Por sus guerras los conoceréis

La guerra de Colombia ha producido miles de exiliados, Venezuela ha deportado a muchos colombianos por su guerra, y miles de sirios están llegando a Europa por su guerra. Por sus guerras conoceréis a los amos del odio y a los ciudadanos patrioteros.

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Omar Rincón

07.10.2015

Los medios y el conflicto en la frontera

“La frontera de la paz” es el nombre que han dado los medios de Venezuela al conflicto  con Colombia, aunque el discurso de Maduro es el de la guerra. Para los medios colombianos, se trata de mostrar “la frontera de la guerra” aunque el discurso de Santos sea el de la paz.

El único discurso que hace falta es el de los colombianos que van y vienen como balón de juego entre dos intolerancias, situación que pone feliz al periodismo sensacionalista: hay escándalo con rostro humano para contar.

Mientras en los medios de Colombia se narra la crisis como un partido de fútbol, en Venezuela se narra como una gesta religiosa anti-colombiana. El periodismo, a un lado y al otro de la frontera, abdicó del oficio y se dedicó al sensacionalismo patriotero.

Los periodistas colombianos llegaron a la frontera y narran la crisis como un partido de fútbol… “este es un deportado mírenlo como llora, allí un niño pobre, más allá un hombre pasa una nevera… al frente está la guardia venezolana obstruyendo la jugada. Increíble, qué dolor, señoras y señoras…”. Y los editorialistas “analizan” desde Bogotá: “Señor Maduro, Colombia se respeta” exclama la portada de la Revista Semana; un director de radio increpa y dice “que esto se va a ir a la guerra aérea, que ojalá los gringos vengan a ayudar”, y otro llama a los venezolanos, a todos, “imbéciles”… Y volvemos en directo a la frontera: Gracias por el cambio, allá un niño, pobre de leche, aún en brazos, pobre madre, mírenlo… qué caos, qué barbarie… Y ahora en directo: el comentarista de la verdad, Álvaro Uribe…”).

Y así se va narrando como si fuera un partido de fútbol, más pasión que democracia, más sentimiento que contexto y periodismo.

Los medios venezolanos ni siquiera van a la frontera, muestran todo lo que les envíen el gran inquisidor Maduro y sus acólitos. Los  noticieros informan que en cada colombiano deportado hay un paramilitar y un ladrón de alimentos del pueblo venezolano, y cada noche muestran que han incautado 2 libras de arroz, 20 galones de gasolina y 50 botellas de aceite. La información que Maduro les envía se limita a decir  que él busca la paz en la frontera, que solo quiere salvar a su pueblo de los colombianos contrabandistas y paramilitares; además, que los miles de colombianos en Venezuela son víctimas de la ineficacia del gobierno colombiano y de la acción paramilitar. Un relato que solo tiene sentido en la fe de su dios Chávez y su discípulo de Bolívar.

"Uribe y Chávez los irascibles se peleaban por cálculo político y se amistaban sin que nada pasara, Santos dubitativo y Maduro terco solo saben empeorar la vida en la tierra. ¿Por qué no se callan y se desmovilizan de sus guerras?"

Razones y verdades

—Del lado venezolano explican que los colombianos que están allá los expulsó Colombia por pobreza, por abandono del Estado, por el narco, por la acción de políticos carroñas y los grupos paramilitares; que el contrabando es un hecho real que desangra la economía y bienestar venezolanos; y que los paramilitares existen en Venezuela y son colombianos. El contexto lo es todo. La verdad es que más de 1.500 colombianos han sido deportados y otros 10 mil se han devuelto para evitar problemas. El contexto dice que a cada lado hay razones sin verdad.

La verdad es que Venezuela con hambre tiene muchos colombianos allá, que el contrabando existe desde hace tiempo, que los paramilitares llegaron a Venezuela hace más de siete años y que el narco es la única economía que se mueve allí.

Pero este conjunto de aberraciones lleva largo tiempo. Ahora es solo un modo desesperado para calmar el desespero por la falta de alimentos en Venezuela; Maduro está tratando de sobreaguar la crisis política interna al encontrar en Colombia a un culpable de todos sus errores, y de unificar al pueblo en una causa común para las elecciones de diciembre.

