Asomarse a la ventana

Poder registrarlo todo nos ha hecho cazadores de imágenes ajenas. Hoy, encerradxs y con el mundo en píxeles, nos queda la paradoja de mirar por la ventana. Cuando nadie está fuera de foco, se destapa la discusión sobre la ética del testigo o espía.

Manuela Saldarriaga H.

10.04.2020

A los pies de la Basílica de San Pedro, en Italia, un hombre esparce su bendición sobre una onda de vacío. La gran avenida de Los Campos Elíseos, en París, trasluce su adoquinado sin un solo turista. No hay nadie que esté posando de andamio con la torre pendente di Pisa. Tampoco quien esté campante por las calles de Nueva York. Las morgues están rebosadas. El Central Park no es ahora el enjambre de paseantes en pleno panal de Manhattan. Se ha convertido, en cambio, en un hospital de campaña cuando la cifra de muertos por coronavirus, en Estados Unidos, supera a la informada por China y se inventan cementerios temporales. La emergencia se extiende y ya nadie tiene encendido su GPS. Encerrados, ante la paradoja de ver el mundo en píxeles, queda tan solo mirar por la ventana.  

Durante la cuarentena preventiva y paliativa que obliga al mundo estar de puertas para dentro, una mujer sale al balcón de su casa. Toma el sol. Tiene el torso desnudo. Hacia la calle solo se ve una espalda que se extiende a la luz. Un cuerpo que desde el confinamiento busca la fotosíntesis. Una vecina, atraída por la escena, le saca una foto con su celular. Al día siguiente, la mujer del balcón recibe un mensaje. Es la captura de pantalla donde aparece la foto que le tomaron sin su permiso. Su torso al sol, ahora en redes sociales, le ha llegado a un amigo que se la envía de vuelta, sin titubeo. Ocurre un encuentro entre vecinas en el que, de ventana a ventana, salen globos de diálogo con exclamaciones que rechazan y defienden la tentación de observar. “¡Pero me pareció bonita la escena!”, replica la fotógrafa asomada entre ladrillos. 

Tener la posibilidad de registro nos ha hecho cazadores de imágenes ajenas. De biografías ajenas. La tecnología nos convierte en voyeurs que con cámara/celular en mano vemos todo susceptible de capturarlo. Vemos al otro, algo nos atrae, repudia o cuestiona, la ropa que lleva puesta —o incluso la que no—, un torso al sol, todo cuanto es anodino o cotidiano. Entonces enfocamos. Y apuntamos.

Pero el gesto no termina ahí. Hacer público todo cuanto los ojos ven, arroja dos momentos de intimidad (el de quien observa y el de quien es observadx) a lo público. El primero tiene derecho a pedir regulación, el segundo a su libre expresión. Y, según fuera el caso, todos tendríamos derecho a observar lo que ocurre. Se produce una tensión parecida a la del fotógrafo Jeffries, el protagonista de la película La ventana indiscreta de Hitchcock quien, obligado a #QuedarseEnCasa para recuperarse de una pierna rota, se obsesiona con la vida de sus vecinos que espía hasta (spoiler alert) descubrir un asesinato.

Y el asunto recuerda, también, al Gran Hermano de Orwell: ese ojo omnipresente que nos observa y que lleva las cuentas, sobre todo hoy cuando, más que nunca, la mirada se detiene en el ámbito de lo privado pese a que existe una protección civil que levanta una discusión sobre los límites de tener dentro o fuera de foco a los demás. 

VOYEURS DE LO PRIVADO

Al menos en Colombia, no existe una regulación legal sobre los testigos oculares ocultos que se inmiscuyen en la vida de los demás. La abogada Luisa Isaza, interesada en temas de derechos humanos, internet y protección de datos, dice haber hecho el trabajo juicioso de buscar sobre las leyes de libertad de expresión y asegura no haber encontrado la primera que prohíba o regule esa fotografía invasiva. 

“No creo que no haya límites -aclara– pero si en algún momento sale una regulación al respecto, que no sea muy restrictiva”. Ella nunca saldría a decir que la justicia tiene que proteger más la imagen de los demás, en sus palabras, porque pertenece a una escuela que generalmente se enfrenta a otra que protege los datos, la imagen y el honor.

