Las poderosas del centro

Las trabajadoras sexuales de La Veracruz, en el centro de Medellín, se quedaron sin clientes durante la cuarentena. Muchas de ellas no sabían cuánto tiempo iban a estar encerradas, qué iban a comer ni dónde iban a pasar la noche. Tuvieron que salir arriesgándose a infringir las normas y resistir los abusos de la policía.

María Camila Agudelo

Estudiante de la Maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes

05.01.2021

Claudia Córdoba “la negra” tiene el pelo largo color azabache, las cejas cafés perfectamente delineadas y una sonrisa que parece abarcar su cara. Cuando inició la pandemia le tocó vivir cosas que jamás se hubiera imaginado. “No sabemos detectar si un cliente tiene el virus, nos toca arriesgar la vida porque si no lo hacemos no sobrevivimos”. Claudia sentada en un muro, en medio de los gritos de los vendedores ambulantes y aguantando las lágrimas, solo piensa en sus hijos, en si podrá llevarles algo de comer esa noche. 

Entre las calles Carabobo, Calibío y León de Greiff está la iglesia de La Veracruz, una zona del centro de Medellín donde las trabajadoras sexuales esperan a sus clientes recostadas en los muros del Museo de Antioquia, en las estatuas de la Plaza de Botero y en la fuente de piedra del atrio de la iglesia. En la cuarentena les tocó encerrarse para protegerse del virus. Como muchas de ellas viven de lo que hacen cada día, se quedaron sin dinero para comprar alimentos y pagar la noche en el inquilinato.

“Cuando empezó el virus lloré, dije ¿qué va a pasar?, pero me encomendé mucho a diosito. Yo tengo que ir, no veo de otra, yo tengo que ir”, recuerda Claudia. Tiene 35 años y tres hijos: Alejandro de 18, Silvana de 14 y Joselyn de 9 que viven de lo que ella gana cada día en el centro. 

Claudia entró a la prostitución cuando tenía 12 años y su mamá la echó de la casa. “Conocí a un hombre que se enamoró de mí y yo me enamoré perdidamente de él, pero no fui capaz de dejar esta vida porque yo estaba de moda, porque yo me entraba un fin de semana con 200, 300 mil pesos. ¿Yo qué me iba a resignar a comer arroz con huevo? Hasta me compré una moto”.

Quedó en embarazo de su hijo Alejandro porque a uno de sus clientes se le rompió el condón. “Ese es mi hijo, tiene 18 años, y es de un cliente que nunca jamás en la vida volví a ver. Eso fue muy duro, me marcó mucho. ¿Quién será el papá de este muchacho? Mi hijo se gradúa del colegio el 22 de noviembre, para mí es un orgullo”. 

Para Claudia, el virus no solo significó el riesgo de enfermarse, era la explosión de una olla de presión que ya no resiste. “Empecé a ver cuál era la pandemia, cuál era el sufrimiento a darlo por 10 mil pesos, a hacerlo sin condón. El cliente que más quiere pagar son 25 mil. Hay mujeres que me dicen —¡Ay negra si no te has cuadrado vos que tenés cuerpo y carita, que sos de las putas más chimbitas de la Veracruz y no te has cuadrado, ahora imagínate qué será de mí!”. Empezó a ver cómo las mujeres más jóvenes, todavía niñas, comenzaron a cobrar hasta 5 mil pesos, desplazando a las mujeres que más tiempo llevaban trabajando en este lugar, en una lucha por sobrevivir. 

Dice que la Alcaldía no las está apoyando en esta situación. “La única ayuda que tenemos es de Putamente Poderosas. Si no hubiera sido por ellas, hubiera aguantado hambre”, afirma Claudia. 

Putamente Poderosas es un colectivo que busca dignificar el trabajo sexual. “Defendemos los derechos humanos de las mujeres que ejercen el trabajo sexual voluntariamente. Mientras apoyamos a aquellas que no deseen seguir ejerciendo el oficio con oportunidades que puedan llevarlas a desarrollarse en diferentes actividades laborales”, cuenta Melissa Toro, su directora. Durante la cuarentena, esta organización entregó auxilios de alojamiento y mercados a más de tres mil mujeres.

