Crónicas de Lilliput

Ocho apuntes sobre periodismo, realidad y ficción

¿Qué tan mentiroso es el periodismo?

Alejandro Gómez Dugand

15.08.2012

1. Orson Wells, extraterrestres y la realidad según el formato

En 1938 una transmisión de radio se convirtió en catástrofe. Era un día antes de Halloween, y Orson Wells (entonces de 23 años) decidió hacer una lectura dramática de la obra La guerra de los mundos de H.G. Wells, en la que se narra una invasión extraterrestre al planeta tierra. La adaptación radial de Orson Wells duró una hora aproximadamente, y antes de que pasaran los 15 primeros minutos, el país ya estaba conmocionado. Lo que ocurrió es que los radioescuchas pensaron que el mundo estaba siendo realmente invadido. La razón: Orson Wells había decidido narrar la historia en un formato noticioso, y a pesar de que durante la transmisión se advirtió dos veces que se trataba de una dramatización, la combinación de un relato que cumplía casi de manera caricaturesca los criterios de noticiabilidad (impacto, cercanía, temporalidad, espectacularidad, etc.) con un lenguaje periodístico fue demasiado para el poder de comprensión y distanciamiento de la audiencia, y ficción se convirtió en realidad.

2. Fotografiando sombras

“Las imágenes fotográficas”, afirma Susan Sontag en su ensayo La Caverna de Platón, “menos parecen enunciados acerca del mundo que sus fragmentos, miniaturas de realidad que cualquiera puede hacer o adquirir.” Ningún invento humano (incluido el periodismo) tiene la misma aparente capacidad de la fotografía de capturar la realidad.

En su mismo proceder mecánico, el fenómeno fotográfico se hace del mundo fáctico. La luz (radiación electromagnética visible por el ojo) atraviesa una serie de lentes que la defractan, amplían y filtran. Al final, esa luz llega hasta un sensor fotosensible en el que radiación se convierte en imagen. Física pura. Y sin embargo, como afirma Sontang, la fotografía apenas “manosea la escala del mundo”. A pesar de su ostentación de realidad, una fotografía es en esencia una mirada, un punto de vista y el reflejo de una subjetividad. Vale la pena pensarlo desde su ángulo menos profesional: las fotografías familiares. Si bien las fotos de un álbum familiar son depósito de momentos fácticos, estas han pasado por un proceso de subjetivación y de curaduría. Hoy, con las cámaras digitales, esto es aún más evidente. Una foto puede ser tomada cuantas veces sea necesario para que se ajuste a las expectativas del fotógrafo y de sus fotografiados.

El periodismo funciona de igual manera. Una nota periodística surge de un encuadre, un zoom que hace el reportero sobre un evento. En el ejercicio de reportería el periodista, aunque trate de evitarlo, sigue actuando de manera subjetiva, preguntando lo que él quiere saber y deteniéndose en lo que para él es más importante.

Y ni hablar del proceso de escritura, ese en el que el reportero recorta, amplía y reduce los datos de su investigación. Elegir lenguaje es ejercer un punto de vista y subjetivizar una información que previamente ya ha pasado por su propio filtro. Es decir, es copiar una imagen que ya ha sido copiada, como tomarle fotografías a las sombras de la caverna platónica.

Y el problema, para los defensores de lo real en el periodismo, es que lo subjetivo no es otra cosa que una ficción de uno mismo, es el resultado de muchos eventos que chocan entre sí para crear una identidad.

3. Nadie puede tocar a Camilo Rodríguez

Es difícil entender cual es la delgada línea que separa al mundo fáctico (el que en teoría le atañe al periodismo) y el de la ficción (del que se ocupa el arte); y desde siempre, teóricos de ambos lados no han hecho más que buscar argumentos para hacer visible esa línea. Autores como Kovach y Rosenstiel aseguran que el periodismo existe gracias que «las personas tienen una necesidad intrínseca, un instinto de saber qué no se circunscribe en su experiencia directa». Ese es el primer argumento: el periodismo existe para informar. Sin embargo, vale la pena plantearse lo siguiente:

