Por fuera de los manuales

Antes de las marchas, antes de las cartillas falsas que movilizaron al país, antes de que fuera pública la propuesta de MinEducación, dos colegios de Bogotá, por razones muy distintas, decidieron repensar la manera en la que podían acabar con la discriminación sexual y de género de sus aulas.

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Miguel Botero Echeverri

31.08.2016

Pepas de eucalipto, piedras, cáscaras de fruta y vasos de yogurt. Todas estas cosas le llovían a Martín en el colegio con burlas como música de fondo. “Loca”, “princesa”, “marica”, “galleta”. Los estudiantes del Colegio Nacional Nicolás Esguerra, colegio público de Bogotá, pusieron en insultos lo que Martín reconocería años más tarde como su orientación sexual. Ser homosexual en un colegio masculino de heteros le valió años de matoneo.

Martín era minoría por ser gay pero mayoría por ser parte del grupo de estudiantes que son matoneados por tener orientaciones sexuales diversas. La homofobia es la causa del matoneo en el 30 % de los casos según un estudio de Friends United Foundation. Ninguna otra característica física o psicológica hace tan vulnerable a un estudiante.

Fue entre otras víctimas de ese tercio que Martín encontró apoyo, porque de profesores y directivos no recibió ninguno durante buena parte de los años que estuvo en el Esguerra. La pregunta estándar cuando se quejaba del matoneo era por qué daba papaya y la recomendación, caminar rápido por los pasillos, no meterse con nadie. Pero con él se metieron sin tregua. Hace memoria: para él, 2013 fue el año más duro de su vida. Y sigue: a Juan de la Cruz Jiménez, profesor de ciencias sociales, lo bauitiza como el del iniciador del cambio. En eso coincide con estudiantes, profesores y consejeros.

El profesor Jiménez arrancó con su esquina, tomó su clase de ciencias sociales y la convirtió en una cátedra de derechos humanos, sexuales y reproductivos. Con el apoyo de su colega Héctor Ocampo extendió la clase a todas las secciones de 8º y 9º, 600 de los estudiantes en los que más problemas de abuso había. Llevó los temas de clase a los pasillos en forma de afiches y, en compañía de sus colegas, comenzó a intervenir casos de abuso.

–Cuando veía que a alguien lo maltrataban, identificaba quién era el victimario y lo invitaba a hacer una práctica restaurativa: una víctima y un victimario se ven cara a cara y la víctima tiene la oportunidad de desahogarse–, explica Juan. Cuenta que en muchos casos los estudiantes matoneaban por presión de sus amigos, no por rechazo a las preferencias de la víctima.

Los esfuerzos de Jiménez no siempre fueron bienvenidos. La resistencia al cambio de estudiantes, directivos y profesores fue tal que comenzar a hablar de diversidad sexual le trajo los insultos que le llovían a Martín: “Fui señalado, ‘este man debe ser gay también, defiende a los gays’”, dice.

A pesar de la oposición, el discurso de diversidad empezó a calar. Mientras tanto los estudiantes que por años habían sido víctimas, también habían empezado a formar comunidad. “Ellos se dieron cuenta de la posibilidad de trabajar en función de sí mismos”, dice Ocampo. “Nosotros actuamos reconociéndolos y abriendo espacio para que pudieran expresarse”. El grupo de jóvenes creció, se apoyó en consejeros, profesores, amigos heterosexuales y la Red Conciliadores Equidad Bogotá para darle la vuelta al abuso.

Juan, Héctor y otros colegas protegieron ese grupo de estudiantes porque entendieron lo que Andrés Molano, psicólogo del Centro de Investigación y Formación en Educación (CIFE) de la Universidad de los Andes, considera esencial para reducir el matoneo: “En la teoría de agresión escolar, una de las cosas que se ha resaltado mucho es el rol de los amigos como defensores o protectores en una situación de discriminación”.

Estudiantes unidos y profesores receptivos lograron una comunidad en la que fue posible impulsar la inclusión de los derechos sexuales y reproductivos en el manual de convivencia. El cambio en el texto fue sólo el reflejo de una transformación en el Esguerra. Hoy, Martín duda de que el colegio esté libre de matoneo, dice que buena parte de la violencia se aprende en la casa y la calle, sabe que los cambios son graduales. Lo que no duda es que su colegio no es lo que era en 2013. Ya para 2014 había cambiado los suficiente para darle la certeza a Héctor de que en el Esguerra la suerte de Sergio Urrego hubiera sido otra.

***

Pero no fue el Esguerra, fue el Castillo Campestre y la decisión del estudiante de 16 años de saltar de la azotea de un centro comercial en el noroccidente de Bogotá. Murió el 4 de agosto del 2014, luego de ser expulsado del colegio por tener un noviazgo con uno de los estudiantes. Un año más tarde, a comienzos de agosto del 2015, la Corte Constitucional falló una tutela a favor de los padres de Urrego. Encontró culpable a los directivos del colegio de discriminación, ordenó que le dieran a la víctima el grado póstumo y ofrecieran en su honor un acto público de desagravio.

