La forma del agua (2017)

La ganadora del Oscar a mejor película en 2018 es, en palabras de Machado, “una película visualmente tan bella y melancólica que merece una pantalla gigante”.

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Lorena Machado

09.03.2018

[Esta reseña fue publicada previamente en el Blog de Lorena Machado]

 

Aunque el cine fantástico es de mis favoritos, las películas de Guillermo del Toro nunca han cumplido mi mayor exigencia personal: que me gusten lo suficiente para repetírmelas.

Hasta ahora.

La forma del agua usa de referencia la mitología encerrada en la película de terror de los años cincuenta, El monstruo de la laguna negra, para entregarnos una historia de amor en su forma más pura entre una mujer muda llamada Elisa (Sally Hawkins) y un dios mitad humano, mitad anfibio (Doug Jones), originario del Amazonas. Y a pesar de que el pasado haya dictado que lo monstruoso está íntimamente relacionado con la maldad, aquí el monstruo no es la criatura sino alguien de saco y corbata, que coge en posición de misionero y se considera a sí mismo “gente de bien”. Richard Strickland (Michael Shannon) es el maravilloso antagonista de un cuento que está hecho para aquellos que todavía creemos en el romance y en que a veces la fantasía habla más sobre nosotros mismos que la propia realidad.

"Qué lindo es encontrar una película que potencie la experiencia de ir a una sala de cine, sin la necesidad de las estúpidas gafas de 3D"

Lo que hace Guillermo del Toro en La forma del agua es reconstruir las piezas de una historia que lo marcó cuando era niño y cambiar el destino de una pareja que lo tiene todo para amarse en su extrañeza y sobrevivir a los códigos de lo normalmente aceptado. Para eso, nos sitúa en plena Guerra Fría en un laboratorio militar de Baltimore, donde la captura de un anfibio de figura humana y visos azules y verdes llevará a un grupo de marginados aparentemente indefenso a alzarse en contra de un gobierno yanqui que se siente en constante amenaza y que quiere usar a la criatura como un arma contra los rusos.
Elisa Esposito y Zelda Fuller (Octavia Spencer) son las encargadas de limpiar el lugar donde tienen encerrada a la criatura que es víctima de experimentos y constantes episodios de violencia. Allí, entre las visitas marcadas por la música, el baile, el silencio y los huevos (no les quiero spoilear esto), nacerá el amor entre Elisa y el hombre anfibio, además de los planes de ella por sacarlo de ahí para darle libertad, así eso signifique separarse.

Veredicto

Qué lindo es encontrar una película que potencie la experiencia de ir a una sala de cine, sin la necesidad de las estúpidas gafas de 3D. La forma del agua no será la misma si la ven en el TV o en un computador porque es una película visualmente tan bella y melancólica que merece una pantalla gigante.

Con La forma del agua Guillermo del Toro hace tres cosas extremadamente bien: que tengamos distintas emociones a lo largo de la película gracias a los actores y la puesta en escena; que las fuertes críticas a la familia tradicional, el racismo, el sexismo, el abuso de poder, el acoso sexual y la vieja pero aún reciente masculinidad permanezcan en nuestra memoria por la forma en la que nos la presenta: y que nos haga soñar con que el monstruo, no el humano, se queda con la chica.

Lo que más me gustó

Aparte de la expresividad de Sally Hawkins como Elisa, la escena del sueño en blanco y negro y la de la bañera, me pareció tremendo que Guillermo del Toro haya sexualizado el amor entre la humana y el monstruo. No es un amor rosa de Disney donde los protagonistas apenas se dan un beso sino que hay deseo y escenas que manifiestan ese deseo. Clap clap clip.

 

*Lorena machado es periodista y escribe, sobre todo, de cine y series. Colabora con medios como Shock y Fucsia. Su meta es ver una película al día.

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