Supongamos que a propósito del atentado contra Fernando Londoño alguno de los periódicos nacionales hubiera publicado la historia de Camilo Rodríguez, un vendedor de cigarrillos que estuvo en la explosión. Supongamos que la nota narra como, al rededor del medio día, Rodriguez oyó una explosión y vio como una nube de humo negro oscureció la Caracas con calle 76. Digamos que Rodríguez narra como vio a todo el mundo correr, entre ellos un hombre negro que llevaba una peluca que luego sería reconocido por las autoridades como el mayor sospechoso. Digamos que Rodriguez fue testigo del momento en el que Londoño fue retirado de su carro por sus escoltas, que vio su cara abstraída y cubierta de sangre. La nota estaría contando con precisión todos los detalles del atentado. Estaría informando de manera fiel al mundo fáctico y estaría saciando esa necesidad de la audiencia de ser informada y el artículo calificaría como un ejercicio periodístico. ¿Pero qué sucedería, si luego de su publicación, el periodista responsable de la nota confesara que Camilo Rodríguez no existe? Sin duda el periódico tendría que publicar una vergonzosa fe de erratas, el periodista perdería su trabajo y los lectores estarían comprensiblemente indignados. A pesar de que, en teoría, la información real, y la que le interesa al público, fuera fiel a los hechos.

La información no es lo único que la gente le pide al periodismo. Existe también un afán de comprobación. Como lectores, necesitamos saber que, de ser necesario, podríamos ir a la 76 con Caracas, encontrarnos con Camilo Rodríguez, pedirle su cédula, hablar con él, tocarlo. De lo contrario, nos sentiríamos engañados.

4. La paradoja del árbol que nadie oye caer

La pregunta ha desvelado a científicos de todas las ramas: ¿si un árbol cae en el bosque, y nadie está ahí para oírlo, existió realmente el sonido de su caída? Parece una pregunta tonta, pero entendiendo el sonido en términos físicos como al vibración que unas ondas producen en el oído, la respuesta es sensiblemente complicada. Es decir, si nadie estaba ahí para oírlo, y si el sonido solo existe cuando hay un oído listo para enviarle vibraciones al cerebro, entonces ese sonido no existe.

El periodismo funciona como el oído, y la opinión pública es el cerebro que organiza las vibraciones y las interpreta. La información es clave para una democracia, pero si no existen oídos atentos, las noticias tendrían el mismo efecto que la caída de un árbol que nadie oye.

5. El periodismo aristotélico

Aristóteles, en La Poética, retoma un tema que ya había sido tratado por Platón en La República. Hablo del problema de la mimesis en las artes y, más concretamente, en la poesía. A diferencia de su maestro, quien había expulsado a los poetas de su república utópica por considerarlos inútiles y corruptores, Aristóteles reconoce en la poesía una

herramienta benéfica para el hombre. Así pues, mientras para Platón la mimesis en el arte era una copia de otra copia de la realidad totalmente alejada de la verdad, Aristóteles la redefine como copia de acciones y reconoce que por medio de artificios y de una buena trama (myitos o plot) se podía afinar las emociones del espectador al producir una catarsis, y así, lograr una purificación de las pasiones. Para Aristóteles, esa herramienta plástica que es la trama es la que el escritor debía usar para sublimar las emociones del espectador.

Para Aristóteles existen una serie de elementos que debe tener una trama para producir efectos sobre el receptor: 1. La verosimilitud; 2. Lo probable o necesario (es decir que los eventos ocurran como deberían de ocurrir); 3. La universalidad (lo que permite que alguien no tenga que asesinar a su padre, casarse con su mamá y arrancarse los ojos para poder entender las tribulaciones de Edipo. Es decir, la universalidad apela a la capacidad de la tragedia de hacer vivir en cuerpo ajeno las emociones de sus personajes). Habla también de la capacidad que tiene una tragedia de producir deleite y emociones como miedo (Phobos) y compasión (eleos).

El héroe del periodismo es el mismo de la tragedia. El dramaturgo español Ramón María del Valle-Inclán explicaba como el héroe ideal de la tragedia es uno al que el espectador puede mirar a los ojos, que está a su misma altura y que razona como él. El mismo Aristóteles recomendaba a los dramaturgos que sus personajes no fueran personajes viles ni tampoco demasiado puros, porque de otra manera el grueso de su público no se sentiría identificado. Para Aristóteles, el estudio de audiencias era clave.

