Un disidente en una Cumbre de derecha

El pasado 5 de abril más de 200 personas asistieron a la Cumbre Trasatlántica de Valores, una reunión para fortalecer la familia y el matrimonio ante lo que ellos llaman el “recrudecimiento” de la ideología de género, el antinatalismo y el populismo. Esta es la comedia de errores de un joven reportero que fue testigo de este evento organizado por derecha colombiana.

Andrés Camilo Torres

Estudiante de literatura y miembro del semillero de Cerosetenta

21.04.2019

Aunque es pequeño es lo primero que sobresale. Es un Divino Niño diminuto,  de espaldas al mural de Alejandro Obregón —de cinco por nueve metros— que ocupa toda la pared del fondo del salón elíptico: el más grande del Congreso de Colombia. Está ahí como si el mural fuera una ventana, como si estuviera en el alféizar. Está ahí puesto, al final, para la ocasión.

El maestro Obregón nunca explicó el significado de esta obra donde cóndores vuelan en dirección contraria a barracudas. Pero el poeta Juan Gustavo Cobo, su amigo, tuvo una teoría: “Su idea era mostrar cómo a pesar de ser tan diferentes y de tener tantas opiniones distintas, al fin y al cabo todos somos colombianos y debemos aprender a convivir en la diferencia”. La presencia del Divino Niño es el primer indicio de que eso no va a ocurrir hoy. Es el invitado número 201 de la Tercera Cumbre Transatlántica de Valores cuyos anfitriones en Colombia son congresistas de derecha, encabezados por el uribismo. Se oponen al aborto, a los derechos de las minorías sexuales y, se encuentran, en cambio, en ideas bastante estrechas sobre cómo debe ser la familia y cómo se debe comportar un buen ser humano.  Todos están aquí, hoy, para estar de acuerdo.

Están de acuerdo con que los padres tienen autonomía para educar a sus hijos. En que hay una crisis de valores que pervive en el mundo hace más de treinta años. En que el liberalismo exacerbado reemplazó al comunismo de la izquierda suramericana. Están de acuerdo con las fronteras, con la idea de patria. Con no permitir que las instancias internacionales les digan cómo legislar y qué aceptar. Están de acuerdo con que el pasado fue mejor. En que entonces nadie se suicidaba, nadie abortaba, nadie tenía sexo antes del matrimonio, nadie se “homosexualizaba”. Están de acuerdo con que la familia es núcleo de la sociedad. Una sola familia, la de un hombre y una mujer. Las otras, concuerdan, no son familias.

Si acaso son “familias incompletas”.

Y ellos están de acuerdo con que tienen que ayudar a las “familias incompletas”. A las mujeres que quieren abortar, a los padres solteros, a los jóvenes que no quieren tener hijos, a los adolescentes gays, a las lesbianas, a los bisexuales, a los transexuales, a los intersexuales. Hay que ayudarlos a salir de su homosexualismo. Su tendencia sexual, todos tan de acuerdo, se puede curar con amor.

Valores, les dicen, y repiten, hay que rescatarlos.

Quizá porque fueron las mismas ideas que enarboló el No para ganar en el Plebiscito, fue que los organizadores eligieron a Colombia, entre toda América Latina, para llevar a cabo esta tercera Cumbre que ya se había hecho en Nueva York y en Bruselas. Quizá por eso es que la mayoría de los anfitriones –y moderadores– son el Centro Democrático. Quizá porque este es un año electoral, el expresidente Álvaro Uribe estuvo en Cota, Cundinamarca, con precandidatos en lugar de estar aquí, en el Congreso, a pesar de que aparecía como ponente en la agenda. Quizá porque acababa de soltar la desatinada frase que exalta a Pablo Escobar, el ex ministro de Educación de Brasil, Ricardo Vélez, también canceló su presencia.

En todo caso, el evento no arranca y yo ya me siento un estorbo.

Cuando llegué al primer filtro de seguridad, en la carrera sexta con calle novena, los policías no me vieron en la lista, pero me dejaron pasar cuando les dije que soy de prensa. En el segundo filtro, en la carrera séptima –una calle hacia abajo– no puedo continuar:  

—Discúlpame, pero si no te tengo en la lista, no te puedo dejar entrar—dice sonriendo, como disculpándose por su displicencia.  

Es una de las jóvenes que organiza el evento. Pertenece a un equipo numeroso de hombres y mujeres que aparentan menos de veinticinco años. Ellos llevan una corbata azul celeste, ellas un pañuelo del mismo color amarrado al cuello. Con lista en mano, desplazan a los policías de su puesto de mando habitual. Les indican quién puede entrar para que lo requisen. Uno de los primeros consejos que me dieron para mi primer día de reportero fue sonreír. También es necesaria la paciencia de alguien que sabe que no lo necesitan ahí y a quien por lo tanto, le están haciendo un favor. No soy ponente, tampoco parlamentario, mucho menos ex ministro.

