La simpatía hacia un ladrón, incluso si fuera Robin Hood, no lo convierte en un legítimo propietario. Así sucede con la polémica decisión del nuevo gobierno colombiano de reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Que esta anexión de territorio sirio, derivada de las conquistas territoriales de Israel tras la Guerra de los 6 días, en 1967, es contraria al derecho internacional, lo han consignado varias resoluciones de Naciones Unidas. Arrancando por la 497 de 1981, hasta la 79/90 de 2024. Los asentamientos judíos en la zona, que ascienden a unos 30.000 habitantes, también han sido declarados ilegales.
De manera unilateral, sin embargo, Donald Trump decidió reconocer la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. La justificación, consignada en la Proclamación 9852 de 2019, se funda en la seguridad de Israel y, en ese marco, en la necesidad de fortalecer sus capacidades defensivas frente a amenazas de grupos “terroristas”, incluyendo allí, principalmente, a Hezbollah. Los Altos son una meseta, de unos 1800 kilómetros cuadrados, que constituye una barrera natural y, desde un punto de vista militar, representa un punto de observación y tiro privilegiado. En su momento, el Secretario General de Naciones Unidas y representantes de decenas de países, incluyendo allí varios de la Unión Europea, rechazaron la decisión del gobierno de los EEUU. Que un Estado considere un territorio útil para fortalecer su seguridad, no significa que tenga el derecho a poseerlo.
Entretanto, muy al estilo bombástico de Trump, se instauraron algunos monumentos para honrarlo en los Altos del Golán y se decidió nombrar uno de los asentamientos con su nombre. De ese modo, tras un monumento que muestra un águila frente a una menorá, aparecieron las Trump Heights . Aún en las circunstancias más inapropiadas —léase un funeral o una violación del derecho internacional— un fantoche es un fantoche. Los miembros de nuestro combo local de fantoches interrumpieron, por su parte, su participación exhibicionista en alguna cadena de oración, tras el terremoto del 10 de agosto, para dedicarse a copiar, de manera mecánica, la legitimación trumpista de la anexión. La declaración del gobierno Trump de 2019 y la de la cancillería colombiana, de 2026, provienen del mismo molde. Aparte de la expectativa de pompa y homenajes (un doctorado honoris causa para Restrepo, por ejemplo) cuando, en octubre, viaje una delegación del gobierno a Israel ¿Qué nos dice esta postura sobre el rumbo de la política exterior colombiana?
En primer lugar, y en conexión con lo dicho, en muchas ocasiones, por el ahora canciller, Omar Bula, la decisión implica un distanciamiento de las instituciones multilaterales como la ONU de la mano de una crítica culturalista del “globalismo”. Desde la narrativa de las ultraderechas globales, la protección de “Occidente” va de la mano de la defensa de la agenda del sionismo cristiano, confrontado, sobre todo, en un escenario huntingtoniano de conflicto de civilizaciones, a la “amenaza” del islam y, solo en segunda instancia, de China. Un islam que el nuevo presidente, reproduciendo, como todo en él, libretos trillados, asocia con el “fundamentalismo” y con las amenazas a la “civilización occidental” (representadas, muy selectivamente, por la República Islámica de Irán, Hezbollah o Hamas, pero no, digamos, por Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos). Israel, en esta mentalidad de cruzados, sería un enclave occidental en una zona bárbara y pagana. En ese escenario, la idea del choque entre civilizaciones, la securitización de la política exterior, y el desconocimiento de reglas e instituciones que limiten la protección de “Occidente”, van de la mano. El mensaje es claro: no nos atendremos a reglas de organismos multilaterales si esto va en contra de nuestra concepción de la seguridad y de nuestro alineamiento ideológico con la agenda, teñida de militarismo religioso, del sionismo cristiano. La declaración del gobierno colombiano es un gesto mimético de fidelidad a una narrativa identitaria convertida en modelo de política exterior. Estamos ante el gobierno de los mimos.
