El Mundial de las fronteras: cómo los aficionados colombianos intentan llegar al torneo más caro de la historia
La Fiebre Amarilla lleva diez años acompañando a la Selección Colombia por el mundo. En 2026 enfrenta su desafío más grande: un Mundial marcado por precios récord, fronteras difíciles de cruzar y nuevas formas de monetizar la pasión de los aficionados.
Aún es difícil saber cuántos colombianos terminarán viajando al Mundial de 2026. Según la fintech colombiana, Littio, las estimaciones más optimistas hablan de más de 120 mil personas desplazándose entre México, Estados Unidos y Canadá durante las semanas que dure el torneo. Las más conservadoras hablan de unas 80 mil.
Lo que sí es claro es que ninguno de ellos llegará a un Mundial parecido a los anteriores.
Por primera vez en la historia, la Copa del Mundo se juega en tres países distintos. Por primera vez, la FIFA implementó un sistema de precios dinámicos para su boletería. Y por primera vez, buena parte de los aficionados latinoamericanos tendrán que enfrentarse a controles migratorios más estrictos para seguir a sus selecciones.
Aun así, los vuelos siguen llenándose. Según datos de Viajes Falabella, las reservas hacia las ciudades sede crecieron 55 % frente al año anterior. Las búsquedas de vuelos hacia Miami se triplicaron y las dirigidas a Ciudad de México se multiplicaron por siete después del sorteo de grupos.
Detrás de esas cifras hay miles de historias distintas. Algunas comienzan con años de ahorro, otras con rifas, ventas de comida, préstamos crediticios o grupos de amigos que llevan meses organizándose para intentar acompañar a la selección colombiana.
Entre ellas está la de la Fiebre Amarilla, una organización de aficionados que desde hace una década acompaña a la Selección Colombia dentro y fuera del país.
La barra que unió a rivales
Es viernes 12 de junio, el segundo día desde que inició el mundial. El aeropuerto de Bogotá está lleno de camisetas amarillas, pero el grupo de la Fiebre Amarilla es fácil de identificar. A pocos metros de los torniquetes de migración, los integrantes de la organización ocupan un lugar del piso del aeropuerto como si fuera una extensión de una tribuna. Algunos cortan calcomanías, otros revisan itinerarios de vuelo o responden mensajes en grupos de WhatsApp que no dejan de sonar. Sobre el piso se mezclan rollos de cinta, tijeras, banderas, sombreros vueltiaos y maletas a medio cerrar.
Lorena y Santiago, integrantes de la fiebre amarilla, momentos antes de abordar su vuelo a México, en el Aeropuerto El Dorado de Bogotá.
Después de meses organizando rifas, cuadrando presupuestos y persiguiendo entradas, el viaje finalmente comenzó.
En la Fiebre Amarilla conviven hinchas de Millonarios, Nacional, Medellín, Santa Fe, América, Junior, Deportes Tolima, Atlético Huila y otros equipos que normalmente ocupan tribunas opuestas. Algunos crecieron en ciudades donde el fútbol se vive como una disputa permanente por la identidad local. Otros han viajado durante años siguiendo a sus clubes. Sin embargo, desde hace una década encontraron un espacio común alrededor de la selección.
Amaters: Las otras láminas del mundial
Una serie 070 de apuntes, collages, crónicas, memes, videos, audios y más exploraciones sobre el Mundial de Fútbol 2026. Cada día, una nota nueva.
La Fiebre Amarilla nació en enero de 2016. Hoy cuenta con alrededor de 350 integrantes oficiales distribuidos en distintas regiones del país y una estructura organizativa encabezada por trece líderes que representan las ciudades donde tienen presencia. Desde entonces han acompañado a Colombia en partidos de eliminatoria, amistosos y torneos internacionales. Para muchos de ellos, seguir a la Selección dejó hace tiempo de ser una afición ocasional para convertirse en un proyecto colectivo.
“Entendimos que necesitábamos una voz de aliento en el estadio para mitigar el ya aburrido ‘sí se puede’”, recuerda José David, uno de sus líderes, oriundo de Medellín.
