¿Redención o disrupción? La encrucijada de la Comisión de la Verdad

Lo que digan Rodrigo Londoño y Salvatore Mancuso en la Comisión de la Verdad va ser insuficiente y doloroso. Pero tendremos que decidir si queremos construir narrativas cómodas, o si estamos dispuestos a aceptar que Colombia es también una suma de abandonos, olvidos impuestos y exclusiones tenebrosas.

por

Gabriel Rojas Andrade

@GabrielRojas54

Filósofo y literato, profesor de la Facultad de derecho de la Universidad de los Andes, experto en justicia transicional


12.04.2021

El 21 de abril se llevará a cabo una audiencia pública de la Comisión de la Verdad en la que participarán Rodrigo Londoño, antiguo comandante máximo de las extintas FARC-EP, y Salvatore Mancuso, jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, extraditado a los Estados Unidos por delitos relacionados con el narcotráfico y todavía requerido en Colombia por crímenes cometidos en el marco del conflicto armado. 

El escenario de encuentro ha sido promocionado como una oportunidad para que ambos asuman sus responsabilidades públicamente y que hagan una contribución seria a la verdad: “más que un abrazo entre Timochenko y Mancuso, nos interesa que la verdad prevalezca y que la conozcamos todos […] Nosotros no queremos ser bastón para pegarle políticamente a nadie, a ningún partido político ni al gobierno. El fondo de esto es decirnos la verdad”, ha dicho el presidente de la Comisión, el Padre Francisco de Roux. 

Las declaraciones de de Roux sobre el evento invitan a preguntarse si las consecuencias de la verdad deben ser asépticas, si acaso no deben afectar políticamente a nadie. ¿Es deseable una verdad que no convoque a transformaciones profundas mientras señala a los responsables que están en el poder o pretenden estarlo? ¿Tiene sentido una verdad sobre el conflicto armado que no tenga consecuencias políticas?

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No repetición tiene un margen de tiempo sumamente estrecho: fue contemplada en las negociaciones de La Habana para tres años de ejercicio que terminan en noviembre de 2021. Su producto final debe ser un reporte que esclarezca lo sucedido en el conflicto, reconozca víctimas y responsables y, eventualmente, motive una coexistencia pacífica, entendida, tal vez, como una ruta hacia la esquiva reconciliación. 

Estos tres fines tan ambiciosos podrían entenderse como contradictorios: esclarecer la verdad puede implicar, para ciertos grupos de víctimas, una ruptura que impida la convivencia con aquellos que se consideren responsables de atrocidades. El hecho de reconocer que alguien fue estigmatizado, señalado y perseguido puede suponer también que quien cometió las conductas reprochables termine señalado y, a su vez, excluido. 

Incluso hay escenarios en los que, con el objeto de reconciliarse, algunos preferirán una reconciliación entendida como un espacio en el que todos pierden un poco para poder tener una perspectiva de futuro: olvidar para poder continuar, en lugar de revivir el dolor ocasionado por la violencia. La verdad por sí sola no es pacífica, deseable ni supone consensos; por el contrario, puede ser cruel y, en la mayoría de los casos relacionados con un conflicto armado, puede dividir antes de unir. 

Lo que digan Mancuso y Londoño no será algo bello que nos dé automático bienestar como sociedad. Si llegamos a conocer en detalle quiénes participaron de los aparatos de poder que produjeron millones de víctimas de desplazamiento forzado, despojo, decenas de miles de desaparecidos, asesinados, secuestrados, torturados y masacrados; si llegamos a conocer quiénes se han ocupado de ocultar y negar el acceso a la justicia de todas estas víctimas, el resultado puede ser doloroso y dejarnos estupefactos antes que satisfechos y sanados. 

La verdad puede ser incluso la peor enemiga de la reparación y la no repetición si no va de la mano con proyectos de transformación estructural de las condiciones que dieron lugar a las afectaciones. Sin un avance significativo sobre los puntos estructurales del Acuerdo final de paz, relacionados con la reforma rural integral, la participación política y la solución al problema de las drogas ilícitas como un asunto de salud pública que no debe criminalizar a cultivadores y consumidores, la verdad termina por ser un espacio de frustración y no un camino de salvación

"La pretensión de una verdad que todos aceptemos no es más que el deseo de imponer una fantasía institucional, reconfortante y pasajera"

Un hecho concreto e hilado en el tiempo no redime a nadie. La verdad hiere, insulta y traiciona; remueve héroes, destruye narrativas autocomplacientes, encuentra nuevos responsables y desmorona castillos de arena como olas que se estrellan, amargas, contra el final del mar. 