Flor Jiménez tiene todo tipo de plantas y una perrita llamada Tita. Tiene 55 años y tres hijos: Leidy Johana de 35, Deibi Johan de 22 y Saida María de 17. Cuando inició la cuarentena, se le empezó a caer el pelo por la ansiedad de estar encerrada en su casa. “La verdad es que estamos pasando necesidades. Yo no he bajado porque todo está cerrado, fue cuando nos encerraron del totazo. Si esto sigue así, me va a tocar bajar. ¿No encontraré por ahí aunque sea un resfriado?”, se ríe. 

“El primer día que yo dije tengo que bajar, ya tenía claustrofobia”, cuenta cómo después de varios meses encerrada en su casa se atrevió a ir al centro, pero no fue capaz de bajarse del bus; se quedó todo el tiempo mirando por la ventana. “Enseñada a ir todos los días al centro, cuando ¡qué soledad! Lo único que vi fue a un indigente con un tapabocas y un perro. Pensé: uy la cosa está seria”. Dice que la Alcaldía le prometió a ella y a sus compañeras mercados y ayudas que nunca llegaron.

Mónica Alejandra Gómez, Secretaria de Inclusión Social de la Alcaldía de Medellín, no nos concedió una entrevista para este reportaje. En un derecho de petición que le enviamos, expresan que están desarrollando el proyecto Por mis Derechos Equidad e Inclusión, con el que realizaron una caracterización de las personas que ejercen el trabajo sexual en Medellín. Según la Secretaría, durante el aislamiento obligatorio, que decretó el Gobierno como medida frente a la pandemia, identificaron falencias desde los componentes alimentarios y de vivienda y coordinaron con diferentes entidades para suministrar un auxilio habitacional y entregas de paquetes alimentarios. 

No sabemos detectar si un cliente tiene el virus, nos toca arriesgar la vida porque si no lo hacemos no sobrevivimos

A los 20 años, Flor se voló de su casa en Yarumal, un pueblo del oriente antioqueño donde vivía con sus padres y se fue a vivir sola a Medellín. “Yo era señorita, encontré trabajo en una casa de familia y la señora me dijo —vaya con él a cine, que él quiere charlar con usted. Se refería al mecánico de la casa. Me fui con él y allá quería manosearme, tocarme. Le dije que me llevara a mi casa y él me dijo que primero nos tomáramos algo —si no se toma algo conmigo entonces no la llevo. Desperté al otro día en un hotel, me vi llena de sangre y pensé que me había venido el periodo. Escuché a un hombre bañándose. Eso fue lo que me despertó. Al rato llega y me dice —usted se emborrachó —si yo sólo me tomé una gaseosa, le dije, —usted se emborrachó y me tocó traerla aquí. Y yo con miedo de que me hubiera venido el periodo, cuando pasó el tiempo resultó que estaba en embarazo. La señora me echó. Me fui para la calle a vivir a un hotel, el piso de abajo era una cafetería y un bar por la noche”. 

Conoció un cliente cuando trabajaba en El Raudal, abajo de la Plaza de Botero. Iba cada ocho días a buscarla y le pagaba muy bien. Un 23 de agosto cumplía años y el sábado siguiente se los celebró. “Me regaló una torta y un buen ramo de flores, nos fuimos para la habitación, y se le reventó el condón. Tuve la niña. La niña mía es hermosa”. Flor se ríe y se le ilumina la cara con sus dientes blancos y perfectos.

Su ayuda en el encierro también fueron las mujeres del colectivo Putamente Poderosas. “Para mí fue una bendición de Dios haberlas encontrado, qué hubiera hecho yo sin ellas. No tenía a nadie, mi hijo estaba recién entrado en el ejército y yo estaba sola”. Le mandaron un mercado cada ocho días para que Flor pudiera quedarse en su casa protegiéndose del virus. Ella dividía su mercado y les repartía a sus compañeras que estaban aguantando hambre y que no corrieron con la misma suerte de recibir ayuda. 

