Somos malxs feministas

Estamos en contra de un feminismo único que cierre puertas. Nos confesamos en proceso de deconstrucción. Si solo existe UN feminismo ‘bueno’, entonces nos declaramos malxs feministas.

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No es Normal

19.02.2019

Ilustraciones de Frances Cannon

Por: Equipo No es Normal

Esta es una invitación para que todxs nos pensemos como seres en proceso de deconstrucción. Nos declaramos feministas. Juramos que podemos cambiar el mundo con nuestras acciones cotidianas. Le gritamos al viento que queremos un país más justo, más igualitario, que reconozca la diferencia y parta de ella para crear comunidad. Sin embargo, muchas veces olvidamos de dónde venimos. Olvidamos que todxs nosotrxs también somos hijxs de una sociedad patriarcal y machista, que crecimos en familias donde las tías nos empezaban a mirar mal si no teníamos novio o novia a cierta edad, donde tener vagina era sinónimo de fragilidad y tener pene de fortaleza… olvidamos que nosotrxs mismxs fuimos violentxs una buena parte de nuestras vidas.

Pensamos que declararnos feministas nos quita de encima nuestra historia, que coge nuestra página de vida rayada, pintada y escupida y la borra por completo. Y si bien el feminismo sí nos abre las puertas a todxs a empezar de nuevo, es un proceso.

Sí, nosotrxs también la cagamos. Y es una verdadera mierda pensar en ‘malos’ y ‘buenos’ feministas como si se tratara de una caja en donde solo entran los que chequean la lista secreta que Simone de Beauvoir y Judith Butler escondían debajo de la cama. Estamos en contra de un feminismo único que cierre puertas. Nos confesamos en proceso de deconstrucción. Si solo existe UN feminismo ‘bueno’, entonces nos declaramos malxs feministas.

 

Confieso que tengo pensamientos horribles con respecto a mi menstruación y, en general, con respecto a mi cuerpo.

¿Todos esos discursos sobre la feminidad, la pulcritud y la belleza que se problematizan, debaten y rechazan en el feminismo? ¿Todas esas cosas sobre la sangre menstrual como algo a lo que hay que tenerle asco, la depilación como una medida de higiene, la celulitis como marca del descuido, las estrías como evidencia de que uno “se dejó engordar”? Bueno, yo me creo todo eso. Siento que eso me hace una “mala feminista” porque no solo estoy dándole la razón a todos esos lineamientos machistas, sino que también me siento obligada a consumir productos que soportan todos esos discursos. Estoy pagando una millonada por depilarme con láser, por ejemplo, porque no concibo dejar que mi cuerpo sea peludo en paz. A la vez, siento que también hay que rescatar que ser vanidosa no me hace menos feminista (pero sí tengo que dejar de pensar todas esas cosas feas y dañinas sobre mi propio cuerpo).

Confieso que mi uso del lenguaje no siempre es consecuente con mi feminismo.

Como una persona que tutea el 99.9% de su tiempo y en la gran mayoría de sus entornos sociales, reservo el “usted” para ocasiones muy formales o en las que siento que debo demostrar un respeto o casi que temor reverencial a quien le estoy hablando. Sin embargo, me he dado cuenta que trato de usted casi que exclusivamente a hombres viejos, “señores mayores” o que considero están en una posición superior a la mía. ¿Y por qué a las señoras mayores no? ¿Por qué a aquellas mujeres que considero en una posición superior a la mía no? La respuesta es muy simple: por mal feminista. No me he deconstruído lo suficiente, tal vez; o de pronto ignoraba ese indicio del lastre heteropatriarcal que aún me hunde en este mar machista de m#@rda. Pero intento superarlo y lo cambiaré, sin justificarme, pero eso no me hace menos feminista.

Confieso que soy una orgullosa Pole Dancer que disfruta del baile erótico

Nunca pensé que el Pole Dance y el feminismo pudieran ser dos aspectos contradictorios en mi vida, hasta el día en que escuché a Andrea Echeverri afirmar que, como feminista, creía que las mujeres que practicaban ese deporte, debían cambiarlo por otro.

Soy una mujer feminista que practica un deporte que involucra fuerza y flexibilidad y algunas veces aprovecha estas dos habilidades para bailar coreografías eróticas con el tubo. Disfrutar de mi cuerpo y de mis bailes no me hace menos feminista. El erotismo me ha permitido ganar la confianza en mi cuerpo que el mundo me ha arrebatado, y también me ha conectado con una parte de mi sexualidad que negaba. Asimismo, me ha hecho entender que la sensualidad no está ligada a cuerpos con formas particulares sino a actitudes y movimientos precisos. Finalmente, mi mensaje a Andrea E. es el siguiente: decirle a un grupo de mujeres que dejen de hacer con su cuerpo aquello que les apasiona es profundamente violento y va en contravía de lo que el feminismo quiere para nuestros cuerpos y vidas.

