Banderas gringas en La Habana

Javier y Gregorio son dos caras de una misma ciudad, de una ciudad que se abre al mundo recibiendo a Obama, de una ciudad dividida entre lo turístico y lo autóctono. Bienvenidos a La Habana.

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Sebastián Payán R.

07.06.2016

Javier

“La Habana es como una película en blanco y negro”, comenta Javier, mientras me sirve un jugo de tamarindo. “Nos sobran los colores pero seguimos en una película antigua”.

Javier tiene 78 años, lo más colorido de su rostro es su sonrisa, no por lo blanca sino por lo amarilla. Se dedicó gran parte de su vida a ser taxista, aunque su título dice que es ingeniero. Conoce La Habana tanto como su casa y no le gusta salir de la ciudad.

—¿Y no consideró irse en algún momento?, le pregunto.

—Aquí nací, es mi ciudad, y será mi tumba. Cada calle que paso me recuerda algo de mi vida, un amigo, una mujer, un trago o un tabaco, responde.

Antes de que termine mi jugo, Javier dice que ya se nos hizo tarde. Se arregla su camisa, se peina las pocas canas que le quedan en su calva morena y se mira en el espejo. Tiene un ritual para salir de la casa: coge las llaves, revisa que las tiene, cierra la puerta con llave, las guarda y a los dos pasos vuelve a revisar que las guardó. “Aquí no roban, pero el día que deje abierta la puerta, es el día que me sacan algo”, explica mientras revisa que la puerta esté bien cerrada.

En el patio del conjunto de casas se ven ropas tendidas en cada uno de los balcones y niños jugando al lado de unos viejos que terminan una partida de domino.

—Sí, ya llegó Obama. Anoche aterrizó, escuché en la televisión que estaba pasando por la Plaza de la Revolución, dice uno de los hombres que juega domino.

—Disculpe, ¿ya pasó por la plaza?, pregunta Javier.

El hombre asiente con la cabeza, entonces Javier se afana y sale del patio antes de que me dé cuenta. Salgo tras él y veo que hay una bandera de Estados Unidos ondeándose en un edificio contiguo. Javier ya me está esperando sentado en uno de los asientos de un ‘Almendrón’ —un taxi compartido que usan los cubanos para moverse en la ciudad—.

Estamos en Centro Habana y vamos para El Vedado, eso toma unos veinte minutos. Pero algunas calles están cerradas porque por ahí pasará ‘La bestia negra’, el carro que lleva al presidente de los Estados Unidos. De vez en cuando vemos una de esas concurridas calles con hombres y mujeres empinados como suricatos. Cada vez que nos topamos con una calle cerrada, Javier golpea el asiento y le pide disculpas al taxista después. “Es extraño chileno, no recuerdo estar tan nervioso hace rato. Quiero verlo, así sea de lejos, pero tengo que verlo en mi ciudad”, me comenta mientras se arregla la camisa y se peina las canas de nuevo.

Nos conocimos en un bar y desde ese día me apodó chileno, a pesar de que en repetidas ocasiones le dije que soy colombiano. Llegamos a El Vedado, Javier le paga al taxista y sale del ‘Almendrón’ con una energía que engañaría a cualquiera que supiese que tiene 78 años. La plaza está llena, pero no por el evento, sino por turistas que se están tomando la foto típica que hace saber que visitaron Cuba: posar frente al mural de El Che Guevara. No quise comentar, Javier se sienta y mira la plaza. No supe si está decepcionado o satisfecho, sólo lo veo calmado.

—Sólo la gente importante puede ver la historia, chileno, asegura mientras prende uno de sus tabacos y agrega: El pueblo ve la historia de lejos, nunca de cerca.

—Pero todavía quedan unos días antes de que se vaya, puede verlo ¿no?, pregunto mientras prendo un Marlboro, al que Javier apoda “el cigarrillo de las mujeres”.

—Puede ser, por ahora sólo quiero fumarme mi tabaco, ya fue mucho por hoy.