Hace un año Flor puso una chaza, un carro de mercado metálico con una sombrilla, en una esquina al lado de la iglesia La Veracruz. Allí vende dulces, tinto y agua de panela en termos blancos con tapas de colores y conversa con sus amigas. Como ella, muchas mujeres de La Veracruz venden tinto y dulces para ayudarse con la comida y el arriendo. Luz Adriana Upegui era una de ellas. Cuando inició la cuarentena, los policías les pusieron comparendos de 930 mil pesos a las trabajadoras que continuaron yendo al centro. Luz Adriana dijo en un video que publicó en sus redes sociales: “Estamos cansadas de que nos pongan a correr de aquí para allá como si fuéramos delincuentes. Hay compañeras que tienen hasta cinco y seis comparendos, cómo vamos a pagar cuando ni siquiera tenemos para comer”. El 8 de junio, dos días después, se suicidó. Tenía 27 años y dos hijos.

Las mujeres cuentan que son víctimas constantes de violencia física y verbal de los policías. A las que cogen incumpliendo la cuarentena, dicen que las llevan a las estaciones y a los Centros de Atención Inmediata (CAI) y que allí las obligan a cometer actos sexuales sin su consentimiento y les quitan lo poco que consiguen en el día. Una práctica que, según ellas, se volvió común. “Le dan a uno en la cara, lo tratan a uno de gorda, —¡quite de ahí perra hijueputa, les va a dar el virus! Se lo llevan a uno pa’ allá, chúpelo y la dejo salir”, cuenta Claudia. 

Melissa, de la organización Putamente Poderosas, cuenta cómo los abusos policiales, de los que usualmente son víctimas las trabajadoras sexuales del centro, se agudizaron con la cuarentena. “Son abusos que siempre han estado, pero se visibilizaron más en la pandemia. Tuvieron más excusas y más poder”. 

Mary Luz López tiene 42 años, es una mujer rubia, blanca y alta, siempre con sus labios perfectamente pintados. Les entrega poemas a las trabajadoras sexuales de La Veracruz, mientras acompaña a las mujeres de Putamente Poderosas a repartir geles antibacteriales y tapabocas. Hace seis años dejó la prostitución y ahora es escritora y defensora de derechos humanos. Mary creció pensando que los libros eran inalcanzables. “Los libros son para los ricos” pensaba, mientras miraba los tamaños y los dibujos en las portadas de la gran biblioteca en la casa donde su mamá era aseadora. Mary vivía con su madre Lucerito y su hermano mayor en un rancho de tablas con piso de tierra. Le tocaba conformarse con las letras de los periódicos pegados en los muros de madera de su casa, puestos ahí para tapar el frío. 

Se fueron a vivir al Carmen de Viboral, en el oriente antioqueño. Lo que más le gustaba era ver Los Simpson. Su primer trabajo fue en una finquita truchera arreglando pescado; era muy pequeña. “Con mi primer pago me compré una loción de patico, un paquete de galletas Ducales y unos pastelitos que se llamaban Yes. Todavía era virgen”. Empezó a ver pasar a la guerrilla y cuando tenía 14 años la reclutaron. “No sabía que me iban a llevar. Hubiera empacado calzones. Cambié mi muñeco de plástico por un fusil. Mi mamá se dio cuenta y fue por mí, se arrodilló y le tocó devolverse sin mí. Para poder salir de allá me tocó abrir las piernas, yo lo único que quería era abrazar a mi mamá e ir a ver Los Simpson”. Estuvo tres meses en la guerrilla. “Cuando yo llegué a mi casa mi mamá pensó que yo era un fantasma, me hizo mi desayuno favorito que era huevo blandito y migas de papa asada, hojas de cebolla y chocolate”.

El primer libro que leyó fue El Túnel, de Ernesto Sábato. “En ese momento no entendía por qué tanto dilema por un verraco cuadro, mientras mi vida era un infierno dentro de una pintura, muy distinta a la de Sábato”. Llegó de nuevo a Medellín. Allí vivió con un hombre con el que tuvo sus dos hijos. A él lo metieron a la cárcel y fue así como Mary empezó en la prostitución. La primera vez se ganó 180 mil pesos. “Ese mundo es como una telaraña, te atrapa y no te das cuenta”. 

