No es Normal

Lo desconocido y lo olvidado: Las mujeres oscuras de la astrofísica

Por: Lucía Guerrero.  Futura ingeniera biomédica con alma de física y mente de científica social. Duerme poco, sueña mucho.  Hace algún tiempo tuve una conversación interesante sobre estrellas de neutrones, pulsares, y ondas gravitacionales con un extraño que se sentó junto a mí en la salita de espera de una embajada. Fue una situación extrañamente […]

No es NoЯmal

04.02.2018

Por: Lucía Guerrero.  Futura ingeniera biomédica con alma de física y mente de científica social. Duerme poco, sueña mucho.

Las computadoras de Harvard, circa 1918.

 Hace algún tiempo tuve una conversación interesante sobre estrellas de neutrones, pulsares, y ondas gravitacionales con un extraño que se sentó junto a mí en la salita de espera de una embajada. Fue una situación extrañamente específica: para empezar, ¿cada cuánto va uno a la embajada? Pero, además de eso, ¿cada cuánto se encuentra uno casualmente a un astrofísico? Y, para colmo, no creo que una discusión sobre el rol que juegan los pulsares en la detección de ondas gravitacionales sea “small talk”. Pero sin considerar todo este reguero de casualidades, lo que más me intrigó sobre mi nuevo amigo astrofísico fue lo que a él le pareció fuera de lo ordinario: al despedirnos, comentó, “No es común encontrar mujeres que se interesen por estos temas.”

Pensé, ¿realmente no lo es? Y si es así, ¿por qué? ¿Qué hace que a las mujeres “no nos interese la astrofísica”, si es que se puede decir que efectivamente no nos interesa? O bueno, invirtamos la pregunta: ¿qué hace que a mí me interese la astrofísica? ¿Yo por qué entré a estudiar una carrera relacionada con ciencia y tecnología? Una respuesta interesante viene de la noción de capital científico propuesta por Archer et. al (2013) como una herramienta conceptual para comprender los patrones que definen a los grupos que se involucran en carreras científicas luego de la educación secundaria. El capital científico es una medida de la exposición de una persona a la práctica de la ciencia, en términos de conocimiento, actitudes, oportunidades, y paradigmas. Si se sabe que existe una brecha enorme entre géneros, clases sociales y grupos étnicos en materia de educación secundaria, no es para nada sorprendente que el capital científico también esté distribuido de una manera desigual a través de la población.

Ahora bien, es claro que si una persona no posee los conocimientos científicos fundamentales, será imposible que desarrolle el interés de seguir una carrera en ciencia y tecnología. Sin embargo, el capital científico es particularmente interesante porque también da cuenta de la tendencia de grupos tradicionalmente subordinados hacia carreras académicas no-científicas: “Estudiantes con niveles altos, medianos o bajos de capital científico tienen planes post-secundaria muy diferentes (en el respecto de seguir una carrera en ciencia). […] Además, varían dramáticamente en términos de sentir que son vistos como ‘personas de ciencia’” (Archer et. al., 2013, pp. 6-7). La distribución desigual del capital científico es todavía más evidente si se tiene en cuenta que los estudiantes que adelantan carreras en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (CTIM) pertenecen a los mismos grupos demográficos que hace veinte años (King’s College). Considerando que una parte del capital científico está relacionado con el hecho de ser cercano a personas involucradas en carreras CTIM, las limitaciones se reproducen generación tras generación. En este sentido, si “la mayoría” de las mujeres y las minorías étnicas y sociales no se interesan por la astrofísica, se trata de un problema estructural que mantiene jerarquías que, pese a su arbitrariedad, siguen teniendo impacto sobre los potenciales de las personas.
Otro concepto estrechamente relacionado con el capital científico es el de la representación y visibilidad. Es sumamente importante para potenciales científicos reconocer a personas con las que se identifican en roles importantes en CTIM para poder imaginarse en una posición similar en el futuro. En este respecto, el problema no es que las mujeres en la ciencia no existan, o incluso que sean pocas. El problema es que muchas de ellas están escondidas detrás de impostores académicos y barreras institucionales.

Pensemos en el caso de la físico-química Rosalind Franklin: Watson y Crick -quienes luego habrían ganado el premio Nobel por el descubrimiento de la doble hélice del ADN gracias a las cristalografías de rayos X que ella había tomado de la molécula- se referían a ella como su “mujer oscura”. Watson y Crick obviaron el papel que Franklin jugó en el descubrimiento, contribuyendo así a la falta de visibilidad de mujeres en la ciencia y a la preservación de los prejuicios sociales e institucionales que evitaban (¿y evitan?) su participación. Pero devolvámonos a la física, y ya que estamos hablando de oscuridad, hablemos de Vera Rubin. Luego de observar más de 60 galaxias espirales, encontró que la única manera de explicar su rotación es que tuvieran mucha más masa de la que parecían tener. Sus observaciones del efecto de esta masa indetectable son hasta ahora la evidencia más contundente de la existencia de la materia oscura. Pero en su historia hay una sutileza: Rubin fue rechazada por la Universidad de Princeton para el posgrado en astronomía, no porque careciera de los conocimientos o la destreza necesaria, sino porque el programa sencillamente no consideraba la posibilidad de que una mujer se postulara a él. ¿No parece algo paradójico que una disciplina dedicada a la imaginación y el entendimiento de lo extenso del universo sea incapaz de concebir la existencia de mujeres astrónomas?

