Modelos webcam en la pandemia

Mientras muchas empresas se declararon en quiebra, la industria del modelaje webcam creció durante la pandemia. Algunas modelos tuvieron que estar encerradas por meses en los estudios para pasar la cuarentena, alejadas de sus familias y amigos, en un trabajo cada vez más difícil para ellas.

María Camila Agudelo

Estudiante de la maestría en periodismo de la Universidad de los Andes

04.01.2021

Lorena Roldán está cruzada de piernas sobre un edredón satinado. Tiene un vestido corto de brillantes con una abertura hasta las costillas que deja ver su tatuaje. Los ojos y labios maquillados, las uñas largas y perfectamente pintadas. La pared está iluminada con luces azules y violetas, atrás en la esquina izquierda tiene colgado un atrapasueños y sobre la cama está el teclado del computador donde acaba de transmitir su show. 

Según el Ranking de Alexa, las páginas webcam tienen más visitas al día que Gmail, Instagram y Netflix. Es una industria que al año factura 20.000 millones de dólares en el mundo. Existen páginas como MyFreeCams, Chaturbate o Cam4 que permiten sesiones abiertas a todos los usuarios y páginas como Livejasmin, StreamateCams o Flirt4Free que solo permiten que las modelos se desnuden en sesiones privadas. Ambas aplican un sistema de pago por “propinas”, a través de una moneda virtual conocida como “tokens”. Las modelos pueden trabajar como independientes desde un computador en su casa o desde un estudio, donde les facilitan un cuarto con iluminación y un equipo, en contra de un porcentaje de sus ganancias. Allí, trabajan en tres turnos (por la mañana, tarde o noche) de 6 a 8 horas, esperando todo el tiempo a que se conecten los usuarios y les den propinas en tokens

Cuando inició la cuarentena, algunas modelos que transmitían desde los estudios tuvieron que quedarse encerradas a vivir allí por meses, para seguir trabajando. Una de ellas fue Lorena. Ella empezó el modelaje hace cuatro años y ahora, con su esposo Andrés, es socia de un pequeño estudio ubicado en una casa en el barrio Belén, cerca de la calle 33 de Medellín. 

Lorena y su esposo pasaron juntos la cuarentena con otras nueve mujeres modelos. “Decidimos que nos íbamos a quedar. Empezábamos unas en el turno de la mañana y otras en el turno de la tarde. Cada una se hacía el desayuno, el almuerzo y la comida los hacíamos Cindy, que es la administradora del estudio, o yo”, recuerda Lorena. Todas cumplían con los turnos de trabajo y el único que salía era Andrés, a mercar. 

Para su mejor amiga Zury, que también es modelo en el estudio, fue más difícil porque estuvo separada de su hijo y su esposo durante los cinco meses que duró la cuarentena, solo podía salir a visitarlos cada 15 días. “A mi amiga le dio muy duro por el hijo. El niño le preguntaba que por qué no estaba con ella y le decía a la abuela que por qué su mamá no había venido esa semana”, cuenta Lorena.

Ryan Fausciana es un sociólogo argentino que lleva cuatro años en el negocio del modelaje webcam en Colombia capacitando a mujeres y a estudios en el uso de páginas como Cam4 y en el mejoramiento de sus redes sociales. Cuenta cómo durante la cuarentena hubo un aumento del tráfico de las páginas de un 30 a un 40 por ciento a nivel mundial; hubo usuarios nuevos y más interacciones. Muchos estudios adecuaron sus instalaciones para que las modelos pasaran allí la cuarentena y a las que no pudieron les dieron equipos para que transmitieran desde su casa, pero fue difícil porque muchas viven con sus padres y ellos no saben de su trabajo. 

Lorena tiene 28 años y es de Yarumal, un municipio en el norte de Antioquia. “Yo estaba llorando al frente de mi casa, esperando a mi papá. Lloraba y le pedía a Dios que me mandara un trabajo para ayudarle a él. Cuando llegó, le hice el almuerzo y se me pasó el día rápido porque yo tenía una motico que me había comprado para repartir arepas. Por la noche me entró un mensaje de texto de un amigo, él iba a poner un estudio y me preguntó si quería trabajar, que yo era muy linda, que me iba a ir muy bien, que me iba a volver rica. A mí se me abrieron los ojos. Me mandaron 50 mil pesos y con eso me fui para Medellín”, cuenta Lorena. 