Esa información la corrobora Elizabeth Castillo de la Fundación Karisma, una organización dedicada a apoyar y difundir el buen uso de las tecnologías en los entornos digitales. La abogada y activista está segura de que no hay normativas al respecto y cree que no es deseable que las haya: “Los seres humanos sabemos conscientemente qué está bien y qué está mal, por lo que si tenemos que hacer la lista exhaustiva de conductas inapropiadas, siempre quedarán pautas por fuera”. 

Castillo comenta que hace poco leía un tweet de alguien que denunciaba que su vecino le apuntaba con un láser verde dentro de la casa y, como dice, es absurdo validar esos comportamientos. “En este caso se trata de autorregulación. Nadie se mete a la casa de nadie sin permiso, no es momento para dejar de hacerlo”. 

Lo que ha dicho la Corte Constitucional es que las personas naturales, que no tienen un perfil público, tienen la mayor protección a su intimidad y los estándares que ha fijado la Corte Interamericana de Derechos Humanos no son más laxos.  

De hecho, la Corte podría ofrecer protección a personas sobre fotografías tomadas en su intimidad, salvo si aquello que muestran no es de interés público.

Si frente a nuestra casa viviera una persona acusada de cualquier cosa, como imagina Castillo, y aunque esa persona no fuera culpable de lo que se le acusa, hacer entre vecinos por redes una campaña para señalar y vigilar, por ejemplo, sería ridículo. Porque pasa que hay también un límite sobre hasta dónde la imagen se vuelve un órgano de justicia. 

“La viralidad hace que el daño se magnifique de una manera tremenda, la velocidad hace que ese daño se reproduzca a niveles absurdos y la situación supera con creces cualquier capacidad de otra forma de difusión en lo que se refiere a cobertura territorial y de gentes”. Para la abogada, no es lo mismo salir en televisión con un alcance local, regional o nacional a salir en un tweet o un post, con el que alguien se puede ir al mundo y perder su buen nombre y reputación.

Pero la única pregunta que alguien con una cámara debería hacerse es: ‘¿A mí me gustaría que me tomaran una foto en estas condiciones?’ Y si la respuesta es ‘no’, no queda sino bajar la cámara y olvidarse de la foto. Es como lo piensa Viviana Peretti, fotoreportera italiana radicada en Bogotá. Ella dice no estar muy segura de que se haga del todo caso omiso a los límites frente a la aproximación con el otro, pero sigue pensando que, especialmente en Colombia, hay mucha confusión acerca de lo que se puede y lo que no se puede fotografiar. “Y eso no solo si apuntamos al dormitorio de alguien”, como aclara. “Para que no nos volvamos todos voyeurs, el fotógrafo debería estar en ese mismo dormitorio. Enfrentarse a su sujeto no desde la confortable distancia que garantiza cualquier teleobjetivo, ponerse en juego sin el ‘comfort cobarde’ que le asegura”.

Pero Isaza cree que lo que se estaría presentado si ese espía existe e incluso si hace viral lo que observa es una discusión entre derechos fundamentales: por un lado, el de la libertad de expresión junto al del acceso a la información pública –dependiendo de lo que estuviera fotografiándose– y, por otro, el derecho a la intimidad personal y familiar y a la dignidad. De hecho, la Corte podría ofrecer protección a personas sobre fotografías tomadas en su intimidad, salvo si aquello que muestran no es de interés público. Es decir que la casa deja de ser un lugar privado, cuando el interés público se mete a ella.

EL SÍNDROME DE LA VENTANA INDISCRETA

Las mujeres que armadas de su celular denuncian casos de acoso en espacio público encuentran en la tecnología un elemento de defensa. Y en el espacio doméstico, hoy tan encerrados, la herramienta es igual de útil. “En este país seguimos sistemáticamente evadiendo el tema de la violencia del machismo estructural y, ahora que llevamos un par de semanas en cuarentena, la violencia de género se ha disparado. Hay miles de mujeres que están encerradas en sus casas con el agresor y nadie pone cuidado a denunciar esto pese a que muchos están en esa tontería de espiar sin ayudar”.

