Las noches en San Felipe

San Felipe era un barrio de casas antiguas, de tiendas en las esquinas y vecinos que se conocían de toda la vida. Ahora es un barrio de edificios, de galerías y de extranjeros que las visitan. Es un distrito de arte.

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Sebastián Payán R.

23.11.2016

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Ahora, así son las noches en San Felipe.

-Próximas paradas Calle 72 y Calle 76.

En la estación de la 76 de Transmilenio el escándalo: carros pitando, puertas que se abren y se cierran, torniquetes bajando y subiendo. Me alejo de la bulla y entro en unas calles sin ruido, con luz escasa y apenas algún transeúnte. De repente me encuentro con una palmera en medio de la acera, y detrás de la palmera cinco letras brillantes: F-L-O-R-A. Al entrar el ambiente cambia: me recibe una luz tenue y cálida, mesas con esa madera clara que da la impresión de ser un lugar “moderno”. Al subir las escaleras el piso suena, la madera se dobla declarando su edad y deterioro. Ya no parece tan moderno el lugar. En los parlantes suena un loop de platillos y bajos que de alguna forma hipnotizan. De repente los veo subir las escaleras, se acercan murmurando y mirando desde lo alto la exhibición. Poco a poco se toman el espacio y parezco un punto que mancha este cuadro.

Ahora, así son las noches en San Felipe.

Al abrir la puerta vuelvo a esa calle fría y callada, pero unos sonidos me interrumpen la silenciosa caminata: “¡Corra marica!”, “¡pica más un arequipe!”. Un partido de micro ocurre en el parque, a pocos pasos de Flora. Un espacio de arte contemporáneo en el que se hace énfasis a la relación entre arte y naturaleza. Camisetas coloridas y pantalonetas blancas; hombres con la panza que ningún partido les quitará. Sigo mi recorrido dejando los gritos a lo lejos y paso la calle. Allí están ellos. Con sus sombreros que los cubre del sol que no hay en la noche y sus prendas cortas para el frío bogotano. Cigarrillo en una mano y cerveza extranjera en la otra. Pasan la reja del patio de una casa, de las que me recuerdan a mi casa cuando era niño, pero al entrar me doy cuenta que no estoy en una casa, estoy en una galería. Me rodea una bulla parecida a la del Transmilenio, pero es una bulla más elegante.

Ahora, así son las noches en San Felipe.

Su jerga es difícil de entender, mencionan nombres extranjeros y mencionan ciudades como Nueva York, Londres, París y de vez en cuando Venecia. Su ropa es colorida, parecida a los jugadores de micro que vi antes, pero esta ropa colorida es distinta. Caminan cada cuarto rápidamente, sólo se detienen para hablar con viejos conocidos. No entiendo muy bien de lo que hablan, pero me atraen sus gestos: sonrisas dibujadas, conversaciones que empiezan con las ganas de terminarse lo más pronto posible y promesas de un próximo encuentro. Sigue el murmullo, y ellos siguen a lo suyo, mirando desde lo alto y hablando con una jerga que no quieren que los terrícolas entendamos.

Ahora, así son las noches en San Felipe.

Me retiro de la conglomeración y veo carros blancos ir y venir, camionetas blindadas dejando sus visitantes para después tomarse la acera. Placas azules y blancas y muy pocas amarillas. Un señor se me acerca preguntándome por la galería Sketch y se la señalo, estábamos en una calle tomada por las galerías. Me dirijo a la Caracas pero al voltearme, los veo otra vez. Ahora toman vino y hondean sus manos con el movimiento de quien sabe de lo que está hablando, más que los demás. Se suben en uno de esos carros blancos. Yo me retiro y me voy a la estación de la calle 76, a esa bulla parecida a la que estaba antes, pero que suena menos elegante.

Ahora, así son las noches en San Felipe.

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Las noches en San Felipe cambiaron hace ocho años. María Lineros recuerda que su madre Cecilia, tenía una casa en el barrio. Allí creció con sus hermanos y su padre. Cuando ella y sus hermanos se fueron de la casa, Cecilia ya no quería vivir en una casa tan grande con su padre.

—Mi madre decía que tenía una casa para seis personas en la que vivían dos viejos. Las escaleras cada vez se le hacían más difíciles de subir y le daba más pereza visitarnos el fin de semana, porque estábamos muy lejos la una de la otra.

Pero vender su casa de toda la vida no era fácil porque parecía que en ese barrio debajo de la caracas nadie quería vivir: “Nuestro barrio está lleno de locales comerciales, en el día es muy activo y hay mucha bulla. Pero en la noche es muy callado, a veces inseguro”.

Un día una vecina le contó que un hombre estaba buscando casas para comprar, lo contactó y se sentaron a hablar. Este sujeto era graduado en arquitectura de la Universidad de los Andes y coleccionista de arte, su plan era desarrollar un distrito de arte en el barrio San Felipe. Alejandro Castaño cuenta que cuando empezó el proyecto con Juan Carlos París, siempre hubo un trato amigable con los que residentes del barrio:

—No era un tema de sacarlos de sus casas, sino de ver cómo nos ayudábamos, ellos querían irse y nosotros queríamos comprar las casas. Nos llevábamos bien con ellos, pero los artistas no le creían al proyecto.

