Brujas, minería y transnacionales: la precursora del gótico andino en Colombia

Una lectura de La bruja de las minas, de Gregorio Sánchez Gómez, como literatura de terror y, quizá, como precursora del gótico andino.

por

Andrés Arroyave

periodista


06.03.2026

Portada: Isabella Londoño

En Marmato, Caldas, los blancos locales tienen la propiedad de la tierra hasta antes de la llegada de los extranjeros. Pero un día aparece un militar, apodado “Mandíbulas”, en compañía de un pelotón. El general obliga a los propietarios a vender sus minas a una transnacional inglesa. Un hombre llamado Florencio Botero se opone y por ello es asesinado frente a su esposa, Cecilia, y a su hija, Donatila. Después de los tres primeros capítulos hay un salto temporal, de diez años o más. Han transcurrido varios años, prefiere el narrador. Con la transnacional llega el ruido y se da a entender que Marmato cambió y que la constante es el rugir de la maquinaria. 

Gregorio Sánchez Gómez, nacido en Istmina, en el Chocó en 1895, se asentó en Cali y allí escribió gran parte de su obra. La bruja de las minas es una de sus ocho novelas y fue escrita en 1938, pero publicada en 1947, cinco años después de la muerte del autor y nueve después de haber sido terminada. No se tiene muy en claro qué fue lo que llevó a Sánchez Gómez, abogado, hasta Marmato. Pero su estadía allí le permitió observar las condiciones de vida de los mineros del lugar, la mayoría negros venidos de las costas, de los locales y de los gringos que ejercían el poder bajo la estructura de la transnacional que se impone para hacerse con los recursos del pueblo. 

Las reseñas o textos del tipo que se encuentran sobre La bruja de las minas prefieren abordar la novela como un relato sociológico o un relato del realismo social, en el que se reconstruyen los modos de vida de un pueblo minero en las montañas, a la vez que da cuentra de las relaciones de poder que se entretejen entre negros, gringos (ingleses incluidos) y mestizos locales. Sin embargo, hay otra lectura que me interesa y es leer La bruja de las minas bajo los códigos de la literatura de terror, quizá leerla como precursora del gótico andino. 

Aspacia, la bruja proto guerrillera 

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Después del despojo, llamada “concesión” por los ingleses, y de la pérdida de su familia y su hogar, Cecilia se convierte en Aspacia, la bruja, y se recluye en la montaña, en un rancho lúgubre y oscuro. La madre y esposa que devino en bruja, la Cecilia que se convirtió en Aspasia, es una de las consecuencias del pacto entre autoridades locales y extranjeras. Aspacia, entonces, se hace amiga de los mineros y juntos comparten y ejercen un tipo diferente de religiosidad y resistencia. Mágica, podría decirse, pero ese es un adjetivo fácil para denostar, y que se usa desde la esfera de los extranjeros blancos y sus subordinados mestizos colombianos. Se habla de los tonos de piel porque el relato se erige sobre estas tensiones. La bruja de las minas, como La vorágine, es una novela escrita antes del Bogotazo, y aun así anuncia uno de los efectos que traerá la muerte de Gaitán y el atrincheramiento armado de las víctimas del Estado en el monte. Aspacia es una proto-guerrillera y no debería ser un hecho menor que sea mujer y que sea la bruja del pueblo; tampoco que un escritor negro sea quien le dé un rol protagonista. En su guarida en la montaña, Aspacia se convierte en la curandera de los mineros, que la prefieren a ella antes que al médico del pueblo. Mientras tanto, conspira contra los invasores y contra su fuerza de caza, a quienes llama constantemente perros gendarmes. En un país de guerrillas, Aspacia es un antecedente poco explorado. 

Desde su primera aparición, la bruja expresa su odio por los hombres que detentan el poder en Marmato. Gregorio Sánchez Gómez ha escrito uno de los primeros relatos sobre el despojo de tierras en Colombia. Otra de las lecturas que me interesan de Aspasia es la de revolucionaria en potencia. Respetada por los negros y los mineros mestizos, en síntesis, por los pobres, y odiada y temida por los blancos. En este sentido, Aspasia deviene bruja por crudo realismo. No se hace bruja porque vendió su alma al Diablo o por alguna otra razón sobrenatural, eso por lo menos no se cuenta en el relato. Sin embargo, en los recursos de estilo que Sánchez Gómez usa para describirla en su andar y en su entorno, quizá se halle la clave del terror de su figura.  

Es una sombra, mejor dicho, mancha oscura, liviana y ágil, que se mueve por entre la enorme grieta, abierta cual cuchillada atroz en la piel rugosa del cerro

Aspasia no llega a ser heroína porque suele estar escondida y porque sus acciones no llevan a un levantamiento; el estado de cosas no cambia con su odio justificado. Es más bien una agitadora. Por otra parte, el lenguaje con el que es descrita le da a su figura un efecto no realista. 

