Los otros nombres de Fernando Pessoa

El escritor más célebre de Portugal fue uno y muchos a la vez. Esta es la historia de cómo Fernando Pessoa escribió páginas firmadas por alguien más.

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Jorge Uribe

23.04.2013

Fernando Pessoa es conocido hoy en el mundo. Cada día más. Su obra ha captado la atención de estudiosos y público general por múltiples motivos. Además de la sorprendente variedad y cuidado de sus versos, Pessoa se ha hecho famoso porque hizo del gesto de escribir con nombre ajeno una práctica definitiva de la obra que lleva su propio nombre. Sobre la escritura pessoana en nombre ajeno se ha dicho mucho, y cada día hay más gente en librerías y salones universitarios dispuesta a hacer frases que contengan la palabra heterónimo: “me gusta ese heterónimo”, “esto parece un heterónimo” o “’¿Cide Hamete Benengeli podría ser un heterónimo de Cervantes?”. En la transición de un vocabulario específico para un uso más cotidiano, Pessoa gana en fama mientras la peculiaridad de su proyecto pierde valor. Y la discusión sobre lo que es, o podría ser un heterónimo, resulta por veces en una cortina de humo sobre aquello realmente constitutivo en su obra.

El autor, que nació en Lisboa en 1888 y murió en la misma ciudad en 1935, escribió en nombre de otros desde la infancia, de lo cual hay pruebas entre los papeles que dejó y también en una publicación de un periódico de Durban – la colonia inglesa surafricana en la que creció –. Al regresar a Lisboa continuó con aquella práctica, principalmente alimentado una escritura en Inglés firmada con los nombres de Charles Robert Anon y Alexander Search, al mismo tiempo que creaba una constelación de obras proyectadas nunca llevadas a formas estables, que resultaba frecuentemente en la inscripción de nombres sueltos en papeles a espera de realización. Entre estos son ejemplos notables el de Vicente Guedes, inconstante prosador que durante algunos años ejerció como autor de un primer Libro del Desasosiego y un escrito satírico francés que firmaba Jean Seul de Méluret.

Pasados algunos años en Portugal, y cuando la idea de fijar el portugués como lengua protagonista de su trabajo literario se decantó definitivamente, en 1914 surgieron los nombres de Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis. Hoy se saben dos cosas fundamentales sobre este surgimiento: que en 1935 Pessoa escribió una carta a Adolfo Casais Monteiro que se convertiría en fuente privilegiada de informaciones acerca de la “génesis de los heterónimos”, en la que afirma que escribió El guardador de rebaños –libro insigne de Caeiro –, la “Oda Triunfal” de Campos y todavía seis poemas firmados en nombre propio bajo el título de “Lluvia oblicua”, el 8 de marzo de 1914 en un momento de supuesto éxtasis mediúnico al cual llamó “el día triunfal”. La otra certeza es que los detalles ofrecidos por esta carta no son completamente exactos en términos documentales y que las decisiones que fecundaron estas afirmaciones tardaron más de veinte años en adquirir forma.

Cuando Pessoa concibió los primeros poemas de Caeiro, Campos y Reis – de éste último poco tiempo después que los otros, según el relato de la carta – aún no se le había ocurrido llamar a sus autores heterónimos. De hecho, la palabra que aparece en algunas de las cartas escritas contemporáneamente es pseudónimo – sí, la misma palabra que los lectores de la obra de Pessoa hoy saltan a corregir cuando un no-iniciado la usa para hablar del caso Pessoa –. En cartas escritas entre 1915 y 1920 el vocabulario usado por Pessoa es todavía menos técnico y en ellas se habla del “fantasma” Caeiro o de “mi hijo” Campos. Por aquellos años y durante la década de 1920, Pessoa también escribió bajo el nombre de un tal António Mora, filósofo anti-kantiano, que se empeñaba en explicar por qué y de qué manera los versos de Caeiro eran la base de un proyecto de reconstrucción pagana que se opondría a la hegemonía del cristianismo en occidente. Conjuntamente también fueron escritos algunos textos en inglés firmados por un tal Thomas Crosse que sería difusor de literatura portuguesa en traducciones inglesas y fundamentalmente de la obra de Caeiro. Ninguno de estos textos llegó a ser publicado por el propio Pessoa y, por este motivo, la forma definitiva de dichas obras es puramente hipotética.