Confieso que me gusta siempre estar “emperifollada”, perfumada y muy “arreglada”

Como dice Chimamanda, la palabra feminista trae consigo connotaciones negativas, y arrastra estereotipos de mujeres que odian usar maquillaje, que no se depilan, no usan desodorante, tienen pelo corto y odian el brasier. Pues no. A mi me fascina usar falda, estar maquillada y excesivamente perfumada. Me gusta mi pelo largo en la cabeza pero odio el pelo en cualquier otra parte de mi cuerpo. Odio el brasier pero no soy capaz de salir a la calle sin eso puesto. Tal vez en algunas cosas no he logrado que me importe cinco lo que diga la gente, pero en otras, siento que genuinamente me arreglo para mi y para nadie más. Sigo creyendo que usar vestido o maquillarme no me hace menos feminista, ni menos “pensante”, sigo creyendo que cultivar la estética no es excluyente de cultivar la mente ni creer en el feminismo.

Confieso que me gusta hablar mal de otras mujeres a sus espaldas

Yo sé. Una mierda. Amo el chisme, y como que siempre ha estado implícito hablar mal de las mujeres cuando un grupo (sí, irónico) de mujeres se reúne a hablar de cosas que le han pasado a las otras. Y lo he hecho como si fuera la cosa más normal y natural del mundo. “Uy, sí, es vieja es una perra” “¿Viste que pepita terminó con pepito? Yo creo que fue su culpa”. Hasta hace muy poco tiempo me di cuenta de lo que estaba haciendo. Me di cuenta que me era mucho más fácil hablar mal de mujeres que de hombres. Que estaba acostumbrada a darles durísimo e incluso a competir con ellas, que ese era mi instinto. Me di cuenta que ese espacio de encuentro que se suponía era el de echar chisme con mis amigas generalmente era a costa de otras mujeres. ¿Cómo reinvidicar el chisme siendo feminista? Es más, ¿cómo crear chisme feminista? Todavía queda mucho trecho por andar.

Confieso que a veces quiero que mi vida sea una comedia romántica

Aunque ahora menos que antes, creo ciegamente en el amor romántico. En esa idea de que todos estamos destinados a estar con una persona, que está hecha para nosotros. Creía en esto fielmente, incluso sabiendo que idea del amor romántico perpetúa miles de ideas tóxicas de la mujer sumisa y dependiente, la mujer incompleta, la mujer que debe pertenecer a alguien más que a ella misma. Más allá, en la concepción tradicional del amor hay unas dinámicas de poder involucradas (cosas como decirle a tu pareja “eres mía / mío” o “te necesito”), que fácilmente pueden convertirse en prácticas violentas. Y sin embargo, de vez en cuando me atrapo inmersa en estas fantasías, en delirios inducidos por comedias románticas, esperando a que el man que me sonríe en el Transmilenio me hable y resulte ser mi alma gemela.

Confieso que pongo la estética por encima de todo consumo responsable y consciente.

Escarcha. Stickers de dos mil. Sombras para los ojos baratísimas porque son testeadas en animales. Cachuchas de colores vivos hechas en china que consigo en Chapinero a cinco mil. Banderitas chinas de animalitos para separar las notas en mis libros. Faldas hechas en tailandia por mujeres y niñas explotadas a cuarenta mil en Stradivarious. ¡Camisetas a 20 mil en Stradivarious! Chaquetas que se ven caras pero no son tan caras en Zara. Cachuchas de colores pastel hechas en china que consigo en Chapinero a cinco mil. ¡TODOS LAS MARICAD¨*S QUE VENDEN EN LA FILA DE FOREVER 21! En fin… es terrible… Me siento terrible de no pensar primero en la feminización de la pobreza que en la pinta. Es más, de pensarlo, sentirme terrible, e igual comprarme los areticos que me parecieron lindos por la calle. Trato muy poco de comprar ropa de segunda mano o de comprar a iniciativas responsables y nacionales, y eso, en el fondo afecta a las mujeres pobres alrededor del mundo que son empleadas por personas que les quieren pagar cada día menos para que yo compre más… pero ahí vamos… una cachucha responsable a la vez.

Estas son nuestras confesiones desde No es Normal, pero queremos abrir la conversación: ¿con qué se dan re duro y quieren mejorar? ¿qué odian de las expectativas que tiene la gente sobre ustedes como feministas? ¡Hablemos! Les invitamos también a que lean “Bad Feminist” de Roxane Gay: una colección de ensayos personales sobre las cosas que siente la hacen mala feminista para aceptarlas y no darse tanto palo.

 

Declarémonos malxs feministas, declarémonos feministas en construcción, declarémonos machistas en deconstrucción, en fin, declarémonos seres humanos intentando ser mejores.

 

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