Isaza emplea el mismo ejemplo. Pone el caso hipotético de que alguien, a través de la ventana, descubra que un senador golpea a su esposa. Un caso como ese, entonces, sería de interés público y se justificaría un registro de ello, aunque entrase el tema de la revictimización. Caso concreto cuando la víctima, en este caso una mujer, no estuviera de acuerdo con las fotografías que den prueba de los hechos y entonces no pasaría nada, porque son casos con factores de riesgo, tal como explica la abogada. 

“Cuando alguien toma unas fotos al interior de una casa y las personas fotografiadas no están cómodas con eso y la foto se hace viral, podrían poner una tutela al fotógrafo. Según sea la argumentación de uno y otro lado, se resuelve en primera instancia como lo dedica el juez y, si las partes se sienten inconformes, pueden impugnar, lo que llevaría el proceso a un juez de segunda instancia”. En teoría, hasta ahí garantiza el sistema judicial que resuelve el caso, según detalla Isaza y así, el elemento de lo público en espacios íntimos, por exposición voluntaria o por la comisión de un delito, es lo único que justificaría la intrusión de un ojo espía.

Sin embargo, lo que parece íntimo, con el tiempo, podría recobrar una relevancia pública. Como recuerda Peretti, en los últimos años hay casos en donde “los mismos artífices de todo tipo de fechorías han cedido al encanto de tomarse fotos con sus ‘trofeos’”. El ejemplo más aberrante, para ella y en sus palabras, son las fotos que documentan los abusos de las tropas estadounidense en la cárcel de Abu Ghraib en Iraq, fotografías tomadas por los mismos victimarios. O, en el caso colombiano, pone el ejemplo de quienes han cedido a la tentación de tomarse fotos con el poderoso del momento: “El escándalo de la ‘Neñe’ política se alimentó gracias a unas fotos que desmienten las declaraciones del Presidente y el Centro Democrático sobre sus nexos/compañerismo con José Guillermo Hernández, señalado socio de narcos”. 

Para la fotógrafa hay normas que podrían garantizar la privacidad de las personas y, sin embargo, los mismos organismos del Estado que deberían controlar que no haya abusos, los perpetran. “¿Otro ejemplo? Las históricas chuzadas del DAS cuando su director era, en palabra del expresidente Uribe, ese ‘buen muchacho’ de Jorge Noguera que de momento está pagando cárcel por sus acciones y omisiones”.

TESTIGOS DE LO PÚBLICO

Es radicalmente distinto lo que ocurre en la calle. Esta tiene vocación de “fotografiabilidad”. Es un espacio que, por su carácter público, de facto es vigilado, como dice Isaza. Por eso, esperar protección en la calle, es demasiado. Para Castillo, adicionalmente, estamos acostumbrados a ser vigilados y casi que tenemos sentado en el ADN que somos la especie observadora por naturaleza, aunque nos resulte tan abrumador.

Rebobinemos. Dilan Cruz recoge del suelo un cilindro con gas lacrimógeno que lanza de vuelta a un agente del Escuadrón Móvil Antidisturbios durante una marcha del Paro Nacional. El agente, tras verlo, le dispara con su arma una munición aparentemente no letal. Pero Cruz cae al suelo y a los días, muere. Una secuencia de imágenes ciudadanas que repetimos una y tantas veces y que registraron lo que se convirtió en la prueba de un clamor popular: “Dilan no murió, a Dilan lo mataron”. 

En aquellos días de protestas y en estos de cuarentena, de multitudes y sin ellas, la gente hace presencia pública desde cualquier hendija de su hogar. Se manifiesta con aplausos, cantos, gritos y cacerolas y cualquiera puede registrarlo. Y lo puede hacer por tratarse de una acción de interés común y porque, al ser una situación en donde el individuo busca exhibir, cede a otros la voluntad de exhibirlo. 

Para Peretti, sin embargo, existe una paranoia general que hace que se prohíba el acceso y el poder fotografiar espacios que no tienen un veto. “A menudo esos límites y prohibiciones no están tanto relacionados con la invasión de un espacio íntimo, privado, sino más bien con la irrupción del fotógrafo/reportero en espacios más ‘políticos’”, como dice.