El Ministerio de Educación quedó a cargo de la revisión de más de 19 mil manuales de convivencia escolar de todo el país para garantizar que ninguno incluyera normas discriminatorias. El proceso terminó en controversia nacional el mismo mes que se cumplían dos años de la muerte de Urrego. Multitudinarias marchas llenaron las calles de las principales ciudades del país, convocadas por la Iglesia Católica, comunidades cristianas, rectores de colegios y figuras políticas.

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Verónica Molina y Andrés Mejía, del Centro de Investigación y Formación en Educación (CIFE), publicaron 'La doble vida de Véronique: Enfrentando la complejidad normativa del aula de clases', una lectura obligada sobre la educación.

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Acusaron a Gina Parody, ministra de educación, de ordenar la distribución de unas cartillas con imágenes pornográficas para promover lo que la senadora del centro democrático Ángela Hernández describió como una “colonización homosexual de las aulas”. Más tarde se comprobó que las cartillas no existieron y las imágenes que llenaron los medios habían sido tomadas de un libro belga para adultos.

Todo pasó en menos de dos semanas e involucró iglesias, Procuraduría, altas cortes, ministerios, sociedad civil y Presidencia. El Esguerra se salvó del vendaval político: actualizó su manual antes de que la Corte diera la orden. La Escuela Pedagógica Experimental, colegio privado de Bogotá, ni siquiera lo sintió: nunca ha tenido un manual que rija la conducta de sus estudiantes.

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Camila detestaba la falda del uniforme de su antiguo colegio. David detestaba su antiguo colegio. En la Escuela Pedagógica Experimental – EPE ella se pone lo que le da la gana y él se preocupa menos por las burlas y los insultos. Dicen que la escuela no es perfecta, que los comentarios “rabones son ineludibles”, enseguida aclaran que no quieren estudiar en ningún otro lugar. Dudan que en otro colegio puedan estar tan cómodos con su identidad sexual.

Si ponen todos los colegios de Bogotá en una orilla y la EPE en la opuesta es porque ésta ha rechazado muchas de las cosas que caracterizan al sistema educativo tradicional. Mientras la modificación del manual de convivencia es el fin del abuso para profesores de un colegio público como el Esguerra, los de la EPE lo ven como el origen de la violencia.

La Escuela Pedagógica Experimental, institución que Dino Segura fundó en 1977, se ha construido sobre la idea de que los manuales igualan todos los conflictos y obligan a los estudiantes a adaptarse a una idea arbitraria de lo que es normal. La filosofía educativa de la escuela ve esa misma intención maquinal en exámenes, calificaciones, detenciones, uniformes y mucho de lo que caracteriza a los colegios convencionales.

 

"Hay una idea equivocada de que el colegio es lo que prepara a los jóvenes para la vida. El colegio es la vida"

 

“Las escuelas no funcionan con los manuales, funcionan de acuerdo a su ambiente educativo”, dice Segura y añade que parte fundamental de la escuela es la libertad de los jóvenes de definir su personalidad, elegir sus preferencias. Las sexuales son sólo unas entre las educativas, estéticas e intelectuales que la EPE quiere defender. Cuando la discriminación llega, los directivos y profesores resuelven caso por caso, aplican un criterio diferente a cada uno dependiendo del contexto y los involucrados.

Según Janet González, la rectora, dado que la visión que la EPE tiene de la diversidad sexual no está consignada en un manual, está en una constante construcción. En constante construcción están los estudiantes, también. “Creo que como sociedad nos debemos abrir a que hay diversidades étnicas, culturales, sexuales, de todo tipo. Al mismo tiempo nosotros no podemos encasillar a los estudiantes como hetero u homosexuales. Están en desarrollo”, dice González. Lo que sí pueden hacer, explica, es enseñarles a respetar sus cuerpos y su intimidad.

Difícilmente puede estar un colegio exento de matoneo, pero ayuda que no tenga lo que Andrés Molano llama ‘formas explícitas de discriminación’. Dado que no hay manual de convivencia, no hay un documento en la EPE que pueda sancionar a los estudiantes por tener preferencias diferentes a las mayoritarias. Tampoco hay un uniforme que los iguale al resto, baños mujer/hombre o actividades reservadas para algún género.

“Hay una idea equivocada de que el colegio es lo que prepara a los jóvenes para la vida. El colegio es la vida”, dice Andrés Molano. “No se pone a un estudiante en stand by hasta los 18 años que se gradúa”. Los estudiantes y profesores de la EPE y el Nicolás Esguerra no tienen la certeza de que su aproximación al tema del matoneo y la diversidad sexual sea la única respuesta o la solución perfecta. Lo que sí creen es que un colegio en el que se respeta la diversidad prepara a los estudiantes para entender lo que hay fuera de los salones.

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