El periodismo es, sin proponérselo, un ejercicio aristotélico por excelencia. Cabe revisar uno por uno los elementos que Aristóteles dijo que debía tener una tragedia para entenderlo mejor:

i. Verosimilitud: para entender la verosimilitud hay que entender el concepto de diégesis. El universo diégetico del Señor de los Anillos de Tolkien es el de la Tierra Media, un lugar donde es verosímil la existencia de Hobbits, Elfos y Troles. Nadie se cuestiona el hecho de que un anillo pueda gobernar a los habitantes de la Tierra Media porque dentro de las reglas del mundo de fantasía de Tolkien está permitido. El universo diegético del que se nutre el periodismo es el del mundo fáctico, cuyas reglas están dadas por la observación, el método científico y las convenciones culturales y sociales. Para efectos de lograr una mimesis de acciones reales, como las que aspiraba Aristóteles, el hecho de que el periodismo narre lo real es una garantía para lograr una catarsis. Todos podemos ser protagonistas de un relato periodístico, pero pocos pueden ser un personaje de un cómic. La lectura de periodismo es en esencia un ejercicio de reconocimiento. En el periodismo, como en el mundo real, nada (en teoría) funciona de manera binaria: el mundo que el periodismo trata de organizar no se puede dividir en blanco y negro, sino que funciona dentro de una gama infinita de grises en la que el malo lo es por el devenir de su vida, sus decisiones y sus errores de juicio. Aristóteles lo llama Hamarthia.

ii. La tragedia debe tratar lo probable, lo necesario: una vez más, al estar las reglas del mundo diegético del periodismo ligadas a las del mundo fáctico, este oficio no tiene otra opción que narrar las cosas como debieron ser, de manera orgánica. Incluso si se trata de la historia del amo que mordió a su perro.

iii. Universalidad: Como se dijo, todos somos candidatos para ser noticia. El periodismo no funciona como la épica, en la que a un personaje extraordinario le suceden cosas

extraordinarias. El periodismo, como la tragedia, funciona esencialmente de dos maneras: a alguien ordinario le sucede algo extraordinario o a alguien extraordinario le sucede algo ordinario. O a Clinton se le comprueba una infidelidad o al vendedor de tintos se le aparece una maleta con millones de dólares.

Por su misma naturaleza, el periodismo tiene a su disposición todas las herramientas para producir catársis. Pero este es el punto en el que todos los conservadores del oficio dan el grito en el aire, porque la manera en la que el periodismo puede lograr producir emociones es a través de la creación de un plot, es decir, crear un relato que esté al servicio de su propósito inicial, valerse de técnicas plásticas, propias de la ficción.

6. Periodismo, humo y espejos

A Penn Jillet y a su compañero Teller los echaron del Castillo Mágico, la asociación de magos mas importante de EEUU. Ellos pensaban que la magia era suficientemente buena en si misma como para que ademas los magos hicieran el papel de payasos en el escenario. Pensaban que dominar los siete principios de la magia era suficiente y que blanquear los ojos, pedirle al publico silencio para poderse concentrar y gastarse millonadas en vestuario era un exceso.

Los siete principios de la magia son: 1. Palmear, tener un objeto en una mano aparentemente vacía. 2. Evacuar, deshacerse de ese objeto sin que se note. 3. Robar, lo contrario de deshacerse, conseguir el objeto deseado secretamente. 4. Cargar, mover de manera secreta un objeto a donde se necesita. 5. Simulación, hacer creer que algo que no ha pasado, pasó. 6. Distracción, alejar la atención de un movimiento secreto. 7. Intercambio, intercambiar de manera secreta un objeto por otro.

Estos principios son el secreto mas preciado de un mago. Un mago se gradúa en el momento en el que domina estos siete principios. Son todos estos movimientos los que aparecen monedas detrás de las orejas, los que hacen que que la carta de uno no desaparezca dentro de un naipe que uno mismo baraja.

Esos son los siete principios que Penn & Teller decidieron revelar. Para eso, hicieron su propia versión del que todos aseguran ser el primer truco de magia en el mundo: vasos y bolas. Aquel truco en el que el mago juega con tres bolas que aparecen y desaparecen de debajo de tres vasos. Penn & Teller llevan años haciendo su versión en vivo y donde sea sus espectadores quedan maravillados y sin tener la menor idea de qué fue lo que pasó, a pesar de que la esencia de la versión de estos dos magos es hacer el truco con vasos transparentes e ir narrando paso a paso lo que esta pasando en escena. Decir la verdad de todas sus mentiras.

El periodismo no puede decir la verdad. No del todo. Y por eso, debería al menos cumplir con la responsabilidad de decir cuando miente. O cuando podría hacerlo. El critico de cine del diario debería estar obligado a decirme si antes de entrar a ver Media Noche en París tuvo un agarrón con su novia, porque eso compromete su experiencia de ver la cinta de Allen. Si alguien entrevista a un asesino, debería confesar si sus sentimientos son de odio o de compasión. El periodismo se parece mucho a la magia. Magos y periodista se arman de trucos para crear una ilusión de realidad. Pero ambos tienen la obligación de recordarle a su audiencia que todo es un juego. Que es una ilusión para que ellos saquen sus propias conclusiones. ¿O acaso pretendía Houdini que su público pensara que él tenia los poderes sobre humanos de desaparecer un elefante?