La idea, hoy corriente, de que Pessoa tenía una obra heterónima y una obra ortónima, esta última designando lo que había sido publicado bajo el nombre Fernando Pessoa, tan solo aparece por primera vez en un texto llamado “Tabla Bibliográfica”, publicado en 1928. En este texto se explica que lo que Pessoa había publicado hasta ese momento pertenecía a dos categorías editoriales que debían ser entendidas como distinguibles entre sí. La obra de los heterónimos, que en dicho documento corresponde únicamente a la escritura de Campos, Caeiro y Reis constituiría una especie de compuesto de obras al que Pessoa llama “drama en gente” en donde los personajes en escena, además de interactuar entre sí, presentarían al público sus obras poéticas como el tejido que materializaba su propia existencia.

En el relato que Pessoa ofreció a Casais Monteiro queda dicho que el autor supo, así como los escribió, que unos versos eran de Caeiro y otros de Campos, y aún otros de Pessoa y este proceso de acumulación de distinciones se dio de manera directa y casi que providencial. Los papeles de Pessoa que conforman su legado póstumo, que no sobrevivieron en condición de ropa sucia que puedaavergonzarlo, si no como extensión compleja de un relato que se quiere natural y fabricado al mismo tiempo, cuentan que la relación nombre de autor-poema no siempre fue directa. La crítica pessoana sabe hoy que “el día triunfal” no fue un día sino más bien unos meses, y que El guardador de rebaños fue un título de conjunto que incluyó poemas trabajados durante casi una década. La crítica también tiene que lidiar con el incómodo hecho de que los poemas de “Lluvia Oblicua” pertenecieron en listas de proyectos a Caeiro, a Campos y en un momento de confusión tardía a Bernando Soares, el último autor del Libro del Desasosiego al que Pessoa llamó un semi-heterónimo en la carta a Casais Monteiro. Todo esto habría ocurrido antes de que el relato retrospectivo pretendiera fijar dichos poemas como pertenecientes y definitorios de una escrita firmada con el nombre de Fernando Pessoa.

Las variaciones en la atribución de un poema a uno u otro autor, no son meros detalles accidentales de una práctica literaria progresivamente depurada con el tiempo. Por el contrario, la obra de Pessoa adquiere verdadera relevancia en cuanto incluye la descripción del proceso creativo del cual el poema, el conjunto, el libro, la escuela literaria y, en última instancia, la obra total de un autor, dependen. El hecho de que la aparición del nombre categórico “heterónimo” no provenga desde el principio de la existencia del fenómeno que pretende identificar, no le quita nada a la exactitud del relato que Pessoa contó en el año de su muerte, tan solo relativiza su valor definitorio permitiéndole existir al lado de otros relatos, así como versiones distintas de un mismo mito sobreviven dentro de una tradición mitológica. No es una victoria del crítico sobre el poeta desenmascararlo y declarar que sus informaciones son falsas o que lo datos ofrecidos fueron amañados. La magnitud de la obra de Pessoa es más fácilmente reconocible cuando se entiende que ésta depende, necesariamente, de una tenue frontera entre realidad y ficción, que no se deja encapsular dentro de los límites de un cierto texto sino que invade espacios que menos comúnmente se piensan susceptibles de fabulación: el acto editorial, la circulación de la letra impresa y, necesariamente, el acto de lectura.