Soy ‘periodista’, primíparo y sospechoso. “Los medios son una cosa muy bonita pero solo cuando son objetivos”, dirá más tarde uno de los organizadores.  

Después de un rato me dejan entrar. Un joven me escolta hasta el salón. Delante de mí está la comitiva de algunos representantes de gobiernos de Europa del este. Entre ellos, Katalin Novák, la ministra de familia, la juventud y los asuntos exteriores de Hungría. Sonríe todo el tiempo. Lleva un sastre color crema que contrasta con el negro que viste el resto de los invitados —hombres y mujeres—. Para eso, al parecer, también se pusieron de acuerdo. Novák viene de Verona. Acaba de presidir, junto a Matteo Salvini, ministro de interior y vicepresidente de Italia, el Congreso Mundial de las Familias, una cumbre como esta pero más taquillera y cuyo énfasis es, principalmente, el fortalecimiento de las familias y el control de la migración ilegal. Camina junto a Zoltan Balog, pastor calvinista que hasta 2018 fue ministro de recursos humanos en Hungría. No solo comparten nacionalidad; son miembros activos del FIDESZ-Unión Cívica Húngara, un partido conservador nacionalista que recientemente ha tenido problemas en el parlamento europeo por su oposición aireada a las legislaciones migratorias.

Aquí, en cambio, se ven introvertidos. Dispuestos, eso sí, a convencer en inglés al auditorio. La responsabilidad recae en el traductor, un hombre de gabardina, desapercibido, metido en una cabina—como de confesor—, en un balcón del salón que nadie ve. Novák sube al estrado.

—Gracias por mencionar que no solo soy ministra de la familia y asuntos de la juventud por cinco años, que soy viceministra de nuestro partido o miembro de nuestro parlamento. Gracias por mencionar que soy madre. Una orgullosa madre de tres niños. Y estoy orgullosa de este trabajo, de esta responsabilidad.

No hay aplausos.

Así se han introducido ya los demás ponentes. Están —también— de acuerdo en eso, y no es negociable. Al final de su intervención, como también lo hicieron los demás, Novak exhibe una foto de su familia. Ya lo había hecho José Antonio Kast, exdiputado y representante de la derecha chilena, pero su cierre sí generó aplausos:

—¿En qué creemos? ¡En la patria!  ¿En qué creemos? ¡En la familia! Les presento a mi familia: ¡nueve hijos!.

En lo que sí innova Novak es en sus argumentos. Trae por ejemplo, un modelo que pretende importar al país: unos estudios que determinan que tener hijos hace más felices a los adultos y propuestas para otorgar subsidios o bonos que, con el aumento de hijos concebidos, liberan al ciudadano de su devolución al Estado:

—Ser padre es una experiencia para toda la vida. No la desperdicien. Este es nuestro mensaje para todo el mundo. Si quieres tener una familia, solo prepárate, ¡nosotros estamos dispuestos a ayudarte!

Están de acuerdo con que la familia es núcleo de la sociedad. Una sola familia, la de un hombre y una mujer. Las otras, concuerdan, no son familias. Si acaso son “familias incompletas”.

***

Antes de que esta cumbre empezara se difundieron noticias sobre el peligro de lo que aquí se iba a acordar.  Algunos defensores de los derechos humanos difundieron trinos con el hashtag #todaslasfamiliasonfamilia. “Yo nunca he tenido una familia tradicional. Mi mamá me crió sola”. “Todos tenemos múltiples familias: en la que nacemos, el parche, la grande, la pequeña, la que incluye animalitos, la que formamos en el intento 1, la que formamos en el intento 2, muchos siguen intentando y se vale”. Al menos en redes reina la ‘familia incompleta’.

Pienso que quizá por esta razón este es un evento cerrado. Y los presentes están de acuerdo en que es mejor así.

Estorbo y eso se nota en la silla que me asignaron. Se supone que la prensa debe estar arriba, en el balcón, pero me dejan sentarme en unas sillas pequeñas que están detrás de los puestos de los parlamentarios, un paso obligado para dirigirse a la salida. Son sillas doradas, como de matrimonio. Ahí se sentarán, habitualmente, los guardaespaldas. Lo que más estorba son mis piernas. Me piden disculpas, como ya saben hacerlo, con displicencia:

—Te estaré molestando todo el evento— me dice una joven de pañuelo celeste que pasa de un lugar al otro del salón elíptico.