La idea era sencilla: construir una identidad propia para la tribuna de la Selección. Algo que no dependiera de los clubes, que tuviera canciones propias y una forma particular de acompañar al equipo a donde sea que vaya. Con el paso de los años, la organización creció hasta convertirse en una de las expresiones más visibles de la afición colombiana.
A diferencia de algunas barras de clubes profesionales, la Fiebre Amarilla no recibe financiación institucional. Los viajes, los instrumentos, las banderas, los bombos y la logística salen del bolsillo de sus integrantes y de las actividades que realizan para obtener fondos.
Durante meses organizan rifas, hacen asados, venden camisetas y artículos alusivos a la Selección. Recaudan dinero entre amigos y familiares. Algunos ahorran durante años para poder asistir a una sola competencia internacional.
Juan Camilo, líder de la instrumental en Bogotá, recuerda que el acercamiento comenzó de una manera inesperada. “Días antes de hacer el contacto vimos que su esposa Claudia Elena nos había empezado a seguir”, cuenta. “Entonces llegamos a sospechar que tenían algún plan o alguna cosa que hacer con nosotros”.
Juan Camilo, líder instrumental de la Fiebre Amarilla en Bogotá.
Poco después comenzaron a trabajar juntos y las canciones se convirtieron en una de las marcas distintivas de la barra. “Yo personalmente escribí las letras (de la reinterpretación) para darles ese toque canchero”, dice Juan Camilo.
El reconocimiento les ayudó a ganar visibilidad, pero para entonces ya tenían resuelto el principal problema que enfrentan la mayoría de personas que quieren seguir a Colombia en el Mundial: el dinero. Porque si en Brasil 2014 o incluso en Rusia 2018 el mayor desafío para muchos aficionados también era reunir recursos suficientes para viajar, en 2026 el problema parece haberse multiplicado —o triplicado, para ser exactos—.
Boletería, precios inflados y tarifa dinámica
Para quienes integran la Fiebre Amarilla, conseguir una entrada para el Mundial se ha convertido en una conversación casi tan importante como el fútbol mismo. Durante meses, los grupos de WhatsApp de la organización se llenaron de capturas de pantalla, enlaces, tutoriales, advertencias y preguntas. ¿Cuándo sale la siguiente fase de venta? ¿Qué partidos siguen disponibles? ¿Vale la pena esperar? ¿Alguien logró comprar?
Y una pregunta nueva: ¿Por qué cambió el precio?
A diferencia de otros mundiales, donde los aficionados podían tener una idea clara de cuánto costaría una entrada, en esta edición los aficionados están navegando por un sistema desconocido que cambia constantemente.
Juan David, integrante de la Fiebre Amarilla en Medellín e hincha del Deportivo Independiente Medellín, logró conseguir una boleta para uno de los partidos más atractivos —y probablemente el más caro— de la fase de grupos: Colombia contra Portugal, en Miami. Lo hizo durante una de las primeras etapas de venta organizadas por la FIFA. Pagó cerca de 150 dólares por una entrada que hoy considera razonable para un evento de esa magnitud.
Tuvo suerte. Meses después, esos mismos asientos comenzaron a aparecer en plataformas de reventa por precios que oscilan entre los 1.500 y los 3.000 dólares.
“Si me tocara comprar una entrada de mil quinientos, dos mil o tres mil dólares, no lo haría. No estoy dispuesto a hacer parte de ese negocio sucio que tienen la FIFA y Estados Unidos en este momento”, dice.
La sensación de desconcierto se repite entre muchos aficionados. No solamente por los valores finales, sino por la forma en la que estos cambian. Juan Felipe, uno de los voceros de la Fiebre Amarilla, ha visto durante los últimos meses cómo varios integrantes del grupo atraviesan la misma situación.
Lograron conseguir el derecho a comprar una entrada a determinado precio, luego, cuando la FIFA les permitió comprarla, el precio aumentó de manera drástica y tuvieron que decidir si comprar la entrada a ese precio o si no, se ofrecería a alguien más —que sí pueda/quiera pagar—.
“Ha sido un tema muy enredado porque no ha habido claridad desde el principio. La vaina es ver a los pelados cuando van a comprar su boleta y ya están a punto de pagarla y pum, se les sube el precio”, cuenta.
