Columnas

Pelo trenzá’o

Doscientos de años atrás las líneas que logran las tropas en el cráneo eran una manera de representar rutas de escape o de comunicarse entre hombres y mujeres esclavos a escondidas.

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Mariana Sanz de Santamaría

08.08.2018

Mis estudiantes mujeres llegan todas las semanas con un peinado y trenzado diferente. Incluso hay quienes llegan todos los días con uno diferente.

Es una competencia tácita entre ellas que determina cuánto talento tienen para trenzar, cuánta plata para comprar pelo, cuánto estilo.

 

Es el sábado el día de “hacerse el pelo” y dura, en efecto, todo el día. Ese día, en los patios de enfrente de las casas del pueblo de Barú están las mujeres trenzándose entre ellas con largos pelos postizos regados en el piso y encima de sus cabezas, con un reguero de bombas que usan para amarrar las puntas de estas, peinillas, espejos e interminables conversaciones. Los sábados es fijo, pero el resto de los días también hay por ahí.

 

En el recreo del colegio se me acercan algunas peladas de séptimo y me peinan. También las de octavo, las de décimo, y las de once. “El pelo de la seño sí que es suevecitíco”, se dicen entre ellas. “Seño y ¿usté porqué se lo mochó?”, me preguntan, les explico una y otra vez, que me lo corté unos días antes de llegar a Barú para donarlo a una fundación de cáncer. “‘Da seño, si yo lo tuviera liso, primero muelta antes que mochalmelo”, me dice Liz Andrea de 7a, “eso é un peca’o”.

 

Un sábado me senté con las peladas de décimo que estaban reunidas haciéndose el pelo frente a la casa de Wendy, que es mi vecina, y es la dura de las trenzas. “Seño venga y la peino”, me dijo y me sentó frente a ella. Me hizo las tropas “apretás” – la trenza de tres gajos pegada el cuero cabelludo -. “El pelo de la seño no aprieta”, decía Wendy y a mí se me salían las lágrimas del dolor en el cráneo. “La seño sí que es floja”, se burlaban ellas. No aguanté ni un día con las trenzas, a ellas les duran semanas.

 

Doscientos de años atrás las líneas que logran las tropas en el cráneo eran una manera de representar rutas de escape o de comunicarse entre hombres y mujeres esclavos a escondidas.

 

Hoy, las trenzas son parte fundamental de la estética femenina. Trenzar es un arte que heredan de generación en generación; la mamá les enseña a sus hijas cómo trenzar y ellas se trenzan entre primas y amigas. Los diseños son infinitos; trenzas largas sueltas, trenzas cortas pegadas, gruesas delgadas, con color, sin color. El uso de extensiones es, dicen, una costumbre para “blanquear” su natural pelo apretado que era razón de discriminación y vergüenza. Lo llamaban, y aun lo llaman a veces al pelo afro, “pelo malo”, “pelo quemao”, “pelo daña’o”.

 

Ese choque entre el ritual de peinarse y trenzarse, propio de su negritud con su añoro latente a tener pelo blanco es la constante dualidad en la que viven.

 

Hay días que tienen pañuelos amarrados en la cabeza. Son turbantes. El amarrado de estos es otro arte. Hay un trenzado de turbante, o un moño, o una flor, o un nudo. Hay que cubra toda la cabeza, o solo la parte de ‘alante, hay largos que hacen un bulto en la cabeza y otros más cortos que solo tienen el pelo pa’atrá. Son de telas lindas con diseños y colores. Ginna, de décimo siempre usa uno blanco, Cenerys usa uno con moño de diferentes tonos de rosado. Lo usan cuando no tuvieron tiempo para hacelse é pelo. Y se ven bellísimas.

 

Esos mismos turbantes que usan son los que usaba la mujer negra esclava para acolchonar en su cabeza la comida, mercancía o carga que soportaba su cabeza. Es símbolo de fuerza, de la mujer afro trabajadora, resistente y cuidadosa. Dentro de ellos también escondían semillas y monedas para su supervivencia sin generar sospechas. En África, de donde vienen, los nudos asemejan una corona. Las palenqueras aun creen, por ejemplo, que si está de medio lado asemeja al sol y sus palanganas van a ser vendidas toditas sus frutas o dulces. Ponérselo y llevar la historia de su raza.

 

En la casa blanca con una veranera morada, al lado de la Bonga – el árbol más viejo de Barú- venen los turbantes y pareos baruleros. Son un grupo de mujeres  que, con apoyo de la Fundación Aviatur, han empezado, ya hace un tiempo, a hacer sus propios turbantes y pareos a mano. Pintan flores, paisajes isleños, frutas y mujeres afro, o los amarran y tintan de colores.

 

Yo les compré uno azul, y me enseñaron a amarrármelo. A hoy solo he podido perfeccionar uno de los mil amarres y el nudo aun se me suelta y si intento hacer algún diseño me queda ma’úco.

 

Ellas se burlan de mi, “la seño sí le gustan sus pañoletas gringas”, , pues eso si no tiene mucha ciencia, me tapo la frente y me la amarro en la nuca la típica pañoleta de un solo color. Mantiene mi pelo mocha’o fuera de la cara, y me limpia el interminable sudor al dictar clase en salones sin abanicos a 30 grados por seis horas diarias.

 

Ellas, su historia la cuentan sin contarla.

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