Recuerdos de Camilo Torres

Cuando era muy jóven, María Inés de Rodriguez fue amiga del cura que empuñó las armas con el ELN. Aún no se explica qué lo llevó a entregar su vida en las trincheras de la guerra.

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Ana Gutierrez

20.06.2013

La sala del apartamento de María Inés de Rodríguez, en el barrio Santa Bárbara de Bogotá, tiene una vista espectacular a la montaña: el verde de la vegetación y el rojo de los edificios de ladrillo llenan la ventana del noveno piso. Al entrar es lo primero que uno ve, por la intensa luz que entra, a pesar de que la puerta abre a un angosto corredor que lleva a la sala. La ilusión de la abundancia de vegetación la completa el espeso tapete verde de la sala que hace como espejo de la vista. María Inés me recibió con emoción esa tarde, mostrándome los imanes que cubren su refrigerador verde y llevándome a su pequeña oficina a mostrarme fotos familiares: a los 75 es madre de seis hijos y abuela de ocho nietos. Yo soy una de ellos.

La había llamado una semana antes a decirle que quería preguntarle sobre su amistad con Camilo Torres, el famoso cura que se fue a luchar al monte con las banderas del ELN. Al principio creí que era su hermana Marta la que lo conocía, pero mi mamá, quien me había contado hace muchos años la historia, me corrigió y me dijo que llamara a María Inés. Yo le digo Nana, apodo que inventó mi hermano también hace muchos años. Ella me dijo que sí, con más entusiasmo por verme que por hablar del tema. Me senté en el gran sofá verde de la sala, con la gran ventana a mi derecha y un cuadro colonial de la Virgen detrás. Ella se sentó enfrente mío, en un sillón color crema. Sacó, aunque aún no logro entender de dónde, ya que no tenía bolsillos, una hoja llena de notas en una caligrafía copperplate perfecta que hacía parecer el trozo de papel más una carta de amor escrita en los años 1800 que en el milenio donde las teclas han arruinado la escritura a mano. Es un rasgo que comparte con mi mamá; las notas no la letra: sin importar el tema, hacen investigación, no para beneficio de ellas sino para no quedar mal con lo que se han comprometido.

Sus notas eran una biografía resumida de la vida de Torres, que murió en un combate a los 37 años. Lo narró con ceño fruncido, recitando datos como si fueran ajenos a su vida. Camilo Torres era sacerdote en los sesenta, capellán de la Nacional, guerrillero del ELN, dado de baja por el ejército. Mientras recitaba los datos, tenía la típica expresión de preocupación materna ante un proyecto de un hijo, como si estuviera a punto de decir ‘Ven mija, yo te pinto la cartelera’ o ‘Mira mija, podemos…’.

Cuando le pregunté cómo lo conoció, enderezó su falda y tomó una actitud más formal. “Puro plan social” dice, explicando que Torres era el sacerdote de “moda” en la clase social alta de Bogotá, para bautizos y matrimonios. Su explicación sigue siendo distante, pero más personal que antes, alguien defendiendo un conocido que por más que no sea cercano igualmente se debe defender la asociación. “Era divinamente bien plantado…con un carisma enorme, lo que más le admirábamos. Era muy religioso, muy creyente”. Lentamente, empieza a ponerse triste al recordar su muerte.

"Era un tipo muy…se cuestionaba mucho las cosas. Yo creo que encontró muchas contradicciones en la Iglesia"

Tiene una memoria muy clara de cómo se enteró de la muerte de Torres; una amiga le contó mientras iba por la calle y se quedó fría. “En el 66 -dijo-, me acuerdo perfecto. Es de esos momentos que se le graban a uno”. Agrega, como es típico de los colombianos, que Torres era bogotano pero murió en Santander. “No entiendo qué le pasó”, dice. “Se confundió en mi concepto”. Y, según lo describe, no le ayudó estar envuelto en la atmósfera radical de la Nacional que “creo que fue donde encontró…no sé”. María Inés se queda en silencio por un momento. Lentamente empieza a hablar con la profunda desilusión y confusión que solo puede tener un padre ante un hijo descarriado. “Era un tipo muy…se cuestionaba mucho las cosas. Yo creo que encontró muchas contradicciones en la Iglesia”.

Mira sus dedos, sus ojos cada vez más tristes, mientras me explica que en esa época, todavía existía el purgatorio. Habría de existir, como parte del dogma de la Iglesia, hasta que en 1999 el Papa Juan Pablo II  lo describió como un estado mental más no un lugar físico. “¿Te imaginas? ”, me pregunta, mirándome fijamente. “Los guerrilleros abusaron de él. Se lo llevaron al monte, lo convencieron. Y lo más horrible del mundo: se lo llevan y lo ponen de escudo, a ese buen tipo. Y así fue su final”.