“Yo le dije —papá me voy a trabajar de webcam, yo no sé qué es eso, pero me dijeron que me iba a ir muy bien.  Él se puso a llorar. Después renuncié a mi trabajo de las arepas. Cuando empecé ni siquiera sabía manejar el computador porque yo soy de una finca. Nunca me imaginé que alguien de mi pueblo se iba a meter a ver una de esas páginas, esa persona me mandó una foto y le contó a todo el mundo. Eso fue muy duro para mí porque yo no llevaba ni una semana trabajando”, recuerda Lorena. 

Uno de los estudios que asesora Ryan es el de ella. También asesora estudios más grandes como los de Juan Bustos, uno de los pioneros de la industria en Colombia, que lleva 20 años en este negocio. Juan era estudiante de Filosofía en la Universidad de Antioquia cuando conoció a una modelo y empezó a investigar ese mundo. En ese momento no existía casi información, apenas estaban empezando a crear los primeros estudios en las ciudades de Medellín y Cali.

Hace cuatro años, una modelo acosada en redes se suicidó tirándose a los rieles del metro de Medellín y allí Bustos se dio cuenta de que era muy importante que las modelos se empoderaran y tuvieran conocimiento de este trabajo de una manera más académica, para que pudieran defenderse del bullying. Decidió crear la primera universidad webcam en el país, en un edificio en el barrio el Poblado de Medellín. Tres años después graduó a mil modelos hasta que, a principios de 2020, el Ministerio de Educación le envió una carta prohibiéndole usar el término “universidad”. Ahora tiene una especie de diplomado virtual que se llama Master Class, donde han dado clases expertos como Nacho Vidal, el famoso actor porno.

Cuenta cómo muchos negocios como hoteles, moteles y restaurantes se están reinventando en la pandemia y están buscando pasarse al negocio de las camgirls. “Estamos viendo un ascenso de personas que nunca habían trabajado en esto y que ahora lo ven como una opción”. También han aumentado las modelos y los estudios en el país. “Si había cuarenta mil modelos antes de la pandemia ahora pueden estar llegando alrededor de los sesenta o setenta mil, si antes había cuatro o cinco mil estudios en Colombia, puede ser que ahora estemos llegando a los ocho mil”.

Durante los 20 años que lleva en el negocio las cosas han cambiado mucho. “Hace tres o cuatro años tú conectabas a una chica bonita, con buen perfil y se hacía en una quincena 7 u 8 millones de pesos, 15 millones al mes. Ahora tú conectas a esa misma chica y con suerte se hará un millón, por la cantidad de modelos que hay. No es que no se pueda ganar los 15 millones, se los puede ganar, pero le toca esperar meses para lograrlo, tiene que aprender, tiene que esforzarse”, cuenta Juan. 

Además de los estudios, Juan tiene modelos satélite que trabajan desde sus casas, en cualquier ciudad del país. Él les brinda la asesoría, les facilita una cámara y un computador para ingresar a las páginas y las monitorea de forma remota. Las modelos deben cumplir un horario laboral como si estuvieran en un estudio.

Lucía* es de Brasil, tiene 21 años y desde los 15 quería ser modelo webcam. “Tengo una amiga colombiana con quien yo compartía el apartamento en Brasil y cuando la conocí le conté que estaba empezando con el modelaje. Ella me dijo que eso era súper normal en Colombia, que había muchos estudios. En diciembre del año pasado fui a visitarla a Medellín y me puse en contacto con Juan Bustos, lo conocí y me hizo una entrevista”. Ahora toma clases virtuales del Master Class

Sentada al frente del computador en su casa en Brasil, con su perro french puddle blanco llamado Pink, sus gafas negras y su ombliguera, Lucía cuenta cómo empezó en el modelaje. “Cuando yo tenía 15 años tuve mi primer contacto con la webcam. Me quedaba horas mirando a las modelos, cómo jugaban con la cámara, cómo se comunicaban con los usuarios. Me metía todos los días a Chaturbate, a MyFreeCams, veía a las chicas y pensaba ¡Wow, que lindas! todo me parecía muy cool. Me di cuenta de que quería ser una modelo. Quería sentir, conocer mi cuerpo. Apenas cumplí 18 años me inscribí en una página y ahí empecé”. Ahora trabaja 6 horas diarias, gana hasta 600 dólares a la semana y su sueño es vivir en Medellín. Sus padres no saben a qué se dedica. 

Si había cuarenta mil modelos antes de la pandemia ahora pueden estar llegando alrededor de los sesenta o setenta mil, si antes había cuatro o cinco mil estudios en Colombia, puede ser que ahora estemos llegando a los ocho mil.

La clase del Master Class que más les gusta a las modelos es la de lenguaje corporal y seducción. La profesora es Linda Suarez. Inició hace tres años con Juan Bustos cuando él creó su universidad. Le ayudó a organizar el pénsum, profesores y clases como expresión, manejo de emociones, baile erótico y lenguaje no verbal. 

