y es que, durante ese año, las FARC declararon cuatro de cinco treguas unilaterales, donde no habría hostilidades ni enfrentamientos en ninguna parte desde el 20 de noviembre del 2012. En total, fueron 56 días “sin violencia”.

Aun durante esta aparente calma, Leandro Jiménez fue víctima de la guerra. Lejos como estoy de las consecuencias del conflicto, hago una pregunta simple pero necesaria:

─ ¿Por qué el Ejército, Leandro?

─ Me gustaba, y entré allí porque quería dar un grano de arena a mi patria. Ayudar a mis padres que no tuvieron los recursos para apoyarme a mí para el estudio ni económicamente. Ahí yo le quería ayudar a ellos y a mi hermanito, Ánderson.

Mientras sostengo una conversación con Orlando y Carmen en su casa, la televisión transmite un partido de fútbol. El espectador más interesado es Ánderson. Él tiene dieciseis años y padece distrofia muscular, una enfermedad hereditaria que degenera los músculos. Desde que pudo, Jiménez ha estado pendiente de la casa, de sus padres y en especial de su hermano. Ánderson es su motivación y su motor de vida. Distrayéndolo con delicadeza, le pregunto al menor de los Jiménez:

─ Ánderson, ¿Qué piensa de su hermano? ─ Sentado en un sillón con algunos cojines, tímido y con una risa nerviosa me contesta: “Leandro es mi ejemplo”.

Este año se cumplen dos años desde el ataque al campamento de Leandro. También se cumplen cuatro años desde que comenzaron los Diálogos de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC. Para el Ejército Nacional, esto ha significado una disminución del número de soldados heridos y asesinados en combate entre el 2013 y 2015:

Tabla
Datos tomados del Informe de Gestión del Ejercito, 2015.

 

Sin embargo, hasta que no exista un verdadero cese bilateral al fuego y una serie de leyes críticas, los acuerdos para llegar a la paz se quedarán en el papel. Mientras tanto, las víctimas siguen ahí.

Durante los últimos dos años, Jiménez ha sido sometido a quince operaciones. La vida de este ex soldado profesional, que sólo duró cinco meses en servicio activo, se ha limitado a estar entre el Batallón de Sanidad y el Hospital Militar. La rutina es siempre la misma: despertarse a las cuatro de la mañana, arreglarse, estar en el Hospital a eso de las seis y hacer las terapias. Regresa al Batallón y almuerza en la calle; no le gusta la comida de ahí, me cuenta entre risas con una mirada cómplice. A la 1 p.m. debe ir a las clases del programa técnico y a las cinco de la tarde termina su día. A todo lo acompaña su tutor de alargamiento, una barra metálica color negro que lleva pegada a la pierna, que se extiende como otra extremidad, llena de tuercas y tornillos.

Este frío apéndice le estira el fémur, según explica Óscar Calderón, el médico que ha tratado a Jiménez desde su llegada. Él ha evitado que a otros soldados como Jiménez se les deba amputar alguna extremidad. Dos años después del incidente, aunque vaya con bastón, lento y rengo, Jiménez prefiere caminar a todas partes antes que montarse en una silla de ruedas.

Hoy, este ‘caballero’, como él me llama cada vez que tiene algo que decir, quiere ser locutor de radio, tener una finca y una familia. Pero para ello no solo debe sobrellevar su discapacidad física. El golpe emocional del ataque también influyó su vida personal. Aunque cuenta con el apoyo de la gente cercana, Jiménez quiere salir de esta solo; no quiere ser una carga para nadie, no quiere estar en una silla de ruedas como su hermano. Una postura difícil que le ha costado el distanciamiento de su familia, sus amigos y hasta de su novia. “Cuando vino a la casa en diciembre, él no se aguantaba. Lo vi muy estresado”, comenta Carmen desde la cocina mientras lava la losa. “La verdad es que ahorita es más afanado, quiere todo ya. No tiene paciencia, no está tranquilo”.

Con un futuro incierto y de cara a las adversidades, Jiménez ve lo que le pasó como una experiencia, un obstáculo más que hay que superar. Él sigue siendo un joven que se ríe, que hace chistes sobre el ejército y sobre su condición, que en el fondo sabe que de esta va a salir.

Antes de irme del Batallón de Sanidad, me muestra su billetera. La misma que llevaba el día del ataque. De ella saca su libreta militar de primera clase, una tarjeta débito, su tarjeta de conducta del servicio militar, su licencia de conducción y una imagen de la Virgen del Carmen. Miro con ansiedad los documentos, pero no me fijo en las fotos desgastadas ni le doy importancia a los datos. Ahora veo los papeles con otros ojos: todos ellos están destrozados porque le cerraron el paso a un fragmento que le dio en el glúteo derecho. Permanecen allí, acomodados entre su bolsillo como una muestra simbólica de su supervivencia. Se podría decir que la Virgen del Carmen lo protegió de morir, literalmente, o al menos su imagen. Jiménez, un hombre alegre, acostumbrado a valerse de la adversidad, entre risas comenta: “si no hubiera sido porque la llevaba esa noche, quizás no estaría contando el cuento”.

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