Al terminar se endereza, arregla su falda y me mira. Al lado mío hay unas totumas decorativas de Perú que no había visto. Las tomo y digo algo al respecto tratando de aligerar la conversación. Ella me sonríe. Cuando las vuelvo a poner en su sitio, le pregunto por el “puro plan social” al que se refiere cuando conoció a Camilo. Lo piensa un minuto, y sonríe. Cuando empezó a contar este cuento, lo hacía con una sonrisa cada vez más grande, moviéndose un poco hacia adelante, como si quisiera pararse para volverlo vivir acto por acto:

“Un día fueron a comer a mi casa. Solo era dos años mayor que tu abuelo, ¿sabías? Vinieron con un amigo español de izquierda, Tomás. Llegaron como a las ocho y media, nueve.” Aquí ríe un poco. Lentamente se está transformando en una mujer joven, emocionada por la visita. “Yo tenía un niño recién nacido, Ana María o María Helena”. Es decir, su tercero o cuarto hijo. “Pero bueno, nos sentamos a comer, y después a hablar. A las diez me paré a darle el primer tetero al niño”. “Después a las dos de la mañana y a las seis, y: ¡seguían! Como si nada. Se volvió a reír, ya dejando que la risa le moviera la cabeza hacia atrás. “Bueno, les abrí las cortinas y Camilo dijo: “¿ya es de día?”. “Y yo dije” -en este momento se endereza, orgullosa y divertida, como lo debió hacer hace más de cuarenta años- “sí señores, ya he dado tres teteros.” Salieron entonces al Volkswagen de Torres, que iba a llevar al español. El Volkswagen se había pinchado. No estaban preocupados, dice, los ojos todavía llenos de alegría, él era despreocupado siempre. No había gato para cambiar la llanta. Pero Torres, con risa, dijo que él se encargaba. Alzó el Volkswagen y el español y mi abuelo cambiaron la llanta. “Y se fueron” dice, todavía sonriendo. “El era así. Libre pensador.”

En la comida en que lo conoció, llegó con una moto nueva (No sé qué le pasó a la moto entre ese cuento y el cuento del Volkswagen). “No sabía donde dejarla, así que lo hicieron entrar a la sala. No vayas a creer que era locato.” La mujer al frente mío ya no parece ni madre ni abuela, sino una amiga con la que estoy chismoseando. “No lo querían dejar irse porque él era el eje siempre de la fiesta.” Entonces, para poder escapar, Torres ofreció darles una vuelta a las señoras. “Camina María Inés, me dijo, y cuando estuvimos afuera, me dijo: tengo que madrugar, diles que me fui”. Se ríe otra vez. “Era muy agradable. Sabía escuchar”.

Algo se le oscurece en la cara con ese comentario. Se le empieza a ir la luz. “Escuchaba mucho…El escuchó a los estudiantes.” Se refiere a los estudiantes de la Nacional. “Si ahorita es así, en esa época la única manera de expresarse era echando piedra”.  Ahorita estamos en paro cafetero, paro estudiantil, paro de profesores, paro indígena. No mucho ha cambiado. “Los escuchó y se dejó enredar…Es una lástima…no supieron guardar ese valor”. Mira a sus dedos y cuando me vuelve a mirar, ha vuelto la abuela decepcionada. En algún momento, la joven sin preocupaciones se escapó. No entiende como Torres pasó de cuestionar, (“Cuestionar me parece muy bien”, dice) a estar en el monte, pero agrega que solo lo vio en “reuniones sociales tontas”. Casi cincuenta años y sigue sin entender, lo considera “un eslabón perdido”. Me cuenta que le ronda en la cabeza una frase que le oyó al Dalai Lama: la salvación te la da cualquier religión que haga una buena persona. “Lo más importante es que conocí una persona carismática y abierta que no contradecía su religión. Pero lo del Dalai Lama me impactó mucho. Seguramente a él lo hubiera impactado también.”

070 RECOMIENDA...

La biografía de Camilo Torres escrita por el exsacerdote y escritor irlandés, radicado en Colombia, Joe Broderick

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Todavía nos queda bastante luz, aunque ya no hay suficiente para iluminar el cuadro de la angosta entrada, una escena de la India. Me empieza a contar sobre su viaje reciente a Cuba y el regalo de cumpleaños de mi mamá, que era ese domingo. Suena el teléfono. Es su hermano, llamándola desde México a decirle que murió Chávez. Nos quedamos en silencio un momento para absorber la noticia. Al colgar, la vuelve a llamar un hijo y después otro con la misma noticia. Mi celular se ilumina con los mismos mensajes. El mundo cambia, el mundo sigue igual.

*Ana Gutierrez es estudiante de la Universidad de los Andes. Esta crónica la hizo en el curso Crónicas y Reportajes.

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