Así actúan, piensan y se mueven las disidencias de las Farc

Según la FIP hay más de 1.200 combatientes que integran las 18 estructuras disidentes, en 13 departamentos del país. Desde mediados de 2016 han realizado 147 ataques, la mayoría en el departamento del Guaviare.

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Estefanía Avella Bermúdez

19.04.2018

Hay dos ecuatorianos secuestrados por la disidencia de las Farc, de los que esta semana se conocieron pruebas de vida.

La semana pasada, la disidencia de las Farc asesinó tres periodistas en la frontera con Ecuador.

En marzo, en Arauca, la disidencia de las Farc incendió dos buses de servicio público para extorsionar a la empresa que presta el servicio.

En marzo apareció un panfleto en el Catatumbo firmado por la disidencia del Frente 33 de las Farc; zona en la que además hacen presencia las guerrillas del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Ejército Popular de Liberación (EPL).

Ese mismo mes nueve disidentes murieron en un operativo militar en el Guaviare.

Estos son solo cinco actos de los que han ocurrido en el último mes. Cinco actos que involucran solo a cuatro de las 18 estructuras de la disidencia de la exguerrilla de las Farc que firmó la paz con el gobierno de Juan Manuel Santos. La misma disidencia que, de acuerdo con la Fundación Ideas Para la Paz (FIP), hoy tiene entre 1.200 y 1.400 integrantes en 13 departamentos del país.

"Es importante diferenciar disidencias de grupos residuales delincuenciales. Son dos cosas distintas"

Desde mediados de junio de 2016 van 147 acciones, ocho de las cuales han afectado a Ecuador. El accionar de estos grupos va en incremento. De acuerdo con el último informe de la FIP “Trayectorias y dinámicas territoriales de las disidencias de las Farc” —dado a conocer el 15 de abril—, en los tres primeros meses de este año se registraron 46 acciones, 38 más que las registradas para ese mismo periodo en 2017.

Para Camilo González Posso, director de INDEPAZ, al leer estas estadísticas es importante diferenciar disidencias de grupos residuales delincuenciales. Son dos cosas distintas. Las disidencias, de acuerdo con González Posso, se refiere a los grupos que no estuvieron de acuerdo con la firma del proceso de paz. Por su parte, los grupos residuales están integrados por personas que no fueron incluidos en las listas de las Farc. “Esos grupos se quedaron por fuera y se recompusieron bajo la influencia del narcotráfico. Se han articulado con gente contratada de los recursos de la mafia y se han convertido en grupos sicariales, sin dinámica propia”, explica el investigador y añade que lo que hacen esos grupos delincuenciales es mantener un lenguaje político y rebelde para enmascarar y moverse mejor.

Son muchas las razones que llevan a que se formen disidencias de un grupo armado: las divisiones y fracturas internas de los grupos, las acciones contrainsurgentes del Estado que los ponen en riesgo, la falta de apoyo social al grupo, el dominio de economías ilícitas y, por supuesto, un proceso de paz. Al interior del grupo hay quienes apoyan los diálogos y la salida negociada al conflicto y hay quienes no, como el Frente 1 de las Farc que en 2016 manifestó que no haría parte del proceso de desmovilización.

Esto mismo ha pasado en Irlanda del Norte, en la República Democrática del Congo, en Burundi, en Sudán y, antes, esto mismo ya había pasado en Colombia, tras la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia. Ahora después de la firma de un acuerdo de paz, dice el informe de la FIP, es poco común que la totalidad de un grupo armado haga su tránsito a la legalidad. “El surgimiento de disidencias es uno de los principales desafíos de las fases de negociación e implementación de los acuerdos”.

La creación, los alcances y los efectos que generan los grupos disidentes en cada país e incluso dentro de los territorios de un mismo país, son distintos. Dependen del entorno y de sus dinámicas. En algunos casos las disidencias son una muestra más de la fracturación y por tanto de la debilidad de un grupo armado, que finalmente terminan acogiéndose a los procesos de negociación. En otros casos, son todo lo contrario: prolongan el conflicto. “El aumento de nuevos actores crea otros frentes de batalla en los que las nuevas facciones conservan la capacidad de combate y la aumentan al mantener personas con experiencias para luchar, redes para la provisión de armas, financiación y reclutamiento”, señala la FIP.

Este último parece ser el caso para Colombia, al menos ya se sabe con certeza que ese fue el caso de las disidencias paramilitares que se formaron tras el proceso de negociación que inició el gobierno de Álvaro Uribe Vélez en 2002.

De acuerdo con la investigación “Grupos Armados Posdesmovilización (2006-2005)” del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), hay que entender los grupos armados posdesmovilización más allá del corto plazo: “es decir, como una etapa más del fenómeno de los grupos armados que desde los años ochenta se sumaron a la confrontación entre la guerrilla y el Estado”, dice el informe del CNMH. Agrega, también, que son grupos que hay que entenderlos de forma amplia y no sólo desde su dimención criminal o militar, pues el reto que representan en el posconflicto es que “el Estado sea capaz de reemplazar con éxito el control, orden y regulación que por años han ejercido diversos grupos armados a lo largo y ancho del territorio nacional”.

Algo similar dice la FIP frente a las disidencias de las Farc, tras el proceso de paz. No pueden explicarse ni abordarse única y exclusivamente en términos de las economías criminales. Para la Fip hay factores políticos y organizacionales que también determinan las disidencias y que el Estado, en la lucha que está haciendo en contra de estas organizaciones, no está teniendo en cuenta.

"No es claro cómo se están atacando los otros factores ni qué tipo de articulación institucional hay para enfrentar esta amenaza de manera integral"

El Estado se ha concentrado en afectar sus estructuras (priorizando el ataque contra cabecillas, por ejemplo) y sus economías de guerra. “Acciones necesarias, sin duda, pero reactivas y consabidas”, explica la FIP. Atacar a los cabecillas, explica el informe, lo que genera es fragmentar la organización, pero esto no necesariamente implica el desmonte total. Lo que hace es dar pie a nuevos liderazgos y nuevas estructuras. Por eso, dice la FIP, “no es claro cómo se están atacando los otros factores ni qué tipo de articulación institucional hay para enfrentar esta amenaza de manera integral”, pues no se están consideran aspectos determinantes como la historia, sus trayectorias, su mutación y adaptación. “Parece haber una lectura estática y poco flexible del fenómeno”.

Ahora estamos en el auge de estas disidencias, de su accionar y de los intentos de respuesta por parte del Estado para controlarlas. Esto, explica González Posso, es una de las fases por las que atraviesan estos grupos. En este momento están luchando por posicionamiento y tienen más autonomía que cuando estaban dentro de la estructura guerrillera. Esa violencia desordenada, es lo que los hace más dañinos. Pero esto, dice González Posso, se va a ir centralizando. Lo que pasó con las AUC por ejemplo, explica el investigador, es que tras la desmovilización se fueron formando pequeños grupos (alrededor de 20), que con el tiempo se fueron integrando entre ellos y subordinado a grupos mayores.

Es probable que lo mismo pase con la disidencia de las Farc. El fenómeno se va a ir decantando hasta que haya una ruptura, explica González Posso: primero se generan muchos grupos, después se agarran a tiros, luego comenzarán a ordenarse y finalmente llegarán nuevos mandos mayores que los subordinarán y acapararán. “Esa es la lógica de la criminalidad”.

 

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