Cuando Pessoa murió en 1935 la creación de límites en su obra se vio abruptamente truncada en cuanto que las posibilidades de publicación se reprodujeron exponencialmente. La posteridad heredó entonces una vasta cantidad de piezas sueltas y de instrucciones de organización inconclusas y contradictorias entre sí. Los heterónimos como nombres y sus obras como pruebas de su existencia son un caso paradigmático, pero no único, de los problemas que toda la obra pessoana exacerba: ¿qué pasa con las decenas de poemas que quedaron sin publicar entre los papeles de Pessoa que también llevan las firmas de los tres heterónimos reconocidos por Pessoa?, ¿Qué pasa con los otros tantos poemas y textos en prosa que a pesar de no llevar explicitado el nombre de un heterónimo son semejantes a aquellos que sí lo llevan, lo que hace que para algunos editores sea imposible contenerse de querer llenar un vacío dejado por Pessoa y atribuirles autoría?, ¿Qué pasa con nombres a los cuales Pessoa no llamó heterónimos pero que acompañaron la creación de estas figuras, los nombres de Mora y Crosse y otros tantos? ¿Todo nombre ajeno que aparece entre los papeles de Pessoa es un heterónimo? ¿Comparativamente con otros autores en la tradición literaria occidental siempre que se le atribuyó autoría de un texto a un personaje inventado se trató de un heterónimo?

En los últimos años de vida Pessoa recomenzó su trabajo de publicación de manera intensa. Publicó en una revista las Notas para recordar a mi maestro Caeiro con la explícita aclaración de que se trataba de una parte de una obra mayor. Publicó algunos textos del Libro del desasosiego, compuesto por Bernando Soares, ayudante de contaduría de la ciudad de Lisboa, y en 1934 publicó su único libro completo Mensaje, firmado por Fernando Pessoa y ganador de un premio del secretariado de propaganda del régimen salazarista. Además de estas publicaciones tardías mantuvo por aquellos años una prolija correspondencia con un grupo de jóvenes escritores que le habían confesado una gran admiración, y en sus cartas explicó con detalles sus objetivos futuros y acciones pasadas. La muerte no dio tiempo para que las decisiones se vieran concretadas, pero su obra en conjunto, aún en su estado inconcluso, llama la atención para la centralidad de un acto poético múltiplo y diverso que se reconfigura a cada paso y con cada nuevo proyecto comenzado.

Una de la Notas para recordar a mi maestro Caeiro que solo fue publicada póstumamente, también cuenta el relato de un día triunfal; el de Campos por un lado, que escribió la “Oda Triunfal” después de haber conocido a Caeiro; y el de Pessoa, por otro lado, que escribió la “Lluvia oblicua” después de conocer a Caeiro.  Este relato existe para acompañar y para ser diferente de aquel que Pessoa escribió en la carta a Casais Monteiro, ninguno desmiente al otro. El proceso de fabricación de una obra literaria es el asunto obsesivo de la obra de Pessoa, que en cuanto pretende explicar lo que ha hecho como autor se declara médium de una voluntad ajena. No es entonces el simple hecho de que Pessoa haya firmado con otros nombres algunos poemas lo que constituye el problema central de la obra, ni su característica más distintiva. No es llamar a esa producción heterónimos, o saber cuántos fueron efectivamente, lo que resuelve la cuestión. Los heterónimos no son una respuesta sino la arista superficial y provocadora de una intensa reflexión sobre el quehacer poético, encuadrada en medio de la tensión entre acciones individuales e inspiración. No en vano Álvaro de Campos dijo que “Fernando Pessoa era un ovillo enredado hacia adentro”. Se refería entonces tanto al personaje en el drama que contaba, como a la obra llamada Pessoa de la cual él es parte constitutiva.

*Jorge Uribe es egresado de la Universidad de los Andes y doctorando en el programa de Teoría literaria de la Universidade de Lisboa, con una investigación sobre Fernando Pessoa en cuanto lector de Oscar Wilde, Walter Pater y Matthew Arnold. Ha trabajado como editor en Trovas do Bandarra (Guimarães/2010) y A Demonstração do Indemonstrável (Ática/2011); como co-editor en Sebastianismo e Quinto Império (Ática/2011); y como colaborador en Prosa de Álvaro de Campos (Ática/2012). Es miembro del proyecto de investigación Estranhar Pessoa: um escrutinho das pretensões heteronímicas, producto de la colaboración entre el Instituto de Filosofia da Linguagem (IFL) y el Laboratorio de Estudios Literários Avançados (ELAB) de la Universidade Nova de Lisboa.


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