Orión, nunca más

Diecisiete años después de la Operación Orión que dejó miles de muertos, desaparecidos y desplazados en la comuna 13 de Medellín, el Estado recicló el nombre en otra operación militar de gran envergadura. Esta es la respuesta de Sandra Milena Álvarez, sobreviviente de Orión en Medellín, a esa decisión.

Sandra Milena Álvarez

Socióloga y fundadora de AgroArte, colectivo de la Comuna 13 de Medellín que busca mantener la voz viva de quienes han muerto por la guerra.

13.05.2019

El 16 de octubre de 2002, el entonces presidente Álvaro Uribe ordenó “retomar” la comuna 13 de Medellín a través de la Operación Orión. En el operativo participaron fuerzas conjuntas del Ejército, el DAS, la Policía, el CTI, la Fiscalía y las fuerzas especiales antiterroristas que durante un mes se tomaron la zona con tanquetas, helicópteros artillados y 1.500 efectivos. El saldo fueron miles de muertos, heridos, desaparecidos y 4 mil desplazados, según el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica. Dice el ex jefe paramilitar Don Berna, hoy extraditado, que el operativo se hizo además en alianza con grupos paramilitares. La Comuna 13 se volvió visible. Se convirtió en el epicentro de la urbanización de la guerra.

Diecisiete años después y a pesar de que esos crímenes siguen impunes, el nombre de Operación Orión está siendo reciclado por la Fuerza Pública. Ahora, como anunció el presidente Iván Duque hace unas semanas, ese es el nombre de la estrategia transnacional contra las redes del narcotráfico en la que participan 18 países.

Para la Armada Nacional, Orión sólo significa constelación. Y ellos, como marinos, usan las constelaciones para navegar, como se hacía en la antigüedad. Por eso, y porque “históricamente ha denominado sus operaciones de mayor trascendencia con nombres de constelaciones”, la Armada reutiliza el nombre. Sin embargo, para Sandra Milena Álvarez, sobreviviente de Orión en Medellín, la decisión es “una amenaza, un retroceso”. Ella, socióloga, e integrante de AgroArte, un colectivo que busca mantener la voz viva de quienes murieron por la guerra a través del arte y la agricultura, escribió para Cerosetenta cómo podría asimilarse esta noticia desde el territorio.

***

Al haber elegido nuevamente el nombre Operación Orión este Gobierno no debe sentirse comprometido solo con la Comuna 13 de Medellín sino con todo lo que ese operativo produjo en la sociedad colombiana. Es una amenaza, un retroceso y sigue impune. Están naturalizando lo que ocurrió, mientras nosotros buscamos desde los territorios una paz sin desaparecidos. Insisten desde otras instancias en invalidar lo nuestro.

El hecho de que usen el mismo nombre demuestra esa fácil manera en que no se puede avanzar hacia la verdad. Nosotros, todavía, no hemos sabido qué fue lo que pasó. Sabemos que fue una orden presidencial, sí, y qué ocurrió dos meses después de la posesión de Álvaro Uribe como presidente. Que dejó dolor, angustias y desconfianzas, pero también ausencias que no se recuperan. No sabemos más. Por eso, esta decisión es una forma de regresar a las comunidades y la población a la desesperanza. La pregunta es, entonces, ¿qué círculo de victimización estamos creando, cuando después de 17 años de haber ocurrido, seguimos sin tener una respuesta?

Es también una forma de reciclar las estrategias de guerra que buscan eliminar al otro porque lo ven como un enemigo, alguien innecesario. Y cuya idea es seguir reproduciendo el miedo y los formatos para desprestigiar a las comunidades, a los territorios y a las personas. Ante esto, nosotras las sobrevivientes tenemos que ser referentes. Tenemos que mostrar que lo necesario es encontrarnos, juntarnos para hacer algo diferente.