La ubicación, sin embargo, me permite ver a todos los asistentes. Se ven dispersos. Revisan su Instagram, las novedades de Twitter o de Facebook. Salen constantemente del salón para darse un respiro, para tomar algo o comer empanada. Vuelven al final de las largas intervenciones, justo para los aplausos. Adentro, y cuando la diplomacia lo permite, se toman selfies. Me piden fotos en plano americano, que sobresalga la arquitectura, mientras me entregan sus teléfonos para que les tome una foto. Pese al desorden, no hay sanciones o regaños. Nadie está en desacuerdo con eso tampoco.

Las selfies también unen a esta gran familia.

***

Santiago aparenta menos de veintitrés años. Fue educado, como la mayoría de los jóvenes azul celeste, en una sociedad de debate para defender a la derecha. Me recuerda a esos universitarios que participan una vez al mes en modelos de Naciones Unidas que juegan, por uno o dos días, a repartirse el mundo.  Su pelo es oscuro, peinado de lado, de esas cabelleras que a las tres de la tarde—o a las siete de la noche—lucen igual. Él hace parte del grupo de jóvenes que se postuló a una convocatoria para venir a esta cumbre. Comenzaron a prepararse dos días antes, todo el equipo de jóvenes fue a cenar con José Antonio Kast en una hamburguesería al norte de Bogotá. Admiran a los que se suben en los estrados.

En la intervención de Kast comienzo a levantar sospechas. Me acerco demasiado para tomarle una foto y eso para alguien que no tiene colgando en el cuello la invitación del evento, es arriesgado.

Santiago seguramente aprendió la diplomacia del club de debate. La misma que lo obliga a darle la mano a un periodista inexperto.

—Disculpa, ¿tú no tienes escarapela?— dice, refiriéndose a la insignia que llevaban los invitados.

—No, soy de prensa—digo, aparentando una sonrisa aunque me siento intimidado.

—¿Me puedes acompañar? — y señala la puerta.

Me lleva hasta la mesa de registro afuera del salón y le pregunta a su compañera por qué los de prensa –es decir mi compañero Tomás y yo, que somos casi los únicos cubriendo el evento–, no tenemos insignia.  

—No tienen. Solo pueden estar acá afuera o en el balcón.

—Y tú, ¿por qué no estás ahí?  

Santiago no deja de vigilarnos. Nos tiene identificados. Sabe que somos —¿los únicos? — que no estamos de acuerdo. A Tomás también lo sacó del salón elíptico, aunque con él fue más brusco. Le puso la mano sobre la libreta de apuntes para impedir que siguiera anotando y le arrebató de las manos un manifiesto en papel amarillo que Tomás había recibido cuando Sharon Slater —presidente de Family Watch International—estaba hablando de la ideología de género. Nos sigue con la mirada mientras salimos del salón. Yo me retiro al baño. Tomás lo ve perseguirme como si sospechara que voy a intentar regresar al salón. No deja de mirarnos mientras le susurra algo a sus compañeros desde la mesa de registro.

Al medio día llegan otros periodistas. Vienen a la rueda de prensa. Veo algunos de  NTN24, Noticias Uno, Caracol Radio, y Blu Radio. Ellos no se sienten intimidados. Sus preguntas son oportunidades para que los parlamentarios puedan sacar pecho de sus posturas:

—Senadora María del Rosario Guerra, ¿cómo está Colombia en valores?

—Ministro Jaime Mayor Oreja (presidente de la Red Política de Valores, organizador del evento y exministro del interior de España entre 1996 y 2001) ¿cómo podemos dejar de tenerle miedo a lo políticamente correcto?

El que se roba el show, sin embargo, es Julio Borges, expresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y representante diplomático de ese país en el grupo de Lima. Y se lo roba no por sus posturas frente a la ‘crisis’ que atraviesa la institución de la familia, sino por la que atraviesa su país. Queda claro qué evento vinieron a cubrir los periodistas profesionales.

Después de que José Antonio Kast da una entrevista, me hago detrás suyo. Sin decirle algo, él se acerca a mí. Tal vez ve en los periodistas un tapete para poner sus explicaciones. Quién sabe. Tomás me sugiere la pregunta inicial. Qué es, para él, la ideología de género. “La desnaturalización de la persona”, dice. Y luego continúa:

—Uno nace hombre o mujer. Puede haber unos casos excepcionales de disforia de género. Esos casos hay que tratarlos, tomarlos y a esas personas hay que cuidarlas también para que no sean afectadas por una sociedad que no las entiende. Pero de ahí a decir que las personas nacen neutras y cuestionar la identidad sexual de niños, es perverso—

–Y decir que alguien tiene disforia de género, ¿no es un estigma?