7. El axioma del chisme

El chisme, como el asesinato, solo funciona cuando hay un cuerpo real. Por más espectacular que sea la historia, a nadie le importa si no existe un referente ontológico. Es decir, el chisme no funciona en abstracto ni los conceptos son lo que le interesan al chismoso. Nadie se sienta a hablar sobre el maltrato a las mujeres y sus razones sociológicas con el mismo furor con el que habla de los sonidos que le han hecho pensar a una persona que su vecino le pega a su mujer. La historia (de dudosa veracidad e imposible de confirmar) de como alguien en la oficina le coquetea a la secretaria tiene mayor importancia comunicativa que un artículo científico sobre las razones evolutivas de la atracción y selección de pareja.

El sicólogo Robin Dunbar, en su libro Grooming, gossip and the evolution of lenguage, explica como el chisme es vital en los procesos sociales del ser humano. Explica que es un proceso bastante parecido al que hacen los primates cuando se acicalan los unos a los otros. Más que un ejercicio de higiene, afirma, se trata de un momento de socialización. Habiendo desarrollado el lenguaje, los seres humanos dejaron atrás la necesidad de buscar piojos en sus iguales y encontraron una manera más efectiva de socialización. Las ideas de Dunbar van en contravía de muchos sicólogos y biólogos evolucionistas que afirman que el humano desarrolló sus capacidades de lenguaje para facilitar acciones prácticas como la caza, pues afirma que el lenguaje surge como una necesidad de socialización y una urgencia humana por enterarse de lo que le sucede a quienes lo rodean.

El periodismo, si se quiere, es la profesionalización del chisme, de esa urgencia por conocer el mundo en cuerpo ajeno. Desde siempre, profesores de periodismo y editores en cualquier lugar del mundo dan el mismo consejo a sus estudiantes y reporteros: “busque una historia”. Así funciona el periodismo: si se tiene que hablar de desempleo, un desempleado debe aparecer en el reportaje. “No haga un ensayo”, dicen los profesores, “esto no es filosofía”. Al periodismo, como al chisme, no le quedan bien las discusiones en abstracto. Un lector promedio de prensa difícilmente se detendría en un texto de tres páginas con digresiones sobre los avatares de la vida, pero con seguridad sí lo haría en en el perfil que hizo Alberto Salcedo Ramos de Pambelé.

El ser humano socializa, se comunica y organiza su cuerpo en relatos. Y la manera en la que esos relatos funcionan mejor es cuando hay un otro, un protagonista. Periodismo, chisme y asesinato funcionan mejor cuando hay un cuerpo de delito.

8. ¿Desde dónde me habla?

Hoy el periodismo no debería prometer objetividad. La discusión de lo real y lo ficticio en el periodismo no es ontológica sino ética. Quiéralo o no, un periodista creará ficciones en sus relatos, su responsabilidad es reconocerlo.

A propósito de la ética del cronista, en La crónica: ornitorrinco de la prosa, Juan Villoro afirma que: “cuando [la crónica] pretende ofrecer los hechos con incontrovertible pureza. Es decir, sin el hueso incomible que suele acompañarlo (las sospechas, las vacilaciones, los informes contradictorios), es menos convincente que cuando explicita las limitaciones de su punto de vista narrativo”. Cercano a Villoro aparece Caparrós, quien reconoce al periodismo como un genero literario.

Hoy por hoy ni siquiera los lectores le exigen objetividad al periodismo. Ese contrato tácito que existía entre el periodista y su audiencia se ha roto, bien porque el público entiende que no puede leer las columnas de José Obdulio Gaviria de manera desprevenida o bien porque se ha convencido de que “los medios no hacen más que decir mentiras”.

Hoy el periodismo lo que debe prometer es transparencia, y en ese sentido, fenómenos como la columna de José Obdulio o periódicos como El Colombiano de Medellín han sido honestos. Ambos dejan clara su inclinación política, y la opinión pública decide o no leerla. Es más peligroso un periodista que jura lealtad a la objetividad y que promete “atenerse a los hechos”, pues lo más probable es que detrás de todos sus trabajos (aunque de manera inconsciente) se escondan sus filias y fobias.

Hoy la gente pide puntos de vista y se afilian a los medios que de alguna manera coinciden con los suyos propios. Hoy la gente lee, en muchos casos, para confirmar sus prejuicios. Y subjetividad y punto de vista (tan apegados a la ficción) es lo que el periodismo ha ofrecido desde siempre.

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