Tapar con un nombre un operativo trágico, que fue de los que más sonó, y que la gente referencia, es también hablar de todo lo que ha pasado y que sigue en la impunidad. Me refiero a otras masacres parecidas que hasta ahora se están esclareciendo. El próximo 21 de mayo, por ejemplo, se conmemoran 17 años de la Operación Mariscal, una de las cerca de diez operaciones militares que se llevaron a cabo en la Comuna 13 durante el 2002. En ella también participaron entidades como el DAS, la Cuarta Brigada del Ejército, la Policía Metropolitana, el CTI y la Fiscalía en un operativo para desarticular un supuesto plan terrorista de las Farc que pretendía sabotear las elecciones. Las denuncias, sin embargo, dan cuenta de que la Fuerza Pública atacó indiscriminadamente a la población civil, que usó ametralladoras y fusiles largos, que dejó muertos (entre ellos varios menores), heridos, y detenciones arbitrarias, según quedó consignado en el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Pasó lo mismo con otros operativos: Potestad, Antorcha, Contrafuego, Marfil, Otoño, Saturno, Primavera, Águila, Metro, todos llevados a cabo entre 2001 y finales de 2002. Esa ha sido la política de Estado de la seguridad democrática, en la que no solamente se daña desde lo militar, sino desde el control del territorio y de los cuerpos que habitan ese territorio.

No sentimos amenaza con ese nombre, porque la amenaza es una cosa que ha estado latente todo el tiempo. Que permanece y crece atada a la impunidad.

Aún así, la que se escucha hoy es la voz de los poderosos que replican en medios de comunicación estas políticas de Estado. Son ellos quienes salen a naturalizar el homicidio y la apropiación de nuestros territorios. Así se hunden más aquellos que tienen otro tipo de relato sobre esos mismos hechos. Porque hay unos relatos que son privilegiados, que están atados a un disciplinamiento y desprecian los de la sociedad civil, pero debemos entender que no hay una sola manera de pensar, que se deben unir más relatos para entender la realidad. No es una manera de culpabilizar únicamente. Es un llamado para reflexionar sobre lo que nos pasó y que no nos vuelva a ocurrir.

Puede ser que en la actualidad no sean los mismos rostros de ese entonces pero la mentalidad que está incrustada en ellos sigue justificando públicamente la idea de eliminar al otro, al que piensa de otro modo. Se quedan en un solo pensamiento y en una sola manera de ver las cosas. Además, los ‘nuevos protagonistas’ tampoco son tan nuevos: Ya el presidente no es Álvaro Uribe pero es Iván Duque, que recibió sus banderas. Ya el alcalde de Medellín no es Luis Pérez pero es el Gobernador de Antioquia. Ya Marta Lucía Ramírez no es la Ministra de Defensa pero es la Vicepresidenta de la República. Y puede que ya no esté el General Mario Montoya que ahora comparece ante la Justicia Especial para la Paz, pero la justificación pública de este tipo de operativos sigue siendo la misma.

La determinación de usar otra vez ese nombre es cruda. Pareciera que lo hacen para seguir dañando a la población y a las organizaciones sociales de la Comuna 13. Poner ese nombre, que es una tradición desde lo militar, nos afecta, porque es volver a tener o sentir de cerca esa amenaza. Parece que no hay lugar para demostrar que hemos aprendido, que no queremos que vuelva a suceder.

Desde los procesos sociales de la Comuna 13 hemos utilizado metodologías desde lo cotidiano para identificar tanto lo que ha movido al territorio como hacia dónde tenemos que seguir caminando. Entendemos que debemos seguir por la misma vía: nos interesan las vivencias y experiencias de la gente desde los liderazgos particulares para las acciones colectivas. No sólo queremos conquistar espacios con nuestra voz, es necesario hacerlo a través de nuestros cuerpos. Porque somos nosotros los que hemos puesto el cuerpo, el cuerpo que ha sido degollado, torturado, que ha sido desaparecido. Poniendo el cuerpo es que hemos podido nombrar todas estas violencias. Así nació hace seis años Cuerpos gramaticales, una iniciativa de Agroarte, que desde lo barrial, lo comunitario, le apuesta a hacer una analogía entre planta-persona /cuerpo-territorio, porque lo que le ha pasado a la tierra es un reflejo de lo que le ha pasado a los sobrevivientes.

La Escombrera es un ejemplo de eso. La que hoy es considerada la fosa urbana más grande del mundo fue una gran montaña donde teníamos un nacimiento de agua.  Pero que antes, durante y después de la Operación Orión, pasó de ser verde a ser árida, pasó a ser un arrume de desechos de construcción y un entierro de cuerpos. Cuerpos que según relatos de la comunidad intentaron salir por las grietas de los escombros pero desaparecieron a medida que las llantas de las máquinas pasaban por encima, como los intereses de las empresas y los asuntos económicos.