En segundo lugar, la decisión sobre los Altos del Golán va en la misma línea de la intención de retirar el apoyo de Colombia a la denuncia de genocidio, instaurada por Sudáfrica —contra el Estado de Israel— en la Corte Internacional de Justicia. La protección de los Derechos Humanos, y de las instituciones internacionales ligadas a esta tarea, es vista aquí como una injerencia ilegítima en la soberanía estatal y en el interés de cada Estado en garantizar su subsistencia. El soberanismo se muestra aquí en su faceta más retardataria: la de garantizar un vaciamiento de normatividad supraestatal y posibilitar la impunidad en el uso de la fuerza. Omar Bula sugiere, en esa línea, que la Corte Penal Internacional es parte de la toma progresista de las instituciones internacionales y De la Espriella, con las mismas bases, ha propuesto retirar a Colombia del Sistema Interamericano de Derechos Humanos. El de soberanía es un concepto teológico-político indefectiblemente absolutista: un poder soberano es incompatible con controles y limitaciones.
De esta manera, el mismo tipo de concepción antiuniversalista y militarista que se usa para reconocerle soberanía a Israel sobre los Altos del Golán, también se usa para descalificar el genocidio en Gaza bajo la justificación de que se trata de garantizar la seguridad de un Estado. No casualmente, la declaración de la cancillería colombiana sobre los Altos apela a la mención del 7 de octubre de 2023. El mito de que todas las guerras e incursiones de Israel son un acto de legítima defensa, contra un entorno crónicamente agresor, ha sido usado y reusado para justificar violaciones de Derechos Humanos y para deslegitimar todas las reglas que exigen su respeto. Esto señala que la política exterior colombiana y, también, las políticas de seguridad del nuevo Gobierno, no se atendrán a normativas internacionales sobre respeto de los Derechos Humanos. Avalarán sus violaciones hacia afuera y, por supuesto, hacia adentro. El anuncio, por parte del Secretario de Guerra de los EEUU, Pete Hegseth, de operaciones conjuntas en territorio colombiano, encaja muy bien en este rompecabezas. La perspectiva es chocante, pero diáfana, y, en consecuencia, no debe despertar sorpresas.
La declaración de la cancillería es interesante, por último, no tanto porque contenga grandes novedades sobre la dirección de la política exterior colombiana o porque revele su ideologización —tal como si hubiese alguna política exterior no ideológica—, como por lo que muestra respecto a la lectura de ella por parte de nuestro establecimiento. A raíz de las declaraciones del presidente Petro sobre la desproporcionada reacción israelí al violento ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, y su temprana descripción de esa reacción como un ‘genocidio’, varios excancilleres colombianos publicaron, con suma celeridad, una carta conjunta, en la cual decían lo siguiente: “Los mensajes del presidente y de la Cancillería colombiana se separan de manera radical de la tradición de nuestro país por el respeto al derecho internacional y al multilateralismo”. Aunque sería prudente esperar unos días para conocer más reacciones a la reciente decisión del gobierno actual, dudo mucho que tenga lugar un pronunciamiento similar ante este evento. Obviamente este es un evento de una magnitud diferente, pero también se trata de una ruptura flagrante de la pretensión de defender el “respeto al derecho internacional y al multilateralismo”. Las reacciones de la Liga Árabe, Siria, Egipto y Turquía lo han recordado. En consecuencia, debería esperarse una reacción de rechazo a la decisión. La reacción de los antiguos indignados (Martha Lucía Ramírez, Jaime Bermúdez, Guillermo Fernández de Soto, etc.) nunca aparecerá, sin embargo, pues estamos en el tiempo de los fantoches, los mimos y los hipócritas. Vendrá un prudente silencio de todos, o de la mayoría, de los firmantes. Esto solo revela los sesgos sistemáticos de nuestra política exterior y cómo, mientras se trate de alinearse con los Estados Unidos, nuestra supuesta “tradición” bien puede ser omitida.