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Margarita Robles De La Pava

19.11.2012

La Esfinge, un macizo de roca de más 1.000 metros de altura se alza frente a sus ojos. Giovanny Carrillo, Jairo Bogotá y Mateo Franco están en la cordillera Blanca del Perú. Se van a enfrentar a una gran pared que pocos colombianos han logrado conquistar. Son las 3:00 am, llevan los morrales puestos y emprenden el camino rumbo a su objetivo: escalar la cara oeste por la ruta llamada La Cruz del Sur que cubre 800 metros de la Esfinge y tiene algunas estaciones colgantes distribuidas a lo largo de la pared. Es 9 de agosto del 2012 y el frío perfora las gruesas chaquetas que llevan puestas.

El macizo de la Esfinge está a mas de 5.000 metros sobre el nivel del mar y el oxígeno escasea.

Después de haber pasado por un camino de piedras sueltas y barro, los escaladores se alistan para ascender 150 metros por una cuerda que desde el día anterior dejaron fijada a la pared. Para este ejercicio llamado jumariar en el lenguaje de la escalada, sólo  permite utilizar la fuerza de los brazos para subir por la cuerda. Pasados cuarenta minutos  llegan al primer descanso, una especie de repisa de piedra, que está en el cuarto tramo de los dieciséis que deben superar. Se sienten agotados. Pero esto es sólo el comienzo, les falta escalar 650 metros más.

El primero en escalar es Franco. Son las 5:30 am, da su primer paso con los pies de gato –como llaman a los zapatos de escalada– puestos. Se monta a la pared y como una lagartija empieza ascender agarrándose de diminutas protuberancias que sobresalen de la roca a lo largo del camino. A medida que avanza su figura se desvanece ante los ojos de sus compañeros. Franco está solo, no oye sino el ruido del viento que pega contra su cuerpo. El trabajo mental de la persona que va primero, el que lidera, es mayor que cualquier otro. Es quien más se agota y quien más arriesga. Empieza a notar que la ruta deja de estar marcada de manchas del polvo blanco que usan los escaladores para aferrarse a la piedra. Estas huellas guían a los escaladores. “Me perdí”, piensa mientras sus manos se entumecen y experimentan más sudor de lo normal. No siente sus dedos por el frío, los tiene empotrados en una grieta fina que es la única conexión para estar adherido a la pared. Sus dedos están morados y suplican descanso.

El miedo lo envuelve, tiene que recorrer varios metros sin poder poner ningún tipo de seguro. Mira a su alrededor a ver si encuentra alguna pista del camino, pero la cuerda que ha dejado atrás en la subida, y que lleva amarrada a su arnés, es cada vez más pesada. “Si me caigo, me pego duro” piensa, mientras su corazón late a mil por hora. No encuentra la estación del sexto tramo.

Los primeros seis tramos de la Cruz del Sur son la parte más difícil de toda la vía. Es una escalada técnica de mucha precisión porque los agarres –las grietas y las salientes– son muy pequeños. En ocasiones hay orificios donde sólo caben las yemas de los dedos y con eso hay que sostenerse. El escalador se encuentra constantemente de cara al vacío, expuesto a la altura. Hay que concentrarse mucho. Según Franco, “para subir se necesita confianza, preparación y un gran control de los nervios”.

La adrenalina corre por el cuerpo de Franco. Por la angustia no siente cansancio, solo desea llegar a la estación, donde puede recuperarse y estar seguro. Por su cabeza pasan imágenes: familia, amigos, momentos. Quiere aferrarse a estos pensamientos para aislar el temor y tener fuerza suficiente para seguir hasta el final. Cuando parece darse por vencido, ve el descanso. Emocionado, logra sentarse en el borde de la pared. Se ancla y con fuerza jala dos veces la cuerda para que Carrillo y Bogotá  sepan que está bien y a salvo. Esta es la forma de comunicarse de los escaladores: los gritos se los lleva el viento antes de llegar a su destino.  Ahora sus dos amigos tienen que llegar hasta el mismo punto escalando. Él los espera sentado, mientras mira el amanecer de los picos nevados del Parque Nacional Huascarán.

Franco es manizalita, empezó a escalar hace 10 años, cuando apenas estaba en el colegio. “Un amigo me invitó a una competencia en la Universidad de Caldas donde terminé metido”, dijo. Desde ahí se empezó a interesar por este deporte. Escalaba en muros de piedra natural porque en Manizales, en esa época, no había muros artificiales. Se mudó para Bogotá y entró a la Universidad Nacional. Ahí empezó a brillar. Ha representado a Colombia en tres competencias internacionales: el Panamericano de Venezuela en el 2007, el Abierto Mundial de Chile del 2009 y el Campeonato Continental de Quito hace un año. Dice que para ser escalador se necesitan además de ganas, dos cualidades: la aptitud y la actitud. “No todo el mundo tiene las dos, los que las tienen son los mejores escaladores”, asegura. Su mayor motivación es saber que puede hacer cosas que nunca pensó sería capaz, “no hay que ser el más fuerte, sino trazarse retos internos, de superación”.

