Las cicatrices de la guerra en La Macarena

Tras décadas de convivencia obligada con las Farc, los habitantes de La Macarena en Meta luchan por sanar las heridas que les dejó la guerra. Recorrido por un santuario natural que empieza a ser redescubierto.

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Mónica Andrade Pardo

27.04.2012

 La chiva voladora

24 de septiembre de 2011: en el aeropuerto de Villavicencio el representante de Aerolíneas Llaneras empieza a llamar uno por uno a los 30 pasajeros del D-C3 para comprobar que pagaron los $170,000 pesos que cuesta el trayecto hasta La Macarena. Habla con voz grave y llama cada nombre de su lista como un profesor de colegio.

Subimos al avión por una escalerita de metal. Nos acomodamos en unos trozos de tela azul amarrados a las paredes también de metal a modo de columpios. Viajo con siete compañeros de universidad. El destino perfecto para salir de la urbe parecía ser la naturaleza salvaje de la Serranía de La Macarena. Pero pronto ésta experiencia se transformó en algo más. Caño Cristales no es solo un lugar de una naturaleza exuberante, con un río famoso por sus siete colores, sino un pueblo en el que se estacionó la guerra por más de 10 años.

El acceso por tierra a La Macarena es bastante difícil debido a las escasas carreteras y las que hay están en pésimo estado. El avión es prácticamente el único medio de transporte en el que a diario llegan y salen  personas, mercancía y comida.

Al interior del avión no hay separación entre la bodega y la cabina de los pasajeros. Los asientos están en dos filas paralelas separadas por un pasillo en el que va la carga: maletas con ropa, enceres, cajas. También viaja un marrano para la venta, varios pollos vivos y algunos costales con verduras. “¿Cómo le parece nuestra chiva voladora?”, me preguntó mi vecino de puesto, un hombre  con botas de caucho y sombrero de vaquero,

La altura máxima que alcanza este avión está por debajo de los 3,000 metros. A través de las ventanas vimos el paisaje selvático que sobrevolabamos. Alternaban las montañas y llanuras, con múltiples tonalidades de verde. Un paisaje hermoso pero también aterrador de ver desde una nave vieja y desajustada. El kit de emergencia del avión sólo tenía una luz de bengala, un machete y un hacha; por si caíamos en medio de la selva.

Para distraerme conversé con el vaquero sentado a mi lado, quien se agarraba de su sombrero durante las turbulencias. Él, como muchos otros en la Macarena, no era dueño de ganado ni de tierra sino que trabajaba para un finquero que vivía en Bogotá. Su jefe sólo le pagaba $30,000 pesos al día, pero para él era un buen negocio; le pagaban toda la comida y el costo de los viajes que tuviera que hacer desde Villavicencio para cuidar el ganado en La Macarena. “Es que son muy pocos los que tienen la plata pa´ volar. Viajan sólo a visitar a algún familiar o a hacer negocios”, me dijo.

Un pasado imborrable

La Macarena sólo tiene dos avenidas principales interceptadas por cuatro callecitas de apenas 1 o 2 kilómetros de largo. Cada cuadra está atestada de tiendas de mercado, carnicerías, cervecerías y algunos restaurantes. Como no hay vías que lleguen hasta aquí, las motos son casi el único motorizado que circula por las vías sin pavimentar. No hay señales de tránsito y el sentido de las calles no está establecido.

Los habitantes reconocen rápidamente a los turistas. Milena Garzón y Jairo Fandiño trabajan como guías y se sienten orgullosos de que la gente visite el pueblo en el que se criaron desde pequeños. Ellos siempre tienen una historia que contar. Hablan de cuando el Mono Jojoy, el abatido jefe militar de las Farc, bajaba del monte en sus camionetas 4X4 con la música durísimo, rodeado de mujeres que invitaban a los muchachos del pueblo a unirse a las filas de la guerrilla. Dicen que la época del Despeje (1998-2002) fue bastante dura. La presencia de la guerrilla en La Macarena y sus alrededores acabó con cualquier oportunidad de promover el turismo. Jairo  tuvo que dedicarse al cultivo de coca. “lastimosamente era lo que más daba”, dice. Milena decidió trasladarse a Bogotá en esos años; le ganó el miedo a la violencia. “No se podía ni salir a la calle, las balas rozaban las paredes de las casas”, cuenta. “Nadie puede vivir así”.

En el centro de la plaza hay un parque inservible con un par de columpios y una rueda sobre charcos de agua sucia. Era domingo y para llevarnos a Caño Cristales, Milena tuvo que dejar solos a los niños de la catequesis. “¿Nadie más puede acompañarlos?”, pregunté. Milena me aseguró que no hay casi maestros en el pueblo, ni muchos niños que asistan al colegio; la mayoría se quedan en sus casas o en el campo. Además, los maestros no son bien pagados, más bien son voluntarios que trabajan por los derechos de los niños y los jóvenes, evitando que se unan a las filas de guerrilleros que aún merodean en el monte.

Al lado del parque está la iglesia. Jairo nos cuenta que fue reconstruida en el 2003 con el dinero que Ricardo Cantalapiedra, párroco de entonces, consiguió con la ayuda del fallecido máximo líder de las Farc, Manuel Marulanda, alias “Tirofijo” mediante bazares y parrandas en el pueblo. Detrás del altar cuelga una pintura grande que recrea la Última cena, en la que los apóstoles de Jesús son leñadores y campesinos.

Al caer la tarde nos dirigimos a un pequeño restaurante en la casa de Gladis Hurtado y Gentil Guerrero. Un local impecable, de manteles blancos, cortinas rojas y  fotos familiares enmarcadas y colgadas en las paredes. Un rudo contraste con su exterior: techo de lona verde y paredes de madera vieja.

