Las 24/7 de Marcela Carvajal

Marcela Carvajal vuelve al teatro y a la televisión con dos historias muy diferentes: una serie sobre la vida de la madre Laura y una obra de teatro sobre una pareja que se encuentra en un hotel para tener relaciones. Cuando no actúa hace yoga, es embajadora de la Unicef, es madre y, como si fuera poco, saca tiempo para tener una vida social.

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Simón Samper

03.08.2015

“Una vez nos invitó a almorzar un ex-presidente de la República y ella me suplicó que nos fuéramos juntas”, cuenta Genoveva Nieto, amiga de la actriz bogotana Marcela Carvajal. Habían quedado en que Marcela pasaría por Genoveva a las doce del día, pero la recogió a la una y veinte. En el carro discutieron: si ella no llamaba a avisar, Genoveva no se atrevía a llegar tan tarde a esa casa.

“Mientras Marcela manejaba por la circunvalar y se maquillaba, sacó el teléfono para llamar. Claro, por hacer tres cosas al tiempo, estrelló al carro de adelante. El ex-presidente contestó y ella le dijo muy campante: ‘Presidente, vamos tarde porque nos estrellaron en la circunvalar’”.

“Después de eso le dio sus datos al carro chocado, arregló todo con una sonrisa y… ¡nos fuimos a la peluquería! Era indispensable llegar al almuerzo perfectas. Cuando por fin lo logramos, a nadie le importó que fueran las cuatro de la tarde y, por supuesto, Marcela fue el centro de atención”.

Así son los días tranquilos de Marcela Carvajal. “Es que ella no tiene sentido del tiempo”, dice otra amiga. “Cree que en una hora alcanza a hacer ejercicio, entrar al banco y tomarse un café con alguien”. Sus amigos ya están acostumbrados al famoso ‘estoy llegando’ cuando en realidad ella no ha salido de la casa y tiene además una vuelta qué hacer en el camino.

Tal vez de esa improvisación viene su capacidad para disfrutar el momento presente. Es dicharachera, desparpajada, pero también asertiva y segura de lo que quiere. Pero por olvidadiza y distraída, sus amigos acuñaron un término: el “marcelazo”, que utilizan para cuando dice algo imprudente, cuando rompe algo en un anticuario, cuando llega a una comida elegante en sudadera. Eso sí, declaran que es una amiga leal y admiran su capacidad para reírse de su propia vida: las mejores anécdotas de Marcela las cuenta ella misma.

Bailar por bailar

Salir de rumba con Marcela Carvajal es, como dice ella, “irse de tour”. Si la cita es a las seis de la tarde en la Zona Rosa, es probable que uno primero tenga que pasar por una sesión de masajes en algún Spa que ella acaba de descubrir, luego pasar por la inauguración de un nuevo sitio de música de los ochenta, luego a comer y luego sí, por fin, ir a bailar.

Hasta hace ocho años, casi todos los viernes o sábados por la noche, ella estaba en la pista de baile de algún sitio de salsa de Bogotá: Salsa Camará, Salomé Pagana, Galería Café y Libro (cuando quedaba en la calle 81 con 11). Y muchas veces con Fanny Mickey, una “parcera de salir a bailar por bailar”, como dice Marcela. Aclara que para ella “la rumba siempre fue eso: bailar. Me encanta y me hace mucha falta. No salgo para tomar, ni para meter, ni para levantar tipos. De hecho mis parejas estables nunca fueron levantes de la rumba”.

De noche o de día, es divertido ver con qué pinta va a salir Marcela a la calle. Porque la moda para ella es un juego. Combina colores y texturas rarísimas, sale medio disfrazada… pero hay que reconocerlo: cuando quiere, sabe arreglarse y verse muy bien. Con frecuencia aparece en ropa deportiva, pues hace Ashtanga Yoga y está certificada para entrenar mujeres embarazadas o en posparto. Su esposo, Alberto Gaitán, es maratonista, entrenador físico y creador de la cadena de gimnasios Step Ahead en Colombia. Y por supuesto, ella se la pasa allá.