—¿Y cómo solucionamos eso? ¿diciendo que todos la tenemos?

–No necesariamente– insisto,– ¿pero esas “patologías” no pueden ser cuestionadas o desnaturalizadas?

—Si tú tienes una patología, ¿cómo la enfrentas? ¿ocultándola o mostrándola?

Me imagino en ese momento contestándole a Kast con una cifra del odio que un discurso así, como el suyo, produce allá afuera. También me imagino a Kast insultándome o, incluso, pidiendo que me saquen:

–Mostrándola–, digo, tímido. Me doy cuenta de que planteé mal la pregunta. Perdí.

—Entonces me estás dando la razón. Yo no tengo que estigmatizar, en eso te hallo la razón, nadie debe hacerlo. En base a esa no estigmatización, ¿yo voy a cuestionarle a todo el resto de las personas su identidad? Porque las personas que tienen disforia de género son el 0.00001 % de la población.  Las incluyo con políticas públicas de inclusión, pero no por eso voy a decir “¿saben qué? Aquí se acabaron los baños de mujeres y ahora solo tenemos baños mixtos.

Las minorías son el enemigo innombrable, apenas visible. Como me dijo Jhon Milton Rodríguez, pastor cristiano: las minorías son parte de una mentira que se hace pasar por verdadera.

 

***

De vez en cuando, Santiago revisa su cuenta de Instagram. Parece ansioso por descubrir cuántas personas han visto la historia que acaba de compartir, una foto de la Cumbre. Ya terminó su ceviche y bebe otro sorbo del jugo de corozo. Estamos sentados en la única mesa a la que le sobran puestos. Quizá por eso me invitaron a quedarme a almorzar.  Prefiero hacerme invisible y no digo nada aunque por mi cara, seguramente todos perciben que soy el único que no está de acuerdo con la conversación.

—La izquierda tiene más visibilidad que la derecha en los medios. Ellos pueden expresar su opinión pero nosotros no—, dice el más joven, con la corbata celeste. Es un estudiante de Administración que hace sus prácticas acá, en el Congreso de la República. En su voz hay dos registros demasiado marcados. El del acento antioqueño y el de bogotano de clase alta. Come erguido, con menos prisa que el resto. Es el que lleva el hilo de la conversación.

Con ‘ellos’ no se refiere solo a la izquierda. También, implícitamente, a las minorías. En lo que va del día no se las ha nombrado casi. Son el enemigo innombrable, apenas visible. Como me dijo Jhon Milton Rodríguez, pastor cristiano que saltó a la esfera nacional tras su defensa del No en el Plebiscito y es senador del Partido Justa Libres: las minorías son parte de una mentira que se hace pasar por verdadera.

—Un evento así solo se da una vez, ellos sí tienen muchas oportunidades— agrega el practicante.

Sus interlocutores aprueban con la cabeza. El practicante comparte con Santiago lo jóvenes que son. Con los otros dos adultos—que aparentan más de 35 años—tiene en común el acento paisa. Uno de ellos es calvo y, aunque esté sentado, se nota que es alto. De su cuello cuelga un crucifijo de plata bastante visible. Por las experiencias que evoca se sabe que es profesor de religión en un colegio.  El otro hombre come encorvado, como si sintiera la necesidad de llevar la boca al tenedor y no al contrario. Es el primero en terminar y se abalanza sobre el ceviche que sobra en el puesto de al lado. También lleva un crucifijo y, por lo que dice, es sacerdote.

Los cuatro se quejan de cómo hablar de ‘ellos’ los convierte automáticamente en racistas, homófobos, machistas. Me viene a la mente la frase que, cuando era más joven, escuché una vez en una iglesia: “Dios odia el pecado pero ama al pecador”. Los respetan aunque no los nombren.

El odio del que hablan se banaliza cuando el practicante pone el ejemplo de Donald Trump:

—A él los medios le dicen que es racista pero él les muestra que el desempleo afroamericano nunca ha sido tan bajo en la historia. Lo que pasa es que es imprudente.  

Todos están de acuerdo.

En eso y en que es el colmo que la izquierda siempre consiga patrocinios para hacer sus eventos. En el Capitolio Nacional o donde quiera que sea. Santiago dice:

—Como decía Pablo Escobar: ¡a la izquierda le encanta la plata y en efectivo!—hace con las manos el gesto de contar billetes.

Un ‘ajá’ frente al comentario de Santiago se extiende entre los comensales. Después un silencio que, finalmente, es una nueva forma para expresar que todos, hasta con esto, están de acuerdo.

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