Más allá de eso, considerando la magnitud del cosmos, y asumiendo que se quiere llegar a conocimientos valiosos sobre él, ¿la astrofísica puede verdaderamente darse el lujo de prescindir y excluir a personas como Rubin? La respuesta es no: sin Jocelyn Bell yo no habría jamás tenido una conversación sobre pulsares, y sin Henrietta Swan Leavitt y Cecilia Payne no sabríamos nada sobre estrellas variables. Pero, ¿quiénes eran estas mujeres? ¿Cómo lograron estas contribuciones a la astrofísica? Jocelyn Bell era asistente de investigación, y Henrietta Swan-Levitt y Cecilia Payne eran asistentes técnicas. En otras palabras, eran subordinadas.

El caso de Swan-Leavitt y Payne es particularmente interesante por el nombre que se le dio al grupo en el que trabajaban: “el harén de Pickering”. Edward Charles Pickering fue el director del Observatorio de Harvard entre 1877 y 1919, y fue reconocido por contratar un equipo conformado exclusivamente por mujeres para interpretar datos astronómicos. En un momento en el que la academia seguía cerrada a las mujeres (la misma Cecilia Payne fue rechazada por Cambridge por ser mujer) esto parecería ser una oportunidad; sin embargo, sus motivaciones evidencian un deseo de conservar el status quo en la academia. De hecho, el “harén de Pickering” ilustra lo que en historia y sociología de la ciencia se llama el efecto harén, en el que un científico en una posición de poder contrata un equipo de investigación predominantemente femenino. Otra anécdota: le hablé de esto a otro amigo astrofísico que quedó horrorizado cuando le conté que esto lo hacían no solo para pagarle menos a las investigadoras, sino porque a pesar de ser igual de competentes, eran menos “amenazantes” que un conjunto igual de investigadores hombres. Efectivamente, las computadoras del “harén” ganaban un poco más que los trabajadores de las fábricas, y Payne por mucho tiempo solo fue reconocida bajo el cargo de asistente técnica, incluso luego de descubrir que el sol está compuesto de helio e hidrógeno. ¡Pero no había opción! Era estudiar el universo bajo la supervisión de un científico privilegiado, o no hacerlo en absoluto.

El caso de Jocelyn Bell es similar. Cuando ella fue a Cambridge a hacer su doctorado, el programa ya estaba abierto a mujeres, y se unió al grupo de investigación de Antony Hewish. Al igual que Payne y Swan-Leavitt, estaba encargada de interpretar datos astronómicos eternos, en su caso, transmisiones de radio. En estas transmisiones de radio encontró una irregularidad, una señal que se repetía en ciertos intervalos, como un faro. Luego de observar más detenidamente los datos, encontró que se trataba de radiación proveniente de un tipo de estrella de neutrones: el pulsar. Gracias a este descubrimiento, Hewish ganó el premio Nobel de física en 1974. Esto aparte, es interesante que, si bien los pulsares no son un tema de divulgación científica muy amplia, muy pocas personas reconocen a Bell como la persona que originalmente percibió e identificó una anomalía que llevaría a un descubrimiento sumamente importante.

 Ahora bien, estas mujeres afrontaron las situaciones, barreras y taras que podrían haberlas hecho desistir de la ciencia desde su pasión por el conocimiento. Lograron observaciones y descubrimientos trascendentales; no se habría podido prescindir de ellas, y la astrofísica es lo que es hoy gracias ellas. ¡Pero esto solo es la punta del iceberg! Estas mujeres, y las mujeres científicas en general, no son necesarias en la astrofísica solo por sus logros, sino porque son una fuerza que actúa sobre la ciencia y rompe su inercia tradicional. La motivación de tener a las mujeres en la ciencia no es únicamente la de la representación. Bell (sí, la descubridora de los pulsares) lo describe así: “La ciencia ha sido nombrada, desarrollada, interpretada por hombres blancos por décadas, y las mujeres ven el conocimiento convencional desde un ángulo distinto—y eso a veces significa que pueden identificar fallas en la lógica, huecos en el argumento; pueden dar una perspectiva distinta de lo que es la ciencia.”

Dicho de otro modo, la diversidad de quienes hacen ciencia implica la diversidad de la ciencia.
Con todo esto en mente, el deber de las científicas que ya superamos muchos de los obstáculos institucionales es explorar lo desconocido, como nuestras predecesoras, y rescatar lo olvidado para nuestras sucesoras, y no solo para ellas, sino para el universo de la ciencia.

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