“Todo el mundo piensa que una modelo es una prostituta”, dice Linda. Para ella, el modelaje webcam es un juego de relaciones y sentimientos. “Puedes cantar, bailar y puedes masturbarte”. Es un trabajo con un alto componente de emociones; las modelos tienen acompañamiento de psicólogos y reciben clases de emociones y relaciones interpersonales. También sobre sexualidad. “Todo el mundo piensa que las mujeres que se dedican a este negocio son unas tesas en el sexo. Yo como terapeuta sexual hablo con las chicas y no se saben masturbar, nunca han tenido un orgasmo. Hay que aprender cómo funciona tu cuerpo para poder hacer algo sexual, eso también tiene su técnica”.

Muchas modelos entran por accidente y se quedan en este trabajo. “Tengo como cinco modelos desde que empecé con Juan y yo no las veo haciendo nada más, chicas que se ganan 20 o 30 millones de pesos mensuales, ¿qué más van a hacer?”, cuenta Linda. 

Laura* es una de las estudiantes de Linda Suarez. Durante este tiempo estuvo en el Master Class de manera virtual. Tiene 21 años y vive en Bogotá, allí trabaja como modelo satélite de Juan Bustos. Comenzó a ser camgirl cuando tenía 19 años. “Yo vivía en Villavicencio, trabajaba y estudiaba, pero me quedé sin trabajo y con lo que ganaba en otro lugar no me alcanzaba. Tuve que viajar a Bogotá a ver si de pronto surgía algo. Llevaba más o menos un mes y no me salía nada. Vi una publicación en Facebook, qué será eso, pensé. Les escribí y me dieron información. Yo hablé con mi pareja y él me dijo que no me metiera en eso”. 

Ahora vive con sus padres y alquiló una habitación en un lugar cerca de su casa para poder trabajar. “Me dio mucho miedo la pandemia, yo paré una semana porque en cualquier momento me podían multar por incumplir la cuarentena. Yo no vivo en donde transmito por cuestiones familiares. Como tenía que seguir trabajando, empecé a coger una ruta alterna por donde no pasaran los policías. Me tocaba venir cada dos días a mi casa y me quedaba dos días allá, llevaba suficiente comida y cada dos días volvía, y así duré toda la cuarentena”.

Laura también estudia Derecho. Además de asistir a clases, modela 9 horas al día, de ocho de la noche hasta las cinco de la mañana y descansa un día a la semana. Cuando está de vacaciones en la U, hace dos turnos de modelo. “Me va muy bien, pero son 14 o 15 horas conectada, yo termino muy cansada y ahora más que las clases de la universidad también son virtuales. Todo el tiempo encerrada y pegada al computador. Y tengo que llegar con más de 2 horas de anticipación al lugar de grabación para poder maquillarme, arreglarme, preparar los ángulos y todo ese tipo de cosas”, cuenta.

Según Laura, el 30 o 40 por ciento de usuarios que se meten a las páginas no buscan sexo virtual sino alguien con quien conversar. “Tengo un usuario de Estados Unidos que tiene cáncer y me da propinas súper grandes solo por hablar con él”. 

Gracias a los ahorros que ha hecho con las propinas de los tippers o usuarios, el año pasado pudo ir a un concierto de rock. “Ese ha sido el momento más feliz de mi vida. Fue increíble poder ir a verlos, estar en primera fila”, recuerda Laura. El momento más triste fue cuando su novio y su familia se enteraron de que era modelo webcam. “En una salida mi novio se puso celoso y me cogió el celular, me tocó decirle porque yo tengo muchas cosas en el teléfono. Rompió las fotos que yo tenía en mi billetera de él. A los días también se enteró mi familia porque mi computador estaba fallando y lo llevé donde un familiar que es técnico y vio las páginas que tengo guardadas. Le dijo a mi mamá lo que yo estaba haciendo, fue duro porque mi familia es muy religiosa”.

A Laura le gusta mucho estudiar y está pensando qué va a hacer cuando se acabe la pandemia. “Yo quiero terminar mi carrera con un doctorado en derechos humanos. Ahorita por ejemplo yo trabajo es para poder pagar mi universidad”.

*Nombres cambiados a petición de las fuentes.

**Esta historia hace parte del trabajo de grado de la maestría en periodismo del Centro de Estudios en Periodismo, Ceper, de la Universidad de los Andes. La producción de esta historia contó con el apoyo del Centro de Investigación y Creación (CIC) de la Universidad.

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