—Nuestra realidad es que Colombia expulsa a los más pobres de su territorio y, que como se pregunta Antonio Caballero ¿dónde estaban Samper, Pastrana, Uribe, Santos que obligaron a cuatro millones de colombianos a huir a Venezuela? Se fueron porque aquí no hay Estado en la frontera, aunque ahora eso lo ignoran con cinismo   nuestros políticos. Cínico es que Uribe vaya a arengar y gritar lo que no hizo durante su gobierno, solo para lucirse como el más bravucón de la tribu.  Y más cínico aún, como  informa Caballero, que Santos fuera a decirles a los deportados: “bienvenidos a su patria” y que “aquí los queremos”.

Uribe y Chávez los irascibles se peleaban por cálculo político y se amistaban sin que nada pasara, Santos dubitativo y Maduro terco solo saben empeorar la vida en la tierra. ¿Por qué no se callan y se desmovilizan de sus guerras?

Por ahora, el periodismo futbolero y religioso para contar lo social, los analistas ignorantes de la verdad del otro que encarnan el mal de la ira sin argumentos, los políticos irresponsables y demagogos como Uribe, los payasos ofensivos como el procurador y el fiscal, la bobada light de Santos y la estupidez de Maduro  han llevado a que en Venezuela surja un sentimiento anti-colombianista y en Colombia un odio hacia los venezolanos.

Y estoy hablando en sirio, no en serio

La pasión de patria es la peor porque es ese orgullo irracional de ser de un lugar y defenderlo como el máximo valor. Por su intensa carga emocional, esta pasión expresa el odio, la intolerancia, el resentimiento y la violencia de una sociedad.

La cosa se pone peor con el drama de los sirios. Un pueblo que se ve obligado a huir y a abandonarlo todo ante la guerra. Esta crisis ha sacado a relucir lo malas personas que son los países ricos: todos miran para otro lado y se hacen los bobos, importan más lo animales que los humanos, más los negocios de armas que la conciencia social: y es que la guerra es mejor negocio que la solidaridad y el humanismo.

Los medios de comunicación están felices como chulos contando con cara de dolor la tragedia de los humanos llamados sirios. Hemos convertido a los sirios en espectáculo de la miseria para el confort de nuestras pequeñas vidas. Surgen preguntas como ¿cuánto vale un ser humano? La repuesta es que para la hipócrita superioridad moral de Europa, un ser humano vale  nada o cero: el capitalismo tiene sus daños colaterales; hay unos humanos desechables. O valen mucho para el rating: un sirio que busca salvarse es una historia para ejercer el dolor público y aprovecharse del mejor periodismo miserabilista. O millones para las redes digitales, porque los odios son más virales: se odia desde el cuarto para convertirse en tendencia. La guerra de los odios cómodos también existe.

Final sin happy

Los colombianos preguntarnos por qué expulsamos a tantos colombianos y nos importan tan poco. Con los sirios el asunto es solo para exclamar: ¡pobrecitos! y que se jodan. Ya bastante tenemos con nuestros deportados colombianos.  Los colombianos deberíamos perder la inocencia global y abandonar el odio de frontera para preguntarnos por qué expulsamos a tantos colombianos y nos importan tan poco. Y recordar que en Chile el odiado es el colombiano migrante. En este mundo hiper-conectado, estamos dominados por el gen de la estupidez.

Santos y Uribe y Maduro y los medios y los periodistas y todos los humanos de pasión futbolera patriótica y fe religiosa deberían recordar lo que esta semana escribió el novelista Javier Cercas sobre el asunto catalán: “La tarea del político no consiste en intentar traer el cielo a la tierra sino sólo en mejorar la tierra – en esa humildad estriba la grandeza-, el político no debe prometer la felicidad: debe conformarse con facilitar las condiciones para que cada uno la busque por su cuenta”.

Los poderosos del mundo, los periodistas carroñeros, los tuiteros de alcoba deberían recordar que el odio mata y que nuestra misión es mejorar la tierra. Lo perverso está en que cada uno de ellos tiene una guerra para triunfar en su oficio: las guerras del odio ganan.

 

*Esta nota fue publicada previamente en Razón Pública.

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