Svetlana Alexiévich en la FilBo

La más reciente Premio Nobel de Literatura estuvo en su primer conversatorio en la FilBo con la escritora colombiana Laura Restrepo. Habló de Minsk, la capital de su natal Bielorrusia, del socialismo, de su exilio y de los 40 años que dedicó a escribir cinco libros.

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Laura Galindo M.

22.04.2016

Cada frase de Svetlana Alexiévich fue un aplauso. Una sentencia. Una verdad dicha con las verdades de muchos. Un aterrizaje en el mundo. Una historia de amor, de belleza o de muerte.  De papá bielorruso y mamá ucraniana, la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 nació en Stanilav hace 67 años. Es periodista y autora de libros como La guerra no tiene rostro de mujer, Voces de Chernóbyl y El fin del Homo sovieticus. Ayer estuvo conversando con la periodista Laura Restrepo en el marco de la vigésimo novena Feria Internacional del Libro y estos fueron tres de sus mejores momentos.

Sobre Minsk

Como muchos otros, se fue de Minsk huyendo de la censura del régimen y por once años vivió en Europa. El presidente bielorruso, Alexandr Lukashenko, la acusó de retratar a la URSS de una manera poco heroica, y ella a él de perpetuar el terror stalinista. Está prohibida la edición de sus libros y, hasta hace unos meses, su lectura en las escuelas. No puede dar entrevistas ni aparecer en conferencias, pero aún así, en el año 2011 decidió regresar. “En un punto empiezas a entender que esa es tu única vida y, entonces, vuelves”, aseguró.

Dice que para escribir necesita estar allá. Que no se escribe de recuerdos ni de hallazgos en internet por más fieles que sean. Dice que la dictadura va a durar mucho porque no se puede pasar del socialismo al capitalismo en un día. Y dice también que lo único importante en un escritor es que esté siempre del lado de la bondad.

 

Sobre el socialismo

“Un país autoritario distribuye sus ideas de manera violenta”, dice Svetlana cuando se refiere al socialismo de su país. Aunque su padre fue comunista convencido y ella partidaria recalcitrante, sus ideas cambiaron cuando, en medio de la invasión soviética, visitó Afganistán para recoger los testimonios que aparecen en su libro Los muchachos de Zinc.

Por invitación de un grupo de enfermeras estuvo entregando juguetes en un hospital de Kabul, un albergue tosco y provisional en el que se hacinaban mujeres y niños. Se acercó a una adolescente que tenía en los brazos un niño envuelto en cobijas y le entregó un oso de peluche. El niño tomó el juguete con los dientes y Svetlana, sorprendida, quiso saber por qué lo agarraba así. La madre arrancó de un tirón las cobijas y espetó con rabia: “Mira lo que han hecho los soviéticos”. El niño no tenía brazos ni piernas. “Yo volví de Afganistán sintiéndome libre”, dice Svetlana.

 

"Si pudiéramos recoger el pedacito de verdad que está en cada persona, podríamos entender más de la vida. Sería una sinfonía"

 

Sobre la escritura

Svetlana escribe de oído. De lo que escucha, de lo que le cuenta la gente. Visita a sus personajes varias veces, los conoce y deja que hablen. El proceso es largo y cada libro necesita alrededor de diez años para terminarse. Al final, es un coro de voces el que narra cada historia. Para ella “la verdad no cabe en un solo corazón. Está en el de todos”.

Dice que vivió en un país en el que solo le enseñaron a morir y a dar la vida por unos ideales nacionales. “Si no aceptabas o si hacías preguntas eras un antisoviético, como yo”, cuenta. Cuando quiso escribir La guerra no tiene rostro de mujer descubrió que las mujeres eran las únicas que hablaban en voz alta de su miedo a matar. Las historias de guerra son historias sobre hombres contadas por otros hombres que las encuentran heroicas y ella quiso encontrar una mirada que no fuera masculina. Escuchó a las mujeres.

Con la publicación de El fin del Homo sovieticus cerró el ciclo de la utopía socialista. Ahora escribe sobre el amor y la vejez, dos cosas que, según ella, sustentan la vida. “Una colombiana me dijo: ‘vejez es cuando te resbala todo’.  Es una gran frase y la voy a usar en mi libro”, aseguró.

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