¿Qué edad puede tener tan extraña criatura? Cuarenta, sesenta, cien años; acaso dos siglos. Ni sus facciones ni su cuerpo ofrecen indicio cierto de ello. Es mujer sin edad, en quien parece haberse estacionado el tiempo, o hallarse dormido; en quien solo hay presente y no pasado ni porvenir. Viste negros andrajos, y los cabellos canosos le caen sobre las espaldas, sucios y revueltos. El rostro arrugado se agrava por la expresión austera, impasible; toda su vida está en la movilidad de los ojos, hundidos entre las cuencas, fulgurantes como ascuas, agudos como puñales. 

Currulao y realismo dislocado 

Marmato, situado en la cordillera occidental colombiana, tan cerca de Riosucio y de su carnaval del Diablo, es un pueblo en el que los mineros habitan, en un ámbito privado y nocturno, espacios poco sometidos a las reglas de los blancos. En La bruja de las minas ocurre una inversión y la bruja es resguardo rebelde frente al otro-extraño. La literatura de terror y el gótico tienen como uno de sus principios de base la relación de un grupo con la irrupción de un otro extraño: extranjero, migrante, fuera del nosotros. Todo aquello que pareciera estar por fuera del hogar cristiano y blanco. Este agente externo y monstruoso suele irrumpir en la normalidad casta para trastocar el orden burgués. En la novela  de Sánchez Gómez el agente externo está representado en el colonialismo extranjero, que se alía con los poderes locales. De día la  vida en el pueblo transcurre entre el ruido de las máquinas y el ajetreo típico de un pueblo en las montañas. De noche, sin embargo, la cosa es diferente. Los mineros viven sin pudor su religiosidad. El cuerpo y el baile liberan otro tipo de humores de herencia africana, narrados a través de un ritual ambientado por el currulao. 

Avanzan y entran en el rancho. La puerta exterior se ha abierto y se ha cerrado tras de ellos. En un gran aposento de paredes de palma, adornado con símbolos primitivos, se congrega la obscura grey, excitada y ruidosa. Sobre baja tarima, en el ángulo menos iluminado, hay un macho cabrío en cuyos cuernos retorcidos se enredan cintas rojas y flores. Embiles de brea, chisporroteantes, alumbran con luz rojiza y amarillenta el colmado recinto. Pero se ve también un braserillo, hacia la derecha.

Las emanaciones caprinas se imponen, atosigantes. Sin quererlo, se piensa en axilas, en sexos, en transpiraciones, en fiebres

Si bien se habla de La bruja de las minas como de una novela realista, el tratamiento literario que Sánchez Gómez hace en ciertos momentos y parajes, acercan el relato hacia atmósferas oscuras en las que el realismo social se encuentra con una impresión gótica. Impresión que no pasa por un punto de vista sesgado y típico de las literaturas de terror del entonces, en las que lo blanco es racional y lo negro barbarie y obra del Diablo. Aunque en esa misma escena del currulao se sacrifica a un macho cabrío, por ejemplo, la lectura no debería ser la de un ritual satánico. El narrador nunca se para desde lugares altivos de razón o moral, se dedica a contar ese otro mundo que transcurre entre los socavones, los tambores y las casas de paja de los mineros. El Taita Cornudo, Berlina, pesuña, el chivo, la chiva, chivito, chivó. Esa dislocación del realismo en la prosa también se ve en el final de la novela. 

En el entretiempo, Aspacia ha secuestrado a una niña de nombre Mary, hija de uno de los ingenieros gringos de la minera. La niña le recuerda a la hija que le arrebataron. Allí, allí…Cosa fea…fea, dice Mary a Felisa, la mulata que la cuida y quien la termina entregando a Aspacia como intercambio por sus favores mágicos para matar a la amante del hombre de quien está enamorada. Mientras lleva a la niña a su guarida, Aspacia le señala las luces que se ven abajo y al fondo, mientras le dice que allá, en lo eléctrico viven los hombres malos que son como alacranes. Aspacia recupera a su hija en cuerpo ajeno y son los mineros quienes le llevan las noticias del caserío. Pero todo acaba en una noche en la que un grupo de hombres liderados por el alcalde llega hasta su morada. Aquí otra reminiscencia gótica, esa en la que una turba enardecida persigue al monstruo, a la otredad extraña, a las afueras del pueblo. Aspacia se defiende con una barrera de maleza y chamizos encendidos, se atrinchera en su rancho. “Entretanto –escribe y disloca Gregorio Gómez– la vieja sonríe siniestra, burlona”. Los gendarmes matarán a su perro y recuperarán a la niña.

Aspasia apenas tiene tiempo para enderezarse, colérica. De un salto fantástico, viendo que se aproximan a ella, se repliega hacia el cinturón ardiente de fuego. Los hombres avanzan, resueltos […] Lo que consiguen sacar de allí no es más que masa palpitante, nazarena de quemaduras horribles, pero que se mueve aún con largos espasmos; que farfulla todavía maldiciones por un hueco negro y crispado que se contrajo en horrenda mueca. Bajo las cejas chamuscadas, en las cuencas hundidas, tiemblan ahora dos lagrimones turbios.