En 1994, ocho años antes de que Franco empezara a escalar, se llevó a cabo una de las primeras competencias internacionales en Colombia. Fue en una vitrina deportiva organizada en Corferias llamada Exposport. La escalada como práctica deportiva ha venido creciendo desde entonces. Ahora se realizan alrededor de seis competencias anuales, existen doce clubes en todo el país que agrupan a unos 3500 escaladores. También está en proceso la creación de la Federación de Escalada Deportiva que regulará la representación de deportistas colombianos en competencias internacionales. En junio de 2013 los Juegos Mundiales serán en Cali, donde solo dos colombianos se podrán asegurar un cupo. Este es el primer paso para que el deporte se vuelva visible ante los ojos del Comité Olímpico. No fue en Londres, pero se espera que para los próximos juegos, en cuatro años, haya una exhibición de escalada.

 

"Hace tanto frío que el agua que llevan se congela. Por eso para ellos es de vital importancia escalar rápido para así aprovechar el sol y la luz que cae sobre la pared. Si no lo hacen, puede significar pasar la noche en cualquier punto de la ruta, expuestos a temperaturas de menos de cero grados."

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Escalar una pared como La Esfinge es un proceso lento que requiere paciencia. Franco, Carrillo y Bogotá van a tener que pasar catorce horas seguidas colgados de la pared. Hace tanto frío que el agua en sus termos se congela. Por eso es vital escalar rápido para así aprovechar el sol y la luz que golpea sobre la pared. Si no lo hacen, puede significar pasar la noche en cualquier punto de la ruta, expuestos a temperaturas por debajo de cero grados. Para poder subir a esta roca se debe hacer una preparación física y mental previa. El día anterior los tres escaladores habían ascendido la misma pared pero por otra ruta llamada la normal o la del 85, así midieron la fuerza sus cuerpos y el coraje de sus corazones.

Son las 7:00 am, los tres colombianos que conforman la cordada –como en el gremio se le llama al “parche” con el que se escala– se encuentran en la repisa. Empieza la carrera contra el tiempo; no pueden descansar mucho, sólo lo suficiente para hidratarse y comer un gel energético. Deben llegar a la cumbre antes de que oscurezca. Bogotá asume el liderazgo y empieza a escalar los dos siguientes tramos. Llevan dos cuerdas de 60 metros para, como dicen, hacer esta pared. La logística es compleja: el primero escala, se lleva una cuerda y cuando llega al siguiente descanso, la fija a la pared con un seguro. Así le da con qué agarrarse al que viene detrás. Ese segundo, escala y se lleva la otra cuerda para asegurar desde arriba al tercer y último escalador.

Jairo Bogotá, de 34 años, le ha dedicado casi media vida a la escalada. Desde pequeño trepaba arboles, cercas y todo lo que encontraba en su casa. Su instinto de escalador lo llevó hacer parte de un grupo de rescate de la Cruz Roja que hacia descensos por peñas y cascadas. Un tiempo después se retiró y decidió escalar cada una de las paredes que encontró en su camino. “La escalada es mi estilo de vida, todo mi trabajo lo hago para viajar y conocer sitios nuevos donde se pueda practicar este deporte”. Es uno de los escaladores más completos de Colombia , tanto en roca como en muros artificiales

Cuando Bogotá termina su tramo de escalada, llega el turno para Carrillo. Están cansados y sedientos. Garganta seca, dolor de cabeza, debilidad. Llevan siete horas pegados a la pared y apenas van en la mitad del camino. Cuando Carrillo escala parece que estuviera flotando en el aire, sólo se ve la silueta del cuerpo que contrasta con el cielo. Sus largos brazos le permiten alcanzar agarres, que a simple vista, parecen imposibles. Es una danza que requiere equilibrio de todo el cuerpo: piernas, brazos y cabeza. Sus manos se adhieren a la roca como si tuvieran un pegante, las venas se hinchan y parece que fueran a estallar: es el cansancio. Carrillo para, mete sus manos en una pequeña bolsa que lleva colgada alrededor de su cintura. Se unta las manos con carbonato de magnesio, una mezcla que utilizan los escaladores para eliminar el sudor en las palmas de sus manos y mejorar el agarre.

Giova, como le dicen sus amigos a Giovanny Carrillo tiene 36 años. Al igual que Jairo lleva dieciocho en el mundo de la escalada. Empezó en la Universidad Nacional, cuando apenas se gestaba el primer movimiento de este deporte en Bogotá. “Era un muro muy básico”, recuerda, con presas –agarres plásticos– pegadas a la pared. Ahí se hacían los campeonatos nacionales y entrenaba la mayor parte de la gente aficionada. “Alguna vez vi un programa de televisión donde estaban dos personas en medio de una pared sujetados por unos seguros, me llamo mucho la atención. Después probé y quedé enganchado”. Este deporte le ha ayudado a romper paradigmas mentales, “tú decides hasta donde quieres llegar, todo está en la cabeza”.