Una víctima que conoce por qué desaparecieron a un ser querido, que encuentra su cuerpo en un cementerio olvidado, o a la que le cuentan que la humanidad de su familiar se la llevó un río entre rocas y otros cuerpos que alguien consideró dispensables, puede no hallar alivio completo, aunque le den algunas razones que pretendan explicar el horror. 

Una verdad de secuencias de conductas, de patrones y motivos expuestos no acaba un conflicto, ni renueva esperanzas. Sobre una verdad de privaciones, crueldades y miedos nadie construye espíritus resilientes; con esa verdad no se desarma a niños bombardeados en la guerra, ni se suplantan identidades guerreras. 

A nadie que haya matado por un ideal, una verdad de golpes en el pecho le va a traer una nueva justificación para existir. A nadie que haya matado para no morir, una verdad que fuerza perdones le va a traer tranquilidad. Nadie que haya sido perseguido y haya visto morir a sus amigos asesinados por lo que pensaban encontrará en la verdad la cura para el abismo constante que produce amar a quien ya no está.

No, la verdad platónica, que trae consigo el Bien (con B mayúscula) y el Conocimiento (con C mayúscula); la verdad confesional que suspende la culpa hasta que se comete un nuevo pecado, no es un remedio mágico para el dolor de las víctimas, ni un deseo que disuelve el conflicto en cuentos oficiales del pasado que a todos dejan cómodos y sonrientes. 

La verdad no motiva la coexistencia pacífica entre quienes se ven a sí mismos como antagonistas. Una verdad que iguala es tan cruel como una verdad que justifica la violencia como alternativa a reconocer la diferencia. 

La pretensión de una verdad que todos aceptemos no es más que el deseo de imponer una fantasía institucional, reconfortante y pasajera.

"Tendremos que decidir si queremos construir narrativas cómodas o si estamos dispuestos a aceptar que Colombia es también una suma de abandonos, olvidos y exclusiones"

Por qué entonces no exploramos la posibilidad de una verdad disruptiva y dolorosa. La verdad como medio y no como fin, como proyecto y no como meta. Qué tal si el informe de la Comisión de la Verdad es en realidad un terremoto brutal que nos expone a nosotros mismo a espejos rotos, a responsabilidades claras y distintas de políticos, empresarios, organizaciones de la sociedad civil, organismos internacionales, medios de comunicación y grupos armados. Una verdad ácida que remueve convenciones éticas basadas en el ocultamiento y la resignación.

¿Qué debe decir ese informe final además de indagar por las estructuras de poder que dieron y dan lugar a la barbarie? Debe obligarnos a reconocer la diferencia, no a pactar una narrativa redentora para todos, sino a visitar en conjunto el dolor de lo que permitimos como sociedad. 

Pero no para decir que todos somos igual de responsables, eso equivaldría a una mentira general y entumecida, sino para saber quiénes toman las decisiones que han hecho que el tratamiento violento de los conflictos sea una costumbre en el país. Y después de ello, de exponer responsabilidades de ciertos colectivos e instituciones, de señalar a los encubridores, de indagar quiénes han estado detrás de políticas de despojo, muerte y desaparición, de identificar dónde residen los discursos que dibujan a aquello que se considera diferente como amenaza que debe ser eliminada; después de todo ello, apenas habremos iniciado el camino, no de la redención, sino de la aceptación: el tortuoso sendero de reconocer muchas de las mentiras que nos han erigido como nación. 

El informe de la Comisión de la Verdad puede ser un punto de partida basado en el dolor. Con ello podríamos tomar diferentes decisiones. Pensar por quién votaremos en esta maltrecha democracia, conjeturar cómo restaurar nuestra confianza en las instituciones, y, quizá, estar muy alerta para que las mismas prácticas de exclusión y eliminación violenta de la diversidad no se repitan. 

Lo que digan Londoño y Mancuso no nos va a sanar, va ser siempre insuficiente, siempre altanero y doloroso. Escucharlos no será bonito ni amigable, quizá sea horroroso y amargo. Cada vez que llegue esa verdad –siempre fragmentada e incompleta– tendremos que decidir si queremos ocultar hechos y responsabilidades específicas para construir narrativas cómodas, o si estamos dispuestos a aceptar que Colombia es también una suma de abandonos, olvidos impuestos y exclusiones tenebrosas que, inevitablemente, acompañarán cualquier futuro que queramos imaginar. En esta encrucijada yace la difícil labor de la Comisión de la Verdad. 

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Gabriel Rojas Andrade

@GabrielRojas54

Filósofo y literato, profesor de la Facultad de derecho de la Universidad de los Andes, experto en justicia transicional


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