La siembra se volvió también la estrategia que otros cuerpos en la Comuna 13 emprendieron para no morir. Las personas que permitieron que esto no quedara en esa sintonía de lo árido y reseco quisieron seguir floreciendo. Por eso se siembran como una planta que es un cuerpo con memoria, que no olvida. Cuerpos que florecen en medio de los escombros, que se niegan a quedar sepultados, a que les echen cemento encima. Sembrarse ha sido la metáfora que hemos utilizado para evidenciar los agrietamientos de la tierra. Es también un gesto simbólico que recuerda que en esa montaña antes había árboles, pájaros, pájaros que no volvieron como el Barranquero, que le dicen La Soledad. Que se fueron como los líderes y lideresas que nunca volvimos a ver después de la Operación Orión.

Es un círculo vicioso, una cosa que se repite, y repite y repite, tal como nuestro conflicto interno, el mismo que hemos vivido en Colombia por más de 60 años.

Nuestros cuerpos han resignificado crímenes como los falsos positivos, las desapariciones, los asesinatos y las violencias sexuales. También el exilio –que demuestra que todas las violencias son tan diferentes–. Nuestros cuerpos han sido jóvenes, madres jóvenes, señoras que decidieron no quedarse de brazos cruzados. El caso de la Operación Mariscal, por ejemplo, lo demuestra: fueron las mujeres las que salieron con el trapo blanco y se movilizaron para que cesaran los tiroteos, que salieron en búsqueda de los heridos para llevarlos a un centro de salud. Que salieron para defender la vida.

El Partido de las doñas, el partido compartido, es otra de esas historias de mujeres que han hecho estrategias de vida, que han usado al amor para moverse, para seguir haciendo denuncias y honrar ese trabajo en defender del territorio. Ellas nombran lo cotidiano, amadrinan el país que está siendo desangrado. Las mujeres nunca han sido narradas, no son las que toman las decisiones de hacer la guerra y tampoco en las decisiones de hacer la paz. Nunca han estado al frente. Pero son las que mantienen y resguardan la vida en el territorio. Han politizado la maternidad en el espacio público.Por eso, en las guerras los hombres nunca se preguntan por los niños, por las niñas, por los jóvenes. Por el peso del reclutamiento. Ese tipo de reflexiones ha permitido que las mujeres hayan tenido un acercamiento, que se empoderen políticamente, porque han sido las que han permanecido en el territorio y las que han hecho la denuncia desde otros canales, como exigir para que llegaran a hacer las excavaciones y exhumaciones de La Escombrera en 2016.

Haber nacido y crecido en Medellín en medio de las balas  hace que nuestra misma noción del mundo sea una apuesta: nuestra decisión fue desde la defensa de la vida y desde la defensa del territorio, de alertar a personas de pie para que se pregunten ¿para qué repetir un nombre como el de la Operación Orión, esto qué contiene?

No sentimos amenaza con ese nombre, porque la amenaza es una cosa que ha estado latente todo el tiempo. Que permanece y crece atada a la impunidad. Es un círculo vicioso, una cosa que se repite, y repite y repite, tal como nuestro conflicto interno, el mismo que hemos vivido en Colombia por más de 60 años.

Aún así genera indignación ver esas complicidades que naturalizan todo lo que ha venido sucediendo hasta ahora. Alzar la voz parte de entender qué fue lo que nos pasó, desde el corazón y la piel, para que estas cosas no vuelvan a suceder. Necesitamos una verdad, unos relatos, no solo los del Estado. Necesitamos lograr que esa impunidad no siga siendo la voz imperante: Necesitamos una memoria activa, viva, que narre. Queremos que se busquen los cuerpos en Las Escombreras para que regrese la vida. Como ocurrió en Bojayá después de la masacre. Como pasó en la vereda Juan Frío, en Norte de Santander, donde las plantas crecieron sobre los hornos crematorios de las Autodefensas. Porque las plantas, como nosotros, siguen buscando la vida en esos espacios dañados y destruidos por la guerra.

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    Considero que el pueblo Colombiano ha sufrido tantas atrocidades, y la mujer ante todo ha sido relegada, maltratada y ultrajada. Sin que se logre totalmente su reivindicación como un ser tan importante en la sociedad.

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