Después de fumarse su tabaco, Javier se levanta y va coger otro ‘Almendrón’. Está cansado del agite. Está decepcionado de no haber visto a Obama. Está emocionado por volver a su casa y contarle a su mujer su día. Está satisfecho que en su día haya una emoción así, porque nunca pasa nada fuera de lo normal. “Quería verlo chileno, pa’ qué le miento”, me dice mientras se desabotona la camisa por el calor.

Javier cuenta que cuando era taxista podía pasar semanas, inclusos meses sin que ocurriese nada extraordinario. Recogía turistas de todo el mundo, personas que le hacían las mismas preguntas y que él ya tenía memorizadas las respuestas. “¿Dónde puedo comprar el mejor ron?, ¿dónde consigo los tabacos cubanos?, ¡lléveme a bailar salsa!”, recuerda mientras imita los acentos de los turistas. Y agrega: “Puede que tengamos el mejor ron y el mejor tabaco, pero antes nuestro mejor producto eran las mujeres”.

Las anécdotas de sus pasajeros siguen. Turistas y uno que otro “de esos que sale en la tv”, como los llama Javier. Le pregunto por el pasajero que más recuerda, o el más especial. Antes de responderme Javier me pregunta si soy religioso:

—No estoy seguro, supongo que hay un Dios, no sé de qué religión, pero hay algo ahí, respondo.

—Yo no voy a misa. Pero creo que las cosas pasan por algo chileno, dice mientras enciende otro tabaco. El quinto del día.

“En mi taxi conocí a mi mujer. Estaba por el malecón. Era un sábado, ya era de noche cuando una morena con unas piernas que le salían del cuello estiró la mano. Iba lejitos y yo maneje bien lento, porque no sabía si la volvería a ver. Pero ahora, ahora la veo todos los días”.

Se despide porque el sueño de la tarde le entraba y quería recostarse. La ciudad está calmada, ya comienza ese letargo de las ciudades, el sueño empieza a entrar y la ciudad se toma una siesta.

Gilberto

En la noche se pueden ver dos ciudades. Primero está la ciudad turística, llena de alienígenas que miran lo rutinario y normal como algo fascinante y extraordinario. La Habana vieja, la de los Hemingway y los Martí. Caminando por ahí veo a un grupo de 10 personas fotografiando un local que parecía una de esas peluquerías antiguas. Adentro hay tres hombres: uno leyendo una revista, otro cortándole el pelo y al lado otro más viejo barriendo el piso. Nada fuera de lo común y, sin embargo, 10 personas les están tomando fotos. Sólo un vidrio los separa, un vidrio como los que separan a los animales de los visitantes en un zoológico.

Lejos de las cámaras y de los humanos de tez blanca con un toque camaronesco por el sol, hay otra ciudad. Una ciudad que se trata de aferrar a un mundo sin turismo. Esa ciudad empieza y termina en el Centro Habana. Casas de la colonia, de aquella época en que los arquitectos parecían pintores. Balcones con prendas que en la noche parecían ser luces que alumbraban la calle. Calles con un intento de pavimento, el suficiente para que un carro pudiese pasar. Carros tan viejos como Javier. Hombres descamisados y mujeres con trajes coloridos que resaltan su tono de piel. Un revuelto de música entre salsa, reggaetón, merengue y bulla. Bulla, eso es lo que más se escucha en estas calles. Para los ojos prejuiciosos esta parte de la ciudad es fea, dejada, pobre. Tal vez es la manera en que se han salvado de la invasión de las cámaras. Porque un turista en estas calles es una mancha que daña la foto.

Al final de mi recorrido nocturno camino por el malecón. Una larga avenida al lado del mar, donde el viento costero se vuelve un ventilador que no para de dar vueltas. Enfrente del malecón está el Hotel Nacional, ese emblemático edificio de antaño. Lugar que, al igual que gran parte de La Habana, debe su fama a sus visitantes.