Detrás de esa experiencia hay una decisión que la FIFA adoptó para este Mundial y que ha generado controversia entre aficionados de distintos países: la implementación de sistemas de tarifa dinámica.
La lógica es relativamente simple. Cuando aumenta la demanda por una entrada, el precio también aumenta. Cuando disminuye, el precio puede bajar.
Es un mecanismo que desde hace años utilizan aerolíneas, hoteles y plataformas de entretenimiento para maximizar ingresos. También se volvió común en conciertos de artistas como Taylor Swift, Bad Bunny. Pero para muchos aficionados resulta extraño encontrarlo en una Copa del Mundo, un evento que históricamente se presentó como una celebración popular del fútbol.
La FIFA justifica la implementación de las tarifas dinámicas argumentando que es el modelo estándar en el mercado del entretenimiento norteamericano y la ley natural de la oferta y la demanda. Infantino, el presidente de la FIFA, ha dicho que no se pueden vender entradas a un precio fijo y accesible para todos ante una demanda histórica, defendiendo que estos ingresos adicionales se reinvierten en el desarrollo del fútbol global
Nicolás Samper cree que el problema va más allá de la tecnología utilizada para vender entradas. Para él, la discusión tiene que ver con una transformación más profunda en la forma en la que se entienden los grandes eventos deportivos.
“La FIFA nunca va a fracasar”, dice. “Cuando organiza algo en un país, en este caso en tres, está libre de impuestos. Entonces, ¿quiénes fracasan? Los comerciantes, los aficionados, los jugadores. Pero la FIFA nunca”.
Samper es periodista, hincha de Millonarios y mundialista por vocación. Ha visto suficientes mundiales para recordar un torneo sin tarifas dinámicas, sin tres países anfitriones y sin aficionados obligados a calcular probabilidades migratorias antes de comprar una boleta.
Para este mundial, se amplió el número de selecciones participantes, por lo tanto ha aumentado la cantidad de partidos y ha multiplicado las oportunidades comerciales alrededor del torneo. El mundial de 2026 será el primero con 48 equipos, dieciséis más que antes. Eso significa 104 partidos, cuando antes eran 64.
Para Samper, todas esas decisiones responden a una misma lógica: aumentar ingresos. “Son como las ballenas del Seaquarium, que nunca se sacian con nada. Que les botan pedacitos de pescado y ellas siguen comiendo y comiendo y comiendo y comiendo. Son así. Me parece un mundial en donde no puede haber un peor anfitrión que Estados Unidos, no puede haber uno más patán que Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza como el rey de los patanes”.
Los precios (en dólares) de las entradas más baratas a lo largo de los mundiales, la primera gráfica se refiere a fase de grupos y la segunda a la final del torneo. Fuente: The EconomistLa gráfica muestra las ganancias de la FIFA por periodo de año y por rubro de ingreso. Desde el 2023, los ingresos por entradas a los partidos han aumentado significativamente. Fuente: The Economist
Los aficionados parecen haber llegado a una conclusión similar. Por eso, entre muchos integrantes de la Fiebre Amarilla ha comenzado a circular una estrategia que, aunque no es nueva, para este mundial abunda: viajar sin boleta.
La apuesta consiste en estar ya en México o en Estados Unidos cuando eso ocurra. Confiar en que aparezcan entradas liberadas por la FIFA, que disminuya la demanda o que algún revendedor decida vender por debajo de los precios actuales.
Porque incluso quienes lograron conseguir una entrada para alguno de los partidos de Colombia saben que el verdadero desafío no termina allí. En este mundial, conseguir una boleta es apenas el primer filtro. Después vienen los desplazamientos entre ciudades/países, y, para buena parte de los aficionados colombianos, una barrera aún más difícil de superar que cualquier precio dinámico: la visa estadounidense.
Movilización transfronteriza, visas negadas y el partido más caro del mundial
Si conseguir una entrada se ha convertido en una carrera de obstáculos, para muchos aficionados ese no es el único problema. Una boleta se puede comprar, pero una visa no.
El Mundial de 2026 será el primero organizado de manera conjunta por tres países. Sobre el papel, la idea parecía atractiva: más ciudades, más estadios, más posibilidades de recibir aficionados. En la práctica, para miles de personas significa enfrentarse a tres sistemas migratorios distintos y, en el caso de quienes quieran seguir a Colombia durante toda la fase de grupos, a una frontera que hoy es difícil de cruzar.