Ella estuvo aquel domingo de simulacro por la vida en Bogotá y entró a la Capilla del Sagrario en la Plaza de Bolívar. “Estaban oficiando misa con cuatro asistentes y grabándola para seguramente transmitirla en streaming. Nada más virtualmente público y masivo”, cuenta. Pero tuvo una confrontación con el guardia de seguridad que que no paraba de decirle, en sus palabras, que no se podían tomar fotos. Puso su mano y su cuerpo ante a su cámara y, frente a la negativa de la fotógrafa de salir de la iglesia, el guardia llamó a la policía que nunca llegó. 

“Este es el tipo de abuso al cual como fotógrafos nos enfrentamos a menudo en este país. Un abuso de poder por parte de supuestas autoridades que desconocen las leyes y que consideran que un uniforme los transforma en ‘vigilantes’ de la honra y la intimidad ajena”, dice la fotógrafa.

Según la Corte Constitucional Colombiana, tanto la libertad de opinión como la de información pueden ser ejercidas por cualquier persona y a través de cualquier medio de expresión, pero cuando se ejercen a través de los medios masivos de comunicación se incorporan al contenido de la libertad de prensa. Hay un acento en la prohibición a la censura así como existe una ética y una maestría. 

Los teléfonos, al igual que las cámaras, son herramientas que no discriminan: registran lo que tienen al frente.

En tiempos de calle, con todo, era usual que las personas estuvieran disparando desde sus celulares poniendo a su disposición el uso de identidades indiscriminadamente. Para Peretti en el caso colombiano muchos fotógrafos, por ejemplo, retratan habitantes de calle. “A menudo son fotografías desprevenidas, de alguna manera ‘robadas’, a menudo gracias a teleobjetivos apuntados desde la acera del frente. Sin embargo, no conozco fotógrafos que hayan querido documentar en profundidad el problema de la indigencia en Colombia. Que hayan vivido con los indigentes, que los hayan acompañado en sus largas jornadas de rebusque o en los albergues (cuando los utilizan) o que hayan documentado el consumo de drogas entre ellos”. 

Esto último, dice la italiana, no sería difícil hacerlo porque documentar la vida de los que viven al margen siempre ha sido más fácil que documentar la vida de los súper ricos, en sus palabras. “Este es un país con una desigualdad social y un índice Gini entre los más elevados a nivel mundial, sin embargo, nadie documenta cómo viven los estratos altos –y altísimos– de este país. Mucho más fácil entrar a lo que era el Bronx y disparar a personas en dificultad”. 

La fotógrafa hace una salvedad y pide no confundir: “Los teléfonos, al igual que las cámaras, son herramientas que no discriminan: registran lo que tienen al frente”. Para hablar de fotografía y de oficio fotográfico, como dice ella y como lo dicta el sentido común, hace falta que detrás de estos aparatos haya un ojo, una sensibilidad y un cerebro que conozca el léxico del quehacer. 

Castillo, por ejemplo, no cree que sea necesaria una ley que exija tener de principio la claridad para no hacer algo que, si me denigra a mí, también al otro. Sin embargo, rechaza la falta de compostura y autocontrol del que entra de manera invasiva a un espacio. “Que haya una exposición como a la que estamos acostumbrados y pasemos a la vulnerabilidad de ser acechados, agrava este estado de tensión, sobre todo ahora en cuarentena, porque la irritabilidad se puede subir de manera absurda en medio de la crisis”, concluye la abogada y activista de Karisma. 

Peretti insiste en que estas herramientas nos dan la ilusión que somos todos fotógrafos, videógrafos, reporteros… pero la herramienta sin el conocimiento, y la capacidad de contar y tejer fino, como dice, no es nada: “Henry Cartier-Bresson solía decir que tomar una foto es poner el ojo, la mente y el corazón en la misma línea de mira. Sin ser pensantes detrás de esos aparatos, no queda sino un registro, el mismo que hacen los billones de cámaras de seguridad que a diario nos graban en nuestras andanzas por el mundo”.

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