Cuando Carrillo y Bogotá empezaron a escalar, el deporte no era popular en la capital. El número de practicantes creció tanto en los últimos años que surgieron gimnasios de escalada como Zona de Bloque, Gran Pared y Roca Sólida. El municipio de Suesca, Cundinamarca, por sus particulares formaciones rocosas, es un punto donde también confluyen los amantes de la escalada en roca colombiana desde hace muchos años.

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El reloj de Franco marca las 3:00 pm, ya no se siente el sol sobre la pared de la Esfinge. La temperatura empieza a disminuir. Los escaladores están envueltos en una corriente helada. Con chaquetas que cortan el viento y guantes que tienen en sus morrales se preparan para el frío.

Los escaladores conocen los peligros que enfrentan, pero son más fuertes las ganas de asumir este reto. Tres años atrás, Carrillo y Franco vinieron a la Esfinge pero no pudieron “hacer cumbre” porque el clima se los impidió. Volvieron para sacarse la espina.

El interés por conquistar cumbres, montañas  y lugares inhóspitos ha llevado al hombre a hacer cosas increíbles. Se cree que los indios Anasazi de Estados Unidos trepaban los farallones de piedra para conseguir alimento. También construían las casas al borde de peligrosos acantilados, en medio de inmensas paredes de roca que los protegía de la hostilidad del ambiente. Ahora, los hombres ya no escalan para sobrevivir pero aún en los escaladores perdura algo de esa genética.

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Son las 7:00 pm, la cumbre de la ruta esta ante sus ojos. Parece mentira que después de tanto tiempo colgados sobre la pared los cuerpos todavía respondan. Al pisar la cima los escaladores se abrazan y celebran. Están a 5.325 metros de altura sobre el nivel del mar. Hay una mezcla de sensaciones: satisfacción, orgullo, felicidad y frío, mucho frío. “Te das cuenta que sí eres bueno y puedes hacer cosas, que al empezar nunca pensarías que vas a ser capaz”, dice Franco. Se siente feliz, satisfecho y también agradecido con sus amigos.

Este fue el primer equipo integrado sólo por colombianos que ha logrado terminar toda la Cruz del Sur. En  2002, Agni Morales, un escalador bogotano, logró pisar esta cima junto a dos compañeros españoles. Fernando Gonzales Rubio, quien ha hecho siete de los catorce picos más altos del mundo y además es uno de los escaladores con más experiencia en Colombia, afirma que esta hazaña es de gran importancia para la nueva generación de escaladores nacionales.

“La gente piensa que es una locura hacer estas cosas” dice uno de los escaladores, pero lo que en realidad mueve la práctica de este deporte es la satisfacción de cumplir metas. También es un escape de la rutina, es una forma de meditar, de vivir el momento y de conocerse a sí mismo.

Alcanzar la cumbre es la meta. Pero la hazaña no se ha completado. Todo lo que sube tiene que bajar.  Carrillo, Bogotá y Franco se preparan para regresar al campo base. Guardan el equipo que tenían colgado y comienzan a andar hacia el punto de descenso, por el otro costado de la roca. Primero, bajan por tres rappeles de 60 metros cada uno, donde las cuerdas van aseguradas a la pared. Después llegan a la base de la ruta donde se encuentran con una laja inclinada. Sin seguridad, comienzan a moverse despacio para no perder el equilibrio y resbalar. Cada paso que dan se vuelve más pesado, tambalean; ya han pasado cuatro horas desde que pisaron la cima y veinte desde que salieron de la carpa. Este es el momento de la jornada de más tensión. El cansancio y las ansias de llegar dominan sus cuerpos.  Es más fácil accidentarse en la bajada pues ya no están atados a cuerdas. Cualquier error podría ser fatal.

Es media noche y los escaladores ven a lo lejos las luces de la fila de carpas. El camino parece interminable. Sólo piensan en comer y descansar. Sólo llevan liquido es sus estómagos. Los tres amigos que los esperan ondean sus brazos. Estaban preocupados por su suerte.  En la carpa se desploman rendidos. La temperatura esta bajo cero.

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“El  nivel de concentración llega a tal punto que el cuerpo empieza hacer cosas increíbles y uno ni se da cuenta”, dice Franco. El combate interior de los escaladores es enfrentarse a sus miedos más profundos: caerse, lastimarse o morir. Pero es la seguridad interior y la confianza en los amigos, lo que los lleva a vencer. Bogotá dice que para él la escalada es una carrera y La Cruz del Sur es de las grandes cosas que soñó hacer cuando empezó.

¿Chile, Argentina, Pakistán?, se preguntan. No han terminado todavía esta hazaña y ya están pensando cual será su próxima cumbre.

*Margarita Robles es estudiante de la Maestría del CEPER. Este trabajo de produjo en la clase Géneros II.

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