Colombia disputará sus dos primeros partidos en México. El debut será en el Estadio Azteca, en Ciudad de México. Días después jugará en Guadalajara. Pero el tercer encuentro, frente a Portugal, será en Miami.
Lorena Gómez conoce bien esa situación. Representa a la Fiebre Amarilla en Neiva, Huila, y acompaña al grupo desde sus primeros años. Mientras conversa conmigo, sigue sentada en el piso del aeropuerto cortando las calcomanías que repartirán durante el viaje.
Es hincha del Atlético Huila. O, mejor dicho, de lo que fue Atlético Huila, un club que dejó de existir en el 2025. “Ahorita ya no estamos, pero pues como dicen por ahí, todavía respiramos”.
Lorena Gómez, representa a la Fiebre Amarilla en Neiva, Huila.
La única expectativa que tiene de este viaje, dice, es traer la copa. Pero la realidad que se le para enfrente es más compleja.
“Es muy difícil que la economía le permita a uno llegar a las tres sedes. Y con el tema de Estados Unidos es más complicado todavía por las visas”, explica.
De las aproximadamente 130 personas de la Fiebre Amarilla que viajarán al Mundial, apenas unas 20 cuentan actualmente con una visa que les permitiría asistir al partido frente a Portugal.
El resto sigue esperando respuestas, intentando conseguir citas o lidiando con solicitudes rechazadas. “A la gran mayoría nos negaron la visa”, dice José David.
El problema no es nuevo. Durante años, Estados Unidos ha mantenido requisitos migratorios estrictos para los ciudadanos colombianos. Sin embargo, José David considera que la situación se ha vuelto aún más compleja en los últimos meses, en un contexto marcado por el endurecimiento de las políticas migratorias y por un discurso público cada vez más hostil hacia personas migrantes de parte de Donald Trump.
Para José David, el asunto termina afectando directamente la esencia misma del torneo.
“Que se haga un Mundial en países donde hay que solicitar visa, y más aún que sea tan complicado que la aprueben, merma mucho la posibilidad de que las hinchadas de verdad asistan”, dice.
Aunque logró conseguir una entrada para el partido de Colombia contra Portugal, todavía no tiene la certeza de poder entrar a Estados Unidos. Su solicitud permanece en un proceso administrativo que podría resolverse antes del partido o, simplemente, terminar en una negativa.
“Si no logro ir al partido en Estados Unidos, le voy a vender la boleta, al precio real, a uno de mis compañeros que sí tenga visa”, dice.
El modelo de negocio perfecto
Nicolás Samper recuerda a un grupo de argentinos que conoció durante el mundial de Qatar en 2022. Llevaban varias semanas recorriendo el torneo, habían gastado decenas de miles de dólares y planeaban seguir haciéndolo si su selección avanzaba. Cuando les preguntó cómo pensaban pagar todo eso después, la respuesta fue “ya lo veremos después”.
“La FIFA nunca pierde porque trabaja con una materia prima muy especial: la pasión de la gente”, dice Samper. “Hay personas dispuestas a reorganizar años enteros de su vida por ir a un Mundial”.
Esa pasión de la que habla Samper es fácil de encontrar entre los integrantes de la Fiebre Amarilla, pero mezclada con un poco de incertidumbre. Algunos siguen esperando una respuesta sobre sus visas. Otros no tienen claro si conseguirán entradas para todos los partidos.
“Que sea difícil no significa que no vayamos a estar”, dice José David.
Lorena y Santiago cargando una lona con la imagen de Mincho, ex integrante de la Fiebre Amarilla, quien planeaba poder hacer el viaje con el grupo, pero murió hace unos días por causas naturales.
El Mundial de 2026 será recordado por ser el primero con 48 selecciones, por jugarse en tres países distintos y por introducir nuevas formas de vender el fútbol como espectáculo global. Pero para miles de aficionados colombianos también será el Mundial de las visas, de las tarifas dinámicas y de las fronteras. Uno en el que clasificar al torneo resultará casi tan difícil como llegar al estadio.