“Dos mojitos, tres cuba libre y una cerveza”, le dice al barman del hotel mientras deja la bandeja llena de vasos sucios. “Limpia esta, pásame la cinco”. Gilberto tiene 58 años, es el más viejo del grupo, pero no para de trabajar en toda la noche. Los otros meseros de vez en cuando se fuman un cigarrillo detrás del bar, pero cuando se tardan aparece para regañarlos este hombre de gafas, de anchas caderas y dedos que parecen chorizos.

“Aquí llevo más de treinta años, empecé en la cocina y ahora soy jefe del bar”, cuenta mientras termina de contar la plata de la noche. “Todo pasa en el bar, siempre en el bar. Aquí ha venido el mundo entero, ¿y yo allá atrás en la cocina perdiéndome todo?, ¡no!”.

Para algunos de sus compañeros, Gilberto es ese papá que no tuvieron. Los empuja todo el día y no los deja de perseguir para ver si hicieron la tarea. Pero al final siempre les da una palmada en la espalda sin decir una palabra, esa es su forma de decir “hiciste un buen trabajo”.

Como ya lleva sus buenos años en el bar le pregunto por las personas que ha visto. “Hubo un tiempo en que me emocionaba cuando veía a esos hombres y mujeres que había visto en alguna película. Pero después de ver tantos, los empecé a ver todos iguales. Todos eran famosos, el uno por película, el otro por música, pero al final todos iguales”, responde.

Gilberto está cansado, su trabajo le exige estar buena parte del día.

— ¿Qué piensa de la visita de Obama?

— Muchos quieren verlo, yo no —contesta y sin dejarme reaccionar continua— aquí he visto a todo el mundo, pero como le dije, todos son iguales. Famosos, actores, cantantes, presidentes. No son distintos de tú y yo.

Me dijo que no tenía tanto tiempo para descansar y que no lo quería usar hablando, sino durmiendo. Entonces por primera vez en la noche lo vi caminar sin afán.

Duty free

El aeropuerto de La Habana me recuerda que incluso aquí el capitalismo se encuentra algún rincón para esparcirse: tiendas con estantes llenos de suvenires del concierto de los Rolling Stones y camisetas de El Che. En la aduana las filas no estaban llenas de cubanos, sino de coloridos turistas con el color camaronesco que los caracteriza.

— ¿A dónde va?, me pregunta la señora de la aduana.

— Bogotá, Colombia, le respondo como un niño que no se quiere ir a dormir, aunque ya es tiempo de irse.

Antes de ir a la sala de espera hice el ritual de cualquier turista capitalista en un país desconocido: parar en el duty free. Un local que vende todo lo que pueda considerarse autóctono y que antoja a los turistas de todo lo que no conseguirán en su país. Las botellas de ron y las cajas de habanos llenan las cajas registradoras. Lo único que no está a la venta es una estatua de lo que parecía ser una versión turista de El Quijote.

De repente veo a unas personas corriendo en el aeropuerto, todos dirigiéndose en la misma dirección, como si estuvieran huyendo de algo. Mi paranoia estaba al máximo porque el día anterior ocurrió el atentado en el aeropuerto de Bruselas. Pero para mi sorpresa, no estaban huyendo, estaban corriendo hacia algo. Todos miraban en la misma dirección, por un momento pensé que los Rolling Stones habían llegado, pero no. Estaban viendo cómo despegaba el Air Force One, una aeronave con igual o más fama que esa banda inglesa.

Ese avión se llevaba los ojos del mundo a otra parte. Al igual que La Habana vieja y Centro Habana, Javier y Gilberto me mostraron dos lados de la visita de Obama. La Habana va a cambiar después de esa visita, eso no tiene vuelta atrás. La pregunta es: ¿quedará la ciudad turística o la ciudad antigua?

 

*Sebastián Payán es estudiante de literatura y de las opciones en periodismo y en medios del Ceper. Esta crónica fue realizada en el marco de la clase Crónicas y reportajes.

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