Tal vez por hacer tanto ejercicio es que Marcela siempre tiene hambre. “Acabando de almorzar, muchas veces la he visto entrar a otro restaurante o a un puesto en la calle a comer algo más”, dice otra de sus amigas. Le encanta probar todo tipo de comida, pero nunca se le notan por ningún lado los dos almuerzos y tres comidas que puede llegar a ingerir en un solo día.

La madre Laura y Una relación pornográfica

Como actriz, Marcela Carvajal es exigente y rigurosa. “He tenido la fortuna de escoger proyectos con un sentido social, es decir, que además de entretener hacen reflexionar sobre nosotros mismos”, dice.

¿Dónde carajos está Umaña?, la serie que protagonizó en 2012 junto a Diego Trujillo para Caracol Televisión, en el fondo hablaba de la unidad familiar, advierte Marcela. “Y de las diferencias y cercanías entre costeños y cachacos. Claro: era un producto comercial y tenía que ser divertido, pero tenía esos mensajes”.

Este jueves 6 de agosto Marcela estrena una obra en el Teatro Nacional que ella misma produce y protagoniza junto al actor Patrick Delmas: Una relación pornográfica. Adaptada al teatro de la película homónima por el argentino Pablo Kompel, es una comedia romántica del cineasta belga Philippe Blasband sobre los dilemas de la libertad individual en una relación.

Se trata de una pareja que se encuentra una vez a la semana en un hotel para hacer el amor. No saben nada el uno del otro, ni dónde viven, si tienen familia, nada. Apenas el nombre. Pero se aman. ¿Hasta dónde podrá llegar una relación así?

"Como en Colombia hay tantos embarazos adolescentes, este es un país criado por abuelas, que son una bendición. Pero no hablamos lo suficiente en los hogares sobre el sexo, no educamos para la prevención"

Y por estos días se estrenó Laura, la Santa Colombiana, una miniserie de 24 capítulos por Caracol Televisión sobre la Madre Laura, canonizada en 2013 por la Iglesia Católica. Carvajal hace el papel de la hermana de la santa colombiana y Julieth Restrepo y Linda Lucía Callejas el papel titular.

Será una biografía novelada con elementos de ficción. “Pero lo interesante es ver la religión de la que venimos. A Laura nunca la ordenaron de monja porque se enfrentó a la Iglesia y al monseñor de turno le pareció que era desobediente. Decidió no casarse e ir a ayudar a los indígenas y a los afros por su cuenta. En su mundo las mujeres no servían para pensar, sino para casarse y tener hijos o para ser monjas”, dice Carvajal.

El deber con la niñez

Con sus hijas —Crystal y Luciana— Marcela tiene una disciplina militar. Siempre quiso ser mamá y cuando se enteró que estaba embarazada por segunda vez, de nuevo supo que estaría dispuesta a dedicarles todo su tiempo. Y alejarse de trabajos que implican largas jornadas, como los de televisión.

No se creía cortada para ser ama de casa, algo que en ocasiones la llevó “al borde de la locura”. Pero con la maternidad se dio cuenta de lo frágiles, manipulables y dependientes que son los niños. “Por eso la responsabilidad de los adultos es inmensa. Tenemos que ser una sociedad protectora de los niños. Es inadmisible, por ejemplo, que los guerrilleros puedan mamar gallo con el tema de si tienen o no menores de edad en sus filas”, protesta.

Poco a poco se convirtió en una abanderada de la niñez. Como embajadora de Unicef, colabora con un grupo de personas desde las redes sociales. “En resumen, somos antenas de difusión”, explica. Hace poco dio una conferencia contra el abuso sexual en una mina de oro de Calarcá, Tolima.

“Como en Colombia hay tantos embarazos adolescentes, este es un país criado por abuelas, que son una bendición. Pero no hablamos lo suficiente en los hogares sobre el sexo, no educamos para la prevención. Y hay una falta de afecto que los niños suplen con una vida sexual superficial, para sentirse queridos o para escapar de alguna situación”.

Marcela está tratando de abrir una crema para untarle a Crystal, su hija de siete años, que se acaba de rasguñar el cuello con algo. Y dice: “Esto suena muy cursi, pero lo primero que Colombia necesita es que todos los niños sean criados con amor. Ni siquiera digo planificados con amor, eso ya es mucho pedir. Pero si así fuera, la historia sería otra”.

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