El autor, sin embargo, parece abrir la posibilidad a lo especulativo en la escena anterior. Todo depende de cuánto creamos en la cualidad fantástica del salto de Aspacia que, siendo una mujer vieja, necesitaría cierto impulso sobrenatural para saltar hacia el fuego. En el pueblo, el anuncio de la llegada del cuerpo chamuscado de la bruja se vive como una tragedia colectiva entre los mineros, que cubren su ataúd con esas mismas velas con las que alumbran los socavones. 

La montaña, el gótico andino

Quizá sea el libro de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, Las Voladoras (2020), publicado por la editorial Páginas de espuma, el que propone un libro como declaración de intenciones en torno al gótico andino. Sin temor a la categoría y valiéndose de la misma, Ojeda escribió un conjunto de relatos en que el paisaje y la atmósfera de los Andes ecuatorianos, permean una serie de relaciones violentas (por lo general de hombres hacia mujeres) que se tejen con otras propias de las creencias populares del territorio. En el año de publicación de su libro, la autora dijo por ejemplo lo siguiente: “quiero incidir en el asunto del paisaje porque, como dijo Lovecraft, el horror es la atmósfera; y en los cuentos de ‘Las voladoras’ las montañas, los volcanes y los cóndores lo significan todo: de ellos emerge lo atávico, lo visceral, lo que inquieta por antiguo y perverso”. En Colombia, las montañas han sido cargadas simbólicamente como lugares donde habita lo otro extraño y peligroso; de allí las peleas de los relatos de los viejos con el Diablo, o los pájaros que son brujas, incluso con el tratamiento espectral que se le ha dado a los grupos armados, al eco de su mensaje “desde algún lugar en las montañas de Colombia”. 

La cita que Ojeda hace de Lovecraft lleva a pensar en aquello que Ricardo Piglia decía cuando afirmaba que la selva era lo verdaderamente antiguo del Nuevo Mundo, su posibilidad para la literatura de terror: “En Europa la novela gótica es contemporánea de la ascensión de la burguesía y sus personajes huyen de los símbolos del orden feudal perfectamente resumidos en la imagen del castillo en ruinas. Ahora bien, ese esquema en América no puede ser traspuesto del mismo modo pues allí evidentemente no hay castillo en ruinas”

Otro caso en la literatura colombiana que puede traerse a colación es el de Peregrino transparente, novela de Juan Cárdenas publicada en 2023. El final climático de la primera parte del libro podría discutirse como un guiño bizco del autor hacia el gótico en un relato que, a rajatabla, un purista no enmarcaría en el género. La ficción de Cárdenas se sitúa hacia mitad del siglo XIX, en la Nueva Granada (hoy Colombia) y sigue el viaje que emprende un acuarelista inglés, llamado Henry Price, a quien se le ha encargado registrar los paisajes del naciente país, en una misión corográfica, para atraer, entre otras cosas, la inversión extranjera al territorio. Price, que además trabaja en una traducción al castellano de los poemas del poeta lakista inglés, William Wordsworth, se mueve hacia el sur-occidente granadino buscando a un pintor indígena que le ha generado una rara conmoción. En su viaje, arriba a una casona en la ciudad de Popayán. Allí, durante una noche que tiene las características de los relatos góticos, se encuentra con una mujer adinerada conocida como la viuda. Con la aparición de la mujer, el relato disloca su realismo y se acerca al gótico:

Price y la viuda se acercan:

¡GORGONA! grita de nuevo la viuda. 

El acuarelista ve salir una criatura que asciende desde las profundidades del mueble.

Pero ¿qué es eso? ¿Un animal? ¿Un demonio?

Parece una araña de cuatro patas, pero tiene una cabeza que bien podría ser humana. Un rostro deforme, como de polluelo recién salido del cascarón, donde alumbraban unos ojos de muñeca o de ángel. Unos mechones de pelo hirsuto le cubren parcialmente la cabeza calva. 

Price grita. La voz le sale muy tenue. Apenas como un gruñido de gatito.

La criatura se desplaza en cuatro patas, con las extremidades flexionadas de una manera imposible. La viuda vuelve a romper su silencio: hola, mamita, dice. Hola, mi mamita adorada.

Podemos extender la selva de Piglia hacia otros territorios con cargas simbólicas similares. Leerla como concepto y no en su literalidad. No por nada, en América también se habla de gótico tropical, gótico rioplatense o gótico sureño. La cordillera andina occidental colombiana, en donde está ubicado Marmato, por ejemplo, es la misma que transitó Fernando González para escribir Viaje a pie y que nombraba como el lugar donde vivía el Diablo. Misma cordillera que atraviesa Cali y un cerro donde se supone que tres cruces evitan la salida de un demonio llamado Buziraco, o donde ocurren los horrores de montaña en Carne de tu carne de Carlos Mayolo, la misma sobre la que se erige Popayán. 

Si bien el mote de gótico andino puede resultar sospechoso para aquellos que vean en este tipo de titulaciones el argumento para establecer nuevos mercados o falsas discusiones formales, este no debería observarse solamente como una moda editorial. Las discusiones, los textos y las ficciones sobre los distintos góticos del continente no son nada nuevo y pueden rastrearse hasta el siglo pasado. 

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