Son abusos que siempre han estado, pero se visibilizaron más en la pandemia. Tuvieron más excusas y más poder

Mary intentó varias veces dejar el trabajo sexual, una de ellas fue cuando consiguió un trabajo con el Instituto Mi Río para sembrar en la quebrada La Iguaná, en la Comuna 13 de Medellín. Con este trabajo tuvo una de las peores experiencias de su vida. “Estaba cortando hierba y limpiando la quebrada con otras cuatro mujeres y tres hombres. Eran cerca de las diez de la mañana cuando se nos acercaron cuatro hombres armados. Nos dijeron: —¡quietos todos, suelten los machetes ya! Nos hicieron cruzar la quebrada. Dos de ellos iban al frente y los dos restantes quedaron atrás. En medio del trayecto, la gente veía cómo nos llevaban. Nadie hacía nada. La impotencia sellaba sus bocas. Nos fuimos acercando cada vez más a lo que parecía ser una caverna de la cual emanaba un olor a mierda. Tuvimos que entrar de rodillas y quedarnos ahí todo el día, arrodillados. Apareció un hombre encapuchado. Uno de ellos dijo —¡quítense las gorras y den la cara! Nos hicieron salir de a uno, yo era la cuarta de la fila. Uno de los hombres le preguntó al encapuchado —¿es ese?, y él respondió que no, por lo que ordenó que mi compañero regresara de nuevo. Empecé a pensar en mis hijos y en que me iban a matar. Luego del primero, pasó lo mismo con el segundo, y con el tercero. El encapuchado les dijo que ninguno de nosotros éramos y recuerdo que nos abrazamos. Ahí nos quedamos un rato y nos dijeron que no podíamos denunciar. Mi mamá estaba preocupada porque yo no había llegado a almorzar, yo llegué a bañarme porque olía a mierda y del miedo no volví a ese trabajo”. 

En un bar conoció a Andrés, se fueron para un hotel y fue allí donde supo que él sería el amor de su vida. “Empecé a enamorarme de la persona que me hacía reír”. Mary no quería ir a trabajar, lloraba porque quería quedarse en la casa con él. “De la finca me trajo cucuyos. Me dijo: son para cuando yo no esté, para que la cuiden, para que la alumbren.” A Andrés lo desaparecieron el 12 de diciembre de 2008. Fue por él que Mary empezó a escribir. 

Después de la desaparición de Andrés, Mary decidió dejar el trabajo sexual. Encontró a un grupo de mujeres y juntas escribieron El refugio del Fénix: el final de una noche de agonía, un libro de relatos de siete víctimas del conflicto armado que sufrieron y resistieron a diferentes tipos de violencia. Después empezó a trabajar con la Universidad de Antioquia y el Instituto Capaz en la creación de textos sobre la guerra. Participó, además, en la construcción de informes del Centro Nacional de Memoria Histórica, como Medellín BASTA YA y La guerra inscrita en el cuerpo, este último sobre la violencia sexual en el conflicto armado.

Así como lo hizo Mary Luz, Claudia “la negra” quisiera encontrar otro trabajo y dejar la prostitución. “Mi gran sueño es ver a mis tres hijos realizados, nunca ver a mis hijas en una esquina, que me den ese orgullo, que me puedan decir gracias, razón tenía esa loca de mi madre”. 

Claudia está ayudando a sus hijas con las tareas virtuales, estudian con su celular, y se reconcilió con su hijo Alejandro, con el que no se hablaba desde hacía siete meses antes de iniciar la cuarentena. “Esto es como una adicción, así lo tomé, estoy adicta y quiero salir de esa adicción. No sé cómo vamos a hacer, pero yo renuncio, no quiero más, no soy capaz. Yo cómo voy a ir mostrando el culo a medio Medellín donde mi hijo se va a ir a prestar el servicio militar y le toca aquí en el centro. Imagínate todos los compañeros de él —¡ay mirá a la mamá de Alejandro! Qué pena de mis hijos. Ya la Veracruz me dijo pa’ fuera. Yo tengo 35 años y ya no encajo porque la competencia detrás de mí son niñas de 10 a 13 años”.

Claudia dice que, a pesar de todas las dificultades, agradece que haya llegado la pandemia porque aprendió muchas cosas. “El virus me ayudó a sacar lo bueno, me ayudó a comprender que yo ya no estoy para este trabajo, de que mi cuerpo vale más que diez mil pesos”.

*Esta historia hace parte del trabajo de grado de la maestría en periodismo del Centro de Estudios en Periodismo, Ceper, de la Universidad de los Andes. La producción contó con el apoyo del Centro de Investigación y Creación (CIC) de la Universidad.

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