"Los relatos de Gentil están plagados de detalles, como si contara algo que hubiera pasado ayer. Me confesó que lleva un diario en el apunta todo lo que recuerda de la historia sobre La Macarena: "ojalá algún día alguien lo use para escribir un libro honesto del pueblo, porque se han dicho muchas mentiras"

Don Gentil, con una sonrisa casi fija en su rostro y sus ojitos semi-abiertos tal vez por por el cansancio, comenzó a contarnos que él había llegado a La Macarena hace 50 años, cuando tenía 17 y el pueblo era un caserío de ocho casas. Su primer encuentro con la guerrilla fue en 1938, cuando vivía en un ranchito en el campo, cerca a Caño Cristales. Allí llegaron dos hombres armados pidiéndole que les diera de comer y Gladis no tuvo más remedio que servirles dos platos del sancocho que había preparado. A medida que las Farc crecían, más y más guerrilleros uniformados llegaban a la finca de Don Gentil a pedirle que les vendiera un marrano o una vaca. “Y estando ellos armados, ¿yo qué más podía hacer?”, dijo, “…los compadres que no colaboraban con ellos empezaron a aparecer muertos en sus fincas. Imagínese usted el susto de que esa gente viniera a su casa”.

Gentil cuenta sus historias con tal detalle que parece que hubieran sucedido ayer. Me confesó que lleva un diario en el que apunta todo lo que recuerda de la historia sobre La Macarena. “Ojalá algún día alguien lo use para escribir un libro honesto del pueblo, porque se han dicho muchas mentiras”, me dijo. “El despeje nos marcó para siempre como guerrilleros, por culpa del gobierno [de Andrés Pastrana] que nos abandonó”. Terminó contándonos que en 1980 quemó todos sus cultivos de coca porque cultivándola les patrocinaba el vicio a sus hijos. Fue entonces cuando abrió el restaurante con Gladis.

Después de comer fuimos a una parranda que se hacía en el pueblo para celebrar el día del amor y la amistad. Jario, nuestro guía, me confirmó que estas fiestas son muy comunes en el pueblo: “Es la forma que usan los políticos para contentar a la gente”.

El paraíso que sobrevivió

Para llegar a Caño Cristales hay que viajar 30 minútos en lancha por el río Guayabero y luego caminar una hora por una carretera destapada construida por las Farc en la época del despeje. Jairo, bajando la mirada, reconoció que esa vía ilegal utilizada para sacar coca  llega hasta Villavicencio. La guerrilla intentó prolongarla hasta Bogotá. Dice que esa obra ayudó a las Farc a ganarse el apoyo del pueblo, que nunca había visto en la región inversiones importantes del gobierno. Para él es un alivio que nunca se pavimentó esa vía, pues se habría puesto en riesgo la estabilidad del ecosistema.

Darío Casave, quien trabaja en la gobernación del Meta y fue con nosotros a visitar el Caño, nos contó que los niños de las veredas aledañas deben caminar en promedio 3 horas todos los días para llegar a la escuela más cercana. Él está implementando un programa para darles bicicletas a estos niños.

La carretera quedó atrás y entramos en la selva por una trocha que desembocó en un campamento del ejército con cerca de una docena de soldados profesionales. Jairo mostró un permiso al comandante encargado y luego me explicó que, por seguridad, el ingreso a Caño Cristales sólo está permitido a los turistas que estén acompañados por algún guía como él. “Aunque a veces traemos a la gente del pueblo sin cobrarles nada”, confiesa.

De un momento a otro se nos unió Víctor, el nieto de un campesino que ha vivido en esa zona desde hace 35 años. El niño se acercó y caminó con nosotros hacia el Caño. Jairo me contó que su abuelo vivió en medio del fuego cruzado entre el ejército y las Farc. De sus ocho hijos con Ester Bernal, dos fueron asesinados por la guerrilla muy cerca a su hogar.

Víctor nos hace señas para que vayamos a jugar en las cascadas con él.

El miedo de siempre

Las algas en el fondo de Caño Dulce tienen una tonalidad que va desde el verde, pasando por el morado y el rosado, hasta llegar al rojo. Para cuidarlas, Milena y Jairo nos previenen de no usar bloqueador ni repelente. El paisaje no parece real, es como si nos hubiéramos metido en un cuadro donde el pincel ha mezclado los colores y los ha esparcido por todas partes. Almorzamos en una cueva oscura detrás de una cascada altísima.

Jairo y Milena junto, con otros 13 jóvenes, fueron capacitados por el SENA para ser guías. Mediante una pequeña agencia ellos controlan el turismo en la región y abogan porque sea ecológicamente responsable. Por otro lado, intentan generar conciencia en los demás habitantes sobre la importancia del turismo para la economía local, por años dependiente de un sólo producto: la coca. Ellos están convencidos que pueden cambiar esa tradición, que trajó mucho dinero, pero también muchos problemas a su región.

Víctor, alegre y despreocupado, me ayudó a tomar fotos y a escalar entre las rocas. De pronto agachó la cabeza y se escondió detrás de mí. Entre los matorrales aparecieron dos soldados con el torso desnudo y brazos musculosos y tatuados; llevaban el rifle colgado al hombro y hacían oír sus pasos a medida que cruzaban el río a paso brusco. Nos saludaron desde lejos y siguieron su rumbo.

* Mónica Andrade Pardo es estudiante de Filosofía y Ciencia Política de la Universidad de Andes. Este reportaje fue hecho para el curso Crónicas y reportajes periodísticos del CEPER. Las fotografías son de la autora.

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