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El primer problema que tuvo Alejandro fue que la gente no le creía el cuento. Él pintaba un distrito de arte en Bogotá pero le faltaba apoyo. Hubo momentos en los que creyó que no iba a lograrlo. Al principio sentía que la gente no se entusiasmaba, los llevaba y les mostraba pero no veían lo que él veía. Para él, hubo dos puntos de inflexión que permitieron que se lograra lo que hay hoy. El primero fue la llegada de José Ignacio Roca, tal vez uno de los curadores colombianos más importantes y primer latinoamericano en estar a cargo de la Tate Modern de Londres. Buscaba dónde montar su fundación: “Ese fue un factor fundamental, él fue de gran ayuda. Al ser una personalidad en el mundo del arte, hizo que viniera gente de todos lados. Él ayudó a que creyeran el cuento”. Y segundo, fue cuando se enteraron de personas que estaban comprando casas sin que ellos los contactaran, en ese momento se dieron cuenta que el proyecto estaba rodando por sí solo. Pronto aparición Beta, Sketch, 1200 y otras galerías que se sumaron a este distrito artístico.

Para María, el cambio de casa para su madre fue positivo, ahora vive en un apartamento en el que no tiene que subir escaleras y están más cerca. Su madre, sin embargo, extraña cosas de su casa.

—Como no, allí nos vieron crecer, pero más que todo extraña como era su vida en San Felipe. Tenía vecinos y conocía a todos los que vivían en el barrio. Ahora vive en un conjunto de torres, y casi no habla con sus vecinos.

"La gentrificación es cuando llega una población y desplaza a otra. Se reemplaza a una población, muchas veces es por la revalorización del barrio: la tienda se cambia por un Carulla, el corrientazo por un restaurante, etc."

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Cambiar las escaleras por un ascensor, la tienda de la esquina por un supermercado, el chisme del barrio por el silencio de los conjuntos de torres. Ese es un proceso que sucede con el cambio de localización en Bogotá, incluso a veces pasa sin que el residente se vaya de su casa. Cecilia, la madre de María, dejó a un lado su casa de toda la vida porque quería irse y le llegó un comprador interesado que incluso le ayudó a buscar un nuevo hogar. Actualmente el metro cuadrado en San Felipe cuesta entre 1´800.000 y 2´000.000; ha incrementado casi un millón desde el 2011, pero este cambio va de la mano con el incremento del valor inmobiliario en Bogotá, el cual se triplicó entre 2008 y 2016: creció 288%.

Según Camilo Salazar, profesor de arquitectura de la Universidad de los Andes y dedicado al área de urbanismo, hay que entender que lo que ocurre en este barrio no sólo es la llegada de unas galerías. Para él, lo más importante es ha puesto en el mapa de Bogotá a San Felipe, antes nadie le ponía cuidado. Cree que por ahora esta acción es positiva, porque las galerías y los talleres de los artistas no es algo de alto impacto, a diferencia de la llegada de discotecas, oficinas o comercios grandes. El caso contrario sería el proceso de gentrificación.

Desde los Andes...

Recomendamos este texto hecho por Camilo Salazar sobre el análisis urbano y las escuelas de arquitectura

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—La gentrificación es cuando llega una población y desplaza a otra. Se reemplaza a una población, muchas veces es por la revalorización del barrio: la tienda se cambia por un Carulla, el corrientazo por un restaurante, etc.

Según Camilo, este proceso siempre es negativo en términos urbanos. El proceso más popular de gentrificación que recuerda es el de Soho en Nueva York, con el cual han comparado al distrito de arte de Bogotá. Sin embargo, no cree que esto pueda suceder en San Felipe, porque por un lado el barrio es un barrio muy grande y esa acción cultural es muy puntual. Y por otro lado, porque la población ya había sido desplazada por industrias, oficinas y por comercio. Piensa que los galeristas quisieran tener más público, pero que desafortunadamente en Bogotá los que les interesa el arte son más bien pocos. Pero resalta que estas galerías no son excluyentes, no hay un muro en la entrada que sea determinado por el poder adquisitivo que tengan los residentes.

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Durante el día el ambiente cambia en San Felipe, las calles dejan de ser tan silenciosas y hay uno que otro camión dejando cargamentos en las galerías. Hay avisos de se arrienda o se vende en varias casas. Por la calle de las galerías siguen algunos de ellos, aunque hay sol no tienen sombreros, pero usan bufandas para el frío que no hace a esta hora. Olivia está de acuerdo en que estos nuevos espacios son abiertos, pero no cree que el barrio siga igual “los que crecimos aquí sabemos que el barrio ha cambiado, puede que no lo note usted, pero ya no el mismo San Felipe donde crecí”.

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