“Hoy hay muy pocas cosas que el dinero no puede comprar”

El último libro de Michael Sandel, filósofo y profesor de la universidad de Harvard, explora la terrible idea de que el mundo en el que vivimos está en venta. Especial Hay Festival.

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Alejandro Gómez Dugand

01.02.2014

Imagine un mundo en el que a un niño se le paga por lograr buenas notas en el colegio o por leer un libro. Trate de imaginar una sociedad en la que, cual si se apostara en una carrera de caballos, una persona hace el riesgoso negocio de pagarle su seguro de vida a alguien mayor a cambio de, cuando muera, recibir el dinero de la póliza con la esperanza de que la inversión hecha sea menor que el premio recibido. Trate de visualizar un mundo en el que se puede comprar el derecho a cazar un rinoceronte en Sudáfrica, o en el que una mujer arrienda su vientre en India a una pareja que no puede tener hijos. Ese panorama es el que dibuja el americano Michael Sandel –filósofo y profesor de la Universidad de Harvard– en su libro Lo que el dinero no puede comprar (Debate, 2013). Pero no se equivoque, no se trata de una novela distópica tipo 1984; el libro de Sandel es un ensayo crítico sobre la situación actual de las sociedades en relación con el mercado. Escrito justo después del desplome económico que sufrió Estados Unidos en el 2008, el libro de Sandel propone dejar atrás la mentalidad triunfalista del mercado como única solución económica a los problemas sociales y propone algo que, seguro, angustiará a más de un economista: analizar los límites morales del mercado en nuestras sociedades.

Hoy parece que todo en el mundo tuviera un precio. ¿El mercado se le salió de las manos a la sociedad? 
Los mercados pueden ser tremendamente benéficos, pero tienen una tendencia a desbordarse. Hoy hay muy pocas cosas que el dinero no puede comprar. Un pensamiento guiado por el dinero y el mercado está gobernando nuestras vidas. Hemos vivido en las garras de de un triunfalismo de mercado, una fe en que los mercados son el instrumento primordial para lograr el bien público. Eso es un error. Los mercados no pueden, en sí solos, definir lo justo o lo bueno para una sociedad. Ese es nuestro trabajo como ciudadanos de una democracia; pero ese es un trabajo que no hemos hecho de manera efectiva. Necesitamos tener un debate público sobre cuándo los mercados están sirviendo al bien público y cuándo no.

Usted ha dicho que la economía de mercado es herramienta efectiva para una sociedad, pero que el problema es que nos hemos convertido en sociedades de mercado. ¿Cuál es la diferencia?
En las últimas décadas hemos dado dejado las economías de mercado y nos hemos convertido en sociedades de mercado. La diferencia es: la economía de mercado es una herramienta valiosa y efectiva para organizar las actividades productivas. Las economías de mercado han provocado crecimiento a los países alrededor del mundo. Pero una sociedad de mercado es un escenario en el que todo está a la venta. Es una forma de vida en la que los valores de mercado dominan casi todos los aspectos de la vida: la familia y las relaciones personales; la salud y la educación; la política y la vida cívica. Esto es problemático, ponerle un precio a lo que es bueno en la vida puede corroer el tejido moral y social. Además, exacerba las consecuencias de la desigualdad. Entre más cosas pueda comprar el dinero, la afluencia económica, o la falta de ella, será más importante.

La desigualdad es un asunto importante en Colombia. Un estudio de la ONU-Habitat ha dicho que Colombia es el tercer país con más desigual de Latinoamérica. ¿Qué podemos hacer como ciudadanos para subvertir esta realidad, especialmente en un año como este en el que nos enfrentamos a una elecciones presidenciales?
El crecimiento de la brecha entre ricos y pobres es uno de los retos morales y cívicos más grandes de nuestros tiempos. Las últimas décadas trajeron crecimiento económico pero también desigualdades muy profundas. Por un lado, es injusto con quienes se encuentran en el fondo de la distribución económica que no han podido participar del crecimiento económico. Además, esto corroe la cohesión social y el sentido de comunidad que exige una democracia.

¿Es esta una discusión moral o económica?
La desigualdad es una discusión tanto moral como económica. En un año de elecciones es importante debatir las maneras de enfrentar el crecimiento de la desigualdad. Una manera de hacerlo es, por ejemplo, fortalecer los bienes y servicios públicos para que todos, sin importar su posición económica, puedan acceder a necesidades básicas como una nutrición decente, salud, educación, transporte público y vivienda. Estas medidas ayudarían a la economía pues permiten que todos puedan contribuir de manera productiva a la sociedad. Son además expresiones de la obligación mutua entre ciudadanos y fortalecen la solidaridad social.

En el 2011 Colombia y Estados Unidos firmaron un Tratado de Libre Comercio entre ambas naciones. Quienes se oponen a la firma del TLC afirman, entre otras cosas, que pone en riesgo la producción cultural. Dicen, por ejemplo, que la llegada de las series enlatadas de TV podrían terminar por reemplazar la producción de contenidos propios. También se ha dicho que la importación de alimentos producidos en masa pueden terminar eliminando a los productos típicos. ¿Pueden este tipo de tratados afectar la identidad de un país?La creatividad cultural –expresada en el cine, el arte, la música las revistas, los diarios– no son una mera mercancía; son maneras de expresar nuestra identidad colectiva. Los tratados de libre comercio deberían prever medidas razonables para proteger las identidades culturales para evitar que la monocultura global, guiada por la mentalidad de mercado, terminen por marginalizar las expresiones culturales locales. Pero al mismo tiempo es importante fomentar el tránsito de ideas culturales a través de la barreras nacionales, no en nombre del comercio sino en aras de un mutuo aprendizaje e intercambio de creatividad.

*Este texto fue publicado originalmente en Hay Para Contar. Alejandro Gómez Dugand es editor de esta revista.

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