Rompecabezas Temporales

Caminos que se bifurcan/ Fragmentación/ Cine Coral/ Viajes en el Tiempo

Varios

03.09.2020

Al ver “Walking Life”, la necesidad de saber si el protagonista estaba en un sueño me atormentó desde el primer momento. Los diálogos complejos y llenos de metáforas filosóficas sobre la vida me abrumaban, y las imágenes diseñadas con el rotoscopio en constante y extraño movimiento me confundían aún más. Sin embargo, fue la primera escena, en donde una niña le muestra a la versión joven del protagonista la frase” dream is destiny”, la que me inquietó y me permitió identificar uno de los hilos principales de la historia, la relación entre la vida y el sueño.

A partir de aquel momento, el protagonista, de quien no se sabe su nombre, inicia un viaje en un mundo extraño en el que se encontrará con diferentes personajes que le irán narrando diferentes posiciones filosóficas y teóricas alrededor de la existencia y vida del ser humano. De esta forma, los seguidos despertares sin fin aparente del protagonista, el dibujo surrealista de las cosas y las múltiples personalidades que influyen sobre la historia me permiten llegar a pensar, en un primer momento, que la existencia en sí misma es un sueño. Aun así, es difícil tanto para el espectador como para el protagonista diferenciar lo real de lo imaginario, cuestión que no termina por resolverse.

De este modo, en últimas estamos frente a una película que, más allá de poner de presente debates filosóficos sobre la realidad, deja una importante inquietud alrededor del significado de la vida y su conexión con lo surreal. Por esa razón, inmediatamente llegan a mi mente las últimas líneas de la obra de teatro “la vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca, las cuales se relacionan directamente con los temas que Richard Linklater intenta plasmar en su obra audiovisual: “¿Qué es la vida?: un frenesí. ¿Qué es la vida?: una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.
– Alejandro Gonzalez
De repente tuve que parar la película. Me encontraba desorientado e incluso un poco mareado. La imagen invertida de un cuarto completamente rojo de cuerpos retorciéndose era tétrica, pero a la vez parecía haber llegado naturalmente a la pantalla. Me detuve a pensar “¿Cómo me dejé traer hasta aquí sin darme cuenta?”. Al devolver el vídeo, me di cuenta que esta toma llevaba 35 minutos. En tan solo 35 minutos de tiempo real (no del engañoso tiempo interrumpido al que nos acostumbran las películas) un grupo de jóvenes bailarines vivieron la transformación de un ambiente de celebración a uno de completo caos. Ya no se preocupaban por compartir una sangría o discutir su gira, ahora habían matado a un compañero, animado un aborto y escuchado morir a un niño, todo sin cambiar su locura cada vez más desproporcionada.

Independientemente de lo que se diga sobre su narrativa, hay algo en lo que cualquiera que vea esta película estará de acuerdo: lleva a los sentidos en un viaje rocoso, confuso y perturbador. Nos transporta a un sitio donde la locura de los personajes revela mucho más de su personalidad que la cordura, y donde nos adentramos cada vez más junto a ellos. La película no me estaba intentando confundir o hacerme pensar con una narrativa tradicional. La película quería que yo experimentara por lo que sus personajes estaban pasando, tal que el cuarto rojo representara el producto inevitable de todo: el Clímax.

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